Certificome este religioso nuestro haber visto una cabeza en el cóncavo de la cual cabía una espada mayor de la marca, desde la guarnición a la punta, que por lo menos era mayor que una adarga; y no es dificultoso de creer, porque siendo yo estudiante de Teología en nuestro convento de Los Reyes, el gobernador Castro envió al padre prior fray Antonio de Ervias, que nos la leía, y después fue obispo de Cartagena, en el reino de Tierra Firme, que actualmente estaba leyendo, una muela de un gigante que le habían enviado desde la ciudad de Córdoba del reino de Tucumán, de la cual diremos en su lugar, y un artejo de un dedo, el de en medio de los tres que en cada dedo tenemos, y acabada la lectión nos pusimos a ver qué tan grande sería la cabeza donde había de haber tantas muelas, tantos colmillos y dientes, y la quijada cuán grande, y la figuramos como una grande adarga, y a proporción con el artejo figuramos la mano, y parecía cosa increíble, con ser demostración; oí decir más a este nuestro religioso, que las muelas y dientes estaban de tal manera duros, que se sacaba dellas lumbre como de pedernal.
Capítulo CIX
De otros pueblos en frontera y la tierra adentro de los chiriguanas
Dos jornadas no largas deste valle de Tarija, sobre mano izquierda, hay un valle que llaman San Lucas, donde un hombre poderoso, llamado Jerónimo Alanis, manco de la mano derecha, tenía una gran hacienda de vacas y cría de mulas, con gente bastante, yanaconas y un mestizo y mulato, y casa fuerte para el beneficio della; pero como era muy cerca de las montañas chiriguanas, porque no le hiciesen daño pagábanles tributos, cuchillos, tijeras, algunas hachas para cortar árboles y alguna chaquira. El señor de la hacienda de cuando en cuando iba a verla; sucedió (y no había tres años que Tarija se había poblado) que yendo a verla, de allí despachó un indio a nuestro religioso, con quien tenía amistad, haciéndole saber estaba allí, rogándole viniese a confesarle la gente; era después de Pascua de Resurrectión; recibida la carta, concertose con el capitán Luis de Fuentes y otros tres soldados ir con sus armas, arcabuces y recado; quiso nuestro Señor que el día que habían de llegar vinieron más de cien chiriguanas a pedir su tributo a nuestro Alanis, y con tanta soberbia entraron, que sin duda venían determinados de hacerle mucho mal, matarle y a toda su gente; el capitán, religioso y los demás, ni vieron a los chiriguanas ni dellos fueron vistos, por causa de una niebla muy obscura que aquel día cubría la tierra; entran en casa de Alanis, hallan allí parte desta bárbara nación (los demás no habían llegado), que ya comenzaban a querer disparar sus flechas en el Alanis, que sólo tenía una cota puesta y una espada en la mano izquierda, porque la derecha la tenía cortada. Los nuestros que llegan, si no fue el religioso, comienzan a desenvolverse contra los chiriguanas; en su ayuda acuden el mestizo y mulato con sus arcabuces; despacharon a los que hallaron dentro, y luego en sus caballos salen a los que venían; mataron más de sesenta gandulazos, los demás se escaparon y algunos heridos e mal. Entre estos indios venían algunos chaneses, de los cuales dijimos que se aprovechan estos como gente en la guerra, e ya los nuestros descansando, y habida esta victoria, entra por las puertas un indio muy mal herido de un arcabuzazo, y aun lanzada, diciendo era Chanés, y pidiendo, o diciendo: ¡cristiano, cristiano! que era decir lo quería ser y le baptizasen; baptizole nuestro religioso, y luego se murió. Esto me escribió nuestro religioso a la ciudad de La Plata, donde yo vivía a la sazón. Pues para refrenar a estos enemigos comunes del género humano, aquí se ha poblado otro pueblo de españoles, al cual agora cuatro años, llegando yo a la ciudad de La Plata, volvían más de cincuenta hombres que con un capitán habían salido a descercar el pueblo, porque los chiriguanas, le tenían cercado, y el capitán había enviado a pedir favor; sabido por los chiriguanas, alzaron el cerco y no los osaron a esperar. Otros dos pueblos, a lo menos uno, he oído decir se ha poblado por los nuestros en el gran río de Pilaya, ya en la tierra Chiriguana, a donde llegó y pasó el Visorrey don Francisco de Toledo, y entonces (como diremos) le llamaron el río Incógnito. Estos indios andan agora más soberbios que antes, porque los bandea un perro mestizo nacido en el Río de la Plata; yo le conocí, gran oficial herrero, llamado fulano Capillas, ladino como el demonio, y blanco, que no parece mestizo, casado y con hijos en la ciudad de La Plata; no sé por qué ocasión se fue o le envió el Audiencia, y esto fue lo más cierto, a tractar con ellos no sé qué medios de paz, y él decía no le enviasen, porque no le habían de dejar salir los indios; fue y quedose con ellos; este maldicto les hace unos cascquillos de acero para las flechas, tan bien templados que no tienen resistencia; antes usaban de cañas como las nuestras, el ñudo tostado, por puncta, lo demás servía de cuchilla; con las cuales tan bien pasaban una cota como un nabo. Contra estas armas chiriguanas usan los nuestros cotas y encima escaupiles sueltos en banda, porque en el algodón se entrape la flecha. Vive este mestizo entre los chiriguanas con ellos, con las mujeres que quiere; anda casi desnudo, y por no ser conocido cuando sale a hacer daño en los nuestros, se embija como indio; dicen ha inviado a decir a la Audiencia que de buena gana dejaría aquella vida, porque es cristiano, si le perdonasen; pero que teme, si se reduce, le han de castigar por los daños, que ha hecho: pero como desta gente alguna sabe a la pega, en ella se queda.
Capítulo CX
Del cerro llamado Porco
Volviendo a nuestro Potosí, porque siendo el centro de las Indias habemos de tractar o traerle a la memoria muchas veces, como del centro salen muchas líneas a la circunferencia, así de Potosí hay y salen muchos caminos y entran en él de diferentes partes; digo, pues, que volviendo al de aquí, salimos para el puerto de Arica, cien leguas tiradas; a las siete o ocho llegamos al cerro de Porco, de quien habemos tractado un poco, al pie del cual tienen su asiento los pocos españoles que allí viven, y pobres respecto de los de Potosí; no he llegado a este asiento, pero he pasado media legua dél, y quien vive en Potosí puede decir vive en Porco, así por la poca distancia de camino, como porque todo lo que pasa en Porco se sabe luego en Potosí, y al contrario. Es cerro más alto quel de Potosí, metido entre otros cerros y no tan bien hecho. Es más destemplado, y más rico si no diera en agua, y el metal más fino; he visto alguno que certificaron a don Francisco de Toledo, Visorrey destos reino, acudía a ochenta marcos por quintal; este metal es poco, y luego se descubre agua, y tanta que es imposible desaguarla. En la misma cumbre del cerro certifican haber fuentes de agua, lo cual en Potosí no se ha hallado. Tiene otra cosa, que no son vetas seguidas de donde se saca la plata, sino pozos, y como se dé en uno, hace a su amo presto rico. Síguese algunas veces la labor con esperanzas al parecer certísimas, mas al mejor tiempo atraviésase un peñisco, o una fuente de agua, y veis aquí las esperanzas perdidas. Si estos dos contrarios no tuviera, o la del agua, que es la mayor, mucho más rica era que Potosí, y el metal más suave de quebrar, y una de las excelencias que puso Dios nuestro señor en Potosí es no haber dado en agua. Toda la puso al pie del cerro de una parte y otra del arroyo que divide a los indios de los españoles.
Capítulo CXI
Del camino de Porco a Arica




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