Es Potosí de forma de un pan de azúcar; sólo a la parte del Poniente se le desgaja una cordillera de un cerro que no creo tiene una legua de largo, y baja. Por la parte del pueblo tiene un cerrillo pegado a sí, a quien llaman Guaina Potosí, como si dijésemos el grande, el viejo Potosí, y a este otro el mozo. Este cerro es conocidísimo entre mil que hobiera; parece que la naturaleza se esmeró en criarle como cosa de donde tanta riqueza había de salir; es como el centro de todas las Indias, fin e paradero de los que a ellas venimos. Quien no ha visto a Potosí no ha visto las Indias. Es la riqueza del mundo, terror del Turco, freno de los enemigos de la fe y del nombre de los españoles, asombro de los herejes, silencio de las bárbaras naciones. Todos estos epítetos le convienen. Con la riqueza que ha salido de Potosí Italia, Francia, Flandes y Alemaña son ricas, y hasta el Turco tiene en su Tesoro barras de Potosí, y teme al señor deste cerro, en cuyos reinos corre aquella moneda; los enemigos del magno Filippo y de los brazos españoles y de su cristiandad, en trayendo a la memoria que es señor de Potosí, no se atreven a moverse de sus casas; los herejes quedan como despulsados, y cuando los potentados del mundo se quieren conjurar contra la Majestad católica, no aciertan a hablar. Es el más bien hecho cerro que se ha visto en todas las Indias, y si dijésemos en el mundo, no creo sería exageración; del pie hasta la cumbre y corona dél hay una legua larga. Vese de más de veinte leguas, porque desde un pueblo llamado Aravati, tres leguas de la ciudad de La Plata, más adelante, se ve, y a la parte del Sur, por el camino de los chichas, de muchas leguas le conocemos. Por todas partes, Oriente y Poniente y Norte y Sur, es abundante de vetas de plata; las ricas que se labran y siguen son las que miran al Oriente; juego diremos sus nombres. Jamás por los indios, antes que los españoles entrasen en este reino y lo poseyesen, fue conocido tener plata, ni jamás indio lo labró, ni vivió en él; era despoblada la tierra a la redonda dél, y el mismo cerro, por ser frigidísimo con estar en veinte grados; ocho leguas dél se labraba el cerco llamado Porco, como diremos concluido con Potosí. Todo él de arriba abajo era una montaña espesa de unos árboles que llamamos quinuas, torcidos, sólo buenos para leña y carbón, en lo cual puede competir con la encina; para enmaderar nadie se aprovecha dél. Su descubrimiento fue desta suerte, y si no me engaño lo descubrieron unos yanaconas de fulano Zúñiga, hombre antiguo en este reino, y si no fue tesorero de la hacienda Real, a lo menos fue uno de los oficiales, a quien conocí en Potosí, y me dijo lo que referiré. Cuando los españoles entraron en este reino, conquistado el Collao y esta provincia de los Charcas, no la tenían por rica más que de miel, por lo cual muchos rehusaron los repartimientos y encomiendas en esta provincia, diciendo que no querían tributos de miel. Verdad es que se labraba el cerro de Porco, de donde se sacaba plata para el Inga antes de la venida de los nuestros. Acobardábales el temple, en partes desabrido, y el cielo como le tenemos pintado, áspero, con tantas tormentas de truenos y rayos, y que Porco a pocas brazas daba en agua. Con todo eso quedaron algunos de los conquistadores antiguos, pero los más fueron de los que llamaban pobladores, venidos después de llana la tierra. Porco se labraba, y los vecinos de la ciudad de La Plata, que deste cerro dista 25 leguas, iban y venían a sus minas; también sus criados, así españoles como indios, que llamamos yanaconas. El camino era tan cursado como agora, en el cual encontraban ganado silvestre, llamado guanacos y vicuñas; son de la misma figura que el ganado doméstico, sino que la color es bermeja de los guanacos y el hocico que tira a negro. La vicuña es más cenceña, de la misma color; el hocico tira un poco a blanco, y el pecho y pescuezo por la parte de abajo blanco. Pues como todo el camino desde la ciudad de La Plata fuese despoblado hasta Porco, algunos indios y españoles llevaban galgos para si saliese algún guanaco, o vicuña, cazarlo. Sucedió así que yendo o viniendo algunos indios yanaconas deste fulano de Zúñiga y de otro compañero suyo, y pasando por las faldas de Potosí (va por aquí el camino), salió un guanaco; échanle los perros; el guanaco tira el cerro arriba, y los perros; siguen los indios a los perros y guanaco, el cual subiendo al cerro arriba hizo fuerza con los pies en una veta en la superficie de la tierra, y derrumbó un poco de metal. Los yanaconas que le seguían, como quien conocía el metal, viéndolo dejan de seguir el guanaco; tomándolo o conociéndolo, en su lengua comienzan a decir: caimí mamacolqui, caimí mamacolqui; que quiere decir esta piedra es de plata, o madre de plata. Recogen más piedras, llévanlas a su amo, hacen el ensayo; acudió a muchos marcos por quintal, a más de cincuenta; a la voz vino Zúñiga, y vinieron los demás y registraron minas en el cerro.
Este fue el principio y origen del descubrimiento de Potosí, y es así verdad; desde entonces dejaron de seguir las minas de Porco con aquella frecuencia que antes. La principal veta que se descubrió se llamó y llama la veta Rica; luego la del Estaño, porque la plata es sobre estaño, y la de Mendieta, y éstas son las que agora principalmente se labran, de las cuales ha salido tanta cantidad de plata que asombra al mundo. Si estas vetas desde fuera las miran, parecen como sangraderas, o quebradas muy angostas, que vienen de arriba abajo. Agora no hay más memoria de leña en él que en la palma de la mano. Al principio los metales eran muy ricos, porque las vetas lo eran, y acudían cuarenta marcos y más por quintal; agora, como están muy bajas, son mucho más pobres. El quintal que acude a tres pesos ensayados, que es a tres cuartos de marco, es muy rico, que son seis onzas; son todas las minas de plata que en este reino se descubren de cabeza, que es decir la riqueza tiénenla en la superficie; como las tierras que se labran la fertilidad es la superficie, y a esta causa los árboles no echan las raíces sino a la haz de la tierra, y por esto, conformándose las minas con los árboles, mientras más fondas se labran, más pobres.
Capítulo CI
Del cerro de Potosí
37
A la fama de tanta plata, luego se comenzó a despoblar, aunque no del todo, el asiento de Porco y se pasó a Potosí, y poblaron los españoles desta otra parte de un arroyo que pasa al pie del Guayna Potosí; los indios, de la otra parte del arroyo, al pie del cerro; mas como se fue multiplicando la gente, también a la parte de los españoles se poblaron no pocos indios, y entre ellos los Carangas a las espaldas de los nuestros. El asiento, así del pueblo de los españoles como de los indios, no es llano, sino en una media ladera, como se requiere en tierra que llueve; el un asiento y el otro lleno de manantiales de agua que Dios nuestro Señor proveyó allí para el beneficio que agora se hace de los metales; si no, ya se hobiera despoblado la mayor parte por falta della, y los manantiales y fuentes, unos están sobre la faz de la tierra, otros a un estado y a menos: el que a dos es muy fondo. El agua en unas partes es mejor que otra, poca para que se pueda beber; guísase con ella de comer y lávase la ropa; no se halla casi cuadra que no tenga muchos manantiales, ni casas sin pozos, y en las calles en muchas dellas revienta el agua. Cuando los metales acudían a mucho más que agora, no los fundían los españoles, sino los indios se los compraban y beneficiaban, y acudían con el precio al criado del señor de la mina. Desta manera el señor de la mina tenía su mayordomo que della tenía cuidado, de hacer los indios o yanaconas barreteros labrasen, y sacasen el metal a la boca de la mina, adonde cada sábado llegaba el indio fundidor, mirábalo, concertábase por tantos marcos y a otro sábado infaliblemente la traía la plata concertada; estos indios llevaban el metal a sus casas, y lo beneficiaban, y fundían, no con fuelles, porque el metal deste cerro no las sufre; la causa no se sabe; el metal cernido y lavado echábanlo a boca de noche en unas hornazas que llaman guairas, agujereadas, del tamaño de una vara, redondas, y con el aire que entonces es más vehemente, fundían su metal; de cuando en cuando lo limpiaban y añadían carbón, como vían era necesario, y el indio fundidor para guarecerse del aire estábase al reparo de una paredilla sobre que asentaba su guaira, sufriendo el frío harto recio; derretido el metal y limpio de la escoria, sacaba su tejo de plata y veníase a su casa muy contenido. Había a la sazón en el cerro que dijimos se desmiembra de Potosí, y a la redonda del pueblo, más de 4000 guairas, que por la mayor parte cada noche ardían, y verlas de fuera y aun dentro del pueblo no parecía sino que el pueblo se abrasaba. La que menos destas fundía salía con un marco de plata, que es riqueza nunca oída. Los indios fundidores ganaban plata, y los señores de las minas no perdían.




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