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Фрай Рехинальдо де Лисаррага. Колониальное описание. Fray Reginaldo de Lizárraga. Descripción colonial (libro primero)


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De aquí son dos jornadas al pueblo llamado Macha, en distrito del cual hay una mina de plata, que hasta agora no se ha descubierto, ni se espera se descubrirá. Un religioso nuestro, a quien yo, conocí en este reino siendo seglar, agora cuarenta años, acaso dio con ella, y conociendo el metal echó alguno en unas alforjas; llevolo a Potosí, fundiolo; acudió mucha plata; luego conoció ser la mina que tanta fama tiene, empero no lo dijo sino a uno o dos amigos, para ir a ella y registrarla; sucediole en este tiempo, antes que la fuese a descubrir, hacer un viaje forzoso a Arequipa, donde se metió fraile nuestro, y así se quedó; ya profeso y viviendo en nuestro convento en Huánuco, y estando a la sazón allí nuestro provincial el padre fray Francisco de San Miguel, a quien se lo oí decir muchas veces, llegaron dos hombres que venían de Potosí en busca del religioso para que les descubriese la mina y cerro; encuentran con el provincial, dícenle por qué razón tomaron tanto trabajo, viaje largo, y que si el religioso les descubre el cerro y mina se obligarán a hacer un convento entero en la ciudad que el provincial señalase. Al provincial no le pareció mal el partido; tractolo con el religioso, y con ser un hombre tosco y no de mucho entendimiento, respondió al provincial era verdadero sabía el cerro y mina, pero que no convenía descubrirlo porque los indios de Macha, en cuyo distrito estaba, y cuya era, la labraban (por lo que él vio) para pagar sus tributos y para sus necesidades; la cual si se descubría la habían de quitar a los indios y quedarían privados de su hacienda. La respuesta del religioso pareció bien al provincial, y respondió a los dos compañeros que no la descubriría aunque le hiciesen tres conventos, y así se quedó hasta hoy. Desde este pueblo son tres jornadas a la ciudad de La Plata, de muy mal camino, como lo es todo el desta provincia.

Capítulo XCVIII
De los pueblos de españoles en valles cerca de los chiriguanas

Saliendo de la ciudad de La Plata, entre el Oriente y el Sur, puso Dios muchos valles muy buenos y fértiles, donde los indios nunca habitaron, ni entraron, llenos de montañas calientes, fértiles de trigo y maíz, árboles nuestros y otros mantenimientos, donde en chácaras viven españoles; en los altos pastan sus ganados mayores y menores; allí a sus casas les vienen de Potosí a comprar los mantenimientos, con los costales llenos de reales. De pocos años a esta parte, en dos valles déstos se han fundado dos pueblos, recogiéndose los chacareros a ellos: uno en el valle llamado Tomina, otro en el valle de la Lagunilla, fronteras de Chiriguanas, con lo cual se les ha puesto freno para que no hagan el daño que solían hacer antes que se redujesen a pueblos, y aun agora también; las casas de las chácaras todas eran fuertes, y de noche los amos y los indios dormían debajo de una puerta y llave, y algunas veces se velaban, por miedo desta mala gente, que por la mayor parte sus saltos son de noche, y por que se sepa qué gente es ésta, en breve diré sus calidades.

Capítulo XCIX
De los chiriguanas y sus calidades

Los indios Chiriguanas viven muy cerca destos valles, en unas montañas calurosas y ásperas por donde apenas pueden andar caballos. No son naturales, sino advenedizos; vinieron allí del río de la Plata; la lengua es la misma, sin se diferenciar en cosa alguna. Son bien dispuestos, fornidos, los pechos levantados, espaldudos y bien hechos, morenazos; pélanse las cejas y pestañas; los ojos tienen pequeños y vivos. No guardan un punto de ley natural; son viciosos, tocados del vicio nefando, y no perdonan a sus hermanas; es gente superbísima; todas las naciones dicen ser sus esclavos. Comen carne humana sin ningún asco; andan desnudos; cuando mucho, cual o cual tiene una camisetilla hasta el ombligo; usan pañetes; son grandes flecheros; sus armas son arco y flecha; el arco tan grande como el mismo que lo tira, y porque la cuerda no lastime la mano izquierda, en la muñeca encajan un trocillo de madera, allí da la cuerda. Pelean muy a su salvo, porque si les parece el enemigo les tiene ventaja, no acometen. Pocas veces con nosotros pelean en campo raso, si no es a más no poder, y si les parece han de perder un chiriguano, no acometerán; son grandes hombres de forjar una mentira, tardan mucho tiempo en ella, y enséñanla a todos, de suerte que los niños la saben, y si se les pregunta no difieren de los mayores, particularmente para engañarnos, como adelante diremos. Si han de ir a la guerra es por orden de las viejas, que les traen a la memoria los agravios recibidos, y los afrentan con palabras llamándolos cobades, borrachos, ociosos y flojos. Entre estas viejas hay grandes hechiceras, y hállanse en ellas las pitonisas que dice la Escritura, en cuyo ombligo habla el demonio. El mayor de los pueblos es de cinco casas; lo común es de tres; mas son muy largas, de más de 150 pasos, a dos aguas, con estantes en el medio sobre que se arma la cumbrera, y de estante a estante vive una parentela. Con los indios que más enemiga han tenido son con una provincia que cae a las espaldas destas montañas, tierra llanísima, falta de agua, que se llama los Llanos de Manso, o la provincia de los chaneses; déstos, que es gente desarmada, aunque bien dispuesta, de mejores rostros y más bien inclinados que los chiriguanas, se han comido más de 60000, y no creo digo muchos, porque aquellos llanos eran muy poblados; agora no hay indios sino muy pocos, y como no tienen quien los defienda, es la carnecería desta bestialísima gente. Son tan subjectos a los chiriguanas, que en viéndolos no hay más que sentarse, sin resistencia alguna, para que el chiriguana haga dél lo que quisiere; tráenlos como ovejas en manadas; comen los que se les antojan, de los demás se aprovechan para el servicio de sus casas y sementeras. Cuando se quieren comer alguno no hay más que decirle se vaya a lavar al río, lo cual hace sin replicar; viene desnudo; mandan a sus hijos tomen los arcos y flechas, y el pobre chanés en una plaza huyendo de aquí para allí de las flechas, sin se atrever a salir della, de los muchachos es flechado y muerto con gran alegría de los que le miran; le hacen pedazos y se lo comen, o asado, o cocido con maíz y mucho ají. De los que ven valientes y de buenos cuerpos, aprovéchanse para la guerra; hácenlos a sus bárbaras costumbres y cuando han de pelear pónenlos en la delantera, y si no pelean bien, fléchanlos por las espaldas. Es gente traidora y que no guarda palabra, porque como dijimos, no tiene un puncto de ley natural, ni cosa de policía; es poca gente; no llegan a 4000 indios de guerra; la aspereza de la tierra en que habitan les ha sustentado tanto tiempo contra los españoles; en ella hay ríos grandes, poco temidos déstos, por ser grandes nadadores. Los ríos llevan sábalos, armados, bagres y otros peces los cuales pescan desta suerte: al verano echan un pedazo del río por otra parte; quedan los peces en el brazo del río desaguado; en agua hasta la cinta, entran en ella con sus arcos y flechas, allí los flechan, y el que se escapa de la flecha, las mujeres van detrás con unas redes en que caen. Son también astutísimos en cazar o enlazar las víboras, las de cascabel; éstas comen, y cuando un chiriguana halla una dellas y la mata se la echa en el hombro y se viene muy contento a su casa; cómenlas desta suerte: córtanles la cabeza, con dos o tres dedos más, y otro tanto de la cola; luego la desuellan y hecha trozos ponen encima de las brasas, y así asada con ají la engullen; oí decir a dos personas fidedignas que las habían visto asar, y que olía la carne como si la hobieran lardado con muchos olores, porque al olor de una que asaban sus yanaconas en su chácara, salieron de casa a ver lo que era y hallaron los indios chiriguanas en una gran candelada asando una para se la comer. Toda la tierra que habitan es fértil de muchas víboras de cascabel y de las pequeñas que habemos dicho; hay otras culebras grandes de más de tres varas; éstas no pican, pero en viendo al hombre abalánzasele, cíñele por el cuerpo y luego con una espina acutísima que tienen en la cola es cierta al sieso por donde la meten, y desta suerte le mata, y luego se lo come. Hállanse lagartos de sequera, el cuerpo de una vara y más, sin la cola, que es poco menos; éstos acometen a un muchacho y se lo comen. En Tucumán vi uno déstos, como diremos cuando tractaremos de aquella tierra. Entre los árboles tienen muchos cedros, pero hay otros que llevan tanta garrapata, que arrimándose un hombre a él caen a mía sobre tuya sobre el pobre, que le cubren como si una saca dellas le hobieran derramado por encima. Contra estos más que bárbaros hombres entró don Francisco de Toledo, Visorrey del Perú; lo que le sucedió diremos cuando tratáremos de lo que le sucedió en el tiempo que gobernó estos reinos.

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