él que jugó el Sol…» (LXXX).
Otra anécdota de carácter más novelesco que histórico, refiere, por ejemplo al hablar de los Andes del Cuzco; anécdota de color ciertamente salvaje: «Estos Andes del Cuzco son fértiles destas víboras y de culebras que llaman bobas; éstas son muy grandes y muy gruesas; no hacen daño, si no es cuando, como dicen, andan en celos. Porque en aquellos Andes sucedió lo que diré: tres soldados volvíanse a sus casas de las chácaras de la Coca, a pie: no es tierra para caballos. El uno quedose un poco atrás a cierta necesidad corporal; acabada, siguió su camino solo, pues los compañeros iban un poco adelante; prosiguiéndolo, ve atravesar una culebra destas que tienen de largo más de 16 pies y gruesas más que la pantorrilla de un hombre, silbando, y otra culebra en pos de ella, de la misma calidad; la postrera, viendo a nuestro soldado, cíñele todo el cuerpo, y la boca encaminaba a la garganta; el pobre, que, se vio ceñido y la boca de la culebra cerca de su garganta, con ambas manos afierra de la garganta de la culebra con cuanta fuerza pudo, no dejándola llegar a su garganta; la culebra, sintiéndose apretada de las manos del soldado, apretábale con lo restante de su cuerpo fortísimamente, de suerte que le hizo reventar sangre por la boca, ojos, narices y orejas; el pobre, viéndose de aquella suerte, gemía; no podía gritar, sino bramar. Los compañeros, pareciéndoles que tardaba, pararon un poco, oyeron los bramidos; vuelven corriendo en busca de su compañero; halláronle de la suerte que lo hemos pintado. Uno sacó una daga que traía en la cinta y metiéndola entre el sayo y la culebra la cortó; luego aflojó la culebra hecha dos partes, y acabáronla de matar. El soldado quedó como muerto; lleváronle y albergáronle; volviósele la color del rostro y cuerpo amarilla como cera; vínose al Cuzco, y dentro de tres meses murió. Oí esto a hombres que le conocieron» (LXXXI).
Combates singulares de hombres con víboras gigantescas debían ser frecuentes en la conquista. Las crónicas nos refieren de algunos. En este mundo virgen, semejante confrontación de una terrible fauna nueva y de la cenceña imaginación de los soldados, exaltada por la reciente caballería, tales animales se les antojaban dragones algunas veces. Ulrich Schmidel en su «Viaje» y Barco Centenera en su «poema», nos han dejado el recuerdo de combates análogos con las temibles serpientes y yacarés del Paraná16. Pero esta descripción de Lizárraga es más realista, más animada y plástica que todas las otras. Ésta podría pintarse. Por eso, aunque incorrecta, la trascribo, como muestra de su estilo y de sus facultades de descriptor y narrador, primitivas por cierto, pero apreciables en su tiempo, cuando los cronistas coetáneos carecían de ellas. Lizárraga mira con simpatía la naturaleza y los hombres, los campos y las ciudades, los gestos y las palabras, los españoles y los indios, los brillantes acontecimientos gubernamentales y las humildes anécdotas dramáticas, los virreyes y los obispos, los árboles y los animales. De ahí el interés humano de toda su obra, de ahí la prueba de su sensibilidad literaria, siquiera incipiente. Y no sólo se la cultivó a sí propio, sino que hubiera querido difundir la cultura entre los demás. Cuando estuvo en Guamanga, quiso fundar allí una Universidad. Encontraba en ésta mejor clima que en la Ciudad de los Reyes, y no la alcanzaba el peligro de los temblores. «No sé yo -nos dice- si en lo descubierto se hallará mejor temple ni más sano para fundar una universidad, porque ni el calor ni el frío impiden todo el año que no se pueda estudiar a todas horas. Yo tuve casi concertado con un hijo de un vecino, hombre principal, fundase con su hacienda en nuestra casa, un colegio con que ennobleciese su ciudad. Sacome la obediencia para este asiento (Chongos) y quedose. Fuera obra heroica y de gran provecho para todo el reino; la ciudad se aumentara, y de todo el reino vendrían a oír Teología, porque los nacidos en la Sierra corren mucho riesgo de su salud en Los Reyes» (LXXVIII). Tal superioridad espiritual trasciende, desde luego, en esta Descripción, que no sólo nos dan el hilo de su vida, sino la visión de los pueblos que recorrió, haciendo de ella una valiosa fuente de pequeñas noticias locales que empieza a ser explotada ya por nuestros historiadores. Datos no siempre guardados por documentos oficiales, los conocemos por ella; tales como la clase de vecinos que habitaban los pueblos, la índole de los indígenas comarcanos, la manera como estaban construidas las casas de los encomenderos y magistrados, los alimentos de que se proveían, la forma en que se realizaba el comercio, la dificultad de los viajes, los precios de las cosas, las pasiones de los hombres, el ambiente precario de los conventos, la epopeya instintiva de los indios, todo cuanto constituye, en fin, la vida argentina del siglo XVI, la primitiva conciencia del drama histórico en el vasto escenario virgen donde comenzaba entonces a fundarse nuestra civilización. He ahí por qué me ha parecido también que este libro tenía derecho a figurar en una Biblioteca Argentina, como otros de su índole, que más adelante publicaré.
Ricardo Rojas
Capítulo I
De la descripción del Perú. De qué gente procedan los indios
Lo más dificultoso de toda esta materia es averiguar de qué gentes procedan los indios que habitan estos larguísimos y anchísimos reinos, porque como no tengan escripturas, ni ellos ni nosotros sabemos quien fueron sus predescesores ni pobladores destas tierras, mucha parte della; despobladas o por la destemplanza del calor, o por el demasiado frío, o por los médanos de arena y llanos estériles por falta de las aguas. Porque afirmar lo que dice Platón en el libro que intituló Timeo, que desembocando por el estrecho de Gibraltar en el mar Occéano, no muy lejos de la tierra firme, se descubría una isla mayor que la Europa y toda la Asia, que contenía en sí diez reinos, la cual, con una inundación del mar toda se anegó y destruyó de tal manera que no quedó rastro della, sino el mar ancho que hay por ventura desde Cabo Verde al Brasil; lo cual no es creíble, por no se hallar en ningún autor mención dello, ni es posible. Lo que parece se puede rastrear de los primos genitores destos indios descubiertos desde las primeras islas: Deseada, Marigalante, Dominica y las demás, Sancto Domingo, Cuba, Habana, Puerto Rico y la Tierra Firme, reino de México y del Perú, es llegarnos a lo que dice Floriano de Ocampo en la Historia general que comenzó de España, que es lo siguiente: Que cuando los cartaginenses eran señores de alguna parte del Andalucía, desembocando con temporal por el estrecho de Gibraltar ciertos navíos de los Cartaginenses se derrotaron hacia el Occidente, corriendo la derrota que agora se navega por aquel mar ancho, y no pararon hasta descubrir unas islas que por ventura son las arriba referidas, y viéndolas tan fértiles, pobladas de arboledas, ríos y sabanas, que son llanos abundantes de yerba, como vegas de pastos, los más allí se quedaron, y volvieron los otros a Cartago, los cuales, proponiendo en el Senado lo que habían descubierto, y fertilidad de la tierra, convernía poblar aquellas islas despobladas. Empero por aquellos senadores cartaginenses fue acordado por entonces se dejase de tratar de aquello, mandando, con mucho rigor nadie volviese a aquellas islas, porque tenían por más importante el señorío y riqueza de nuestra España que poblar nuevas
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