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Фрай Рехинальдо де Лисаррага. Колониальное описание. Fray Reginaldo de Lizárraga. Descripción colonial (libro primero)


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Desde este valle Misque se toma el camino, sobre mano izquierda, para la provincia de Sancta Cruz de la Sierra; esta provincia es abundante de maíz y en algunas partes de trigo; el temple de la ciudad es bueno; dista deste valle más de 120 leguas, en partes, de mal camino, falto de agua.
Para ir a esta ciudad se pasa por unas montañas donde viven indios Chiriguanas que comen carne humana y algunas veces suelen salir hasta bien cerca del valle de Mizque, donde hacen el daño que pueden, y a los caminantes lo hacen saliéndoles de través, y si los cogen descuidados lo pasan mal los nuestros, como lo pasaron ha muchos años, que saliendo de la ciudad de Sancta Cruz la mujer del general Nuflo de Chaves, de quien luego tractaremos, salieron al camino y la quitaron a los soldados que con ellos venían, peleando. Mas viendo los soldados lo subcedido, se concertaron, como hombres nobles y valientes, de morir o recobrarla, y siguiendo los enemigos los alcanzaron, y sin riesgo de las mujeres quitaron la presa y se volvieron su camino, sin que los indios se atreviesen más a pelear con ellos. Fue capitán Francisco de Montenegro, bien experto entre los Chiriguanas y dellos conocido; y algunos años después, un buen hombre llamado Romaguera, viviendo en una chácara, no dos leguas apartado de Mizque, de noche dieron en su casa los Chiriguanas y le mataron y se llevaron mujer y dos o tres hijas y mucho servicio, y hasta hoy, sino las han muerto, se las tienen allá.
Estos indios, aunque comen carne humana, no comen la de ningún español, porque los años pasados, comiendo uno, a todos los que lo comieron les dieron cámaras de sangre y murieron; los restantes, avisados del suceso, no la comen; pero al que toman vivo, para matarle usan de exquisitos tormentos.
Pasadas las montañas destos Chiriguanas, se siguen unos llanos muy grandes, donde hay gran cantidad de miel y mucho ganado nuestro vacuno, cimarrón, muy gordo, que se multiplica allí de un poco que se quedó de un pueblo de españoles que hubo a la vera de un río grande que llamaron de la Barranca. No se pudo sustentar; despobláronle, o por la guerra continua con los indios comarcanos, llamados los Chiquitos, belicosos y de yerva, aunque no caribes, o por la pobreza de la tierra; despoblando, no pudieron sacar todo el ganado sin que alguno se quedase, de lo cual se ha multiplicado mucho para proveimiento de los pasajeros, porque de gordo no puede correr, particularmente las terneras, que al primer apretón se quedan estacadas. Agora me dicen se ha tornado a poblar este sitio, que será freno para los Chiriguanas.
De aquí a Santa Cruz de la Sierra, todo o lo más es despoblado y sin agua, si no son unos jagüeyes, a quien lo más del tiempo falta agua; es tierra llana, y ésta es la causa. Este pueblo pobló el general Nuflo de Chaves, hermano del padre nuestro fray Diego de Chaves, doctísimo, verdadero hijo de Sancto Domingo, varón integérrimo en todo género de virtud, primer confesor del Príncipe nuestro señor don Carlos y después del Rey nuestro señor Filipe segundo, sin que jamás se le conociese amor a cosa terrena.
El general Nuflo de Chaves, subiendo por el Río de la Plata arriba, muchas leguas de la Asumpción, pueblo principal de aquella gobernación, dio en este asiento, pobló y púsole el nombre susodicho, en medio de muchos indios chiriguanas, porque a la una parte y otra del pueblo los hay. Cercó la ciudad de tres tapias, fortaleció las puertas; en todos estos reinos no hay ciudad cercada; vélase por los enemigos tan comarcanos y malos. De aquí salió en demanda de unos cerros donde se entendía hacer minas de plata, en tierra de guerra; llevaba consigo españoles y mestizos, buenos soldados, y también chiriguanas, por amigos, que le ayudaban, por ser gente belicosa.
En un recuentro que tuvo con los indios de guerra, alcanzada la victoria, los chiriguanas pidiéronle parte de los indios captivos y presos para comérselos, diciendo le habían ayudado. El general no se los quiso dar; guardáronsela, y dejando a don Diego de Mendoza, creo cuñado suyo, con todo el ejército, apartose con doce o catorce soldados y los chiriguanas 15 leguas, pocas menos, a cierto paraje, en el cual los chiriguanas determinaron de matarle, y no lo trataban tan secreto que no se entendiese su mala intención; avisaron los soldados a su General; hizo burla de los que lo avisaban, y un día, que fue el de su muerte, viniendo los chiriguanas determinados de poner en ejecución lo concertado, estaban con el General tres o cuatro soldados, Juan de Paredes y Diego de Ocampo Leyton, ambos extremeños y hombres de vergüenza, ánimo y hidalgos, con sus arcabuces y cuerdas en las serpentines; dijéronle: Señor, estos indios vienen con mal pecho. Si vuestra merced manda, aquí los despacharemos. Enojose el General y díjoles: Quitaos de ahí. ¿Para qué me ponéis esos miedos? Apagad las cuerdas y dejadme con la lengua, un mestizo que servía della. Replicáronle; no aprovechó nada. Apagaron las cuerdas y no fueron cuerdos, y fuéronse a un bohío donde estaban los demás. El General estaba en una hamaca, entre las piernas la celada, encima de una rodilla, y sin espada, vestida una cota; como quedó solo con el mestizo lengua entran los chiriguanas, comienzan a quejarse que no les daba parte de la presa; descuídanle, llega uno por detrás, que el pobre General, ni la lengua lo advirtió, alza la mano y con una macana de palma dale un golpe en la cabeza que le aturdió y dio con él de la hamaca abajo. El lengua salió dando voces ¡Al General han muerto! ¡Al General han muerto! Los pocos soldados túrbanse, y como no tenían mecha encendida, uno de los dos arriba referidos arrebató un tizón y puso fuego al arcabuz; dispara sin saber a donde tiraba y acertó a dar en un caballo y matole. Los indios pensaron que los soldados venían sobre ellos; retiráronse a una montañuela que cerca estaba, para guarecerse de los arcabuces, que si vinieran sobre los nuestros allí los mataran a todos. Retirados, tuvieron lugar los pocos españoles, pero bravos, de encender sus mechas y hacerse fuertes en la casa y recoger los caballos. El pobre General murió dende a pocas horas, sin poder hablar palabra.
Entre los soldados había un mestizo, del Río de la Plata, llamado Juan de Paredes, y por diferenciarle del que habemos tractado, le llamo Paizunu; a los dos conocí y tracté mucho, y a éste no tanto, que me dijeron lo que voy refiriendo. Este Pazunu dijo: Aquí estamos perdidos; si me dan un caballo, el que yo pidiere, yo romperé por los enemigos, iré a dar aviso a don Diego, y si esto no hacemos, aquí nos han de matar; y muertos, como don Diego no sepa lo sucedido, luego darán sobre él y los demás, y todos pereceremos y la ciudad asolarán. Y fuera así si Nuestro Señor otra cosa no ordenara por su misericordia: los chiriguanas habíanse puesto en medio del camino para que no se fuese a dar mandado a don Diego. Don Diego fue uno de los buenos capitanes para contra indios que había en estas partes, mestizo del Río de la Plata; no le conocí, mas por su fama, y después tractaremos dél, cuando tractáremos de lo sucedido en el tiempo que gobernó don Francisco de Toledo. A los soldados pareció bien el consejo; dan el caballo que pidió, armose y armaron al caballo; toma una lanza y un arcabuz pequeño, sale, dispara su arcabuz y luego echa mano de la lanza y rompe por medio de los Chiriguanas, y sin parar, aunque con algunos flechazos peligrosos, en él y en el caballo, da aviso a don Diego de Mendoza, que había quedado donde dijimos. En el real hízose el sentimiento debido. Parte con su ejército luego, da en los Chiriguanas por una parte, los pocos por otra; mató muchos, y a los que hubieron a las manos metiéronlos en un buhío y pusiéronlos fuego; castigo merecido por la maldad cometida, porque el General era noblísimo y valentísimo. Sucedió esta maldad y desgracia gobernando este reino el licenciado Lope García de Castro; Su Majestad le había hecho merced de aquella gobernación, para sí, hijo y nieto; dejó dos hijos pequeños y tres hijas. El gobierno encomendose a don Diego de Mendoza hasta que su sobrino el mayor tuviese edad. Después quitóselo don Francisco de Toledo, siendo Visorrey destos reinos; proveyó en él a Juan Pérez de Zurita, más para pelear que para gobernar; después tornose a proveer en el mismo don Diego, el cual muerto, como diremos, quedó un poco de tiempo el gobierno en los alcaldes, después de lo cual, no sé si por Su Majestad e por qué Virrey, se proveyó a don Lorenzo de Figueroa, un caballero muy noble y de muy buenas partes, y no menos cristiano, el cual descubrió una provincia de gente política como ésta del Perú, muy poblada y que fácilmente se le dieron y aun le convidaron con la paz, porque los librase de los Chiriguanas, que los comían. Murió este caballero agora no sé quién la gobierna.

Capítulo XCV
Prosigue el camino de Mizque a la ciudad de La Plata

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