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Фрай Рехинальдо де Лисаррага. Колониальное описание. Fray Reginaldo de Lizárraga. Descripción colonial (libro primero)


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Hobo en ella, ocupados en este oficio evangélico, muchos y muy buenos, y entre ellos el padre fray Melchior de los Reyes, de quien en breve dejamos hecha mención; el padre fray Augustín de Formicedo, que hoy muy viejo vive; el padre fray Domingo de Narváez30, cuyo cuerpo dijimos, enterrado en el Convento de nuestro padre Santo Domingo de los Reyes, en el capítulo pasados siete años se halló entero y los hábitos sin lisión; el padre fray Miguel Cerezuela, y el padre fray Domingo de la Cruz, a quien un demonio perseguía de día y de noche, con otros muchos grandes religiosos y grandes lenguas de la que llamamos Aimará, que es diferente de la general de los Ingas, más abundante y más galana; contrabajos, artes, vocabularios, cartapacios y sermones otros el día de hoy triunfan, como si ellos lo hobieran trabajado; quitola a la Orden don Francisco de Toledo, residiendo en ella treinta religiosos; si con Justicia o con pasión, ya ha dado cuenta a nuestro Señor dello; diola primeramente a clérigos; después el pueblo mayor, qu’es Juli, dio a los padres de la Compañía. Pero cuánta diferencia haya (no tracto de los padres de la Compañía, que hacen su oficio religiosamente) del un tiempo al otro, del concierto y ornato de los templos y servicio del altar, los ciegos que pasan por el camino lo ven. Hallábanse en estos pueblos 20000 indios tributarios; agora no sé si hay tantos, porque se han huido muchos (fama es más de 6000) a una provincia de infieles y de guerra de los Chunchos, dejando sus mujeres, hijos, casas y haciendas. Por qué causa no es de mío decirla en este lugar; en otro, si me viese sin ningún temor de mal subceso humano, creo lo diría.
En el pueblo de Juli, digo en su término, no lejos, descubrió un indio una veta de plata rica; quiérensela quitar diciendo que el indio no puede tener mina de plata; el procurador del indio apeló para la Real Audiencia de la ciudad de La Plata (yo estaba a la sazón en ella); quítansela; perdiose la veta hasta hoy, no sé en qué se pueda fundar que yo, en mi tierra, como el extraño, no pueda tener mina, principalmente descubriéndola yo.

Capítulo LXXXVI
Del pueblo [de] Copacabana

Desde Pomata, tomando el camino sobre mano izquierda, dejando el Real a la mano derecha, ocho leguas dista el pueblo Copacabana, a donde se redujeron muchos indios que de diversas provincias deste Perú vivían en una isla de la laguna, dos leguas deste asiento y tierra firme, una por mar, otra por tierra; llámase esta isla Tiquicaca, donde era el más famoso adoratorio que el demonio en todos estos reinos tenía, y para su servicio mandaba que de las más provincias dél que señalaba le sirviesen allí indios; solos unos exceptaba, llamados puquinas, que viven la mayor parte en el camino de Omasuyo, que es de la otra parte de la laguna, por ser gente como de suyo es muy sucia, más que otra destos reinos, como si el demonio fuera muy limpio; antes que estos indios se redujesen y se deshiciese aquel famoso y falso adoratorio, todavía el demonio por los pecados déstos, aunque ocultamente, era reverenciado y obedecido, para comprobación de lo cual diré lo que un religioso nuestro me refirió le había pasado no ha 25 años, viviendo en un pueblo y doctrinándolo, llamado Tarama, distrito de la ciudad de Guánuco, siete leguas del primer pueblo del valle de Jauja, llamado Butun Jauja, que es decir el gran pueblo de Jauja.
Sucediole, pues, que estando en esta doctrina llegó a él un fiscal della, indio, y díjole: Padre, aquí está un Cacha, que es un mensajero, de Tiquicaca; el religioso, aunque no había vivido por allá arriba, tenía noticia deste adoratorio, y luego advirtió a lo que podría ser; dijo al fiscal: tráemelo aquí. Trújoselo. Era un indio bien dispuesto; llegó a guisa de caminante, la manta ceñida; preguntole: ¿De dónde eres, hijo? Responde: de la isla Tiquicaca. Replicole: ¿Dónde vas? Respondió: A Quito. (Hay desde Tiquicaca a Quito más de quinientas leguas.) ¿Quién te envía? Responde: El Apo, que es el señor de Tiquicaca. Bien entendió el religioso que el que le inviaba era el demonio. ¿Así te envía? pues yo os doy mi palabra que no habéis de ir allá y que os tengo de castigar por el mensaje. Del demonio sois mensajero. Respondiole el indio: Padre, yo tengo de ir. El padre: No iréis; yo os azotaré y tresquilaré primero y echaré en la cárcel. Responde el indio: Padre, los azotes y tresquilarme, no lo quitará Tiquicaca; mas dejar de ir no lo impidirás. Viendo esto el religioso, ¿qué había de hacer? Mándale azotar y tresquilar, a la justicia, por mensajero del demonio, y que lo echen en la cárcel, en el cepo, y toma la llave de la cárcel y cepo; a la mañana va a ver su indio allá en la cárcel; él va a buscar el indio; el cepo hallolo cerrado, pero el indio nunca más le vio. ¿Este fue indio o demonio, que no pareció más?
El religioso que esto me dijo, y a otros muchos, en la ciudad de Los Reyes, se llama fray Juan de Torrealba, que agora vive en España, hombre de mucha verdad, y no tenía para qué fingirlo.
Para deshacer este adoratorio, que llamamos guacas, fue acertadísimo sacar los indios de aquella isla y poblarlos en la tierra firme, a la lengua casi del agua, en un cerro no alto, llamado así Copacabana. Este pueblo tenía a su cargo un clérigo gran lengua de la Aymará y de la Quichua; así se llama la de los Ingas, llamado el bachiller Montoro; la iglesia es buena; hiciéronla religiosos nuestros, porque este pueblo y otro que dista deste una breve legua, llamado Yunguyo, se encorporaron, cuanto a la doctrina, con la provincia de Chucuito. El buen clérigo mandó hacer a un indio una imagen de bulto, que colocó en la iglesia, al lado de la Epístola, en un altar, por sí; intitulola de la Purificación; yo la he visto tres o cuatro veces; tiene de largo, sin la peana, una vara y cuatro dedos; salió hermosa de rostro, con su Niño Jesús entre los brazos, y aunque es así (como luego diremos) que los indios tienen poca fée o ninguna, algunos hay en quien Nuestro Señor la ha infundido. Estos son pocos.
En aquel pueblo había un indio casado que a su mujer daba mala vida y aborrecía grandemente; ella era buena cristiana y devota de aquella imagen de Nuestra Señora; el marido, persuadido del demonio, sacola al campo para ahorcarla; echole la soga a la garganta y quísola ahorcar; la india, muy de veras se encomendó a Nuestra Señora, y teniéndola ya su marido para lanzarla de un árbol abajo, apareciósele Nuestra Señora en figura de aquella imagen; el indio deja la mujer e pone pies en polvorosa, mirando para atrás, lleno de temor; la india quedó libre hallándose en el suelo, la cual también vio a Nuestra Señora en su favor; vínose a la iglesia, hincose de rodillas delante del altar de Nuestra Señora, dándola gracias; da noticia deste milagro al clérigo, hácese la averiguación, traen al marido, confiesa la verdad, que todavía estaba temerosísimo; llámase al corregidor de aquel partido, que a la sazón era don Jerónimo Marañón, convocáronse los clérigos comarcanos, hízose una solemne procesión con los indios del pueblo y otros que acudieron y algunos españoles que por allí se hallaron; luego se comenzaron a multiplicar milagros, que pintaron en las paredes de la iglesia; hízose libro pero algún luterano oculto que por allí pasó lo hurtó, más no pudo hurtar la memoria dellos, que como eran frescos no se habían y tornáronse a escribir.

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