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Фрай Рехинальдо де Лисаррага. Колониальное описание. Fray Reginaldo de Lizárraga. Descripción colonial (libro primero)


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s de las culebras»

(LXV).

Cierto pasaje de este mismo capítulo LXV, da a entender que una parte de la jornada la hubiera hecho a caballo, pues hablando de sus pantanos y tremedales, dice: «se sumen el caballo y caballero en el cieno». Otro pasaje del capítulo LXVI, da a entender que de Santiago a Córdoba y de Córdoba a Buenos Aires, se hacía ya la travesía en carretas: «El camino, carretero; y así caminé yo desde Estero (sic) a esta cibdad, que son poco menos de 200 leguas, si no son más, y desde aquí se toma el camino a Buenos Aires, también en carretas, que son otras 200, pocas menos; toda la tierra llana, y en partes tan rasa, que no se halla un arbolillo». Por el mismo transporte, en convoy de doce carretas cuyanas, pasó de Córdoba a Mendoza, que ya era estación carretera del tráfico andino. Los ferrocarriles actuales han seguido las rutas de 1590.
Pasajes de tal género, pudiera yo citar numerosos. Otros hay en que caracteriza a nuestros indios o a los gobernantes españoles que vinieron a reducirlos. De los juries12 dice, por ejemplo: «Son haraganes y ladrones» (LXXI); y de los guarpes13: «Son mal proporcionados, desvaídos» (LXXI). De don Francisco de Aguirre dice: «Varón para guerra de indios, bravo», y del licenciado Lerma: «En Tucumán, unos le alaban, otros le vituperan» (LXVII). Muéstrase, como se ve, capaz de caracterizar los hombres con un rasgo lacónico. Asimismo, logra a las veces caracterizar un paisaje, haciéndolo visible por una comparación, como cuando retrata las salinas de la Puna, ya explotadas entonces por los indios cochinocas y casavindos: «De lejos, con la reverberación del sol -dice- no parece sino río, y a los que no lo han visto nunca, espanta, pensando que han de pasar río tan ancho: llegados, admira ver tanta sal» (LXII). Y cuando retrata la estructura de aquellas nacientes sociedades argentinas, elige rasgos que han subsistido. Por ejemplo, de Mendoza, fundada «a las vertientes de estas sierras nevadas» dice su libro: «La cibdad es fresquísima, donde se dan todas las frutas nuestras, árboles y viñas, y sacan muy buen vino que llevan a Tucumán o de allá se lo vienen a comprar14; es abundante de todo género de mantenimiento y carnes de las nuestras; sola una falta tiene, que es leña para la maderación de las casas» (LXXI). Así van sucediéndose en el libro, anécdotas de cautivos, paisajes de la cordillera, asaltos de indios a las carretas, noticias sobre conventos, vecinos, hasta hacer de su libro un cuadro sugerente y muy completo de lo que fue el embrión de nuestro país en el siglo XVI, al terminar la primera conquista militar de los españoles. Así también el viaje de Concolorcorvo, realizado por aquellos mismos caminos que dos siglos antes recorriera Lizárraga, iba a ser el cuadro más completo de esa misma embrionaria sociedad al concluir la colonización española, en las vísperas de la emancipación americana…

- IV -
No fue esta Descripción el único libro que escribió Reginaldo de Lizárraga. Menéndez, el cronista de los dominicos, le atribuye además de esa obra (que ese cronista conoció y aprovechó), estas otras sobre cuestiones religiosas: Los cinco libros del Pentateuco; Lugares de uno y otro Testamento que parecen encontrados; Lugares comunes de la Sagrada Escritura; Sermones del tiempo y Santos; Cartas y Comento a los Emblemas del Alciato. Hoy se dan por perdidos estos libros; pero yo no suelo abandonar jamás la esperanza de que vayan reapareciendo todos estos antiguos códices coloniales, a medida que las investigaciones paleográficas avanzan y se perfeccionan, mucho más si se tiene en cuenta que Lizárraga dejó preparados dichos papeles para su publicación, y que a los papeles de un religioso como él les han alcanzado menos las vicisitudes temporales de viajes y guerras, pues siempre tuvieron quien los guardara, ya en la orden en que fue provincial o visitador, ya en las diócesis donde fue obispo. Pero aun perdido el texto, esos títulos bastan para revelarnos que fray Reginaldo fue un hombre sabio en ciencias sagradas, que apasionaban en su tiempo; y acaso en letras clásicas, instrumento inherente a la cultura teológica15. Pero nada de todo ello se advierte en la Descripción que se ha salvado, sin duda porque a esta otra la caracteriza, por su género, un tono familiar, fluyente a la deriva de sus recuerdos espontáneos, tal que a la disertación abstracta y erudita, roban su sitio anécdotas expresivas, paisajes característicos, intencionadas etopeyas, mientras pasan por el espejo del recuerdo, tanto cosas, hombres y sitios como conoció en sus duras andanzas por las Indias.
El «estilo» de Lizárraga es casi siempre desaliñado, pero su observación es siempre aguda; su memoria, feliz; su sentimiento, plástico para su época. El temperamento belicoso de los conquistadores militares y el ascético temperamento de los conquistadores evangélicos, no dejaba mucho lugar a la contemplación sensual de las cosas mundanas, fuente de forma y de color en el arte. De ahí que estos libros de Indias no abunden en pasajes de verdadero valor literario. Cuando quieren describir, enumeran; cuando narrar, enumeran también; y sus temas son siempre de utilidad para la acción perentoria o para el arrobamiento extraterreno. En la Descripción de Lizárraga, yo he encontrado, sin embargo, pasajes que traducen su relativa delectación, como aquellas dos líneas, en las cuales, describiendo la ciudad de Arequipa, sus edificios, sus aguas, sus temblores, dice: «Continuamente, la puesta del sol es muy apacible, por la diversidad de arreboles en los celajes, a la parte del Poniente» (LXVI). En el capítulo LV, diserta sobre las cualidades de los criollos» («así les llamamos»), y entonces dice de las limeñas: «De las mujeres nacidas en esta ciudad, como en las demás de todo el reino, Tucumán y , no tengo que decir sino que hacen mucha ventaja a los varones; perdónenme por escribirlo, y no lo escribiera si no fuera notísimo». Ese juicio continúa siendo verdad; pero sorprende encontrarlo bajo la pluma de un cronista primitivo. Ni el sentimiento de la naturaleza ni el de la belleza femenina, asoman con frecuencia en la prosa colonial del primer siglo. En tal sentido, Lizárraga es una excepción en el Plata. Su libro es uno de los documentos más humanos de la primitiva literatura colonial, por su acento sincero, y por la profusión de noticias personales que enriquecen sus páginas. Entre tantas piezas cartularias, dogmáticas, protocolares, esta Descripción es un oasis de cosas vistas y sentidas, un espejo de vida verdadera. A los áridos testimonios de las «informaciones» y «probanzas», él les da forma; a los episodios oficiales de las «relaciones» y las «actas», él les da color de anécdota novelesca. Tal, por ejemplo, aquel pasaje en el cual habla del Cuzco y del convento de Santo Domingo en esta ciudad: «Nuestra casa es lo que antiguamente se llamaba, gobernando los Ingas, la Casa o Templo del Sol»; así dice Lizárraga. Pinta después cómo eran las murallas; cómo una fuente de piedra donde evaporaba el sol la chicha que bebía; cómo «una lámina de oro, en la cual estaba el sol esculpido» y que servía para tapar la chicha en la fuente litúrgica. Y a eso agrega su anécdota personal: «Cuando los españoles entraron en esta ciudad, le cupo en suerte (la lámina) a uno de los conquistadores que yo conocí, llamado Mansio Sierra, de nación vizcaíno y creo provinciano; gran jugador; jugó la lámina y perdiola: verificose en

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