Esta cofradía es muy rica, tiene muy buenas posesiones de casas y tiendas en la Plaza; hizo una custodia, toda de plata de muy buena labor, y muchos pilares macizos de plata, poco menos que un estado de un hombre, y para llevarla en hombros el día del Santísimo Sacramento son necesarios doce sacerdotes de remuda; ya se lleva en un carretón.
Esta cofradía dimana de la que está fundada en Roma, en la Minerva, que es convento nuestro; tiene suma de gracias, indulgencias y jubileos más que otra alguna, y justísimamente, por concesión apostólica, tenémosla en nuestro convento; subcedió, pues, así, viviendo yo en él, recién sacerdote. El domingo siguiente después del jueves que se celebra la fiesta en la iglesia Mayor, se celebra en nuestra casa; el sábado antes tráese la custodia de la iglesia Mayor a nuestra casa, para sacar en ella en nuestra procesión el domingo el Santísimo Sacramento, la cual se celebra con mucha pompa y alegría, saliendo del convento y andando una cuadra en torno, y una frente de la cuadra es la plaza. En la peana desta custodia, sobre que se arma toda ella, se fija otra custodia de oro toda, muy bien labrada, con que el ilustrísimo fray Hierónimo de Loaisa, arzobispo de esta ciudad, sirvió a la Majestad del Señor, que vale tres mil pesos, encima de la cual, en su veril, se pone el Santísimo Sacramento. El padre sacristán era un sacerdote muy esencial que yo conocí e trató mucho; fuimos novicios juntos; en un bufete puso las andas en la iglesia, en la capilla del capitán Diego de Agüero, de quien habemos arriba sumariamente tratado. Cubriolas con unos manteles, de los hay sobrados para los altares; sucedió, pues, así: que aquella noche, quien quiera que fue, notó bien donde se ponía la custodia, y después o antes de maitines de media noche, fuese para la custodia, desclavó la de oro y fue nuestro Señor servido que con ser la peana sexavada y por cualquiera de las puertas de los sexavos podía entrar y salir la custodia de oro (no se fija en este lugar ni está en él, sino cuando ha de salir en ella el Santísimo Sacramento) que no acertase aquel infame ladrón a sacarla; acertó a desclavarla y no acertó a sacarla. El sacristán era gran siervo de Dios y de nuestra Señora muy devoto; llamábala nuestra Ama; cuando vio por la mañana la custodia de oro desclavada y que no la pudo sacar aquel más que pérfido ladrón, arrimada a una de las puertas del sesavo, dio muchas gracias a Nuestro Señor y a su Madre santísima, y si no fui el primero, fui el segundo a quien lo dijo. Este sacrílego ladrón debía ser algún impío luterano.
Capítulo LIII
De la cristiandad deste pueblo
Pues porque digamos a gloria de Nuestro Señor lo que resplandece mucho en este pueblo, aunque es así que en los trajes es demasiadamente soberbio, con todo eso es muy cristiano; la cofradía de la Caridad casa tantas doncellas como habemos dicho, y fuera desto, como en todos los monasterios haya tantos jubileos, indulgencias y perdones, los más de los cuales para ganarse requieren confesar y comulgar, es cosa de gran alegría ver en los monasterios tanta frecuencia en confesiones y comuniones. Son, pues, tantos los jubileos que en esta ciudad a los monasterios, iglesias y capillas son concedidos, que no sé yo si, fuera de Roma, hay otra en toda la cristiandad de tantos, ni donde con tanto fervor se acuda a ganarlos, haciendo y tomando los medios que para ganarlos los Sumos Pontífices que los concedieron mandan se tomen.
A toda esta ciudad por una parte la cerca el río, por las otras tres huertas y viñas llenas de árboles frutales, como dejamos escrito; de los de la tierra, si no son plátanos, ya casi no hay otros, por ser de tan buena fruta como los nuestros. El vino, pan y carne que se gasta es cosa increíble; buena población es la que consume en el rastro más de 50000 carneros, sin los que se gastan en la carnecería, y más de 100 reses vacunas cada semana; carne de puerco no hay quien se atreva a dar abasto; dan tantos para cada día; oficiales, tanto género dellos como en Sevilla. El puerto, uno de los mejores y más capaz del mundo, abundantísimo a su tiempo de mucho pescado, donde jamás faltan de cuarenta navíos grandes y pequeños, y dende arriba, de Panamá, México, Chile y Guayaquil. Empero tiene un gran contrario temeroso y enfadoso, y es los temblores de tierra que la suelen descomponer, como los años pasados sucedió uno que derribó muchos edificios; mas en breve se han tornado a redificar muy mejor que antes, y después que se tomó en suerte por abogada la fiesta de la Visitación de Nuestra Señora, ha sido Nuestro Señor servido, por intercesión de su santísima Madre, no haya venido temblor dañoso; celebra la ciudad esta fiesta con procesión, que sale de la iglesia mayor, anda en contorno de la plaza con la solemnidad casi que se celebra la del Corpus Christi, y con tanto concurso del pueblo.
No sale el Santísimo Sacramento, ni las cofradías ni oficiales con sus andas; en lo demás, la misma solemnidad se guarda.
Capítulo LIV
Las cosas contrarias a esta ciudad
Es combatida esta ciudad de enfermedades que de cuando en cuando Nuestro Señor por nuestros pecados envía, y en otros tiempos lo era de cámaras de sangre, por causa del agua del río, como dijimos; después de traída la fuente, esta enfermedad ha cesado. Las enfermedades cuotidianas son, en alcanzando algún nortecillo, romadizo, catarros, juntamente con dolor de costado. El viento Norte en todas estas partes, en Tucumán y Chile, es pestilencial, porque como es de su natural muy frío, en corriendo son estas enfermedades con nosotros, y en todo lo que habitamos desta tierra y de los demás dos reinos no corren otros vientos sino Norte o Sur, el Sur sano, el Norte enfermo; de más desto, como las mercaderías se traigan de otros reinos, si en ellos han pasado algunas enfermedades contagiosas, nos vienen y cáusanos mucho daño y gran disminución en los naturales, como ahora lo causa una enfermedad de viruelas juntamente con sarampión, llevándose mucha gente de todas naciones, españoles, naturales, negros, mestizos y de los demás que en estas regiones vivimos, y escribiendo este capítulo, agora actualmente corre otra no de tanto riesgo acá en la Sierra, como lo fue en los Llanos, de sarampión solo, el cual en secándose acude un catarro y tose que de los muy viejos e niños deja pocos, y en la ciudad de Los Reyes hizo mucho daño, particularmente en negros.
Alcancé en esta ciudad algunos de los conquistadores viejos, a los cuales oí decir que llegados a este valle les parecía era imposible morirse, aunque también decían habían oído a los indios que no fueran poderosos a conquistarlos si pocos antes no hubiera venido una enfermedad de romadizo y dolor de costado que consumió la mayor parte dellos. Las frutas nuestras, como son melones, higos, pepinos, etc., y otras de la tierra, en gente desreglada causa grandes calenturas, a los cuales si les halla un poco faltos de virtud, fácilmente los despacha; pero desto es la causa la incontinencia, de los necios. Dejo otras particularidades, por no ser prolijo, y no se diga de mí que como aficionado las trato. Serla aficionado no lo niego, por tenerla por patria; en lo demás no digo tanto de bien como en ella, por la bondad de Dios, ha crecido en tan breves años.
Capítulo LV
De las calidades de los nacidos en ella
Los que nascen en esta ciudad meros españoles son gentiles hombres por la mayor parte y de buenos entendimientos, y animosos, y lo serían más si los ejercitasen en cosas de guerra; son muy buenos hombres de a caballo y galanos, y para otras cosas que adornan, la policía humana, no les falta habilidad. Por la mayor parte son más pródigos que liberales, y trasportados hacen muchas ventajas a los naturales. En una cosa tienen gran falta, esta no es la culpa suya, sino de los que gobiernan; déseme licencia para tratarlo, porque a ello no me mueve quererme entremeter en cosas de gobierno, sino advertir del daño que podría suceder. La falta que tienen es que esta ciudad es puerto de mar. Pues los nacidos en puerto, que no sepan nadar, que no sepan qué cosa es mar, que no entren en ella, y que si entran luego se marean como si vivieran muy apartados della; esta es la falta. Hasta agora no se sintía, porque no se imaginaba que enemigos de la Iglesia católica y del nombre español nos habían de venir a robar; pero ya que por nuestros pecados lo experimentamos, debían los gobernadores a todos los nacidos en esta ciudad desde muchos años, mandar llevarlos al puerto, enseñarlos a nadar, meterlos en barcos y hacerlos llevar por lo menos dos veces en la semana cuatro leguas y más a la mar, porque se hiciesen a ella, no que como testigo de vista hablo.
Cuando don García de Mendoza, marqués de Cañete, envió contra el inglés tres navíos grandes y otros patajes, yo iba en la Almiranta, y cuantos criollos, así los llamamos, iban en ella, y hombres bien nacidos, en entrando en la mar cayeron como amodorridos, y el día que vimos al enemigo, de mareados que estaban no eran hombres, y en tierra riñeran con el gran diablo de Palermo, los cuales si estuvieran hechos a entrar en la mar no les subcediera.




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