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Фрай Рехинальдо де Лисаррага. Колониальное описание. Fray Reginaldo de Lizárraga. Descripción colonial (libro primero)


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37;a.
Esta capilla de las Reliquias es celebrada por la multitud que dellas hay, mayores y menores en cantidad, de famosísimos sonetos; hay entrellas un poquito del verdadero lignum crucis, donde Cristo murió, y un cabello de Nuestra Señora. El provincial que quiso mudar o quitar la capilla de San Juan de Letrán dio esta capilla a los ministros del Santo Oficio, con una carga pesadísima, que fuese el convento por sus cuerpos y sacerdotes los trujesen en hombros, como si fueran sacerdotes, cosa bien excusada, si se diera a los señores inquisidores y en ella se enterraran, pasara, pero darla a oficiales no se puede tolerar, y sin ninguna limosna. Y aunque entre ellos hay personas nobles, hay familiares que tienen oficios bajos, y a estos —94→ enterrarlos, como vi a uno, como si fuera inquisidor, es igualar lo alto con lo bajo y la nobleza con los que no la tienen, y con todo esto, alguno destos familiares se entierran en otras partes y la capilla está sin marido, como las demás lo tienen, dotadas con muchas ventajas.
Luego se sigue la del glorioso San Jacinto, con retablo dorado y figura del sancto muy buena; la capilla bien adornada; hízose una solenísima fiesta el día que en esta ciudad se celebró la canonización del santo, con admirable adorno de la iglesia y más del claustro, con un coloquio famosísimo de la vida de este santísimo hermano nuestro, con tanta riqueza que parecía incomparable, y con ser tanta, no se perdió ni un alfiler.
Aquí se ha juntado la imagen de San Raimundo, agora nuevamente canonizado por el mismo Clemente octavo, que canonizó a Jacinto, en cuya fiesta fue mucho más el ornato admirable del claustro y iglesia que en tres días no se pudo impedir al pueblo que no viniese a verlo, y no se hartaban; tampoco faltó cosa de momento.
Debajo del coro al uno y otro lado hay dos capillas; al de la Epístola, una de los indios, con imagen de nuestra Señora, de bulto, y otra de los negros, asimismo con imagen de bulto, de la misma Señora, que, conforme a su posible, no están mal aderezadas.
Los mulatos toman otra, que es por donde se sale al claustro; ésta es la menos adornada; será nuestro Señor servido se adorne a su servicio y de su santísima madre.

—95→
Capítulo XXVII
De los provinciales [que] han augmentado el convento

Dijimos arriba que el principal fundador deste convento fue el religioso y no menos valeroso padre fray Tomás de San Martín, primer provincial, el cual, después de haber comenzado la obra de la iglesia fue el que buscó y atrajo a todos aquellos capitanes y otras personas a que tomasen las capillas y las dotasen; buscó y atrajo al convento mucha renta de otras partes, como fue que a su persuasión el capitán Gabriel de Rojas hizo limosna a este convento de 6000 pesos ensayados, con no más obligación de que le encomendasen a nuestro Señor en los capítulos, lo cual perpetuamente se hace y en las misas, como a principal bienhechor nuestro; ganó chácaras y tierras de pan y solares para casas, con no poco trabajo de su persona, a quien subcedió en provincial fray Domingo de Santo Tomás, maestro en sancta Teología, varón realmente apostólico, castísimo, libre de toda cobdicia y ambición, gran predicador, así para los españoles como para los indios, y más dado a la predicación y conversión de los indios que a la de los españoles; fue el primero que imprimió y redujo a arte la lengua general deste reino. Varón de grande entendimiento y prudencia cristiana, ferventísimo en el celo del bien y aumento de los —96→ naturales deste reino, por lo cual era de algunos aborrecido; empero decía lo que San Pablo: si agradase a los apetitos dañados de los hombres, no sería siervo de Dios. En el convento no sé qué haya aumentado, porque siendo provincial le fue forzoso ir a España y dende allí pasar en al capítulo general que se celebraba de provinciales, y por esta razón no pudo augmentar como quisiera la casa aunque, por no dar de aplicar más para su casa que para otras partes, hizo una cosa donde mostró el poco amor que a los bienes temporales tenía, ni para su convento, que para sí, ninguno.
Esto la ciudad toda lo vio y los religiosos, porque estábamos en el convento. Había en la ciudad un mercader llamado Nicolaso Corso, hermano de Juan Antonio Corso, el rico; estando para se ir a España con 80000 pesos y más, ensayados, diole el mal de la muerte; envía a llamar al padre nuestro fray Domingo de Santo Tomás, que había pocos días llegado de España; dice le confiese y que allí tiene 80000 pesos y más, ensayados; que como le fía el ánima, le fía y entrega la hacienda para que haga della lo que quisiere, en bien y descargo de su conciencia, porque no tiene heredero forzoso.
No creo otro que este apostólico varón hiciera lo quel hizo. Toda la hacienda repartió entre pobres, y particularmente al Hospital de los naturales desta ciudad dejó la mayor cantidad, donde hizo una capilla y la dotó; no a su convento, con poderle dejar toda, instituyendo un colegio para bien de todo el reino, con renta, al modo de los de San Gregorio, de Valladolid, y no fuera esta obra —97→ menos acepta a nuestro Señor que dejarlo al Hospital de Santa Ana. Porque no se dijese aplicaba para su casa, huyendo esta , lo dejó al Hospital de los naturales, y no dejó a su convento más que a los otros, que fueron 100 pesos corrientes de limosna para cien misas, ni en el acompañamiento del difunto que de aquella enfermedad murió, pidió más religiosos de un convento que de otro. Bastante argumento es del poco amor que a la plata tenía. Luego dende a poco le hizo merced Su Majestad de la silla episcopal de la ciudad de La Plata; lo que allí hizo y su muerte, cuando tractáremos de los señores obispos destos reinos lo diremos.

Capítulo XXVIII
De los provinciales de nuestra ordena

A este excelentísimo varón sucedió el gran fray Gaspar de Carvajal, religioso de mucho pecho y no menos virtud carretera y llana, el cual a todos los conventos que llegaba, cuando los iba a visitar, en lo espiritual y temporal, favoreciéndolo el Señor, dejaba augmentados. Varón abstinentísimo, de gran ejemplo, de una simplicidad extraña. En su tiempo, en parte dél fue prior desta casa el muy religioso fray Tomás de Argomedo, varón docto, de mucho ejemplo, buen predicador y acepto, el cual, el año de 60 me dio el hábito; a quienes, si no era cual o cual, nos quitaba los nombres y nos daba otros, diciendo que a la nueva vida, nuevos —98→ nombres se requerían. Yo me llamaba Baltasar; mandome llamar Reginaldo, y con él me quedé hasta hoy.
Este religiosísimo varón y padre fue el primero que en nuestro convento comenzó a poner orden en el coro; hasta entonces no la había, por no haber religiosos que lo sustentasen; en pocos meses tomamos el hábito más de treinta, con los cuales y los demás sacerdotes del convento se comenzó de día y de noche, como en el más religioso de España, a guardar la observancia de la religión, y lo mismo se comenzó en los demás desta ciudad, porque hasta este año de sesenta muy pocos religiosos había en los conventos, los cuales faltando, no puede haber tanto concierto en el coro, ni en lo demás; de suerte que podemos decir, y justísimamente, que desde este año de 60, o cuando mucho del 58, comenzaron los conventos a se aumentar; para que se vea cuán en breve tiempo la mano del Señor ha venido favorabilísima sobre todos ellos. Diome la profesión el padre provincial fray Gaspar de Carvajal, cumplido mi año de noviciado, que ojalá y en la simplicidad que entonces tenía hobiera perseverado.

Capítulo XXIX
De los demás provinciales de nuestra orden

A este bonísimo varón sucedió el padre fray Francisco de San Miguel, venerable por sus canas —99→ y vida ejemplar, gran predicador, conforme a lo que entonces se usaba, que era (creo lo mejor) no tantas flores como agora, ni vocablos galanos; no se daba tanto pasto al entendimiento como agora se da, pero dábase más a la voluntad y más la aficionaban a la virtud; diole nuestro Señor este don: tenía en su mano el auditorio para le alegrar y para le compungir y hacer derramar lágrimas; era de su natural grave, mas acompañaba a su natural gravedad mucha humildad y no menos sufrimiento; ninguna cosa aumentó en el convento, por no haber cómodo para

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