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Фрай Рехинальдо де Лисаррага. Колониальное описание. Fray Reginaldo de Lizárraga. Descripción colonial (libro primero)


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El río desta ciudad, en tiempo de aguas en la Sierra, que llueve como en nuestra España, es muy grande y extendido; no tiene madre, como no lo tienen los demás destos llanos; corre por cima de mucha piedra rolliza; antes que tuviese puente, muchas personas se ahogaban en él queriéndole vadear, porque aunque tenía un puente de madera hecho de horcones hincados en el suelo, estaba tan mal parada, que no se atrevían a pasar por ella, y no podían pasar sino uno solo, y con sus pies. Lo cual visto por el marqués de Cañete, don Andrés Hurtado de Mendoza, de buena memoria, llamado el limosnero, gran amigo de pobres, dio orden cómo se hiciese puente toda de ladrillo y cal, de siete o ocho ojos, que comenzase desde la barranca del río a donde casi llegaban las casas Reales, y desde los molinos del capitán Jerónimo —82→ de Aliaga, secretario que fue de la Audiencia, que hacen casi calle con las casas Reales; al cual diciendo los oficiales maestros de la obra que mejor se fundaría más abajo, donde estaba la puente de madera que acabamos de decir, aunque había de ser más larga, porque haciéndola allí el río se iba su camino, sin echarlo a la ciudad, lo cual forzosamente se había de hacer haciéndola donde el Virrey mandaba, y que la barranca era señal evidente ya el río había llegado una vez allí y había de llegar otra, por el común refrán, al cabo de los años mil vuelve el río a su carril, respondió la mandaba hacer en aquel sitio porque los pasajeros que viniesen de abajo, y pliegos de Su Majestad de España, por tierra, entrasen a una cuadra de las casas Reales donde el Virrey viviese, y por la calle derecha a la plaza una cuadra della, y cuanto a echar el río a la ciudad, que no habían de ser los Virreyes tan flojos quel río la hiciese daño; palabras realmente de gran republicano, como lo era.
Con todo eso, como diremos, ha hecho daño el río si los Virreyes no tienen ánimo para remediarlo.

Capítulo XXII
De la ciudad de Los Reyes

No creo ha habido en el mundo ciudad que en tan breve tiempo haya crecido en número de monasterios, ni iguale a los religiosos que en ellos sirven —83→ a Dios, alabándole de día y de noche, y ejercitándose en letras para el bien de las ánimas, como esta de Los Reyes, habiendo ayudado muy poco o nada los príncipes y gobernadores destos reinos al edificio dellos.
El más principal y el primero della es el nuestro, llamado Nuestra Señora del Rosario; no ha 68 años que se fundó; el primer fundador fue el padre fray Juan de Olías; su sitio es una cuadra de la plaza y muy cercano al río. Oí decir a los viejos lo que aquí refiriré de su fundación.
Llegado el marqués Pizarro con los demás conquistadores a este valle, después de haber preso en Cajamarca a Atabalipa y habiéndole muerto, vinieron con él dos religiosos, uno nuestro, el sobredicho, y otro de la orden del glorioso padre San Francisco; eligieron para fundar su ciudad el sitio que agora tiene, que es el mejor del valle junto al río, a la parte casi del Oriente; a la del Sur por la parte de arriba una acequia de agua ancha que atraviesa todo el valle de Oriente a Poniente. Por la parte del Poniente, el puerto llamado el Callao, dos leguas de la ciudad de Los Reyes; carreteras, por la parte del Norte el camino real para Trujillo, y dende abajo, señalaron sus cuadras y sitios para casas, y a los dos religiosos dijéronles: vosotros no sois más que dos, vivid agora juntos en este sitio que os señalamos, que es el que tiene agora nuestro convento; llana la tierra, y conquistados los indios del valle (que a la sazón eran muchos), el que se quisiese quedar con ese sitio se quedará con él; al otro le daremos el que más cómodo le pareciere. Sucedió así, aceptando los dos religiosos el partido, —84→ que un día vinieron todos los indios del valle, y otros llamados, sobre los nuestros, los cuales dijeron a los religiosos: Padres, vosotros no habéis de pelear; tomad en esas botas vino y biscochos, y a los que estuvieren cansados y flacos dadles de comer y beber, y a los heridos recogedles y lavadle las heridas con vino. Los indios llegaron donde los nuestros les esperaban, con gran vocerío, así pelean; el padre de San Francisco, pareciéndole no le convenía esperar el fin de la batalla, ni hacer lo encomendado, que en aquel trance le era muy lícito, puso faldas en cinta, tomó la via del puerto, llega cansado, lleno de polvo, sudando, y a los pocos de los nuestros que allí había dejado el Marqués con dos navíos no muchos soldados con dos caballos, dales nueva quel Marqués y los demás eran muertos, y sólo él se había escapado. El capitán de los navíos (creo, era el capitán Juan Fernández, de quien abajo haremos mención), con los demás, hicieron el sentimiento justo, tuvieron por perdido el mejor reino del mundo, y perplejos no sabían qué se hacer, si por ventura desamparaban el puerto y se volverían a Panamá o a Trujillo, o aguardarían otra nueva; el buen padre instaba en ser verdad lo por él afirmado; finalmente, resolviéronse en que dos soldados, los más valientes, con sus armas tomasen los caballos, y caminando para la ciudad fuesen a ver si era así, y cuando lo fuese, no era posible todos quedasen muertos, algunos se escaparían y encontrarían en el camino, o fuera dél, y a estos recogiesen y volviesen al punto, y entonces deliberarían lo que más conviniese. Salen nuestros dos valientes soldados en sus caballos, armados, —85→ llenos de tristeza e no con menos temor; en el camino, que muy poblado era de arboleda, a lo menos la legua y media, cada hoja que se meneaba les parecía ejércitos de enemigos; pero prosiguiendo su camino, sin encontrar hombre viviente llegan a la ciudad y hallan a los nuestros, alcanzada la vitoria, curando a los heridos, y los sanos descansando del trabajo de la batalla.
Su alegría fue muy grande cuando vieron cuán al contrario era lo que el padre de San Francisco dijo, de lo que por sus ojos vieron; llegan donde estaba el Marqués, dan cuenta de lo dicho, y la razón por que vinieron, el cual con los demás estaban cuidadosos qué hobiese sido de aquel padre, no imaginando, que se hubiese huido, sino que por ventura los indios se lo hubiesen llevado. Empero, sabida la verdad del hecho, el Marqués mandó embarcarlo, y en el primer navío que despachó a Panamá lo llevaron, con juramento que hizo que mientras viviese no le había de entrar fraile de San Francisco en su gobernación, y así se cumplió, no siendo bien hecho ni lícitamente jurado. Aquel no fue defeto sino de un fraile particular, pusilánime, y por este defecto no se había de perder ni carecer del bien grande que la religión del seráfico padre San Francisco donde quiera que vive hace. Si los del puerto le desamparan, creyendo lo dicho por este religioso, en gran riesgo ponían, al Marqués y a los demás de perderse, porque como el reino sea muy grande y muchos los indios, si les faltaran navíos con que enviar a pedir socorro a Tierra Firme, totalmente se perdería. Nuestro religioso puso también sus faldas en cinta, arrebató —86→ su bota, biscocho y queso; no tenían conservas, ni regalos, y a los cansados dábales de beber y un bocado, a los heridos curaba como mejor podía, y así andaba en medio de los que peleaban. Desta suerte quedamos con el sitio que agora tenemos, el cual, aunque entonces pareció el más cómodo, agora no lo es, por no poderse extender tanto cuanto es necesario, y por el río, que es mal vecino en todas partes.
Después muchos años poblaron los padres de San Francisco y tienen el mejor sitio del pueblo, y más que todos los conventos juntos, aunque del río corren un poco de riesgo, como nosotros, y se correrá más si no se remedia.

Capítulo XXIII
De nuestro convento

Quedando, pues, con este sitio, que es de cuadra y media de largo; de ancho no tiene cuadra entera (porque la barranca del río no da lugar a ello, por correr al sesgo), se comenzó a edificar el convento; empero, quien con más ánimo, fue el valeroso, y no menos religioso, gran predicador, gran servidor de su Majestad, fray Tomás de San Martín, a quien por otro nombre llamaban el Regente, por haberlo sido en la Española o isla de Santo Domingo. Este religiosísimo padre, siendo provincial en esta provincia, y el primero, a quien dio por nombre —87→ San Juan Baptista, comenzó el edificio de la iglesia de bóveda, de tres naves, y hizo la mitad de la iglesia, dejando los cimientos de lo restante sac

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