Фрай Рехинальдо де Лисаррага. Колониальное описание. Fray Reginaldo de Lizárraga. Descripción colonial (libro primero)


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Фрай Рехинальдо де Лисаррага. Колониальное описание (Книга первая).

Fray Reginaldo de Lizárraga
Libro primero
Descripción colonial

Noticia preliminar
Sumario: Quién era Fray Reginaldo de Lizárraga (1545-1615).- Descripción breve del reino del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile (1605).- Parte de esta obra que se refiere a la naciente sociedad argentina (capítulos LXII-LXXII).- Biografía de Lizárraga.- Fecha probable de su viaje por nuestro país: 1589.- Valor histórico de su obra.- Sus condiciones de observador.- Algunos ejemplos de juicios, etopeyas y paisajes.- Valor relativo de su prosa entre las crónicas del siglo XVI

- I -
Al finalizar el siglo XVI llegó a Santiago del Estero, capital entonces del Tucumán, el padre fray Reginaldo de Lizárraga, visitador de los conventos dominicos en la dilatada provincia del Perú. Su verdadero nombre era Baltasar de Obando, como su padre, que había entrado al Nuevo Mundo con los primeros conquistadores del imperio incaico. Nacido en 15451 -unos dicen en Lima, otros en España-, profesó a los quince años en la orden de Santo Domingo. Fue su maestro fray Tomás de Argomedo, «varón doctísimo», de grande ejemplo en vida, e insigne predicador», quien, al consagrarle en 1560, le cambió el nombre paterno por el otro con que lo conocemos en sus obras, pues aquél solía decir: «a nueva vida, nombre nuevo». Desde entonces le distinguieron por «fray Reginaldo de Lizárraga». Por tal llegó a Santiago, y así firmó los libros que más tarde escribiera, entre ellos esta Descripción de su viaje, que ahora publica la Biblioteca Argentina2.
En 1586 dividiose la provincia dominica del Perú, creándose la de San Lorenzo Mártir, que comprendía, más o menos, Chile, la Argentina y el Paraguay actuales. Fray Reginaldo fue nombrado provincial de la nueva jurisdicción, y en tiempo de Sixto Fabro, general de la orden, mandáronle a visitar los conventos del vasto territorio que se extendía de Buenos Aires y la Asunción a Concepción y Coquimbo, y de Salta y Esteco a Córdoba y Mendoza. Por tal motivo llegó a Santiago hacia 1589, cuando gobernaba don Juan Ramírez de Velasco, de quien guardó muy halagüeño recuerdo, y del cual escribió pocos años más tarde: «caballero bien intencionado; el cual pobló de españoles las faldas de la cordillera vertientes a Tucumán». «Caballero dócil y que fácilmente recibe la razón y se convence» -como dice esta Descripción-. Más adelante agrega, recordando a Abreu, a Lerma, sus trágicos antecesores, «creo no le sucederá lo que a los sobredichos»3.
Harto menguada era la situación de los dominicos en su convento de Santiago, cuando Lizárraga los visitó. «Pasando yo por esta provincia -escribe él mismo- (y esto me compelió ir por ella a Chile), hallé seis o siete religiosos nuestros divididos en doctrinas; uno en una desventurada casa en Santiago; más era cocina que convento; es vergüenza tratar de ello; y teníanle puesto por nombre Santo Domingo el Real; viendo, pues, que no se podía guardar ni aún sombra de religión en él, lo saqué de aquella provincia; es cosa de lástima haya ningunos religiosos en ella, porque un solo fraile en un convento y en un pueblo, ¿qué ha de hacer? Una ánima sola -decíanos- ni canta ni llora». Era mejor el convento franciscano, con cinco o seis religiosos; pero igualmente precario el de la Merced. En torno de ellos, la ciudad menguaba en fortín o aldea, visible apenas entre selvas vírgenes y tribus nómades. Las gentes vivían del maíz; beneficiaban la miel silvestre que vendían en odres al Perú; vestían trajes burdos de lana, que allí mismo labraban y teñían. Un extranjero proyectaba por esos días -según nos cuenta el fraile escritor- montar un molino a la manera de los que él había visto en «Alemaña», pero murió a la sazón sin lograr su empresa, y siguiose la molienda del trigo y maíz en morteros de piedra, según usanza de los indios. Había, sin embargo, dos o tres «athonas» particulares. Las casas eran pobres, de adobe, y se desmoronaban fácilmente, por ser la tierra salitrosa. Y si ésta era la situación de la capital en la provincia, puede medirse cómo eran las otras aldeas y cómo todo el interior argentino al finalizar el siglo XVI. Tal como fray Reginaldo de Lizárraga lo viera entonces, así volvemos a verlo nosotros en las páginas de este libro, donde nos dejó la «descripción» de sus viajes. Antes de visitar nuestras ciudades, fray Reginaldo había residido en el convento de Lima; después, vuelto al Perú, en diversas localidades: Arequipa, Cuzco, Guamanga, La Plata y otras, ya como doctrinero, ya como prior de su orden. Después de 1591, estaba en Jauja cuando el virrey García Hurtado recomendole ante Felipe II para el obispado de la Imperial ciudad chilena. Nombráronle en 1599. Por diversos inconvenientes no pasó a Chile hasta 1602, llegando a hacerse cargo de su sede en 1603, más bien con desabrimiento que entusiasmo. Los indios de Valdivia acosaban la región; ese obispado era pobre; y en una carta de 1604, el propio Lizárraga se lamentaba: «La iglesia, paupérrima; las misas se dicen con candelas de sebo, si no son los domingos y fiestas; el santísimo se alumbra con aceite de lobo, de mal olor. Si se halla de ballena no es tan malo». Intentó renunciar a semejante probenda... Dicen, no obstante, que era virtuoso, que lo amaba el pueblo. El gobernador Alonso de Ribera recomiéndalo al Rey así: «Usa el oficio con mucha edificación de letras, vida y ejemplo». Parece lógico, pues, que en 1607 lo trasladaran de obispo al Paraguay. Hacia 1602 murió en la Asunción, a los sesenta años de edad. Aseguran las crónicas eclesiásticas que murió santamente4.
Los viajes de Lizárraga por el Perú le permitieron conocer las ciudades nombradas y los valles de Chincha, Pisco, Ica, Nasca, Cumaná, Chicoama, Tarija, y otros de que trata en su libro. De nuestro país, describe las comarcas y pueblos de Salta, Esteco5, Santiago, Córdoba, Mendoza; toda la tierra que va desde la Puna hasta la cordillera de Cuyo. Durante esas jornadas conoció las riberas del Chucuito, los tambos del Collao, la quebrada de Humahuaca, los desiertos de Córdoba, las cordilleras de Mendoza. Hombre docto como era, trató a gobernantes y prelados, a caciques y conquistadores, a maestros y bandidos; inquirió noticias históricas sobre el pasado de estos reinos; observó las costumbres y caracteres de la época en que tocárale vivir, y legó a su posteridad la memoria de sus viajes en esta «Descripción», primer libro donde se muestra, en visión sedentaria, la tierra y la sociedad de la conquista argentina.
El verdadero título del libro es como sigue: Descripción breve de toda la tierra del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile6. Sabido es que en aquel primer momento de la conquista, todas estas regiones -o «reinos» como se decía- formaban una sola entidad política y moral, cuyo centro era Lima. Posteriormente vinieron las segmentaciones, administrativas y espirituales, núcleos Tradicionales y geográficos de actuales naciones americanas en esta parte del continente. Pero en el siglo de Lizárraga vemos cómo los hombres y las cosas coloniales se movían a través de las susodichas regiones dentro de una sola unidad. Así por ejemplo en el capítulo LXVIII dice de don Juan de Garay, después de escribir sobre la Asunción: «La segunda ciudad, el río abajo, según dicen 150 leguas, se fundó en nuestros días por el capitán Juan de Garay, de nación vizcaíno, hombre nobilísimo y muy temido de los indios, llamada Sancta Fe; conocilo y tratelo en la ciudad de la Plata»7. Probablemente conoció en La Plata, o en Lima, o en Oropesa, donde también residió, a Barco Centenera, autor del poema Argentina, y a otros personajes del Río de la Plata. En el convento dominico de la ciudad de los Reyes, fray Reginaldo había sido compañero de noviciado con fray Francisco Victoria, más tarde obispo del Tucumán, y de él nos dice en el capítulo VI: «...fuimos novicios juntos; varón docto y agudo; fuese a España, donde murió en corte, y hizo heredero a la majestad del Rey Felipe Segundo, de mucha hacienda que llevó, y loablemente lo hizo así. Sucediole el reverendísimo señor don fray Fernando Trejo, que agora reside en su silla, y resida por muchos años»8. Así este libro de Lizárraga, que participa de la índole de los libros de viajes y memorias, abunda en sugestiones y noticias para nosotros interesantes, aun en los capítulos que no se hallan especialmente destinados a describir las tierras y las cosas que pertenecen hoy, políticamente, a los dominios de la República Argentina.

- II -

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