Фидель Кастро Рус. Собрание выступлений 1990-2000-ых годов. Fidel Castro Rus. Palabra de Fidel. Selección de discursos
Uncategorized August 2nd, 2006
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o me complace
informarle que en este oscuro rincón del mundo nadie teme a sus amenazas
de ataque repentino y sorpresivo.
Todo hombre o mujer vive una cuenta regresiva. Hace mucho tiempo que hemos
entregado a nuestra causa cada minuto de vida que nos reste.
Usted, por su parte, pierde autoridad. En teoría posee el poder de ordenar la
muerte de una gran parte del mundo, pero no puede hacerlo solo. Para matar al
resto del mundo, necesita mucha gente que lo ayude. Entre los jefes militares y
civiles que manejan las estructuras de poder en su país, hay muchas personas
capacitadas y cultas. No basta una orden. Necesitan ser persuadidas y lo estarán
cada vez menos en la medida en que asesores políticos suyos sin capacidad y
experiencia militar, y ni siquiera política, cometan errores tras errores. No bastan
mentiras truculentas o inventos de ocasión para lanzar ataques preventivos y
sorpresivos contra cualquiera entre 60 o más países, o contra varios de ellos, o
contra todos.
En su país hay igualmente millones de científicos, intelectuales, profesionales
de las más variadas disciplinas que saben distinguir entre el bien y el mal, conocen
de historia y de las terribles realidades del mundo actual, tienen opiniones y
forman opiniones. Existe también el resto del mundo que no olvida fácilmente las
tragedias a que pueden conducir las ideas y los conceptos que usted está sosteniendo.
Se lo dice, sin agravio personal ni propósito de ofenderlo, quien sólo posee el
modesto poder de meditar fríamente y ha perdido hace mucho rato, junto a todo
un pueblo valiente y heroico, la noción del miedo.
¡Viva el Socialismo!
Palabra de Fidel
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Discurso pronunciado por el Presidente de la República de Cuba
Fidel Castro Ruz, en la Tribuna Abierta de la Revolución en acto de
protesta y repudio contra el bloqueo, las amenazas, las calumnias y
las mentiras del presidente Bush, en la Plaza Mayor General «Calixto
García» de Holguín, el 1ro de junio del 2002.
Queridos compatriotas de Holguín, Granma,
Las Tunas y toda Cuba:
El 20 de mayo, día del bochornoso espectáculo del auditorio de Miami, era
irónico escuchar al señor W. Bush hablar enérgicamente de independencia y libertad
-no para Puerto Rico sino para Cuba-, y mucho sobre democracia —no
para la Florida sino para Cuba. Especial énfasis puso el señor W. en la defensa de
la propiedad privada, como si ésta no existiera en Cuba.
Me di cuenta de que los años pasan. Qué lejos quedaban aquellos tiempos en
que un hombre de voz cálida y persuasivo acento, desde un sillón de ruedas,
hablaba como Presidente de Estados Unidos e inspiraba respeto: era Franklin
Delano Roosevelt. No se expresaba como un perdonavidas o un matón; ni era
Estados Unidos la superpotencia hegemónica que es hoy. Etiopía había sido ocupada.
La sangrienta guerra civil española había estallado. China estaba siendo
invadida y el peligro nazi-fascista amenazaba al mundo. Roosevelt, a mi juicio un
verdadero estadista, luchaba por sacar a su país de un peligroso aislacionismo.
Yo era entonces un colegial de sexto o séptimo grado. Tendría de 12 a 13 años.
Había nacido en pleno campo, donde ni luz eléctrica existía, y muchas veces sólo
a caballo, por caminos de espeso lodo, podía arribarse. Alternaba los meses del
año entre un rígido internado segregacionista -léase apartheid sexual, los varones
a distancia infinita de las hembras, separados en escuelas que estaban a años luz
unas de otras- en Santiago de Cuba, y breves vacaciones, aunque una más extensa
durante el verano, en Birán.
Los que teníamos privilegios, vestíamos, calzábamos y nos alimentábamos. Un
mar de pobreza nos rodeaba. No sé qué tamaño tendrá el rancho en Texas del
señor W.; sí recuerdo que mi padre dominaba sobre más de diez mil hectáreas de
tierra. Eso apenas era nada. Otras gigantescas extensiones, que variaban entre
110.409 y 115.079 hectáreas -propiedad de la West Indies Sugar Company y de la
United Fruit Company-, rodeaban el latifundio familiar.
Cuando un Presidente de Estados Unidos anunciaba un discurso, equivalía a
decir: hablará Dios. Era lógico, todo venía de allí: lo bello, lo bueno, lo útil; desde
una cuchilla de afeitar hasta una locomotora; desde una postal con la Estatua de
la Libertad, hasta una película de cowboys que tanto fascinaba a niños y adultos.
Además, «desde allí nos vino la independencia y la libertad». Eso les decían a las
decenas de miles de obreros agrícolas y campesinos sin tierra de aquellos territorios
que una parte del año obtenían empleo limpiando y cortando caña. Descalzos,
mal vestidos y hambrientos, vivían bajo el terror de la guardia rural, creada por los
interventores, con fusiles Springfield, largos y estrechos machetes, sombreros y
caballos de Texas de siete cuartas, que sembraban el pánico con su imponente
altura en nuestros desnutridos trabajadores, a los cuales reprimían sin piedad
ante cualquier amago de huelga o protesta.
En aquellas inmensas extensiones de campos, barracones, bohíos de guano,
pueblos empobrecidos y centrales de azúcar, de vez en cuando aparecía una mísera
aula por cada 200 o 300 niños, sin libros, con muy pocos materiales escolares,
y a veces sin maestro. Sólo en los bateyes de los grandes centrales había uno o dos
médicos para atender fundamentalmente a las familias de administradores y altos
funcionarios de las empresas azucareras extranjeras.
Selección de discursos
11
En cambio, abundaba un extraño profesional, con instrucción escolar no mayor
de tres o cuatro grados -un verdadero sabio entre la masa de analfabetos, que
casi siempre era compadre y visitante ocasional de las familias que vivían en el
campo-, se encargaba de los asuntos electorales de los ciudadanos. Sacaba cédulas,
comprometía al elector. Era el sargento político. El hombre de campo no vend
ía su voto, pero ayudaba a «su amigo». Quien contara con más dinero y más
sargentos políticos contratara, salvo excepciones, era el seguro candidato triunfador
como aspirante a cargos legislativos nacionales u otras funciones que podían
ser de carácter municipal o provincial. Cuando en algunas de aquellas elecciones
se decidía un cambio presidencial -nunca del sistema político y social, algo impensable-
y surgían conflictos de intereses, la guardia rural decidía quiénes serían los
gobernantes.
La inmensa mayoría de la población era analfabeta o semianalfabeta; depend
ía de un mísero empleo que debía conceder un patrón o un funcionario político.
No había para el ciudadano opción alguna, ni contaba siquiera con el conocimiento
mínimo indispensable para decidir sobre temas cada vez más complejos de la
sociedad y del mundo.
De la historia de nuestra patria no conocía más que la leyenda que de boca en
boca contaban los padres y abuelos sobre las pasadas y heroicas luchas de la era
colonial, lo que al final fue por cierto una gran suerte. Pero lo que significaban
aquellos partidos políticos tradicionales, dominados por las oligarquías al servicio
del imperio, ¿cómo podían comprenderlo? ¿Quién lo ilustraba? ¿Dónde podrían
leerlo? ¿En qué prensa? ¿Con qué alfabeto? ¿Cómo transmitirlo? El brillante y
heroico esfuerzo de los intelectuales de izquierda, que lograron admirables avances
en aquellas condiciones, chocaba con las murallas infranqueables de un nuevo
sistema imperial y la experiencia acumulada durante siglos por las clases dominantes
para mantener oprimidos, explotados, confundidos y divididos a los
pueblos.
El único derecho de propiedad que conocía la casi totalidad de Cuba hasta
1959, era el derecho de las grandes empresas extranjeras y sus aliados de la oligarqu
ía nacional a ser dueños de enormes extensiones de tierra, de los recursos
naturales del país, y a la propiedad de las grandes fábricas, los servicios públicos
vitales, los bancos, los almacenes, los puertos, los hospitales y escuelas privadas
que prestaban servicio de calidad a una ínfima minoría privilegiada de la poblaci
ón.
El azar me concedió el honor de nacer aquí precisamente, en el territorio actual
de esta provincia, y si ese lugar está a 54 kilómetros de distancia de esta Plaza
en línea recta, el recuerdo está muy cercano, sólo a diez milímetros o a diez segundos
en mi mente.
En aquellos enormes latifundios cañeros, sólo vi decenas de miles de campesinos
sin tierra o tenedores de parcelas sin título alguno, constantemente amenazados
o desalojados por los jinetes de los caballos texanos o, en el mejor de los casos,
pagando leoninas rentas. En las ciudades, veía muy pocos propietarios de las
viviendas que habitaban, por las cuales la población pagaba elevados alquileres.
No vi hospitales, ni escuelas para el pueblo y sus hijos, no vi ejércitos de médicos
y maestros; sólo miseria, injusticia y desesperanza se apreciaba por todas partes.
El pueblo cubano fue confiscado y despojado de toda propiedad.
Había que volver a la manigua. Había que romper las cadenas. Había que
hacer una revolución profunda. Había que estar dispuestos a vencer o a morir. Y
eso hic
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