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En Estados Unidos están colocados unos 727 mil millones de dólares procedentes
de las reservas de los Bancos Centrales del mundo. Esto da lugar al hecho
absurdo de que con sus reservas los países pobres ofrecen financiamiento barato
y a largo plazo al país más rico y poderoso del mundo, reservas que pueden invertirse
no sólo en el desarrollo económico, sino también social.
Si ha podido hacer lo que ha hecho en la educación, la salud, la cultura,
la ciencia, el deporte y otras esferas sociales, con éxito que nadie cuestiona en el
mundo, a pesar del bloqueo económico que dura ya cuatro décadas, y, además, ha
revalorizado siete veces su moneda en los últimos cinco años con relación al dólar,
ello fue posible por el privilegio de no pertenecer al Fondo Monetario Internacional.
Un sistema financiero que obliga a mantener congelados tan cuantiosos recursos
a países que los necesitan desesperadamente, para protegerse de la inestabilidad
que el propio sistema genera, y propicia que los pobres financien a los ricos,
es un sistema que debe ser demolido.
El mencionado Fondo Monetario Internacional es la organización emblemática
del actual sistema monetario. En ella Estados Unidos disfruta de poder de veto
sobre sus decisiones.
En la reciente crisis financiera el FMI demostró imprevisión, torpe manejo de
la crisis una vez iniciada, e imposición de sus cláusulas de condicionalidad que
93
Selección de discursos
paralizan las políticas de desarrollo social de los gobiernos, les crean graves problemas
internos y les impiden obtener los recursos necesarios en los momentos
que más los requieren.
Es hora ya de que el Tercer Mundo demande con energía la demolición de un
organismo que no ofrece estabilidad a la mundial y funciona no para
entregar fondos preventivos a los deudores y evitarles crisis de liquidez, sino para
proteger y rescatar a los acreedores.
¿Qué racionalidad o qué ética puede haber en un orden monetario internacional
que permite a unos técnicos cuyos cargos dependen del apoyo norteamericano,
diseñar desde Washington programas de ajuste económico siempre iguales
para ser aplicados a la enorme variedad de países y problemas concretos del Tercer
Mundo?
¿Quién asume la responsabilidad cuando los programas de ajuste ocasionan
caos social, paralizan y desestabilizan países con importantes recursos humanos
y naturales, como sucedió en Indonesia y ?
Para el Tercer Mundo es de vital importancia hacer desaparecer esta siniestra
institución y la que representa, y sustituirla por un órgano regulador de
las finanzas internacionales que funcione sobre bases democráticas y sin poder de
veto para nadie, que no sea un defensor exclusivo de los acreedores ricos, que no
imponga condicionalidades injerencistas y permita regular los mercados financieros
para frenar la especulación desbordada.
Una forma posible para hacer esto último sería establecer un impuesto no de
0,1 por ciento, como propuso el genial Tobin, sino del 1 por ciento como mínimo a
las transacciones financieras especulativas, que permitiría crear además un cuantioso
y necesario fondo, superior al millón de millones de dólares cada año, para el
verdadero, sostenible e integral desarrollo del Tercer Mundo.
La deuda externa de los países subdesarrollados asombra por su monto gigantesco,
por el escandaloso mecanismo de sometimiento y explotación que implica y
por la ridícula forma propuesta por los países desarrollados para hacerle frente.
Esa deuda supera ya los 2,5 millones de millones de dólares y ha tenido en la
década actual un crecimiento aún más peligroso que el de los años 70.
Una gran parte de esa nueva deuda puede cambiar de manos con facilidad en
los mercados secundarios, está más dispersa y es más difícil de renegociar.
Una vez más debo repetir lo que desde 1985 venimos planteando: la deuda ya
ha sido pagada, si se tiene en cuenta los términos en que fue contraída, el vertiginoso
y arbitrario crecimiento de las tasas de interés del dólar en la década anterior
y los descensos de precios de los productos básicos, fundamental fuente de ingresos
de los países que aún están por desarrollarse. La deuda continúa alimentándose
a sí misma en un círculo vicioso donde se pide prestado para poder pagar los
intereses.
Hoy es más evidente que nunca que la deuda no es un problema económico,
sino político, y, por tanto, exige una solución política. No se puede seguir ignorando
que se trata de un asunto cuya solución tiene que venir fundamentalmente de
quienes tienen los recursos y el poder para ello: los países ricos.
La llamada Iniciativa para la Reducción de la Deuda de los Países Pobres Altamente
Endeudados tiene largo nombre y muy cortos resultados. El único calificativo
que merece es el de ridícula, pues se propone aliviar el 8,3 por ciento de la
deuda total de los países del Sur y, a casi cuatro años de puesta en práctica, sólo
cuatro países de los 33 más pobres han alcanzado a pasar el complicado proceso,
y todo para condonar la insignificante cifra de 2.700 millones de dólares, que es el
33 por ciento de lo que cada año se gasta en Estados Unidos solamente en cosmé-
ticos.
La deuda externa es hoy uno de los mayores obstáculos para el desarrollo y
una bomba más, lista para estallar bajo los cimientos de la mundial en
cualquier coyuntura de crisis económica.
94
Palabra de Fidel
Los recursos necesarios para una solución de fondo de este problema no son
grandes si se comparan con las riquezas y los gastos de los países acreedores. Sólo
en financiar armas y soldados, cuando ya no hay guerra fría, se gastan anualmente
800 mil millones de dólares, no menos de 400 mil millones en drogas estupefacientes
y, en adición a esto, un millón de millones en publicidad comercial tan
enajenante como las propias drogas, para citar solo tres ejemplos.
Como hemos dicho otras veces, con sincero realismo, la deuda externa del
Tercer Mundo es impagable e incobrable.
El comercio mundial sigue siendo, y lo será cada vez más bajo la globalización
neoliberal, instrumento de dominio de los países ricos, factor de perpetuación y
acentuación de desigualdades, y escenario de fuerte pugna entre los países desarrollados
por controlar los mercados del presente y del futuro.
El discurso neoliberal recomienda la liberalización comercial como fórmula
única y absoluta para alcanzar la eficiencia y el desarrollo. Según ella, todos los
países deben eliminar los instrumentos de protección de sus mercados internos, y
las diferencias de desarrollo entre países, por grandes que sean, no justificarían
desviarse del camino que pretende presentar sin otra alternativa posible. A los
países más pobres sólo se les reconoce, después de arduas negociaciones en la
OMC, alguna pequeña diferencia en los plazos para entrar plenamente en ese
nefasto sistema.
Mientras el neoliberalismo repite el discurso sobre las oportunidades que ofrece
la apertura comercial, el peso de los países subdesarrollados en las exportaciones
mundiales era inferior en 1998 al que tenía 45 años atrás, en 1953. ,
con 8,5 millones de kilómetros cuadrados, 168 millones de habitantes y 51.100
millones de dólares de exportaciones en 1998, exporta mucho menos que Holanda,
con 41.500 kilómetros cuadrados, 15,7 millones de habitantes y 198.700 millones
de dólares en ese mismo año.
La liberalización en el comercio ha consistido, en lo esencial, en una eliminaci
ón unilateral de instrumentos de protección por parte del Sur sin que los países
desarrollados hayan hecho lo mismo para permitir la entrada a sus mercados de
las exportaciones del Tercer Mundo.
Los países ricos han impulsado la liberalización en sectores estratégicos vinculados
al dominio tecnológico, en los cuales disfrutan de enormes ventajas que el
mercado sin regulación se encarga de acrecentar. Son los casos clásicos de los
servicios, la tecnología de la información, la biotecnología y las telecomunicaciones.
En cambio, sectores como la agricultura y los textiles, de gran importancia
para nuestros países, no han logrado siquiera eliminar las restricciones acordadas
ya durante la Ronda Uruguay porque no corresponden a los intereses de los
países desarrollados.
En los países de la OCDE, el club de los más ricos, el arancel promedio aplicado
a las exportaciones de manufacturas de los países subdesarrollados es cuatro
veces mayor que el que se aplica a los propios países de ese club. Contra los países
del Sur se levanta una verdadera muralla de barreras no arancelarias.
Se ha instaurado en el comercio internacional un hipócrita discurso ultraliberal
que se combina con un proteccionismo selectivo impuesto por los países del Norte.
Los productos básicos continúan siendo el eslabón más débil en el comercio
mundial. Para 67 países del Sur estos productos representan no menos del 50 por
ciento de sus ingresos por exportación.
La oleada neoliberal barrió con los esquemas defensivos de la relación de intercambio

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