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o
socialista, de un socialismo, no digamos real, digamos imaginario, porque no es lo
mismo lo autóctono que lo importado; no es lo mismo un proceso político, una
revolución por inseminación artificial, o por clonación, y lo que hubo realmente
fue una cierta clonación de la experiencia de un país que saltó del feudalismo al
socialismo, con 80% de campesinos ignorantes cuando hizo la revolución; un pu-
ñado de proletarios en el país menos industrializado de Europa que, como consecuencia
de la Segunda Guerra Mundial, se extiende a la parte agrícola y más
subdesarrollada de Europa.
Caemos en la etapa en que Estados Unidos emerge de esa segunda guerra
como potencia incontrastable, con su industria intacta y el 80% del oro del mundo,
que le permite imponernos el famoso Acuerdo de Bretton Woods, hasta que
malversaron y malgastaron las dos terceras partes de ese oro, y cuando solo le
quedaban 10 000 millones de oro en onzas troy, con el valor conocido de 35 dólares,
y un mecanismo que garantizaba la estabilidad de ese precio mediante la
compra de oro cuando sobraba y su venta cuando escaseaba. Funcionó como una
maquinita exacta y precisa, hasta que después de la guerra de Viet Nam, 500 000
millones de dólares gastados sin impuestos, le quedaba un tercio del oro original y
es suprimido el patrón oro. El oro fue sustituido por el papel, por los billetes que
imprimía el Departamento del Tesoro o la Reserva Federal, y con papeles desde
entonces han estado cubriendo sus enormes déficit, una deuda interna que se
multiplicó después por cinco en unos pocos años.
Con papeles compran nuestras mercancías y nuestros servicios; con papeles
sostienen hasta 400 000 millones de dólares de déficit, mientras a nosotros se nos
prohíbe un centavo por encima de cero: «Cierren escuelas, cierren hospitales, lancen
la gente al hambre, a la calle, al desempleo.» Lo sabemos porque es lo que nos
dicen aquí todos los médicos, maestros, profesores que constantemente participan
en reuniones y cuentan sus tragedias en América Latina.
Esas son las normas que rigen, una ley del embudo, como se dice aquí. Y
además de pagarnos con papeles, nos obligan a que les vendamos nuestros recursos
naturales y nuestras industrias, en algunos lugares hasta el tren, los parques,
las calles, las carreteras, etcétera, etcétera.
Déficit cero. ¿Qué les importa? Nada de eso tiene sentido, nada de eso tiene
lógica, nada de eso tiene justificación, como no sea la justificación y la lógica de la
fuerza, del poderío en todos los terrenos de que se habló aquí, o si no aquí, en la
reunión de Ramonet al presentar su libro Propagandas silenciosas.
64
Palabra de Fidel
El también señala ahí fenómenos de gran interés. Nosotros íbamos a hacer
una edición de 10 000, y en 24 horas la cambiamos por una edición de 100 000,
porque hay ideas de suma importancia, con una adición de los últimos meses, que
es algo que no se podía plantear antes del 11 de septiembre.
Su libro se basaba en el poder enorme de nuestros vecinos del Norte —no
siempre lo voy a llamar imperio, porque no quiero que se confunda el concepto del
sistema y el concepto de los que dirigen ese país con el concepto que tenemos del
pueblo norteamericano; siempre que puedo, evito mezclarlo todo en el mismo saco.
Ramonet parte del estudio profundo de la influencia de esos medios. Ya él nos
había advertido de la colosal agresión cultural de la que habíamos estado siendo
víctimas, de la destrucción de nuestras identidades nacionales.
Hace dos años y medio fue el elemento central de un congreso de la Unión de
Escritores y Artistas de y algo que unía al ciento por ciento de nuestros
artistas e intelectuales, la defensa de la identidad nacional.
Esa misma idea continuó desarrollándola, ya logró concretarla en un libro
que, a nuestro juicio, tiene un gran valor; pero prevalecía en su teoría —y no podía
ser de otra forma— que la fuerza principal del dominio imperial era precisamente
el monopolio y el uso de sus enormes medios de comunicación, su monopolio de
esos medios. Pero a partir del 11 de septiembre fue necesario incluir el concepto
del guardián de seguridad —como le llamó él—, en dos palabras, el elemento militar.
En sus tesis y hasta en el título que le puso a una de sus conferencias, «Un
delicioso despotismo», ya tuvo que incluir el elemento militar. Es lo que me faltaba
decirles y les había anunciado.
¿A qué se deben estos colosales gastos de guerra, acaso a la intención de inyectar
dinero en la ? Mi punto de vista es que no. Esta administración es
también keynesiana a su estilo, inyectar dinero en la circulación, con la esperanza
de recobrar otra vez el crecimiento, por un tiempito, si lo logran; su fórmula fundamental
es a través de la rebaja, prácticamente la supresión de muchos impuestos.
De hecho han renunciado a aquellos soñados 5 millones de millones de dólares
que en el transcurso de 10 años se acumularían como consecuencia de los super
ávit; ahora saben que no, ahora tienen de nuevo un creciente déficit.
Muchos norteamericanos soñaron que aquel excedente sería invertido en garantizar
la salud, en mejorar las escuelas, en asegurar las pensiones de ese gran
número de ciudadanos norteamericanos que se jubilan, la generación que vino
después de la Segunda Guerra Mundial; todos esos sueños se han ido a pique y,
además, la rebaja y supresión de los impuestos beneficia mucho más a aquellos
que más dinero tienen.
¿Inyectar dinero en un país cuyos ciudadanos perdieron el hábito de ahorrar,
donde el ahorro de los ingresos personales está por debajo de cero, tiene algún
sentido? Pero quieren levantar la inyectando dinero.
El incremento del gasto militar está muy por debajo de la inyección de circulante
por la vía de reducir impuestos, son recursos y más recursos desesperados,
del mismo modo que los japoneses llegaron a reducir la tasa de interés a cero para
impulsar las inversiones, y los norteamericanos a 1,75%, la más baja que yo recuerde,
y no sé si hubo alguna época en que fuese más baja.
Entonces, ¿por qué, por qué un enorme presupuesto militar? ¿Por qué enormes
inversiones en nuevas tecnologías? Es que comienzan a comprender que el
mundo se hace cada vez más ingobernable, que no puede sostenerse ya solo con el
encanto de sus spots, que hace falta la fuerza, que hacen falta más portaaviones y
más aviones y más sofisticados, que hace falta declarar una guerra mundial y
amenazar a 80 países —porque ya consideran 80 los que pueden ser objeto de sus
ataques.
Algunos podrán decir, ¿ustedes no están preocupados? Nosotros somos el país
que está más tranquilo en el mundo, porque llevamos 43 años amenazados; he-
65
Selección de discursos
mos estado a punto de desaparecer, sí desaparecer, físicamente, todos, sin que el
pueblo vacilara.
Yo no recuerdo un compatriota desmoralizado o con pánico en 1962. Sí recuerdo
a un pueblo indignado, cuando nuestro aliado de aquel tiempo, sin consultar
siquiera con , hace concesiones y arreglos. Ellos saben bien que este
pueblo no puede ser intimidado, de sobra, si nos incluyen en la lista o no. No se
imaginan hasta qué punto nos importa un bledo que nos excluyan o no; porque
hay un problema previo por resolver y es si nosotros excluimos a Estados Unidos
—aunque no todos sus gobiernos fueron iguales— de la lista de países terroristas.
Fueron miles los compatriotas que perdieron la vida, como consecuencia de la
guerra sucia, de los ataques de todo tipo, de aviones cubanos de pasajeros que
fueron hechos estallar en pleno vuelo, de bombas colocadas en nuestros hoteles,
de planes y más planes que no quiero describir, minuciosamente, y podemos hacerlo
si fuese necesario.
Ahora hay un nuevo estilo, ya no son solos los ministros, los voceros; ya los
embajadores de Estados Unidos trazan pautas, hablan. No hay campaña electoral
en ninguno de los «muy independientes» países latinoamericanos, donde el embajador
no meta la cuchareta —como decimos los cubanos— y no pronuncie un
discurso; si es, por ejemplo, en , el gran discurso del gran embajador.
Antes eran procónsules discretos; hoy son cónsules que no tienen pudor alguno
en exhibir sus preferencias y sus deseos y con qué tono, con qué estilo.
Vean cómo es la cosa, que aquí, donde no tienen una embajada, sino una
simple oficina de intereses, han querido aplicar el mismo estilo, hacer declaraciones
juzgando al gobierno, y si deben o no excluirnos de la lista de países terroristas.
Es como alguien que está en un hueco que le diga a otro que está arriba con
cien veces más razón y más moral: «Sácame del hueco y te salvaré la vida.»
Esos métodos con el pueblo cubano no valen nada en absoluto, porque es un
pueblo consecuente, un pueblo que tiene conciencia, que tiene cultura, que tiene
unidad, que tiene moral; ni con mentiras, ni con amenazas se le podrá jamás
intimidar.
Este país puede ser desaparecido de la faz de la Tierra, pero no podrá ser
sometido, no podrá ser dominado, no podrá ser conqu

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