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Ева Дуартэ де Перон. Смысл моей жизни. Eva Duarte de Perón. LA RAZÓN DE MI VIDA


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Sí. Confieso que tengo una ambición, una sola y gran ambición personal: quisiera que el nombre de Evita figurase alguna vez en la de mi Patria.
Quisiera que de ella se diga, aunque no fuese más que en una pequeña , al pie del capítulo maravilloso que la ciertamente dedicará a Perón, algo que fuese más o menos esto:
“Hubo al lado de Perón una mujer que se dedicó a llevarle al Presidente las esperanzas del pueblo, que luego Perón convertía en realidades”.
Y me sentiría debidamente, sobradamente compensada si la terminase de esta manera:
“De aquella mujer sólo sabemos que el pueblo la llamaba, cariñosamente, Evita”.

PEQUEÑOS DETALLES

Todo lo que yo debo hacer entre el pueblo y su Líder exige una condición que he debido cumplir con un cuidado casi infinito; y esa condición es no meterme en las cosas del gobierno.
No lo toleraría tampoco el Presidente que por su formación militar tiene sus conceptos de las responsabilidades y jurisdicciones.
Pero, muchas veces, sin embargo, tengo que decir al pueblo cara a cara lo que le diría su Líder, y, como consecuencia de eso, tengo también que hablar al Líder de lo que el pueblo quiere hacer llegar a sus oídos.
Y esta función me lleva a veces a tocar, con el General, temas que son propios del gobierno. En estos casos nunca me olvido de que he elegido estar en la vereda del pueblo.
Sin duda los hombres de gobierno deben bastar a Perón para cumplir su tarea, pero no es inútil, pienso yo, que la voz de una persona identificada con él y con su causa le llegue diariamente con las noticias frescas de un pueblo que él quiere con entrañable amor.
Tal vez cumpliendo así mi humilde misión yo lo único que haga de bueno sea alegrarle el alma con las palabras y los amores de su pueblo que yo deposito en su corazón mientras él descansa de sus fatigas.
En cuanto a la falta de precedentes, no me preocupa. Por el contrario, me alegra y me reconforta. Y mientras los “hombres comunes”, los de mediocridad siempre despreciable, venenosa y estéril, sólo buscan las cosas nuevas para el ataque, nuestro movimiento les ofrece diariamente algo sin precedentes, algo original que nos pertenece con exclusividad.
Yo sé que cuando ellos me critican a mí en el movimiento lo que en el fondo les duele es la Revolución.
Les duele mi contacto con el pueblo. Saben que mientras ese contacto no se rompa -¡y no se romperá por mí!- el pueblo podrá llegar a Perón y Perón cumplirá con su pueblo.
Mientras eso pueda ocurrir, ellos no volverán.
Por eso tratan de destruirme.
Saben también que no trabajo para mí, no me verán jamás buscando una ventaja personal y eso los excita.
Desearían verme caer en el egoísmo y en la ambición, para demostrar así al pueblo que en el pueblo me busqué a mí misma.
Saben que así podrían separarme del pueblo. No entienden que yo en mis afanes no busco otra cosa que el triunfo de Perón y de su causa por ser el triunfo del pueblo mismo.
Ni siquiera cuando me acerco a los que trabajan o a los que sufren lo hago buscando una satisfacción egoísta de quien hace algún sacrificio personal.
Yo me esfuerzo todos los días por eliminar de mi alma toda actitud sentimental frente a los que me piden.
No quiero tener vergüenza de mí ante ellos. Voy a mi trabajo cumpliendo mi deber y a dar satisfacción a la justicia.
Nada de lirismo ni de charlatanerías, ni de comedias, nada de poses ni de romances.
Ni cuando entro en contacto con los más necesitados podrá decir nadie que juego a la dama caritativa que abandona su bienestar por un momento para figurarse que cumple una obra de misericordia.
Del mismo Perón, que siempre suele decir: “el amor es lo único que construye”, he aprendido lo que es una obra de amor y cómo debe cumplirse.
El amor no es -según la lección que yo aprendí- ni sentimentalería romántica, ni pretexto literario.
El amor es darse, y “darse” es dar la propia vida.
Mientras no se da la propia vida cualquier cosa que uno dé es justicia. Cuando se empieza a dar la propia vida entonces recién se está haciendo una obra de amor.
Yo no pretendo por eso realizar obras de amor que me parecen demasiado cerca de Dios; y me conformo con ayudar a que se cumpla la justicia social. Por eso a mi labor fraternal de auxilio a los pobres he dado el nombre de ayuda social y creo que es profundamente justicialista.
En ella no hay por eso lugar para los excesos del corazón. Por ser obra de justicia sé que debo cumplirla en la misma actitud del juez que la administra: como quien cumple una misión que le ha sido encomendada y nada más.
Con amabilidad, eso sí, pero no con aspavientos.
Es un detalle solamente, pero estoy segura de que con eso he ahorrado muchas humillaciones inútiles.
Y a nadie se hace feliz cambiándole aún toda la riqueza del mundo por una humillación que afecte a la dignidad, que es el tesoro tal vez más precioso y cada vez más preciado por los hombres.

Segunda Parte:

LOS OBREROS Y MI MISIÓN

LA SECRETARÍA

Casi toda mi labor social se desarrolla en la Secretaría de Trabajo y Previsión, de la que ocupo un pequeño sector; y atiendo mi trabajo en el mismo despacho que tuvo el Coronel Perón desde 1943 a 1945.
Todo esto tiene un significado muy especial.
Aun cuando la Constitución Justicialista convirtió a la Secretaría en Ministerio de Trabajo y Previsión los obreros la siguen llamando como en los tiempos del Coronel: la “Secretaría”. Y yo nunca la llamo tampoco Ministerio.
Este simple detalle indica que el pueblo siente allí todavía la presencia de Perón.
Allí entró en contacto con el pueblo su personalidad vigorosa de conductor. Allí convenció a los primeros discípulos. Allí gozó de los primeros éxitos. ¡Allí confirmó su decisión irrevocable de servir al pueblo con todas sus energías y por sobre todo sacrificio!
Para todos nosotros él está siempre en la vieja “Secretaría” como en las horas de sus más intensas luchas.
No fue por sensiblería romántica que elegí trabajar allí.
Fui a la Secretaría de Trabajo y Previsión porque en ella podía encontrarme más fácilmente con el pueblo y con sus problemas; porque el Ministro de Trabajo y Previsión es un obrero, y con él “Evita” se entiende francamente y sin rodeos burocráticos; y porque además allí se me brindaron los elementos necesarios para iniciar mi trabajo.
Allí recibo a los obreros, a los humildes, a quienes me necesitan por cualquier problema personal o colectivo.
Los funcionarios de la casa colaboran conmigo en la solución de los problemas gremiales, reuniendo todos los antecedentes, examinándolos en sí mismos y en sus repercusiones económicas y sociales.
En cuanto a mis trabajos de ayuda social los cumplo también en la Secretaría, pero en esta actividad el personal de la casa interviene solamente en algunos detalles relacionados con los pedidos de audiencia.
Los problemas del movimiento político femenino no ocupan mi tiempo en la Secretaría, ya que prefiero atenderlos en la sede central del Partido Peronista Femenino o en nuestra residencia privada.
La atención de los obreros me lleva casi todo el tiempo de mis audiencias y de mi trabajo en la Secretaría. Esto resulta una exigencia propia del movimiento Peronista, cuya y cuya realización han sido cumplidas gracias al apoyo total de los trabajadores organizados de mi país.
Suelo oírle decir al Presidente que los gobiernos y los Estados van pasando de la época en que todo se decidió en función de organizaciones políticas a la época en que todo se decide en función de las organizaciones sociales.
Y el gobierno peronista, inspirado por su conductor, trata de adelantarse al tiempo y se apoya cada vez más en las organizaciones sindicales.
Yo pienso, inspirándome en ese concepto visionario de Perón, que el pueblo está casi siempre más representado hoy por sus organizaciones gremiales que por sus partidos políticos.
Los partidos políticos caen frecuentemente en poder de círculos cerrados de dirigentes que se sostienen en sus cargos gracias a negociaciones y componendas no siempre claras. Esto no ocurre en las organizaciones sindicales cuyos dirigentes deben vivir en contacto con la masa que representan si no quieren desaparecer del escenario directivo.
En mi experiencia de cuatro años yo puedo decir, con toda franqueza, que los dirigentes gremiales conocen mejor la realidad popular que los dirigentes políticos.
Y, en honor a la verdad, debo decir también que los dirigentes políticos superan a los gremiales solamente cuando saben mantener contacto honrado con las organizaciones sindicales. Y al hablar de contacto honrado me refiero al que mantienen aquellos dirigentes políticos que trabajan lealmente por la causa de los trabajadores sin la oculta o manifiesta intención de utilizarlos como un medio de sus ambiciones personales.
En la Secretaría he aprendido todo cuanto sé de sindicalismo y de problemas de trabajo.

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