43;n.
En cambio los problemas del pueblo llegan al conductor todos los días, durante el almuerzo o la cena, en las tardes apacibles de los sábados, en los domingos largos y tranquilos y llegan por mi voz leal y franca en circunstancias propicias, cuando el ánimo del General está libre de toda inquietud apremiante…
Así, el pueblo puede estar seguro de que entre él y su gobierno no habrá divorcio posible. Porque, en este caso argentino, para divorciarse de su pueblo, el jefe del gobierno deberá empezar por divorciarse ¡de su propia mujer!
EVA PERÓN Y EVITA
Nada hay en mi destino de extraordinario y menos de juego de azar.
No puedo decir que creo lógico y razonable todo lo que me ha sucedido, pero no sería leal ni sincera si no dijese que todo me parece lo menos natural.
He dicho ya cuáles son las grandes causas de la misión que me toca cumplir en mi Patria, pero no sería completa mi explicación si no dijese también algo acerca de los motivos circunstanciales que me decidieron a iniciarme en la colaboración estrecha con el General Perón después que fue presidente de los argentinos.
Antes de entrar en el tema es conveniente recordar que Perón no es sólo presidente de la República; es, además, conductor de su pueblo.
Esta es una circunstancia fundamental y se relaciona directamente con mi decisión de ser una esposa del Presidente de la República distinta del modelo antiguo.
Yo “pude” ser ese modelo. Esto lo digo bien claro porque también se ha querido justificar mi “incomprensible sacrificio” arguyendo que los salones de la oligarquía me hubiesen rechazado.
Nada más alejado que esto de toda realidad, ni más ausente de todo sentido común.
Puede ser una mujer de Presidente como lo fueron otras.
Es un papel sencillo y agradable: trabajo de los días de fiesta, trabajo de recibir honores, de engalanarse para representar según un protocolo que es casi lo mismo que pude hacer antes, y creo que más o menos bien, en el teatro o en el cine.
En cuanto a la hostilidad oligárquica no puedo menos que reírme.
Y me pregunto: ¿Por qué hubiese podido rechazarme la oligarquía?
¿Pero acaso alguna vez esa clase de gente tuvo en cuenta aquí, o en cualquier parte del mundo, estas cosas, tratándose de la mujer de un Presidente?
Nunca la oligarquía fue hostil con nadie que pudiera serle útil. El poder y el dinero no tuvieron nunca malos antecedentes para un oligarca genuino.
La verdad es otra: yo, que había aprendido de Perón a elegir caminos poco frecuentados, no quise seguir el antiguo modelo de esposa de Presidente.
Además, quien me conozca un poco, no digo de ahora, sino desde antes, desde que yo era una “simple” chica argentina, sabe que no hubiese podido jamás representar la fría comedia de los salones oligarcas.
No nací para eso. Por el contrario, siempre hubo en mi alma un franco repudio para con “esa clase de teatro”.
Pero además, yo no era solamente la esposa del Presidente de la República, era también la mujer del conductor de los argentinos.
A la doble personalidad de Perón debía corresponder una doble personalidad en mí: una, la de Eva Perón, mujer del Presidente, cuyo trabajo es sencillo y agradable, trabajo de los días de fiesta, de recibir honores, de funciones de gala; y otra, la de Evita, mujer del Líder de un pueblo que ha depositado en él toda su fe, toda su esperanza y todo su amor.
Unos pocos días al año represento el papel de Eva Perón; y en ese papel creo que me desempeño cada vez mejor, pues no me parece difícil ni desagradable.
La inmensa mayoría de los días soy en cambio Evita, puente tendido entre las esperanzas del pueblo y las manos realizadoras de Perón, primera peronista argentina, y éste sí que me resulta papel difícil, y en el que nunca estoy totalmente contenta de mí.
De Eva Perón no interesa que hablemos.
Lo que ella hace aparece demasiado profusamente en los diarios y revistas de todas partes.
En cambio, sí interesa que hablemos de “Evita”; y no porque sienta ninguna vanidad en serlo sino porque quien comprenda a “Evita” tal vez encuentre luego fácilmente comprensible a sus “descamisados”, el pueblo mismo, y eso nunca se sentirá más de lo que es… ¡nunca se convertirá por lo tanto en oligarca, que es lo peor que puede sucederle a una peronista!
EVITA
Cuando elegí ser “Evita” sé que elegí el camino de mi pueblo.
Ahora, a cuatro años de aquella elección, me resulta fácil demostrar que efectivamente fue así.
Nadie sino el pueblo me llama “Evita”. Solamente aprendieron a llamarme así los “descamisados”. Los hombres de gobierno, los dirigentes políticos, los embajadores, los hombres de empresa, profesionales, intelectuales, etc., que me visitan suelen llamarme “Señora”; y algunos incluso me dicen públicamente “Excelentísima o Dignísima Señora” y aun, a veces, “Señora Presidenta”.
Ellos no ven en mí más que a Eva Perón.
Los descamisados, en cambio, no me conocen sino como “Evita”.
Yo me les presenté así, por otra parte, el día que salí al encuentro de los humildes de mi tierra diciéndoles “que prefería ser Evita a ser la esposa del presidente si esa Evita servía pata mitigar algún dolor o enjuagar una lágrima”.
Y, cosa rara, si los hombres de gobierno, los dirigentes, los políticos, los embajadores, los que me llaman “Señora” me llamasen “Evita” me resultaría tal vez tan raro y fuera de lugar como que un pibe, un obrero una persona humilde del pueblo me llamara “Señora”.
Pero creo que aún más raro e ineficaz habría de parecerles a ellos mismos.
Ahora si me preguntasen qué prefiero, mi respuesta no tardaría en salir de mí: me gusta más mi nombre de pueblo.
Cuando un pibe me nombra “Evita” me siento madre de todos los pibes y de todos los débiles y humildes de mi tierra.
Cuando un obrero me llama “Evita” me siento con gusto “compañera” de todos los hombres que trabajan en mi país y aun en el mundo entero.
Cuando una mujer de mi Patria me dice “Evita” yo me imagino ser hermana de ella y de todas las mujeres de la humanidad.
Y así, sin casi darme cuenta, he clasificado, con tres ejemplos, las actividades principales de “Evita” en relación con los humildes, los trabajadores y la mujer.
La verdad es que, sin ningún esfuerzo artificial, sin que me cueste íntimamente nada, tal como si hubiese nacido para todo esto, me siento responsable de los humildes como si fuese la madre de todos; lucho codo a codo con los obreros como si fuese de ellos una compañera más de taller o de fábrica; frente a las mujeres que confían en mí me considero algo así como una hermana mayor, en cierta medida responsable del destino de todas ellas que han depositado en mí sus esperanzas.
Y conste que no asumo así un honor sino una responsabilidad.
Creo que cada uno de los hombres y mujeres que componen la humanidad debiera por lo menos sentirse un poco responsable de todos los demás ¡tal vez seríamos todos un poco más felices!
De los obreros atiendo sus problemas gremiales.
De los humildes recibo sus quejas y sus necesidades remediándolas en cuanto no correspondan al Estado, aunque a veces en este caso hago también de colaboradora oficiosa del gobierno. Al fin de cuentas siempre se trata de agua que va para el molino del “Líder” común.
De la mujer atiendo el problema en sus múltiples aspectos sociales, culturales y políticos.
Si alguien me preguntase cuál es mi actividad preferida no sabría responder exactamente y de forma decidida y definitiva.
Si me hicieran mi pregunta estando en mi actividad gremial mi voto sería por ella. Si estuviese atendiendo a mis “descamisados” o a las mujeres tal vez votaría por la actividad que estuviese desempeñando en ese preciso momento. Y no lo haría ni por “diplomacia” ni por “política”, ¡no! Sino porque cuando trabajo, lo que estoy haciendo me parece lo mejor, lo más adecuado a mis gustos, a mi vocación y a mis inclinaciones.
Reconozco, eso sí, que en el fondo lo que me gusta es estar con el pueblo, mezclada en sus formas más puras: los obreros, los humildes, la mujer.
Con ellos no necesito adoptar ninguna pose de las que me veo obligada a tomar a veces, cuando hago de “Eva Perón”. Hablo y siento como ellos, con sencillez y con franqueza llana y a veces dura, pero siempre leal.
Nunca dejamos de entendernos. En cambio, a veces, “Eva Perón” no suele entenderse con la gente que asiste a las funciones que debe representar.
No vaya a creerse por esto que digo que la tarea de Evita me resulta fácil. Más bien me resulta en cambio siempre difícil y nunca me he sentido del todo contenta con esa actuación. En cambio el papel de Eva Perón me parece fácil. Y no es extraño. ¿Acaso no resulta siempre más fácil representar un papel en el teatro que vivirlo en la realidad?
Y en mi caso lo cierto es que como “Eva Perón” represento un viejo papel que otras mujeres en todos los tiempos han vivido ya; pero como Evita vivo una realidad que tal vez ninguna mujer haya vivido en la historia de la humanidad.
He dicho que no me guía ninguna ambición personal. Y quizás no sea del todo cierto.


















Post a Comment