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Cuando algunos elogian mi “intuición” se refieren siempre al rápido conocimiento que tengo de las personas con que trato.
A veces he confiado en quienes muchos desconfiaban y otras he desconfiado de quienes todos creían.
Casi siempre el tiempo me ha dado la razón.
¿Esto es una virtud misteriosa? Yo creo que no. por el contrario, todo me parece muy simple. Yo he mirado siempre a las personas de una manera distinta que no es la que sirve a la inteligencia de los demás: yo miro a través de un cristal muy fino: el amor de Perón y de su causa.
El amor alarga la mirada de la inteligencia.
Si no fuese así, ¿Podría yo “intuir” tanta cosas que a veces no entiendo del todo?
Recuerdo que una noche me acosté muy tarde y no pude dormir.
Me preocupaba un problema nacional cuya solución había sido propuesta ya al Presidente por los técnicos del Gobierno.
No había conversado de esto con nadie y no sabía otra cosa que lo que los diarios publicaban.
Era un serio y difícil problema que nunca había intentado ni siquiera entender. ¡Pero la solución no me gustaba!
Lo peor era que no sabía exactamente por qué.
Evidentemente yo podría decir al día siguiente que no me gustaba la solución, pero debería dar mis razones. ¡Y no las podía encontrar!
Ni las encontré; pero me decidí a confiarle al Presidente mis sentimientos; y acerté, porque él, que también había estado pensando, preocupado por el problema, estaba ya dispuesto a revisar la solución propuesta por sus colaboradores.
¿Extraño? ¿Misterioso? No, es la maravilla del amor iluminando una inteligencia igual que la de todos.
Nada tiene de raro, pues, que esa virtud o sentido extraordinario esté presente en los actos de Perón y sea admirada por quienes lo conocen y lo tratan.
El, que ama entrañablemente a su pueblo, ve todas las cosas a través de ese gran amor y por lo tanto, según está también demostrado, tiene que verlo todo de una manera especial, distinta de la orienta la mirada de los demás.
El ve por su pueblo y para su pueblo.
¿Qué tiene de raro, pues, que iluminado por ese gran amor “intuya” dónde está la felicidad de los argentinos y la grandeza nacional?
Y yo sí que puedo dar fe que esa virtud, existe en él en una forma maravillosa. Conoce a los hombres de una sola mirada y aunque intenten muchas veces disfrazarle ante él. Muchas veces lo he visto también resolver graves problemas de una manera distinta a la que aconsejaban los técnicos y los especialistas, y más de una vez, ante mi pregunta extrañada, le he oído decir:
-Es cuestión de sentido común.
“Ellos ven el problema desde el punto de vista técnico, que es limitado, como el campo de un microscopio. Yo tengo que verlo con lentes planares; yo tengo que verlo como lo ve y como lo siente el pueblo”.
Después de meditar esa explicación, he pensado también que el “sentido común” y la “intuición” son dos virtudes todavía no bien definidas y tal vez sean la misma cosa, pero creo que están en todos los hombres y en todas las mujeres presentes en mayor o en menor cantidad y que solamente crecen y se hacen extraordinarias cuando un gran amor las vivifica con la maravillosa fuerza de su infinito poder.
Lo que también puedo asegurar es que en ningún “hombre común” puede hacer o pensar nada con intuición; porque los hombres mediocres pertenecen a la clase de los que desprecian el amor como cosa exagerada.
EL CAMINO QUE YO ELEGÍ
Llegado Perón a la Presidencia, poco a poco fue convenciéndose de que las responsabilidades y tareas a su cargo eran casi incompatibles con su deseo de mantener estrecho contacto con el pueblo.
Ese contacto, que era y sigue siendo absolutamente necesario, debe ser realizado en forma permanente.
Nuestro pueblo ha vivido más de un siglo, de gobiernos oligarcas cuya principal tarea no fue atender al pueblo sino más bien a los intereses de una minoría privilegiada, tal vez refinada y culta, pero sórdidamente egoísta.
Después de este siglo, solamente interrumpido por alguno que otro intento de gobierno para el pueblo, o, mejor dicho, por alguno que otro “gesto” nunca convertido en realidad, Perón durante tres años de incendio revolucionario llegó al pueblo como gobernante y como conductor. Y el pueblo sabía ya lo que ese contacto había dado de bien para todos.
Durante tres años consecutivos, hombres y mujeres, agrupaciones gremiales, económicas y políticas, el pueblo entero, había desfilado con sus viejos problemas y sus viejas esperanzas, ante la presencia realizadora del conductor y todos sus problemas y todas sus esperanzas habían sido cumplidamente satisfechas por él en la medida de sus posibilidades, y un poco más todavía.
¿ Con Perón en la Presidencia, con la plenitud de un poder que en la República Argentina, es extraordinario, cómo ni iban a redoblarse las esperanzas y las ilusiones de la gente que ya había conocido el gusto de lo que es un gobierno del pueblo y para el pueblo?
Pero, precisamente la plenitud del poder era lo que impediría al Líder su permanencia en contacto con el pueblo. Mientras estaba en la Secretaría de Trabajo y Previsión no tenía otros problemas que resolver sino los viejos y urgentes problemas que afectaban directamente al pueblo. Pero en la Presidencia los viejos y urgentes problemas eran otros cuya solución era indispensable para que no se derrumbase todo lo que había construido en tres años de reforma social.
¿ De qué hubiesen valido tres años de Revolución si al término de la guerra hubiésemos caído de nuevo en los brazos de nuestros tradicionales explotadores imperialistas?
¿Nos hubiese valido acaso la reforma social en un país sin riqueza y sin trabajo, entregado con las manos atadas a la voluntad extraña del capitalismo internacional?
Todo eso vio Perón con más claridad que nunca desde el día que fue Presidente; y para que eso no sucediese era necesario que él, personalmente él, se pusiese en forma total a hacer lo que hizo, y que era nada menos que la Independencia Económica de la Nación.
En cuatro meses elaboró su plan de gobierno para cinco años.
En dos años realizó la independencia económica. Pero, no quiero yo decir cuánto hizo el General como Presidente, aunque gustosa escribiría infinita cantidad de páginas sobre este tema inagotable.
Lo cierto es que todo ese inmenso trabajo que debía empezar con la organización del mismo gobierno y cuya primera etapa culminó con la reforma constitucional, no podía dejarle sino muy escaso tiempo para mantener contacto con el pueblo.
Y si no hubiésemos buscado juntos una solución, y la hubiésemos hallado, la voz del pueblo - la de nuestros “descamisados”-hubiese llegado a la torre de gobierno cada vez más apagada y tal vez hubiese terminado por callar.
Por otra parte era necesario mantener encendido en el pueblo su fervor revolucionario. La revolución apenas había sido puesta en marcha y debía Perón cumplir todas las etapas desde el gobierno mismo. Esto podía hacerse pero a condición de que el pueblo mantuviese su fervor revolucionario y no fuese ganado por la prédica de los “hombres comunes” para quienes todo acto revolucionario aparece como una imprudencia imperdonable.
Entre el decreto o la ley revolucionaria y cumplimiento, o sea entre el gobierno y el pueblo, existen siempre infinitas barreras que no se ven siempre desde el gobierno, pero sí, y claramente, desde el pueblo. El contacto de Perón con el pueblo era necesario también por esta razón fundamental.
Además había urgentes pero modestos trabajos que cumplir en relación con las necesidades diarias de la gente humilde. Entre las esperanzas de los descamisados había muchas pequeñas ilusiones que depositaban en Perón como los hijos piden a sus padres.
En todas las familias los pedidos y las exigencias varían mucho: los mayores quieren cosas de importancia, los menores piden juguetes. En la familia grande que es la Patria también los pedidos que se presentan al Presidente, que es el padre común, son infinitos.
Comprobamos esto ya cuando Perón era Presidente electo: las esperanzas del pueblo se concretaban en peticiones lo más variadas, desde una obra de gobierno extraordinaria y aun fantástica que solicitaba toda una ciudad hasta la pelota de football que quería un “changuito” del norte o la muñeca que deseaba una “coyita”.
También atender todo esto- lo grande y lo pequeño -era necesario para que el pueblo no dejase de ver en Perón a su conductor.
Yo elegí la humilde tarea de atender los pequeños pedidos.
Yo elegí mi puesto en el pueblo para ver allí las barreras que podrían haber impedido la marcha de la Revolución.
Yo elegí ser “Evita” para que por mi intermedio el pueblo y sobre todos los trabajadores, encontrasen siempre libre el camino de su Líder.
La solución no pudo ser mejor ni más práctica.
Los problemas de gobierno llegan a Perón todos los días a través de sus ministros, de los funcionarios o de los mismos interesados; pero cada uno de ellos no puede disponer sino de escasos minutos de la jornada agotadora de un Presidente como Per


















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