Sabía que los salones estarían demás para él porque en ellos se miente demasiado como para que eso pudiese ser soportado por un hombre de sus quilates.
Yo tampoco ignoraba cuál tendría que ser mi conducta para que resultase armónica con la suya.
Sabía que para armonizar con él necesitaba subir a cumbres muy altas pero conocía como era maravillosa su humildad descendiendo hasta mí.
Me atrevo a decir que me propuse formalmente que él viese cada día en mí un defecto menos hasta que no me quedase ninguno.
¿Cómo podía desear y hacer otra cosa conociendo como conocía sus proyectos y sus planes?
Porque él no me conquistó con palabras bonitas y elegantes, ni con promesas formales y risueñas. No me prometió ni gloria ni grandeza, ni honores. Nada maravilloso.
Más: ¡creo que nunca me prometió nada! Hablando del porvenir me habló siempre únicamente de su pueblo y yo terminé por convencerme que su promesa de amor estaba allí, en su pueblo, en mi pueblo. ¡En nuestro pueblo!
Es muy simple todo esto.
Es el camino que hacemos todas las mujeres cuando amamos al hombre de una causa.
Primero la causa es “su causa”. Después empezamos a decirle “mi causa”. Y cuando el amor alcanza su perfección definitiva, el sentimiento de admiración que nos hacía decir “su causa” y el sentimiento egoísta que no hacía decir “mi causa” son sustituidos por el sentimiento de la unidad total y decimos “nuestra causa”.
Cuando llega este momento no se puede decir ya si el amor por la causa es mayor o menor que el amor por el hombre de esa causa. Yo pienso que los dos son una sola cosa.
Por eso digo ahora: ¡ Si, soy peronista, fanáticamente peronista pero no sabría decir que amo más : si a Perón o a su causa; que para mi, todo es una sola cosa, todo es un solo amor; y cuando digo en mis discursos y en mis conversaciones que la causa de Perón es la causa del pueblo, y que Perón es la Patria y es el pueblo, no hago sino dar prueba de que todo, en mi vida, está sellado por un solo amor.
EL APRENDIZAJE
¿Puedo seguir hablando de Perón?
Aunque alguien diga-¡ y vaya si se ha dicho!-que eso no es elegante ni es inteligente, tengo que seguir haciendo el elogio de mi Líder.
¿Quién si no podrá hacerlo bien? Yo le conozco como mujer y como peronista; le conozco en su misión de Presidente y en su vida hogareña; sé cómo trabaja y cómo descansa, cómo habla y cómo calla, cómo goza y cómo sufre. Conozco sus pequeños gestos que sólo pueden nacer de las grandes almas.
Yo sería desleal con mi pueblo si no hablase de él. Por otra parte nadie puede pensar que mi elogio tenga algún interés.
Ya de él he recibido todo cuanto podría pretender; mucho más de lo que yo merecía.
Y no es por gratitud tampoco que siempre hablo de él, en todas partes, en todos mis discursos y en todas mis conversaciones sin ninguna excepción. Hablo de él simplemente por necesidad, por la misma razón que los poetas hacen versos y las rosas florecen.
Recuerdo como él, por ejemplo, fue enseñándome su doctrina, mostrándome sus planes, haciéndome conocer los grandes problemas de la vida nacional; y cómo me hizo distinguir lo posible de lo imposible, lo ideal de lo práctico.
Cada conversación que sostengo con él es una lección maravillosa que nunca parece lección.
Esto no solamente lo digo yo, su más constante discípula. Lo dicen también todos los que se acercan a él por cualquier motivo.
Sabe hablar sencillamente de las cosas más simples y de las más complicadas. Para él nada hay que no se pueda explicar de alguna manera, incluso a los que saben menos, y él lo consigue siempre. Nadie se aburre ni se fatiga con él, nadie se siente incómodo. Mucha gente entra a su despacho con cierto lógico temor, en cuanto él dice las primeras palabras, el primer saludo, ya no ven en él al Presidente, líder de millones de hombres y mujeres; y aparece ante ellos un amigo, amable y cordial.
Así, amablemente y cordial es siempre en todos los actos de su vida.
Así, amable y cordial, haciéndome casi creer que yo le estaba enseñando a él, me hizo conocer todo cuanto era necesario saber para cumplir la misión que yo tenía que cumplir.
De él he aprendido por ejemplo a dejar de lado todo lo que es negativo, y a buscar siempre las cosas por hacer, los caminos que nadie recorre.
Muy frecuentemente me ha sucedido esto: concibo una idea siendo que es fecunda y útil y que, realizada, dará beneficio a la causa del pueblo. Cuando lo expongo, primero a algunas personas, por lo general amigos, casi todos aprueban aunque no todos crean tal vez que eso es lo mejor, pero no faltan nunca quienes lealmente intentan persuadirme de que no me conviene y así me entero de que todos o la gran mayoría piensa que tal vez no convenga. A veces tienen razón, pero cuando yo estoy absolutamente convencida, cuando “siento” claramente que la idea tiene que salir bien, me lanzo a realizarla a pesar de todos los augurios; ¡y son las mejores realidades de mi vida!
Así nació la Fundación. Así surgió el movimiento peronista femenino.
Aprendí de Perón a ver los caminos que nadie recorre, que nadie se anima a recorrer.
De él también aprendí a realizar. El siempre es constructivo. En su conversación lo mismo que en su conducta.
Siempre suele decirme:
-No hay que olvidar que lo mejor es enemigo de lo bueno. Y él que siempre habla tan fervorosamente de su doctrina, nunca se olvida de añadir: De nada vale una gran doctrina sino tiene sus realizadores.
Confieso que padezco casi de fiebre permanentemente de realizar, y que es una fiebre de contagio.
El me ha enseñado que para realizar no es necesario, como cree la mayor parte de la gente, hacer grandes planes. Si los planes existen, mejor; pero si no, lo importante es comenzar las obras y luego hacer los planes.
Para que no piensen mal sin embargo quienes crean que esto es un pecado contra el arte de gobernar, me apresuro a decirles que Perón es el primer argentino que ha gobernado al país, según un plan premeditado.
De Perón aprendí a tratar con los hombres.
Pero en esto reconozco que en mí subsisten algunos defectos.
¡Aunque tampoco estoy convencida de que lo sean!
El nunca espera demasiado de los hombres y se satisface con muy poca cosa. Confía siempre en ellos, sin excepción, mientras no tenga pruebas de la falsía de sus procederes. Por eso, el defecto que más desprecia y que más le duele de sus amigos o de sus colaboradores es la mentira.
Yo, en cambio, exijo mucho más de quienes son mis amigos o mis colaboradores inmediatos.
Ante todo confieso que no puedo tener a mi lado, trabajando conmigo, sino aquellos en quienes creo y confío plenamente. Y en esto pocas veces me he equivocado.
Recuerdo que alguien en una oportunidad me preguntó:
-¿Por qué confió usted en mí la primera vez que habló conmigo?
Yo no supe darle una respuesta lógica. Si le hubiera dicho la verdad debí responderle:
-Porque “sentía”que en usted era posible confiar.
Muchas veces ocurre lo contrario, desgraciadamente, y desconfiar se hace a veces demasiado frecuente, máxime cuando una parte de mi gran deber consiste en cuidar las espaldas de un hombre y de su causa.
En esto de conocer a los hombres hay mucho más de intuición. Y como el tema lo merece y además me gusta, quiero brindarle un capítulo aparte.
¿INTUICIÓN?
Esto de la intuición me tienta porque muchas veces he oído decir alabanzas de la mía; y auque pocas veces me detengo a pensar en un elogio, tan frecuentemente se ha hecho el de mi intuición, que alguna vez he meditado en el tema.
Aquí están mis reflexiones que no intentan siquiera exponer un problema Psicológico -que no doy para tanto- sino más bien decir lo que pienso con Yo creo que no es un sexto sentido, como dicen algunos, ni una facultad casi misteriosa de las mujeres, como dicen otros.
No; es simplemente una manera de ser de la inteligencia. Cada uno de los hombres tiene una manera de ser de su inteligencia, que es distinta en todos. En unos actúa rápidamente, en otros es lenta.
Cada uno ve las cosas según sea lo que quiere conocer en ellas. Yo siempre recuerdo aquel viejo refrán que dice: “las cosas son del color del cristal con que se miran”.
Cuando la gente suele atribuir “intuición” a las mujeres como virtud misteriosa, no se acuerda que nosotras tenemos que ver las cosas, las personas y la vida de una manera especial.
Nosotras sentimos y sufrimos más el amor que los hombres.
En nosotras la inteligencia se desarrolla a la sombra del corazón y por eso la inteligencia no se ve sino a través de los cristales del amor.
Y el amor, cuyo misterio sí que es infinito, le hace ver a la inteligencia cosas que ella sola nunca podría conocer por hábil que fuese.
Los hombres no sienten ni sufren tanto el amor como nosotras las mujeres. Esto no necesita demostración.
En ellos entonces la inteligencia libremente.
Y por eso en todo a través de u razonamiento frío, casi matemático, tanto más frío y tanto más matemático cuando menos hayan sentido o sufrido el amo


















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