Pero lo que hice y lo que hago es lo que hubiese hecho en mi lugar cualquiera de las infinitas mujeres que en este pueblo nuestro o en cualquier pueblo del mundo saben cumplir su destino de mujer, silenciosamente, en la fecunda soledad de los hogares.
Yo me siento nada más que la humilde representante de todas las mujeres del pueblo.
Me siento, como ellas, al frente de un hogar, mucho más grande es cierto que el que ellas han creado, pero al fin de cuentas hogar: el gran hogar venturoso de esta Patria mía que conduce Perón hacia sus más altos destinos.
¡Gracias a él, el “hogar” que al principio fue desmantelado, es ahora justo, libre y soberano!
¡Todo lo hizo él!
Sus manos maravillosas convirtieron cada esperanza de nuestro pueblo en un millar de realidades.
Ahora vivimos felices, con esa felicidad de los hogares, salpicadas de trabajos y aun de amarguras… que son algo así como el marco de la felicidad.
En este gran hogar de la Patria yo soy lo que una mujer en cualquiera de los infinitos hogares de mi pueblo.
Como ella soy a fin de cuentas mujer.
Me gustan las mismas cosas que a ella: joyas y pieles, vestidos y zapatos… pero, como ella, prefiero que todos, en la casa, estén mejor que yo. Como ella, como todas ellas, los deberes de la casa que nadie tiene obligación de cumplir en mi lugar.
Como todas ellas me levanto temprano pensando en mi marido y en mis hijos… y pensando en ellos me paso andando todo el día y una buena parte de la noche… Cuando me acuesto, cansada, se me van los sueños en proyectos maravillosos y trato de dormirme “antes que se me rompa el cántaro”.
Como todas ellas me despierto sobresaltada por el ruido más insignificante porque, como todas ellas, yo también tengo miedo…
Como ellas me gusta aparecer siempre sonriente y atractiva ante mi marido y ante mis hijos, siempre serena y fuerte para infundirles fe y esperanza… y como a ellas, a mí también a veces me vencen los obstáculos ¡y como ellas, me encierro a llorar y lloro!
Como todas ellas prefiero a los hijos más pequeños y más débiles… y quiero más a los que menos tienen…
Como para todas las mujeres de todos los hogares de mi pueblo los días jubilosos son aquellos en que todos los hijos rodean al jefe de la casa, cariñosos y alegres.
Como ellas, yo sé lo que los hijos de esta casa grande que es la Patria necesitan de mí y de mi marido… y trato de hacer que lo consigan.
Me gusta, como a ellas, preparar sorpresas agradables y gozarme después con la sorpresa de mi esposo y de mis hijos…
Como ellas, oculto mis disgustos y mis contrariedades, y muchas veces aparezco alegre y feliz ante los míos y cubriendo con una sonrisa y con mis palabras las penas que sangran en mi corazón.
Oigo como ellas, como todas las madres de todos los hogares de mi pueblo, los consejos de las visitas y de los amigos: “Pero ¿por qué se toma las cosas tan en serio?”. “¡No se preocupe tanto!”. “Diviértase un poco más. ¿Para qué quiere sino tantas cosas bonitas que tienen sus guardarropas?”.
Es que como a ellas a mí también me gusta más lucirme ante los míos que antes los extraños… y por eso me pongo mis mejores adornos para atender a los descamisados.
Muchas veces pienso, como ellas, salir de vacaciones, viajar, conocer el mundo… pero en la puerta de casa me detiene un pensamiento: “Si yo me voy ¿quién hará mi trabajo?”. ¡Y me quedo!
¡Es que me siento verdaderamente madre de mi pueblo!
Y creo honradamente que lo soy.
¿Acaso no sufro con él? ¿Acaso no gozo con sus alegrías? ¿Acaso no me duele su dolor? ¿Acaso no se levanta mi sangre cuando lo insultan o cuando lo denigran?
Mis amores son sus amores.
Por eso ahora lo quiero a Perón de una manera distinta, como no lo quise antes: antes lo quise por él mismo… ¡ahora lo quiero también porque mi pueblo lo quiere!
Por todo eso, porque me siento una de las tantas mujeres que en el pueblo construyen la felicidad de sus hogares, y porque yo he alcanzado esa felicidad, la quiero para todas y cada una de aquellas mujeres de mi pueblo…
Quiero que sean tan felices en el hogar de ellas como yo lo soy en este hogar mío tan grande que es mi Patria.
Quiero que cuando el destino vuelva a elegir mujer para esta cumbre del hogar nacional, cualquier mujer de mi pueblo puede cumplir, mejor que yo, esta misión que yo cumplo lo mejor que puedo.
Quiero hacer hasta el último día de mi vida la gran tarea de abrir horizontes y caminos a mis descamisados, a mis obreros, a mis mujeres…
Yo sé que, como cualquier mujer del pueblo, tengo más fuerzas de las que aparento tener y más salud de la que creen los médicos que tengo.
Como ellas, como todas ellas, yo estoy dispuesta a seguir luchando para que en mi gran hogar sea siempre feliz.
¡No aspiro a ningún honor que no sea esa felicidad!
Esa es mi vocación y mi destino.
Esa es mi misión.
Como una mujer cualquiera de mi pueblo quiero cumplirla bien y hasta el fin.
Tal vez un día, cuando yo me vaya definitivamente, alguien dirá de mi lo que muchos hijos suelen decir, en el pueblo, de sus madres cuando se van, también definitivamente:
- ¡Ahora recién nos damos cuenta que nos amaba tanto!
NO ME ARREPIENTO
Creo que ya he escrito demasiado.
Yo solamente quería explicarme y pienso que tal vez no lo haya conseguido sino a medias.
Pero seguir escribiendo sería inútil. Quien no me haya comprendido hasta aquí, quien no me haya “sentido”, no me sentirá ya aun cuando siguiera estos apuntes por mil páginas más.
Aquí veo ahora a mi lado verdaderas pilas de papel fatigado por mis letra grande… y creo que ha llegado el momento de terminar.
Leo las primeras páginas… y voy repasando todo lo que he escrito.
Sé que muchas cosas tal vez no debiera haberlas dicho… Si alguna vez se leen por curiosidad histórica no me harán estas páginas un favor muy grande: la gente dirá por ejemplo que fui demasiado cruel con los enemigos de Perón.
Pero… no he escrito esto para la historia.
Todo ha sido hecho para este presente extraordinario y maravilloso que me toca vivir: para mi pueblo y para todas las almas del mundo que sientan, de cerca o de lejos, que está por llegar un día nuevo para la humanidad: el día del Justicialismo.
Yo solamente he querido anunciarlo con mis buenas o malas palabras… con las mismas palabras con que lo anuncio todos los días a los hombres y a las mujeres de mi propio pueblo.
No me arrepiento por ninguna de las palabras que he escrito. ¡Tendrían que borrarse primero en el alma de mi pueblo que me las oyó tantas veces y que por eso me brindó su cariño inigualable!
¡Un cariño que vale más que mi vida!
EVA PERÓN
Mi Mensaje
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29. Mi VOLUNTAD SUPREMA
30. UNA SOLA CLASE
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