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Ева Дуартэ де Перон. Смысл моей жизни. Eva Duarte de Perón. LA RAZÓN DE MI VIDA


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La fiesta termina cuando el pueblo recuerda que el 18 de octubre de 1945 hizo un día de huelga y empieza a gritar: ¡Mañana es San Perón!
Y entonces el Líder, como en 1945, dispone otra vez esa “huelga” de un día, pacífica y alegre, la única huelga del mundo que no se hace contra nada ni contra nadie porque, lo mismo que en 1945, los trabajadores dejan sus tareas diarias para celebrar el regreso de Perón.
Por eso no pueden dejar de celebrar el aniversario.
Por lo general en las noches del 17 de octubre se me hace difícil conciliar el sueño.
Porque el cariño del pueblo es un hermoso sueño, ante cuya belleza incomparable no se puede soñar nada mejor.
Y me gusta prolongarlo recordándolo porque así se olvida todo lo que cuesta vivir en esta lucha diaria.
Y se retoman las fuerzas necesarias para poder seguir al día siguiente como todos los días.

DONDE QUIERA QUE ESTE LIBRO SE LEA

Cuando empecé estos apuntes solamente me guiaba el propósito de explicar los motivos, las causas y algunos aspectos de la misión que me toca cumplir en la nueva de Perón. Quería explicar por qué estoy en este camino.
Pero a esta altura del trabajo pienso que ya me he detenido muchas veces - demasiado quizás- en describir más bien el paisaje que bordea mi camino.
No me arrepiento sin embargo.
¡Al fin y al cabo, por qué vivo, cómo vivo o por qué soy lo que soy, no ha de interesar tanto al mundo, como saber cómo viven y cómo son un pueblo que se siente feliz y un hombre que ha podido ser causa de una felicidad tan grande!
Porque, en realidad, hasta ahora, aparte de mis primeros capítulos casi todo lo demás ha sido describir el maravilloso paisaje que acompaña mi camino: ¡Perón y su pueblo!
Me pregunto si tal vez en lo más secreto de mi corazón, en mi subconciencia no tendría ya, al iniciar estos apuntes, el propósito de buscar otro pretexto más para hablar de ellos precisamente: de Perón y de su pueblo.
Y eso lo digo aquí porque no quiero engañar a nadie.
¡Quizás en eso consista mañana mi única gloria: en haber sabido decir toda la verdad acerca de los grandes amores de mi vida, tal como yo los vivo, los siento y los sirvo!
Porque el amor no se entiende ni se completa sino se lo sirve.
Para mí, amar es servir.
Por eso toda mi vida tiene para mí una explicación tan fácil.
Todo el “secreto” consiste en que he decidido servir a mi pueblo, a mi Patria y a Perón.
Y sirvo porque amo.
Sirvo al pueblo porque primero el pueblo ganó mi corazón. Y porque Perón me enseñó a conocerlo más y por lo tanto a quererlo mejor.
Y sirvo a la causa de Perón y a Perón mismo como puedo y donde puedo, aunque reconozco que servir a Perón es lo mismo que servir al pueblo. Y lo reconozco con alegría. ¿Acaso en eso no está la “clave”, la explicación de mi propia vida?
He dicho ya cómo sirvo a los obreros.
Ahora quiero explicar cómo sirvo a los “humildes”.
Pero antes, como un saludo de despedida para los trabajadores, dos palabras más por ellos.
Dos palabras de gratitud.
Aspiro a que donde quiera se lea este libro se conozcan a los sentimientos de mi corazón agradecido.
Porque ellos fueron los primeros que tuvieron fe en Perón.
Porque ellos creyeron aun antes de ver.
Porque no lo abandonaron jamás.
Porque lo rescataron de su prisión el 17 de octubre de 1945.
Porque lo hicieron Presidente de los argentinos el 24 de febrero de 1946.
Y sobre todo les agradezco una cosa: ¡que lo quieran así como lo quieran!
¡Y que esto se sepa donde quiera que este libro se lea!

ADEMÁS DE LA JUSTICIA

Entre mis lectores habrá indudablemente dos clases de almas, como en todos los rincones del mundo.
La clase de almas estrechas que no conciben como cosas reales, ni la generosidad, ni el amor, ni la fe, ni siquiera la esperanza.
Si este libro cae entre las manos de un alma así, yo le ruego que no siga adelante.
¡No vale la pena! Todo le parecerá inútil, o simple propaganda.
Ahora empiezan los capítulos que no podrán entender más que las almas que todavía creen en la sinceridad, en la fe, en el amor, en la esperanza.
A éstas sí las invito a que sigan un poco más adelante.
A ellas, como a los visitantes de mis obras de ayuda social les iré mostrando al mismo tiempo, juntos, cómo van por la vida, el dolor y el amor.
Les mostraré primero el amor de mi pueblo, y no estará demás que nos detengamos a verlo, tal como desde el mirador de mi vida lo he visto yo, cada vez mejor y de más cerca.
¡Les mostraré luego lo que hace el amor para que el dolor sonría y sonriendo se atenúe, o se aleje o se vaya!
Desde el día que me acerqué a Perón advertí que su lucha por la justicia social sería larga y difícil.
Cuando él fue explicándome sus propósitos (y sus propósitos eran nada menos que invertir todo un sistema económico capitalista en uno más digno y más humano y por lo tanto más justo) se confirmaron mis presentimientos: ¡la lucha sería larga y difícil!
Veía yo el espectáculo de muchos millones de argentinos esperando justicia; y frente a ellos, a Perón queriendo dar a todos lo que a cada uno se debía dar.
Y al mismo tiempo luchando contra las fuerzas conjuradas de la antipatria y de las potencias extrañas a la Nación, decididas a seguir explotando la buena fe y la generosidad de nuestro pueblo.
Por más que yo creía en Perón, tal vez más de lo que él mismo creía en sus propias fuerzas, nunca me pude imaginar que la mayor parte de sus sueños -¡y vayan si eran sueños!- se realizaría tan pronto en mi país.
Su razonamiento era simple. Tal vez demasiado simple como para que le creyeran los hombres comunes, que, como suele decir Perón, “andan en bandadas como los gorriones y vuelan bajo”.
Solía decirme en 1945:
- “La justicia social exige una redistribución de todos los bienes del país para que haya así menos ricos y menos pobres”.
“Pero ¿cómo podrá redistribuir los bienes del país un gobierno que no tenga en sus manos el poder económico?”
“¡Por eso es necesario que yo dedique todos mis esfuerzos para asegurar la independencia económica del país! Habrá que nacionalizar todo lo que sea un medio de dependencia económica; y todo lo que importe una salida innecesaria de riqueza nacional. ¡Así habrá más bienes para el pueblo!”
“¡Así el pueblo tendrá lo que necesita o por lo menos todo lo que a él le pertenece!”
“Todo eso, claro está llevará tiempo…Y muchos argentinos morirán todavía sin poder ver la hora de la justicia!”
Esto último me hizo pensar que “mientras tanto” era necesario hacer alguna otra cosa.
Cuando Perón llegó a la presidencia de la Nación me pareció que había llegado el momento de hacer esa “otra cosa”.
Yo sabía, por el mismo Perón, que la justicia no se realizaría en todo el país de un día para otro. Y los argentinos, sin embargo, los “descamisados”, los humildes, creían tanto y tan ciegamente en su Líder que todo lo esperaban de él, y todo “rápidamente”, incluso aquellas cosas que sólo pueden arreglarse con milagros cuya escasez por otra parte es notoria en estos tiempos.
Era indudable que mientras Perón se disponía a trabajar con alma y vida en su empresa justicialista había que hacer algo más.
Yo sentía que ese algo más me tocaba a mí, pero francamente no sabía cómo hacerlo.
Por fin un día me animé… me animé a hacer… ¡una corazonada!
Me asomé a la calle y empecé a decir más o menos esto:
- Aquí estoy. Soy la mujer del presidente. Quiero servir a mi pueblo para algo.
Los descamisados que me oyeron fueron pasándose la noticia unos a otros.
Empezaron a llegar hasta mí; unos, personalmente y otros, por .
En aquellas cartas ya empezaron a llamarme “Evita”.
Entonces le dije:
- Prefiero ser Evita a ser la mujer del presidente de la República, si es “Evita” sirve para algo a los descamisados de mi Patria.
Así empezó mi obra de ayuda social.
No puedo decir que nació de mí.
En cambio me parece más exacto decir que nació de un entendimiento mutuo y simultáneo entre mi corazón, el de Perón y el alma grande de nuestro pueblo.
Es una obra común.
Y así la sentimos: obra de todos y para todos.

EL DOLOR DE LOS HUMILDES

Me quedó pendiente del capítulo anterior una invitación que vengo a cumplir en este: como a los visitantes de mis obras de ayuda social quiero ahora ir haciendo conocer a mis lectores un poco del amor y del dolor de mi pueblo.
Un poco del dolor, primero.
Aquí también, como en todo el mundo, la injusticia social de muchos años ha dejado en todos los rincones del país dolorosos recuerdos de su pasado.
Cuando Perón tomó la bandera de la justicia social, los argentinos sumergidos eran infinitamente más que los pocos privilegiados que emergían.
Pocos ricos y muchos pobres.
El trigo de nuestra tierra, por ejemplo, servía para saciar el hambre de muchos “privilegiados también” en tierras extrañas; y los “peones” que sembraban y cosechaban aquí ese trigo no tenían pan para sus hijos.

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