Soy algo así como un camino por donde el pueblo humilde, ¡el pueblo trabajador! Llega a su presencia.
Y aun tengo mucho cuidado en no ser yo tampoco el único camino porque ¡eso también sería una valla entre el pueblo y Perón!
Una vez los obreros en presencia del Líder, yo me retiro, y aun cuando permanezca en la Casa de Gobierno, atiende otros problemas, que nunca faltan en los gremios que esperan el turno de su audiencia.
Quizás en muchos detalles como éste, resida el secreto de mi éxito.
Detalles que no tiene aparente importancia, pero cuidarlos es fácil y es provechoso.
No me sería posible terminar este capítulo sin decir que las tardes de los miércoles son en general, tardes felices para nosotros.
Al término de la jornada regresamos juntos, el Líder y yo, a nuestra residencia privada y yo me gozo viéndole satisfecho y alegre; al contacto con sus descamisados, con los “grasas” -como los mismos obreros suelen llamarse a sí mismos-, le reconforta.
Muchas veces suele decirme al final de estas jornadas:
-Vamos bien. ¡Los “muchachos” están contentos!
Y a mí me alegra verlo a él satisfecho y me emociona siempre pensar que un hombre como él, en el más alto pedestal del país, se siente feliz simplemente por eso… porque un humilde jornalero tal vez, le haya dicho que “está contento con su Presidente”.
LOS GRANDES DÍAS
Pero cuando la felicidad de Perón llega a su más alto grado es en los días en que celebramos nuestras grandes fechas.
27 de noviembre: Día de la Secretaría de Trabajo y Previsión.
17 de octubre: Día de la Lealtad.
1 de mayo: Día del trabajo.
En las dos últimas fechas el pueblo se reúne en cantidad extraordinaria; y en el escenario mismo de nuestras mayores glorias: en Plaza de Mayo.
El gran acto público es organizado siempre por la Confederación General del Trabajo y a él asisten, en masa, los obreros de la Capital y delegaciones del interior del país.
Confieso que los días que preceden a estas fiestas cumbres de nuestro movimiento son de grandes trabajos para mí.
No porque me toque intervenir para nada en la organización sino porque tratándose de fiestas populares me esfuerzo para que todos los trabajadores puedan celebrarlas con la mayor alegría.
Reviso entonces todos los problemas pendientes y para ello recibo a las organizaciones gremiales a fin de arreglar todos sus problemas pendientes. De esta manera la alegría es mayor y la fiesta es total.
Me causaría pena ver desde los balcones de la Casa de Gobierno, en esos días solemnes, a alguna organización cuyos problemas mayores no hayan tenido solución pudiendo haberla tenido.
No es porque tema la ausencia de algún sector, no.
Por el contrario, aun en circunstancias más difíciles para algunos sindicatos, siempre han estado presentes como para certificar que el Líder es para ellos siempre Líder y como ellos dicen: “¡en las buenas y en las malas!”.
El 27 de noviembre conmemoramos el Día de la Secretaría de Trabajo y Previsión.
Aunque no es fiesta nacional, ya que todo el país, empezando por la administración pública, trabaja en este día como en los demás días laborales del año, los obreros no se olvidan de celebrarlo dignamente con un acto popular que se realiza ante el edificio de la Secretaría.
La fecha tiene un significado extraordinario: aquel día, en 1943, primer año de la revolución, Perón convirtió el viejo e inútil Departamento Nacional del Trabajo en la Secretaría de Trabajo y Previsión.
Ya he dicho en estos apuntes que aquel día empezó realmente la revolución.
Para Perón fue aquel un día de triunfo.
Para los obreros el primer día de sol después de una larga noche de angustias y zozobras y de explotación oligárquicas.
El 1 de mayo, que en otros tiempos fue triste celebración de los trabajadores oprimidos, es ahora una de nuestras dos fiestas mayores.
Alguna vez visitantes extranjeros nos han preguntado por qué mantiene el gobierno una fecha que tiene, en todo el mundo, un sentido de revolución y de rebeldía y que es aprovechada en todas partes por los comunistas en contra de lo que los mismos visitantes llaman “el orden legalmente constituido”.
Siempre les he aclarado, respecto de esto, varias cosas y pienso que estos apuntes, destinados a tantas preguntas silenciosas, deben contener las mismas contestaciones que yo he dado a quines me han hecho las preguntas en forma personal.
En primer lugar, creo que el gobierno no podría “suprimir” la celebración.
¡Es cosa del pueblo!
Y Perón ha dicho muchas veces que no hará sino lo que quiera su pueblo.
El pueblo que antes sufrió en cada 1 de mayo la angustia de la opresión, y aun de la muerte, no puede menos que recordar la fecha con alegría.
Antes de Perón, el 1 de mayo se reunían los trabajadores en las plazas y en las calles de todas las ciudades del país y sus dirigentes aprovechaban la oportunidad para hablarles.
Los buenos dirigentes, por lo general, tenían muy poco que decir en realidad: ¡más que hablar de esperanza, las realidades eran muy pocas, entonces!
Los malos dirigentes, los falsos dirigentes, los que habían aprendido la lección en libros extraños o en tierras extrañas no desperdiciaban la ocasión de agitar a sus compañeros.
Ante las escasas realidades que podían ofrecer y ante la larga espera de las promesas no cumplidas, el camino más fácil era incitar a la rebelión y a la anarquía.
Los gobiernos, fríos e inaccesibles a todo clamor y a todo dolor, respondían a aquellos actos con el silencio o -las más de las veces- con la policía.
Y el 1 de mayo casi siempre se vestía de rojo -¡porque era el día de verterse sangre humilde, que nunca es azul…! ¡siempre roja…porque siempre es pura!-.
El pueblo argentino no olvida aquellas jornadas de angustia y de muerte.
¡Por qué no va a celebrar la fecha ahora que puede hacerlo sin temores y sin inquietudes?
En vez de gritos con los puños crispados frente a las puertas cerradas de la Casa de Gobierno, el pueblo trabajador argentino celebra ahora cada 1 de mayo con una fiesta magnífica que presiden desde los balcones de la Casa de Gobierno su conductor en su calidad de “primer trabajador argentino”, título sin duda el más preciado por Perón.
Y lo maravilloso es que en vez de temer a la muerte en este día, el pueblo suele ofrecer su vida gritando un estribillo que siempre me toca el alma: “¡la vida por Perón!”.
El 17 de octubre es otra cosa.
Pero el pueblo es lo mismo, y el lugar, como siempre desde 1945, en la Plaza de Mayo.
Es nuestro “Día de la Lealtad”.
Desde 1945, todos los años los descamisados de mi país se dan cita en este lugar.
Como en aquella primera noche memorable cada año quiere ver y escuchar a Perón.
Este es para mí un día de grandes emociones.
Aunque siempre me propongo ser fuerte hasta el fin, nunca lo consigo del todo.
Es demasiado fuerte para mi corazón contemplar al mismo tiempo la felicidad del pueblo y la de Perón.
Desde el balcón que preside la fiesta me es posible ver las caras de los descamisados y la cara del Líder.
Es magnífico siempre el espectáculo, pero se vuelve indescriptible cuando habla Perón.
Cada año él pregunta a su pueblo si está satisfecho con el gobierno. Cuando millares y millares de voces responden que sí, se estremece toda la Plaza de Mayo y puedo afirmar que ese estremecimiento, que viene desde tantas almas, sacude violentamente mi corazón.
Lo que ocurre en el alma de Perón tal vez me resulte muy difícil describirlo.
Cuando quise presentar en estos apuntes la figura del Líder dije que era mejor salir a verlo, como quien invita a conocer una cosa indescriptible como el sol.
Decir lo que pasa en el alma de Perón cada 17 de octubre es una cosa parecida a eso.
Yo no creo que sea verdad aquello de influjo magnético de la multitud sobre su conductor y del conductor sobre la multitud.
En cambio creo que es más bien un problema de sensibilidad.
Pienso que muchos hombres reunidos, en vez de ser millares y millares de almas separadas son más bien una sola alma.
Para que esa alma se manifiesta es necesario que el conductor tenga la sensibilidad suficiente como para poder oír las voces del alma gigantesca de la multitud.
Es necesario por eso poseer un alma extraordinaria para ser conductor.
Y allí está el secreto de Perón: ¡en su alma!
Y eso -su alma- es precisamente lo que no se puede describir, lo mismo que el sol. Ni siquiera es posible mirarlo. Hay que conformarse con sentirlo calentando la piel, iluminando el camino.
Y eso es lo que “siente” el pueblo cada 17 de octubre; eso es lo que siento yo en mi pequeñez infinita frente a cada encuentro de Perón con su pueblo.
Sentimos que el sol nos calienta la piel y nos inyecta su calor en la sangre, dándonos vida.
Sentimos que el sol ilumina todos nuestros caminos.
Y cuando termina la jornada sabemos que nos hemos hecho mutuamente felices.
El Líder ha dejado contento y tranquilo a su pueblo.
El pueblo se siente feliz sabiendo que Perón sigue siendo el mismo de 1945.
Y Perón se queda contento con su pueblo.


















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