La gente oligárquica, que cree que “desciendo” por tratar con los obreros, aprendería mucho de ellos y tal vez -aunque esto lo digo sin ninguna esperanza-, tal vez “subiría” un poco en honradez y en dignidad.
En los círculos oligárquicos precisamente suele hablarse de las exageradas pretensiones de los trabajadores.
Yo puedo asegurar que nunca, sino por excepción, exigen más que lo justo y cuando piden más de lo razonable se debe a un error de cálculo que pronto reconocen o al consejo de malos amigos infiltrados entre ellos, o a veces, a los mismos patrones, para quienes un aumento de salarios es pretexto que les sirve para aumentar los precios diez veces más de lo que el incremento de salarios justifica.
Son tan sensatos nuestros obreros en su manera de reclamar mejoras que muchas veces yo les he podido dar la “sorpresa” de obtenerles más de cuanto habían solicitado los más optimistas.
En mi despacho nunca faltan obreros. Yo los veo muchas veces conversar con los ministros, con altos funcionarios, embajadores, visitantes ilustres y aun famosos.
Me gusta ver cómo los obreros no temen el trato de nadie y se sienten iguales y ¿por qué no? Creo que a veces, en mi despacho, se “sienten más que los otros” porque allí ellos tienen un privilegio.
Los demás pueden aspirar al derecho de mi amistad, los obreros saben que tienen ya derecho a un poco más que mi amistad, y es mi cariño.
Viendo cómo los obreros tratan y aprecian a los demás he aprendido mucho.
Sé ahora que los hombres que saben ganarse el afecto de los obreros son por lo general dignos del movimiento Peronista; y que no sirven para nuestra lucha quienes no saben o no pueden conquistar aquel afecto.
Es que los obreros sólo dan la amistad y su afecto a quienes honrada y lealmente ofrecen amistad. Y tienen una fina sensibilidad que les permite descubrir a quien únicamente desea utilizar la amistad como puente de sus ambiciones personales.
Yo podría escribir días enteros acerca de los mil ínfimos detalles de mi labor sindical.
Pero he querido señalar solamente lo fundamental, lo que hará comprender un poco, a mucha gente, el sentido del trabajo que cumplo como un deber irrenunciable de gratitud y amor.
Pero nadie tendrá una idea exacta de todo esto si no ha tenido oportunidad de conocer el alma generosa y noble de los hombres a quines el trabajo ha hecho dignos como no pueden serlo sino quienes trabajan.
A esa dignidad no se puede “descender”. Es tan absurdo como si alguien dijese: voy a descender al Aconcagua.
A esa dignidad sólo puede ascenderse, y mi principal ambición es subir cada día un poco más.
LA TARDE DE LOS MIÉRCOLES
Todos los miércoles a la tarde el General Perón atiende exclusivamente a los trabajadores agremiados.
La Casa de Gobierno, en esas tardes, adquiere un aspecto especial.
Porque habitualmente las audiencias del Presidente de la República son concedidas individualmente, aunque no faltan nunca las visitas de núcleos más o menos numerosos de personas.
Pero en la tarde de los miércoles las audiencias son siempre numerosas, tanto como por la cantidad de las mismas como por la cantidad de obreros de cada delegación.
Es, por otra parte, la única tarde de la semana en que mi trabajo se desarrolla cerca del General.
Tal vez convenga que mis lectores conozcan algunos detalles de este trabajo mío y en que consiste.
La tarde de los miércoles es para mí algo así como una tarde de cosecha.
Todo el trabajo de mi semana da sus frutos mejores en las cinco o seis horas que en este país paso en la Casa de Gobierno.
Durante la semana recibo de los gremios sus pedidos de audiencia.
Por supuesto que todos desearían estar siempre de visita en la Presidencia y en esto reside un poco también la dificultad de mi papel de “Evita”.
En esta parte de mi trabajo es donde puede verse con más claridad la verdad de ese papel humilde pero tal vez útil para mi pueblo.
Por lo menos así lo creo yo.
No todos los gremios pueden verlo todos los miércoles al Líder; pero todos tienen iguales derechos.
Yo parto de este principio muy simple:
Trato de que cada gremio esté por lo menos una o dos veces al año con el General.
Por supuesto que sólo tienen un privilegio los dirigentes superiores a quines muchas veces suelen agregarse los compañeros de las filiales del Sindicato en el interior del país. Esto sucede por lo general una vez que un gremio se reúne en asamblea nacional.
Cada audiencia lógicamente debe tener un motivo de excepción, ya que utilizar el tiempo del Presidente de la República debe ser también algo excepcional.
El motivo extraordinario siempre se da en la vida de las organizaciones obreras.
A veces, es un problema que solamente puede solucionar Perón en su doble calidad de conductor del país y del movimiento.
Nadie sino él tiene en el país esa doble investidura y esa doble plenipotencia.
Siempre existen problemas gremiales cuya solución debe consultar no sólo los intereses de los trabajadores sino también los de todo el pueblo y aun de la nación misma.
En estos casos solamente el Líder de los trabajadores, conductor del pueblo y de la Nación, puede ver el panorama en forma total.
Él solamente puede hacer ver a los trabajadores hacia dónde y hasta dónde el problema puede y debe ser solucionado.
Algunas veces suelo asistir también a estas audiencias y me siento feliz comprobando cómo el Líder recibe directamente de los trabajadores las inquietudes del pueblo; y el pueblo conoce directamente lo que piensa, lo que quiere hacer y lo que hace su conductor.
Pienso que no deben ser muchos los pueblos a los que así, tan sencillamente, sin fórmula ninguna, pueden estar en contacto con la autoridad suprema del país.
Más… pienso que en esto reside una gran parte del secreto del éxito con que gobierna Perón los destinos del pueblo.
Porque, en estas audiencias, no es obligación hablar solamente del problema que motivara la entrevista.
El mismo General pregunta a sus visitantes acerca de cualquiera de los problemas que preocupan su atención de gobernante y de conductor en esos momentos.
A veces, se habla del costo de la vida, o de los salarios en general o de política internacional…
Tal vez por eso, en cierto momento, ante una inquietud internacional que se cernía sobre el país, Perón pudo decir a los argentinos:
-Yo no haré sino lo que el pueblo quiera.
Y bastó eso para que todo el país se tranquilizara.
¡El pueblo sabe muy bien que Perón conoce lo que quiere su pueblo!
Otras veces, las audiencias gremiales tienen como motivo hacer pasar al Presidente el estado de las actividades de la organización.
Todo el año los gremios trabajan por su propio mejoramiento.
Así, por ejemplo, además de sus esfuerzos por el aumento de sus salarios y condiciones de trabajo, construyen sus sanatorios, policlínicos, organizan sus cooperativas y mutualidades, sus escuelas de capacitación sindical, sus bibliotecas, sus clubes, etc., y se sienten felices cuando pueden llevar a quien les ha señalado el camino, los resultados de haber escuchado sus consejos de amigo y de Líder.
En otras ocasiones, la audiencia tiene por objeto llevar al Presidente las conclusiones de una asamblea nacional del gremio.
En estos casos por lo general asisten delegados de todo el país y entonces yo suelo estar también en la entrevista.
En estas circunstancias oímos primero a los dirigentes del gremio, quienes le hacen conocer al Presidente de la Nación -que para ellos es siempre “el querido Coronel” de la Secretaría de Trabajo y Previsión y además “primer trabajador argentino”- todo lo que la asamblea nacional ha resuelto.
Después Perón suele hablarles largamente sobre los temas del momento nacional haciéndoles saber sí “cómo van las cosas”.
Esto es muy útil para todos porque cada delegado obrero lleva así a un rincón distinto del país la palabra del Líder, en una versión directa. Muchas veces incluso el General habla a los trabajadores de temas que solamente pueden ser tratados en una conversación directa y privada.
De esta manera el pueblo sabe todo cuanto su conductor piensa acerca de todos sus problemas, incluso de aquellos sobre los cuales nadie, excepto el Presidente, podría decir una sola palabra autorizada.
Con excepción de estas audiencias numerosas, a las que asisto sólo cuando el presidente me invita, yo no estoy presente en las visitas que los gremios hacen al Líder en la tarde de los miércoles.
Y no vaya a creerse que no sean mis deseos estar con ellos.
Pero ya lo he dicho otra vez: mis funciones terminan donde empiezan las del Presidente de la República.
Además hay otra razón más: quiero que los obreros hablen siempre con Perón a solas porque ni yo mismo quiero aparecer alguna vez como un obstáculo entre el pueblo y su Líder.
La gran desgracia de muchos pueblos y de muchos países consiste en que los gobernantes por ellos elegidos “se dejan rodear”.
Bien o mal rodeado, ¡un gobernante que se deja rodear establece un obstáculo entre él y su pueblo!
Si hay un deseo y un propósito firmísimo en Perón es precisamente que entre él y su pueblo nada ni nadie se interponga.
Por eso yo misma sólo conduzco a él.


















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