Доминго Фаустино Сармьенто. Плутоград. Domingo Faustino Sarmiento. Argirópolis


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Доминго Фаустино Сармьенто. "Плутоград"
Доминго Фаустино Сармьенто. Аргирополис.
DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO. ARGIRÓPOLIS

Доминго Фаустино Сармьенто. "Плутоград"
Доминго Фаустино Сармьенто. Аргирополис.
DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO. ARGIRÓPOLIS

A R G I R Ó P O L I S

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Prólogo
Argirópolis fue publicada por primera vez en
1850, en Santiago de Chile, sin nombre de autor.
Sarmiento, sin duda, quiso que fuera un testimonio
anónimo, para dar más eficacia a su proyecto, que
intentaba superar, en la coincidencia de intereses
políticos y económicos comunes, los conflictos internos
y externos de la Argentina, Uruguay y Paraguay.
El título del libro define el ambicioso
propósito: "Argirópolis o la Capital de los Estados
Confederados del Río de la Plata. Solución de las
dificultades que embarazan la pacificación permanente
del Río de la Plata, por medio de la convocación
de un Congreso, y la creación de una capital en
la isla de Martín García, de cuya posesión (hoy en
poder de la Francia) dependen la libre navegación
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de los ríos, y la independencia, desarrollo y libertad
del Paraguay, el Uruguay y las provincias argentinas
del Litoral".
Se tiraron del libro, editado por la imprenta de
Julio Belin, dos mil ejemplares, cifra considerable
para la época. Simultáneamente, con fecha 30 de
junio de 1850, apareció en Santiago una traducción
francesa, "improvisada en cuarenta y ocho horas, en
ausencia de M. Sarmiento", dice en la misma su autor,
J. M. B. Lenoir, Vice Rector del Liceo de Valparaíso.
La traducción fue muy deficiente y poco
tiempo después se publicó en París, por la imprenta
Eugene Belin, una nueva, hecha por Ange Champgobert,
a quien Sarmiento había conocido durante
su viaje a Europa y lo había convertido en corresponsal
del diario Tribuna. En ambas traducciones
figura el nombre del autor de la obra, Domingo
Faustino Sarmiento, con algunos de los títulos que
ya podía ostentar: miembro de la Universidad de
Chile, del Instituto Histórico de Francia y de la Facultad
de profesores de enseñanza primaria de Madrid.
Va de suyo que Sarmiento intentó con esa
traducción de su obra interesar a las autoridades y a
la opinión pública francesas en ese proyecto constitucional,
que no tenía nada de improvisado. Un
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año después de su primera edición en español, o sea
en 1851, anunciado ya el Pronunciamiento de Urquiza
contra Rosas, Sarmiento pensó que su nombre
ya no era un obstáculo previsible para difundirlo
como autor del libro; había recibido el apoyo de
Urquiza en carta en la que le decía: "Yo estoy colocado
en la posición que Ud. tan vivamente deseaba".
Juzgó entonces que podía dar a conocer su
autoría y lo hizo de una manera singular: aprovechó
la publicación de una memoria que había escrito en
Alemania sobre "Emigración alemana al Río de la
Plata", enriquecida con notas del Dr. Wappaüs
(Vappaús dice en esa primera edición) de la Universidad
de Gotinga, ambas traducidas por el Dr. Hilliger,
para agregar al título esta expresión: "Y seguida
de Argirópolis", incluyendo esta obra en el mismo
volumen, con lo cual daba a conocer su autoría.
Emigración alemana al Río de la Placa no es libro
ajeno al proyecto de Argirópolis, como no lo son
ninguno de los libros y artículos publicados por
Sarmiento a su regreso de su viaje a Europa, África
y Estados Unidos; el tomo VI de sus Obras recoge,
bajo el título general de "Política argentina" muchos
de esos artículos, todos anteriores a Argirópolis, en
los que Sarmiento demuestra una sorprendente caD
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pacidad intelectual para la teoría y práctica constitucional,
como lo han señalado, en estudios que le
han dedicado, Rafael Bielsa, Clodomiro Zavalía,
Alfredo Orgaz, Absalón Rojas, Héctor Lanfranco,
Alberto Rodríguez Galán, Segundo V. Linares
Quintana, Natalio Botana, José R. López, y en sendos
libros sobre Sarmiento y la Constitución, Alberto
Mosquera y Dardo Pérez Guilhou. Esta
acotación bibliográfica parece oportuna, para reiterar
que Argirópolis no fue fruto de una improvisación,
como algunos han calificado con injusticia, a
buena parte de la obra de Sarmiento, sino fruto de
severos estudios y reflexiones, trasmutados en el
apasionado estilo que definió su personalidad de
escritor.
Argirópolis es libro fundamental en la obra de
Sarmiento, pero lo es también para quien se interese
en el estudio del proceso institucional del país, sobre
todo a partir de 1827, desde que el Gobernador
Manuel Dorrego solicitó el cargo de Encargado de
las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina,
que le fue concedido, afirma una y otra vez
Sarmiento, a título provisorio, hasta tanto se reuniese
la Convención o Congreso General que dictara la
Constitución que debía regir en el país unificado. Ya
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en el capítulo "Presente y porvenir" de su clásico
Facundo había insistido en recordar a todos y especialmente
a Rosas, las estipulaciones del Pacto Federal
de 1831, por las que se establecía que una vez
lograda la tranquilidad y libertad de cada una de las
provincias adheridas al Pacto, se arreglara por medio
de un Congreso Federativo la administración
del país bajo el sistema federal que Sarmiento juzgaba
se había impuesto en los hechos. La Comisión
representativa creada en dicho Pacto para hacer
cumplir la finalidad esencial del mismo, funcionó
poco tiempo, pues Rosas retiró su delegado, a fin de
que dicha Comisión no limitara el poder que él ejercía
ya sobre todo el país, no obstante la tenaz resistencia
de algunas provincias, plegadas después a la
autoridad de Rosas.
Al escribir Argirópolis en 1850, Sarmiento había
estudiado todos los pactos firmados hasta entonces;
tenía una clara percepción de lo hacedero y advertía
muy bien las fronteras psicológicas que separaban
provincias y países, más que las geográficas e históricas.
Ninguna política exterior es inocente: Sarmiento
lo sabía bien y por eso trató de separar y
condenar la ambición de dominio perdurable de las
grandes potencias, mediatizadoras de países recién
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nacidos, de aquellas contingencias del poderío comercial,
que él alentaba combatir con armas similares,
proyectadas hacia el futuro.
El tono general de su libro -ya señalamos su
propósito de anonimato- razonado, bien documentado
y apacible, se expresa en estos párrafos de su
introducción: "Ningún sentimiento de hostilidad
tienen estas páginas, que tienen por base el derecho
escrito que resulta de los tratados, convenciones y
pactos celebrados entre los gobiernos federales de la
República o Confederación Argentina". Y agrega
que el propósito de su libro es "terminar la guerra,
constituir el país, acabar con las animosidades, conciliar
intereses de suyo divergentes, conservar las
autoridades actuales, echar las bases del desarrollo
de la riqueza y dar a cada provincia y cada estado
comprometido lo que le pertenece". Señala la gravitación
de Francia en la solución posible de la
cuestión -y era obvio que no podía no tenerla en
cuenta- sobre todo, agrega Sarmiento, en lo que
concierne al dominio sobre la isla Martín García,
cerrojo de los ríos que confluyen en el Plata y que
son para él -y los hechos lo comprobaron- las arterias
de los Estados, "que improvisan en pocos años
pueblos, ciudades, riquezas, naves, ideas, etc."
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Sarmiento no pide el reconocimiento de ninguna
originalidad personal en esas ideas. Son las de la
precaria tradición institucional, y las expuestas en
trabajos de Juan Bautista Alberdi, Andrés Lamas,
Félix Frías, Mariano Fragueiro, Pedro Ferré, Facundo
Quiroga y Florencio Varela. El agregó las suyas,
en las que había mucho de intuición y mucho de
estudio, sobre todo de la entonces exitosa experiencia
norteamericana, y a todas las unificó en un proyecto
coherente, realizable, hasta donde lo
comprendieran y aceptaran las partes interesadas,
incluyendo su proposición calificada como utópica
de la capital en la isla Martín García. Paul Groussac
la calificó de "fantasía" y lo repitió Emilio Ravignani,
con más comprensión de su finalidad transitoria.
Años después de la aparición de Argirópolis, Sarmiento
relativizó aquella iniciativa, pero no tenía
que arrepentirse de haberla propuesto: bajo el influjo
de la solución encontrada en los Estados Unidos
para no declarar capital a la ciudad más
poderosa, Nueva York, vio en la isla de Martín García
una solución abarcadora de todos los problemas
y abierta como un abanico, por su condición de cerrojo
de los ríos, a las comunicaciones fluviales que,
según él, podían llegar hasta el Orinoco. Porque ese
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era el punto capital en la concepción política de
Sarmiento: las vías de comunicación que abrirían a

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