Джордж Оруэлл. 1984 год. George Orwell. 1984

Джордж Оруэлл. 1984 год. (на испанском языке | espanol)
Джордж Оруэл. 1984 год.
George Orwell. 1984

Джордж Оруэлл. 1984 год. (на испанском языке | espanol)
Джордж Оруэл. 1984 год.
George Orwell. 1984

Parte primera

I

Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Winston Smith, con la barbilla clavada en el pecho en su esfuerzo por burlar el molestísimo viento, se deslizó rápidamente por entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no con la suficiente rapidez para evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él.
El vestíbulo olía a legumbres cocidas y a esteras viejas. Al fondo, un cartel de colores, demasiado grande para ha¬llarse en un interior, estaba pegado a la pared. Representaba sólo un enorme rostro de más de un metro de anchura: la cara de un hombre de unos cuarenta y cinco años con un gran bigote negro y facciones hermosas y endurecidas. Wins¬ton se dirigió hacia las escaleras. Era inútil intentar subir en el ascensor. No funcionaba con frecuencia y en esta época la corriente se cortaba durante las horas de día. Esto era parte de las restricciones con que se preparaba la Semana del Odio. Winston tenía que subir a un séptimo piso. Con sus treinta y nueve años y una úlcera de várices por encima del tobillo derecho, subió lentamente, descansando varias veces. En cada descansillo, frente a la puerta del ascensor, el carte¬lón del enorme rostro miraba desde el muro. Era uno de esos dibujos realizados de tal manera que los ojos le siguen a uno adondequiera que esté. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las palabras al pie.
Dentro del piso una voz llena leía una lista de números que tenían algo que ver con la producción de lingotes de hierro. La voz salía de una placa oblonga de metal, una especie de espejo empañado, que formaba parte de la superficie de la pared situada a la derecha. Winston hizo funcionar su regu¬lador y la voz disminuyó de volumen aunque las palabras se¬guían distinguiéndose. El instrumento (llamado telepantalla) podía ser amortiguado, pero no había manera de cerrarlo del todo. Winston fue hacia la ventana: una figura pequeña y frágil cuya delgadez resultaba realzada por el «mono» azul, uniforme del Partido. Tenía el cabello muy rubio, una cara sanguínea y la piel embastecida por un jabón malo, las romas hojas de afeitar y el frío de un invierno que acababa de ter¬minar.
Afuera, incluso a través de los ventanales cerrados, el mundo parecía frío. Calle abajo se formaban pequeños torbe¬llinos de viento y polvo; los papeles rotos subían en espirales y, aunque el sol lucía y el cielo estaba intensamente azul, nada parecía tener color a no ser los carteles pegados por to¬das partes. La cara de los bigotes negros miraba desde todas las esquinas que dominaban la circulación. En la casa de en¬frente había uno de estos cartelones. EL GRAN HERMA¬NO TE VIGILA, decían las grandes letras, mientras los sombríos ojos miraban fijamente a los de Winston. En la calle, en línea vertical con aquél, había otro cartel roto por un pico, que flameaba espasmódicamente azotado por el viento, descubriendo y cubriendo alternativamente una sola palabra: INGSOC. A lo lejos, un autogiro pasaba entre los tejados, se quedaba un instante colgado en el aire y luego se lanzaba otra vez en un vuelo curvo. Era de la patrulla de po¬licía encargada de vigilar a la gente a través de los balcones y ventanas. Sin embargo, las patrullas eran lo de menos. Lo que importaba verdaderamente era la Polilla del Pensamiento.
A la espalda de Winston, la voz de la telepantalla seguía murmurando datos sobre el hierro y el cumplimiento del no¬veno Plan Trienal. La telepantalla recibía y transmitía simultáneamente. Cualquier sonido que hiciera Winston superior a un susurro, era captado por el aparato. Además, mientras permaneciera dentro del radio de visión de la placa de metal, podía ser visto a la vez que oído. Por supuesto, no había ma¬nera de saber si le contemplaban a uno en un momento dado. Lo único posible era figurarse la frecuencia y el plan que empleaba la Policía del Pensamiento para controlar un hilo privado. Incluso se concebía que los vigilaran a todos a la vez. Pero, desde luego, podían intervenir su línea de usted cada vez que se les antojara. Tenía usted que vivir -y en esto el hábito se convertía en un instinto- con la seguridad de que cualquier sonido emitido por usted sería registrado y escuchado por alguien y que, excepto en la oscuridad, todos sus movimientos serían observados.
Winston se mantuvo de espaldas a la telepantalla. Así era más seguro; aunque, como él sabía muy bien, incluso una espalda podía ser reveladora. A un kilómetro de distancia, el Ministerio de la Verdad, donde trabajaba Winston; se ele¬vaba inmenso y blanco sobre el sombrío paisaje. «Esto es Londres», pensó con una sensación vaga de disgusto; Lon¬dres, principal ciudad de la Franja aérea 1, que era a su vez la tercera de las provincias más pobladas de Oceanía. Trató de exprimirse de la memoria algún recuerdo infantil que le dijera si Londres había sido siempre así. ¿Hubo siem¬pre estas vistas de decrépitas casas decimonónicas, con los costados revestidos de madera, las ventanas tapadas con car¬tón, los techos remendados con planchas de cinc acanalado y trozos sueltos de tapias de antiguos jardines? ¿Y los lugares bombardeados, cuyos restos de yeso y cemento revoloteaban pulverizados en el aire, y el césped amontonado, y los luga¬res donde las bombas habían abierto claros de mayor exten¬sión y habían surgido en ellos sórdidas colonias de chozas de madera que parecían gallineros? Pero era inútil, no podía re¬cordar: nada le quedaba de su infancia excepto una serie de cuadros brillantemente iluminados y sin fondo, que en su mayoría le resultaban ininteligibles.
El Ministerio de la Verdad -que en neolengua se le llamaba el Miniver- era diferente, hasta un extremo asom¬broso, de cualquier otro objeto que se presentara a la vista. Era una enorme estructura piramidal de cemento armado blanco y reluciente, que se elevaba, terraza tras terraza, a unos trescientos metros de altura. Desde donde Winston se hallaba, podían leerse, adheridas sobre su blanca fachada en letras de elegante forma, las tres consignas del Partido:

LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA

Se decía que el Ministerio de la Verdad tenía tres mil ha¬bitaciones sobre el nivel del suelo y las correspondientes ra¬mificaciones en el subsuelo. En Londres sólo había otros tres edificios del mismo aspecto y tamaño. Éstos aplastaban de tal manera la arquitectura de los alrededores que desde el techo de las Casas de la Victoria se podían distinguir, a la vez, los cuatro edificios. En ellos estaban instalados los cua¬tro Ministerios entre los cuales se dividía todo el sistema gubernamental. El Ministerio de la Verdad, que se dedicaba a las noticias, a los espectáculos, la educación y las bellas ar¬tes. El Ministerio de la Paz, para los asuntos de guerra. El Ministerio del Amor, encargado de mantener la ley y el or¬den. Y el Ministerio de la Abundancia, al que correspondían los asuntos económicos. Sus nombres, en neolengua: Mini¬ser, Minipax, Minimor y Minindancia.
El Ministerio del Amor era terrorífico. No tenía venta¬nas en absoluto. Winston nunca había estado dentro del Mi¬nimor, ni siquiera se había acercado a medio kilómetro de él. Era imposible entrar allí a no ser por un asunto oficial y en ese caso había que pasar por un laberinto de caminos rodea¬dos de alambre espinoso, puertas de acero y ocultos nidos de ametralladoras. Incluso las calles que conducían a sus salidas extremas, estaban muy vigiladas por guardias, con caras de gorila y uniformes negros, armados con porras.
Winston se volvió de pronto. Había adquirido su rostro instantáneamente la expresión de tranquilo optimismo que era prudente llevar al enfrentarse con la telepantalla. Cruzó la habitación hacia la diminuta cocina. Por haber salido del Ministerio a esta hora tuvo que renunciar a almorzar en la cantina y en seguida comprobó que no le quedaban víveres en la cocina a no ser un mendrugo de pan muy oscuro que debía guardar para el desayuno del día siguiente. Tomó de un estante una botella de un líquido incoloro con una senci¬lla etiqueta que decía: Ginebra de la Victoria. Aquello olía a medicina, algo así como el espíritu de arroz chino. Winston se sirvió una tacita, se preparó los nervios para el choque, y se lo tragó de un golpe como si se lo hubieran recetado.
Al momento, se le volvió roja la cara y los ojos empeza¬ron a llorarle. Este líquido era como ácido nítrico; además, al tragarlo, se tenía la misma sensación que si le dieran a uno un golpe en la nuca con una porra de goma. Sin embargo, unos segundos después, desaparecía la incandescencia del vientre y el mundo empezaba a resultar más alegre. Winston sacó un cigarrillo de una cajetilla sobre la cual se leía: Ciga¬rrillos de la Victoria, y como lo tenía cogido verticalmente por distracción, se le vació en el suelo. Con el próximo pitillo tuvo ya cuidado y el tabaco no se salió. Volvió al cuarto de estar y se sentó ante una mesita situada a la izquierda de la telepantalla. Del cajón sacó un portaplumas, un tintero y un grueso libro en blanco de tamaño in-quarto, con el lomo rojo y cuyas tapas de cartón imitaban el mármol.
Por alguna razón la telepantalla del cuarto de estar se encontraba en una posición insólita. En vez de hallarse colo¬cada, como era normal, en la pared del fondo, desde donde podría dominar toda la habitación, estaba en la pared más larga, frente a la ventana. A un lado de ella había una alcoba que apenas tenía fondo, en la que se había instalado ahora Winston. Era un hueco que, al ser construido el edificio, ha¬bría sido calculado seguramente para alacena o biblioteca. Sentado en aquel hueco y situándose lo más dentro posible, Winston podía mantenerse fuera del alcance de la telepanta¬lla en cuanto a la visualidad, ya que no podía evitar que oye¬ra sus ruidos. En parte, fue la misma distribución insólita del cuarto lo que le indujo a lo que ahora se disponía a hacer.
Pero también se lo había sugerido el libro que acababa de sacar del cajón. Era un libro excepcionalmente bello. Su papel, suave y cremoso, un poco amarillento por el paso del tiempo, por lo menos hacía cuarenta años que no se fabrica¬ba. Sin embargo, Winston suponía que el libro tenía muchos años más. Lo había visto en el escaparate de un estableci¬miento de compraventa en un barrio miserable de la ciudad (no recordaba exactamente en qué barrio había sido) y en el mismísimo instante en que lo vio, sintió un irreprimible de¬seo de poseerlo. Los miembros del Partido no deben entrar en las tiendas corrientes (a esto se le llamaba, en tono de severa censura, «traficar en el mercado libre»), pero no se acataba rigurosamente esta prohibición porque había varios objetos -como cordones para los zapatos y hojas de afei¬tar- que era imposible adquirir de otra manera. Winston, antes de entrar en la tienda, había mirado en ambas direccio¬nes de la calle para asegurarse de que no venía nadie y, en pocos minutos, adquirió el libro por dos dólares cincuenta. En aquel momento no sabía exactamente para qué deseaba el libro. Sintiéndose culpable se lo había llevado a su casa, guardado en su cartera de mano. Aunque estuviera en blanco, era comprometido guardar aquel libro.
Lo que ahora se disponía Winston a hacer era abrir su Diario. Esto no se consideraba ilegal (en realidad, nada era ilegal, ya que no existían leyes), pero si lo detenían podía es tar seguro de que lo condenarían a muerte, o por lo menos a veinticinco años de trabajos forzados. Winston puso un plu¬mín en el portaplumas y lo chupó primero para quitarle la grasa. La pluma era ya un instrumento arcaico. Se usaba ra¬rísimas veces, ni siquiera para firmar, pero él se había procu¬rado una, furtivamente y con mucha dificultad, simplemente porque tenía la sensación de que el bello papel cremoso me¬recía una pluma de verdad en vez de ser rascado con un lá¬piz tinta. Pero lo malo era que no estaba acostumbrado a es¬cribir a mano. Aparte de las notas muy breves, lo corriente era dictárselo todo al hablescribe, totalmente inadecuado para las circunstancias actuales. Mojó la pluma en la tinta y luego dudó unos instantes. En los intestinos se le había producido un ruido que podía delatarle. El acto trascendental, decisivo, era marcar el papel. En una letra pequeña e inhábil escribió:

4 de abril de 1984

Se echó hacia atrás en la silla. Estaba absolutamente des¬concertado. Lo primero que no sabía con certeza era si aquel era, de verdad, el año 1984. Desde luego, la fecha había de ser aquélla muy aproximadamente, puesto que él había nacido en 1944 o 1945, según creía; pero, «¡cualquiera va a saber hoy en qué año vive!», se decía Winston.
Y se le ocurrió de pronto preguntarse: ¿Para quiét esta¬ba escribiendo él este diario? Para el futuro, para los que aún no habían nacido. Su mente se posó durante unos momentos en la fecha que había escrito a la cabecera y luego se le pre¬sentó, sobresaltándose terriblemente, la palabra neolingüísti¬ca doblepensar. Por primera vez comprendió la magnitud de lo que se proponía hacer. ¿Cómo iba a comunicar con el futu¬ro? Esto era imposible por su misma naturaleza. Una de dos: o el futuro se parecía al presente y entonces no le haría nin¬gún caso, o sería una cosa distinta y, en tal caso, lo que él dijera carecería de todo sentido para ese futuro.
Durante algún tiempo permaneció contemplando estúpi¬damente el papel. La telepantalla transmitía ahora estridente música militar. Es curioso: Winston no sólo parecía haber perdido la facultad de expresarse, sino haber olvidado de qué iba a ocuparse. Por espacio de varias semanas se había esta¬do preparando para este momento y no se le había ocurrido pensar que para realizar esa tarea se necesitara algo más que atrevimiento. El hecho mismo de expresarse por escrito, creía él, le sería muy fácil.-Sólo tenía que trasladar al papel el interminable e inquieto monólogo que desde hacía muchos años venía corriéndole por la cabeza. Sin embargo, en este momento hasta el monólogo se le había secado. Además, sus varices habían empezado a escocerle insoportablemente. No se atrevía a rascarse porque siempre que lo hacía se le in¬flamaba aquello. Transcurrían los segundos y él sólo tenía conciencia de la blancura del papel ante sus ojos, el absoluto vacío de esta blancura, el escozor de la piel sobre el tobillo, el estruendo de la músicä militar, y una leve sensación de atontamiento producido por la ginebra.
De repente, empezó a escribir con gran rapidez, como si lo impulsara el pánico, dándose apenas cuenta de lo que es¬cribía. Con su letrita infantil iba trazando líneas torcidas y si primero empezó a «comerse» las mayúsculas, luego suprimió incluso los puntos:

4 de abril de 1984. Anoche estuve en los flicks. Todas las pe¬lículas eran de guerra. Había una muy buena de un barco lleno de re¬fugiados que lo bombardeaban en no sé dónde del Mediterráneo. Al público le divirtieron mucho dar planos de un hombre muy grande y muy gordo que intentaba escaparse nadando de un helicóptero que lo perseguía, Primero se le veía en el agua chapoteando como una tortu¬ga, luego lo veías por lar visores de las ametralladoras del helicóptero, luego se veía cómo lo iban agujereando a tiros y el agua a su alrededor que se ponía toda roja y el gordo se hundía como si el agua le entrase por los agujeros que le habían hecho las balas. La gente se moría de risa cuando el gordo se iba hundiendo en el agua, y también una lan¬cha salvavidas llena de niños con un helicóptero que venga a darle vueltas y más vueltas había una mujer de edad madura que bien po¬día ser una judía y estaba sentada en la proa con un niño en lar bra¬zos que quizás tuviera unos tres años. El niño chillaba con mucho pánico, metía la cabeza entre los pechos de la mujer y parecía que se quería esconder así y la mujer lo rodeaba con los brazos y lo consolaba como si ella no estuviese también aterrada y como si por tenerlo así en los brazos fuera a evitar que le alcanzaran al niño las balas. Entonces va el helicóptero y tira una bomba de veinte kilos sobre el bote y no queda ni una astilla de él, que fue una explosión pero que magnífica, y luego salía un primer plano maravilloso del brazo del niño subiendo por el aire yo creo que un helicóptero con su cámara debe haberlo se¬guido así por el aire y la gente aplaudió muchísimo pero una mujer que estaba entre los proletarios empezó a armar un escándalo terrible chillandoo que no debían echar eso no debían echarlo delante de los críos que no debían hasta que la policía la sacó de allí a rastras no creo que le pasara nada a nadie le importa lo que dicen los proleta¬rios porque dicen es la reacción típica de las proletarias y nadie hace caso y nunca…
Winston dejó de escribir, en parte debido a que le daban calambres. No sabía por qué había soltado esta sarta de in¬congruencias. Pero lo curioso era que mientras lo hacía se le había aclarado otra faceta de su memoria hasta el punto de que ya se creía en condiciones de escribir lo que realmente había querido poner en su libro. Ahora se daba cuenta de que si había querido venir a casa a empezar su diario precisa¬mente hoy era a causa de este otro incidente.
Había ocurrido aquella misma mañana en el Ministerio, si es que algo de tal vaguedad podía haber ocurrido.
Cerca de las once y ciento en el Departamento de Regis¬tro, donde trabajaba Winston, sacaban las sillas de las cabi¬nas y las agrupaban en el centro del vestíbulo, frente a la gran telepantalla, preparándose para los Dos Minutos de Odio. Winston acababa de sentarse en su sitio, en una de las filas de en medio, cuando entraron dos personas a quienes él conocía de vista, pero a las cuales nunca había hablado. Una de estas personas era una muchacha con la que se había en¬contrado frecuentemente en los pasillos. No sabía su nombre, pero sí que trabajaba en el Departamento de Novela. Pro¬bablemente -ya que la había visto algunas veces con las manos grasientas y llevando paquetes de composición de imprenta- tendría alguna labor mecánica en una de las má¬quinas de escribir novelas. Era una joven de aspecto audaz, de unos veintisiete años, con espeso cabello negro, cara pe¬cosa y movimientos rápidos y atléticos. Llevaba el «mono» ceñido por una estrecha faja roja que le daba varias veces la vuelta a la cintura realzando así la atractiva forma de sus ca¬deras; y ese cinturón era el emblema de la Liga juvenil Anti¬Sex. A Winston le produjo una sensación desagradable desde el primer momento en que la vio. Y sabía la razón de este mal efecto: la atmósfera de los campos de hockey y duchas frías, de excursiones colectivas y el aire general de higiene mental que trascendía de ella. En realidad, a Winston le mo¬lestaban casi todas las mujeres y especialmente las jóvenes y bonitas porque eran siempre las mujeres, y sobre todo las jó¬venes, lo más fanático del Partido, las que se tragaban todos los slogans de propaganda y abundaban entre ellas las espías aficionadas y las que mostraban demasiada curiosidad por lo heterodoxo de los demás. Pero esta muchacha determinada le había dado la impresión de ser más peligrosa que la mayo¬ría. Una vez que se cruzaron en el corredor, la joven le diri¬gió una rápida mirada oblicua que por unos momentos dejó aterrado a Winston. Incluso se le había ocurrido que podía ser una agente de la Policía del Pensamiento. No era, desde luego, muy probable. Sin embargo, Winston siguió sintiendo una intranquilidad muy especial cada vez que la muchacha se hallaba cerca de él, una mezcla de miedo y hostilidad. La otra persona era un hombre llamado O’Brien, miembro del Partido Interior y titular de un cargo tan remoto e importan¬te, que Winston tenía una idea muy confusa de qué se tra¬taba. Un rápido murmullo pasó por el grupo ya instalado en las sillas cuando vieron acercarse el «mono» negro de un miembro del Partido Interior. O’Brien era un hombre corpu¬lento con un ancho cuello y un rostro basto, brutal, y sin embargo rebosante de buen humor. A pesar de su formida¬ble aspecto, sus modales eran bastante agradables. Solía ajus¬tarse las gafas con un gesto que tranquilizaba a sus interlocu¬tores, un gesto que tenía algo de civilizado, y esto era sor¬prendente tratándose de algo tan leve. Ese gesto -si alguien hubiera sido capaz de pensar así todavía- podía haber re¬cordado a un aristócrata del siglo XVIII ofreciendo rapé en su cajita. Winston había visto a O’Brien quizás sólo una docena de veces en otros tantos años. Sentíase fuertemente atraído por él y no sólo porque le intrigaba el contraste entre los de¬licados modales de O’Brien y su aspecto de campeón de lu¬cha libre, sino mucho más por una convicción secreta -o quizás ni siquiera fuera una convicción, sino sólo una espe¬ranza- de que la ortodoxia política de O’Brien no era per¬fecta. Algo había en su cara que le impulsaba a uno a sospe¬charlo irresistiblemente. Y quizás no fuera ni siquiera hete¬rodoxia lo que estaba escrito en su rostro, sino, sencillamen¬te, inteligencia. Pero de todos modos su aspecto era el de una persona a la que se le podría hablar si, de algún modo, se pudiera eludir la telepantalla y llevarlo aparte. Winston no había hecho nunca el menor esfuerzo para comprobar su sospecha y es que, en verdad, no había manera de hacerlo. En este momento, O’Brien miró su reloj de pulsera y, al ver que eran las once y ciento, seguramente decidió quedarse en el Departamento de Registro hasta que pasaran los Dos Mi¬nutos de Odio. Tomó asiento en la misma fila que Winston, separado de él por dos sillas., Una mujer bajita y de cabello color arena, que trabajaba en la cabina vecina a la de Wins¬ton, se instaló entre ellos. La muchacha del cabello negro se sentó detrás de Winston.
Un momento después se oyó un espantoso chirrido, como de una monstruosa máquina sin engrasar, ruido que procedía de la gran telepantalla situada al fondo de la habita¬ción. Era un ruido que le hacía rechinar a uno los dientes y que ponía los pelos de punta. Había empezado el Odio.
Como de costumbre, apareció en la pantalla el rostro de Emmanuel Goldstein, el Enemigo del Pueblo. Del públi¬co salieron aquí y allá fuertes silbidos. La mujeruca del pelo arenoso dio un chillido mezcla de miedo y asco. Goldstein era el renegado que desde hacía mucho tiempo (nadie podía recordar cuánto) había sido una de las figuras principales del Partido, casi con la-misma importancia que el Gran Herma¬no, y luego se había dedicado a actividades contrarrevolucio¬narias, había sido condenado a muerte y se había escapado misteriosamente, desapareciendo para siempre. Los progra¬mas de los Dos Minutos de Odio variaban cada día, pero en ninguno de ellos dejaba de ser Goldstein el protagonista. Era el traidor por excelencia, el que antes y más que nadie había manchado la pureza del Partido. Todos los subsiguientes crí¬menes contra el Partido, todos los actos de sabotaje, herejías, desviaciones y traiciones de toda clase procedían- directa¬mente de sus enseñanzas. En cierto modo, seguía vivo y conspirando. Quizás se encontrara en algún lugar enemigo, a sueldo de sus amos extranjeros, e incluso era posible que, como se rumoreaba alguna vez, estuviera escondido en algún sitio de la propia Oceanía.
El diafragma de Winston se encogió. Nunca podía ver la cara de Goldstein sin experimentar una penosa mezcla de emociones. Era un rostro judío, delgado, con una aureola de pelo blanco y una barbita de chivo: una cara inteligente que tenía, sin embargo, algo de despreciable y una especie de ton¬tería senil que le prestaba su larga nariz, a cuyo extremo se sostenían en difícil equilibrio unas gafas. Parecía el rostro de una oveja y su misma voz tenía algo de ovejuna. Goldstein pronunciaba su habitual discurso en el que atacaba veneno¬samente las doctrinas del Partido; un ataque tan exagerado y perverso que hasta un niño podía darse cuenta de que sus acusaciones no se tenían de pie, y sin embargo, lo bastante plausible para que pudiera uno alarmarse y no fueran a dejarse influir por insidias algunas personas ignorantes. Insultaba al Gran Hermano, acusaba al Partido de ejercer una dictadu¬ra y pedía que se firmara inmediatamente la paz con Eurasia. Abogaba por la libertad de palabra, la libertad de Prensa, la libertad de reunión y la libertad de pensamiento, gritando histéricamente que la revolución había sido traicionada. Y todo esto a una rapidez asombrosa que era una especie de parodia del estilo habitual de los oradores del Partido e in¬cluso utilizando palabras de neolengua, quizás con más pala¬bras neolingüísticas de las que solían emplear los miembros del Partido en la vida corriente. Y mientras gritaba, por de¬trás de él desfilaban interminables columnas del ejército de Enrasia, para que nadie interpretase como simple palabrería la oculta maldad de las frases de Goldstein. Aparecían en la pantalla filas y más filas de forzudos soldados, con impasi¬bles rostros asiáticos; se acercaban a primer término y desa¬parecían. El sordo y rítmico clap-clap de las botas militares formaba el contrapunto de la hiriente voz de Goldstein. .
Antes de que el Odio hubiera durado treinta segundos, la mitad de los espectadores lanzaban incontenibles exclama¬ciones de rabia. La satisfecha y ovejuna faz del enemigo y el terrorífico poder del ejército que desfilaba a sus espaldas, pera demasiado para que nadie pudiera resistirlo indiferente. Ade¬más, sólo con ver a Goldstein o pensar en él surgían el mie¬do y la ira automáticamente. Era él un objeto de odio más constante que Eurasia o que Asia Oriental, ya que cuando Oceanía estaba en guerra con alguna de estas potencias, solía hallarse en paz con la otra. Pero lo extraño era que, a pesar de ser Goldstein el blanco de todos los odios y de que todos lo despreciaran, a pesar de que apenas pasaba día y cada día ocurría esto mil veces- sin que sus teorías fueran refu¬tadas, aplastadas, ridiculizadas, en la telepantalla, en las tri¬bunas públicas, en los periódicos y en los libros… a pesar de todo ello, su influencia no parecía disminuir. Siempre había nuevos incautos dispuestos a dejarse engañar por él. No pa¬saba ni un solo día sin que espías y saboteadores que trabaja¬ban siguiendo sus instrucciones fueran atrapados por la Poli¬cía del Pensamiento. Era el jefe supremo de un inmenso ejército que actuaba en la sombra, una subterránea red de conspiradores que se proponían derribar al Estado. Se supo¬nía que esa organización se llamaba la Hermandad. Y tam¬bién se rumoreaba que existía un libro terrible, compendio de todas las herejías, del cual era autor Goldstein y que cir¬culaba clandestinamente. Era un libro sin título. La gente se refería a él llamándole sencillamente el libro. Pero de estas cosas sólo era posible enterarse por vagos rumores. Los miembros corrientes del Partido no hablaban jamás de la Hermandad ni del libro si tenían manera de evitarlo.
En su segundo minuto, el odio llegó al frenesí. Los es¬pectadores saltaban y gritaban enfurecidos tratando de apa¬gar con sus gritos la perforante voz que salía de la pantalla. La mujer del cabello color arena se había puesto al rojo vivo y abría y cerraba la boca como un pez al que acaban de dejar en tierra. Incluso O’ßrien tenía la cara congestionada. Esta¬ba sentado muy rígido y respiraba con su poderoso pecho como si estuviera resistiendo la presión de una gigantesca ola. La joven sentada exactamente detrás de Winston, aque¬lla morena, había empezado a gritar: «¡Cerdo! !Cerdo! ¡Cerdo!», y, de pronto, cogiendo un pesado diccionario de neolengua, lo arrojó a la pantalla. El diccionario le dio a Goldstein en la nariz y rebotó. Pero la voz continuó inexora¬ble. En un momento de lucidez descubrió Winston que esta¬ba chillando histéricamente como los demás y dando fuertes patadas con los talones contra los palos de su propia silla. Lo horrible de los Dos Minutos de Odio no era el que cada uno tuviera que desempeñar allí un papel sino, al contrario, que era absolutamente imposible evitar la participación porque era uno arrastrado irremisiblemente. A los treinta segundos no hacía falta fingir. Un éxtasis de miedo y venganza, un deseo de matar, de torturar, de aplastar rostros con un mar¬tillo, parecían recorrer a todos los presentes como una corriente eléctrica convirtiéndole a uno, incluso contra su voluntad, en un loco gesticulador y vociferante. Y sin em¬bargo, la rabia que se sentía era una emoción abstracta e indirecta que podía aplicarse a uno u otro objeto como la lla¬ma de una lámpara de soldadura autógena. Así, en un momento determinado, el odio de Winston no se dirigía contra Goldstein, sino contra el propio Gran Hermano, contra el Partido y contra la Policía del Pensamiento; y entonces su corazón estaba de parte del solitario e insultado hereje de la pantalla, único guardián de la verdad y la cordura en un mundo de mentiras. Pero al instante siguiente, se hallaba identificado por completo con la gente que le rodeaba y le parecía verdad todo lo que decían de Goldstein. Entonces, su odio contra el Gran Hermano se transformaba en adora¬ción, y el Gran Hermano se elevaba como una invencible torre, como una valiente roca capaz de resistir los ataques de las hordas asiáticas, y Goldstein, a pesar de su aislamiento, de su desamparo y de la duda que flotaba sobre su existencia misma, aparecía como un siniestro brujo capaz de acabar con la civilización entera tan sólo con el poder de su voz.
Incluso era posible, en ciertos momentos, desviar el odio en una u otra dirección mediante un esfuerzo de voluntad. De pronto, por un esfuerzo semejante al que nos permite se parar de la almohada la cabeza para huir de una pesadilla, Winston conseguía trasladar su odio a la muchacha que se encontraba detrás de él. Por su mente pasaban, como ráfa¬gas, bellas y deslumbrantes alucinaciones. Le daría latigazos con una porra de goma hasta matarla. La ataría desnuda en un piquete y la atravesaría con flechas como a san Sebastián. La violaría y en el momento del clímax le cortaría la gargan¬ta. Sin embargo, se dio cuenta mejor que antes de por qué la odiaba. La odiaba porque era joven y bonita y asexuada; porque quería irse a la cama con ella y no lo haría nun¬ca; porque alrededor de su dulce y cimbreante cintura, que parecía pedir que la rodearan con el brazo, no había más que la odiosa banda roja, agresivo símbolo de castidad.
El odio alcanzó su punto de máxima exaltación. La voz de Goldstein se había convertido en un auténtico balido ove¬juno. Y su rostro, que había llegado a ser el de una oveja, se transformó en la cara de un soldado de Eurasia, el cual pare¬cía avanzar, enorme y terrible, sobre los espectadores dispa¬rando atronadoramente su fusil ametralladora. Enteramente parecía salirse de la pantalla, hasta tal punto que muchos de los presentes se echaban hacia atrás en sus asientos. Pero en el mismo instante, produciendo con ello un hondo suspiro de alivio en todos, la amenazadora figura se fundía para que surgiera en su lugar el rostro del Gran Hermano, con su ne¬gra cabellera y sus grandes bigotes negros, un rostro rebo¬sante de poder y de misteriosa calma y tan grande que llena¬ba casi la pantalla. Nadie oía lo que el gran camarada éstaba diciendo. Eran sólo unas cuantas palabras para animarlos, esas palabras que suelen decirse a las tropas en cualquier ba¬talla, y que no es preciso entenderlas una por una, sino que infunden confianza por el simple hecho de ser pronunciadas. Entonces, desapareció a su vez la monumental cara del Gran Hermano y en su lugar aparecieron los tres slogans del Parti¬do en grandes letras:

LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA

Pero daba la impresión -por un fenómeno óptico psi¬cológico- de que el rostro del Gran Hermano persistía en la pantalla durante algunos segundos, como si el «impacto» que había producido en las retinas de los espectadores fuera demasiado intenso para borrarse inmediatamente. La muje¬ruca del cabello color arena se lanzó hacia delante, agarrán¬dose a la silla de la fila anterior y luego, con un trémulo murmullo que sonaba algo así como.«¡Mi salvador!», exten¬dió los brazos hacia la pantalla. Después ocultó la cara entre sus manos. Sin duda, estaba rezando a su manera.
Entonces, todo el grupo prorrumpió en un canto rítmico, lento y profundo: «!Ge-Hache. Ge-Hache… Ge-Hache!», dejando una gran pausa entre la G y la H. Era un canto monótono y salvaje en cuyo fondo parecían oírse pisadas de pies desnudos y el batir de los tan-tam. Este canturreo duró unos treinta segundos. Era un estribillo que surgía en todas las ocasiones de gran emoción colectiva. En parte, era una especie de himno a la sabiduría y majestad del Gran Hermano; pero, más aún, constituía aquello un procedimiento de autohipnosis, un modo deliberado de ahogar la con¬ciencia mediante un ruido rítmico. A Winston parecían en¬friársele las entrañas. En los Dos Minutos de Odio, no podía evitar que la oleada emotiva le arrastrase, pero este infrahu¬mano canturreo -«¡G-H… G-H… G-H!»- siempre le lle¬naba de horror. Desde luego, se unía al coro; esto era obliga¬torio: Controlar los verdaderos sentimientos y hacer lo mis¬mo que hicieran los demás era una reacción natural. Pero durante un par de segundos, sus ojos podían haberlo dela¬tado. Y fue precisamente en esos instantes cuando ocurrió aquello que a él le había parecido significativo… si es que había ocurrido.
Momentáneamente, sorprendió la mirada de O’Brien. Éste se había levantado; se había quitado las gafas volvién¬doselas a colocar con su delicado y característico gesto. Pero durante una fracción de segundo, se encontraron sus ojos con los de Winston y éste supo -sí, lo supo- que OBrien pensaba lo mismo que él. Un inconfundible mensaje se había cruzado entre ellos. Era como si sus dos mentes se hubieran abierto y los pensamientos hubieran volado de la una a la otra a través de los ojos. «Estoy contigo», parecía estarle di¬ciendo OBrien. «Sé en qué estás pensando. Conozco tu asco, tu odio, tu disgusto. Pero no te preocupes; ¡estoy contigo!» Y luego la fugacïsima comunicación se había interrumpido y la expresión de OBrien volvió a ser tan inescrutable como la de todos los demás.
Esto fue todo y ya no estaba seguro de si había sucedido efectivamente. Tales incidentes nunca tenían consecuencias para Winston. Lo único que hacían era mantener viva en él la creencia o la esperanza de que otros, además de él, eran enemigos del Partido. Quizás, después de todo, resultaran ciertos los rumores de extensas conspiraciones subterráneas; quizás existiera de verdad la Hermandad. Era imposible, a pesar de los continuos arrestos y las constantes confesiones y ejecuciones, estar seguro de que la Hermandad no era sen¬cillamente un mito. Algunos días lo creía Winston; otros, no. No había pruebas, sólo destellos que podían significar algo o no significar nada: retazos de conversaciones oídas al pasar, algunas palabras garrapateadas en las paredes de los lavabos, y, alguna vez, al encontrarse dos desconocidos, cier¬tos movimientos de las manos que podían parecer señales de reconocimiento. Pero todo ello eran suposiciones que po¬dían resultar totalmente falsas. Winston había vuelto a su cubículo sin mirar otra vez a O’Brien. Apenas cruzó por su mente la idea de continuar este momentáneo contacto. Hu¬biera sido extremadamente peligroso incluso si hubiera sabi¬do él cómo entablar esa relación. Durante uno o dos segun¬dos, se había cruzado entre ellos una mirada equívoca, y eso era todo. Pero incluso así, se trataba de un acontecimiento memorable en el aislamiento casi hermético en que uno tenía que vivir.
Winston se sacudió de encima estos pensamientos y tomó una posición más erguida en su silla. Se le escapó un eructo. La ginebra estaba haciendo su efecto.
Volvieron a fijarse sus ojos en la página. Descubrió en¬tonces que durante todo el tiempo en que había estado re¬cordando, no había dejado de escribir como por una acción automática. Y ya no era la inhábil escritura retorcida de an¬tes. Su pluma se había deslizado voluptuosamente sobre el suave papel, imprimiendo en claras y grandes mayúsculas lo siguiente:

ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO
ABAJO EL GRAN HERMANO

Una vez y otra, hasta llenar media página.
No pudo evitar un escalofrío de pánico. Era absurdo, ya que escribir aquellas palabras no era más peligroso que el acto inicial de abrir un diario; pero, por un instante, estuvo tentado de romper las páginas ya escritas y abandonar su propósito.
Sin embargo, no lo hizo, porque sabia que era inútil. El hecho de escribir ABAJO EL GRAN HERMANO o no escribirlo, era completamente igual. Seguir con el diario o re¬nunciar a escribirlo, venía a ser lo mismo. La Policía del Pensamiento lo descubriría de todas maneras. Winston había cometido -seguiría habiendo cometido aunque no hubiera llegado a posar la pluma sobre el papel- el crimen esencial que contenía en sí todos los demás. El crimental (crimen mental), como lo llamaban. El crimental no podía ocultarse durante mucho tiempo. En ocasiones, se podía llegar a te¬nerlo oculto años enteros, pero antes o después lo descu¬brían a uno.
Las detenciones ocurrían invariablemente por la noche. Se despertaba uno sobresaltado porque una mano le sacudía a uno el hombro, una linterna le enfocaba los ojos y un círculo de sombríos rostros aparecía en torno al lecho. En la mayoría de los casos no había proceso alguno ni se daba cuenta oficialmente de la detención. La gente desaparecía sencillamente y siempre durante la noche. El nombre del in¬dividuo en cuestión desaparecía de los registros, se borraba de todas partes toda referencia a lo que hubiera hecho y su paso por la vida quedaba totalmente anulado como si jamás hubiera existido. Para esto se empleaba la palabra vaporizado.
Winston sintió una especie de histeria al pensar en estas cosas. Empezó a escribir rápidamente y con muy mala letra:

me matarán no me importa me matarán me dispararán en la nuca me da lo mismo abajo el gran hermano siempre le matan a uno por la nuca no me importa abajo el gran hermano…

Se echó hacia atrás en la silla, un poco avergonzado de sí mismo, y dejó la pluma sobre la mesa. De repente, se sobre¬saltó espantosamente. Habían llamado a la puerta.
¡Tan pronto! Siguió sentado inmóvil, como un ratón asustado, con la tonta esperanza de que quien fuese se mar¬chara al ver que no le abrían. Pero no, la llamada se repitió.
Lo peor que podía hacer Winston era tardar en abrir. Le re¬doblaba el corazón como un tambor, pero es muy probable que sus facciones, a fuerza de la costumbre, resultaran inex¬presivas. Levantóse y se acercó pesadamente a la puerta.

II

Al poner la mano en el pestillo recordó Winston que ha¬bía dejado el Diario abierto sobre la mesa. En aquella página se podía leer desde lejos el ABAJO EL GRAN HERMANO repetido en toda ella con letras grandísimas. Pero Winston sabía que incluso en su pánico no había querido estropear el cremoso papel cerrando el libro mientras la tinta no se hu¬biera secado.
Contuvo la respiración y abrió la puerta. Instantánea¬mente, le invadió una sensación de alivio. Una mujer insig¬nificante, avejentada, con el cabello revuelto y la cara llena de arrugas, estaba a su lado.
-¡Oh, camarada! empezó a decir la mujer en una voz lúgubre y quejumbrosa-; te sentí llegar y he venido por si puedes echarle un ojo al desagüe del fregadero. Se nos ha atascado…
Era la señora Parsons, esposa de un vecino del mismo piso (señora era una palabra desterrada por el Partido, ya que había que llamar a todos camaradas, pero con algunas mujeres se usaba todavía instintivamente). Era una mujer de unos treinta años, pero aparentaba mucha más edad. Se tenía la impresión de que había polvo reseco en las arrugas de su cara. Winston la siguió por el pasillo. Estas reparaciones de aficionado constituían un fastidio casi diario. Las Casas de la Victoria eran unos antiguos pisos construidos hacia 1930 aproximadamente y se hallaban en estado ruinoso. Caían constantemente trozos de yeso del techo y de la pared, las tuberías se estropeaban con cada helada, había innumerables goteras y la calefacción funcionaba sólo a medias cuando funcionaba, porque casi siempre la cerraban por economía. Las reparaciones, excepto las que podía hacer uno por sí mis¬mo, tenían que ser autorizadas por remotos comités que solían retrasar dos años incluso la compostura de un cristal roto.
-Si le he molestado es porque Tom no está en casa -dijo la señora Parsons vagamente.
El piso de los Parsons era mayor que el de Winston y mucho más descuidado. Todo parecía roto y daba la impre¬sión de que allí acababa de agitarse un enorme y violento animal. Por el suelo estaban tirados diversos artículos para deportes -bastones de hockey, guantes de boxeo, un balón de reglamento, unos pantalones vueltos del revés- y sobre la mesa había un montón de platos sucios y cuadernos esco¬lares muy usados. En las paredes, unos carteles rojos de la Liga juvenil y de los Espías y un gran cartel con el retrato de tamaño natural del Gran Hermano. Por supuesto, se perci¬bía el habitual olor a verduras cocidas que era el dominante en todo el edificio, pero en este piso era más fuerte el olor a sudor, que -se notaba desde el primer momento, aunque no podría uno decir por qué- era el sudor de una persona que no se hallaba presente entonces. En otra habitación, alguien con un peine y un trozo de papel higiénico trataba de acom¬pañar a la música militar que brotaba todavía de la telepantalla.
-Son los niños -dijo la señora Parsons, lanzando una mirada aprensiva hacia la puerta-. Hoy no han salido. Y, desde luego…
Aquella mujer tenía la costumbre de interrumpir sus fra¬ses por la mitad. El fregadero de la cocina estaba lleno casi hasta el borde con agua sucia y verdosa que olía aún peor que la verdura. Winston se arrodilló y examinó el ángulo de la tubería de desagüe donde estaba el tornillo. Le molestaba emplear sus manos y también tener que arrodillarse, porque esa postura le hacía toser. La señora Parsons lo miró desanimada:
-Naturalmente, si Tom estuviera en casa lo arreglaría en un momento. Le gustan esas cosas. Es muy hábil en co¬sas manuales. Sí, Tom es muy…
Parsons era el compañero de oficina de Winston en el Ministerio de la Verdad. Era un hombre muy grueso, pero activo y de una estupidez asombrosa, una masa de entusiasmos imbéciles, uno de esos idiotas de los cuales, todavía más que de la Policía del Pensamiento, dependía la estabilidad del Partido. A sus treinta y cinco años acababa de salir de la Liga juvenil, y antes de ser admitido en esa organización ha¬bía conseguido permanecer en la de los Espías un año más de lo reglamentario. En el Ministerio estaba empleado en un puesto subordinado para el que no se requería inteligencia alguna, pero, por otra parte, era una figura sobresaliente del Comité deportivo y de todos los demás comités dedicados a organizar excursiones colectivas, manifestaciones espontá¬neas, las campañas pro ahorro y en general todas las activi¬dades «voluntarias». Informaba a quien quisiera oírle, con tranquilo orgullo y entre chupadas a su pipa, que no había dejado de acudir ni un solo día al Centro de la Comunidad durante los cuatro años pasados. Un fortísimo olor a sudor, una especie de testimonio inconsciente de su continua activi¬dad y energía, le seguía a donde quiera que iba, y quedaba tras él cuando se hallaba lejos.
-¿Tiene usted un destornillador? -dijo Winston to¬cando el tapón del desagüe.
-Un destornillador –dijo la señora Parsons, inmovili¬zándose inmediatamente-. Pues, no sé. Es posible que los niños…
En la habitación de al lado se oran fuertes pisadas y más trompetazos con el peine. La señora Parsons trajo el destornillador. Winston dejó salir el agua y quitó con asco el pegote de cabello que había atrancado el tubo. Se limpió los dedos lo mejor que pudo en el agua fría del grifo y volvió a la otra habitación.
-!Arriba las manos! -chilló una voz salvaje.
Un chico, guapo y de aspecto rudo, que parecía tener unos nueve años, había surgido por detrás de la mesa y ame¬nazaba a Winston con una pistola automática de juguete mientras que su hermanita, de unos dos años menos, hacia el mismo ademán con un pedazo de madera. Ambos iban vesti¬dos con pantalones cortos azules, camisas grises y pañuelo rojo al cuello. Éste era el uniforme de los Espías. Winston levantó las manos, pero a pesar de la broma sentía cierta in¬quietud por el gesto de maldad que veía en el niño.
-!Eres un traidorl -grito el chico-. ¡Eres un criminal mentall ¡Eres un espía de Eurasial ¡Te mataré, te vaporizaré; te mandaré a las minas de sal!
De pronto, tanto el niño como la niña empezaron a saltar en torno a él gritando: «¡Traidor!» «¡Criminal mental!», imitando la niña todos los movimientos de su hermano. Aquello producía un poco de miedo, algo así como los jue¬gos de los cachorros de los tigres cuando pensamos que pronto se convertirán en devoradores de hombres. Había una especie de ferocidad calculadora en la mirada del peque¬ño, un deseo evidente de darle un buen bolpe a Winston, de hacerle daño de alguna manera, una convicción de ser ya casi lo suficientemente hombre para hacerlo. «¡Qué suerte que el niño no tenga en la mano más que una pistola de ju¬guete!», pensó Winston.
La mirada de la señora Parsons iba nerviosamente de los niños a Winston y de éste a los niños. Como en aquella habi¬tación había mejor luz, pudo notar Winston que en las arru¬gas de la mujer había efectivamente polvo.
-Hacen tanto ruido… -dijo ella-. Están disgustados porque no pueden ir a ver ahorcar a esos. Estoy segura de que por eso revuelven tanto. Yo no puedo llevarlos; tengo demasiado quehacer. Y Tom no volverá de su trabajo a tiempo.
-¿Por qué no podemos ir a ver cómo los cuelgan -gritó el pequeño con su tremenda voz, impropia de su edad. -¡Queremos verlos colgar! ¡Queremos verlos colgar! -canturreaba la chiquilla mientras saltaba.
Varios prisioneros eurasiáticos, culpables de crímenes de guerra, serían ahorcados en el parque aquella tarde, recordó Winston. Esto solía ocurrir una vez al mes y constituía un espectáculo popular. A los niños siempre les hacía gran ilu¬sión asistir a él. Winston se despidió de la señora Parsons y se dirigió hacia la puerta. Pero apenas había bajado seis esca¬lones cuando algo le dio en el cuello por detrás produciéndo¬le un terrible dolor. Era como si le hubieran aplicado un alambre incandescente. Se volvió a tiempo de ver cómo reti¬raba la señora Parsons a su hijo del descansillo. El chico se guardaba un tirachinas en el bolsillo.
-¡Goldstein! -gritó el pequeño antes de que la madre cerrara la puerta, pero lo que más asustó a Winston fue la mirada de terror y desamparo de la señora Parsons.
De nuevo en su piso, cruzó rápidamente por delante de la telepantalla y volvió a sentarse ante la mesita sin dejar de pasarse la mano por su dolorido cuello. La música de la tele¬pantalla se había detenido. Una voz militar estaba leyendo, con una especie de brutal complacencia, una descripción de los armamentos de la nueva fortaleza flotante que acababa de ser anclada entre Islandia y las islas Feroe.
Con aquellos niños, pensó Winston, la desgraciada mu¬jer debía de llevar una vida terrorífica. Dentro de uno o dos años sus propios hijos podían descubrir en ella algún indicio de herejía. Casi todos los niños de entonces eran horribles. Lo peor de todo era que esas organizaciones, como la de los Espías, los convertían sistemáticamente en pequeños salvajes ingobernables, y, sin embargo, este salvajismo no les impul¬saba a rebelarse contra la disciplina del Partido. Por el con¬trario, adoraban al Partido y a todo lo que se relacionaba con él. Las canciones, los desfiles, las pancartas, las excur¬siones colectivas, la instrucción militar infantil con fusiles de juguete, los slogans gritados por doquier, la adoración del Gran Hermano… todo ello era para los niños un estupendo juego. Toda su ferocidad revertía hacia fuera, contra los ene¬migos del Estado, contra los extranjeros, los traidores, sabo¬teadores y criminales del pensamiento. Era casi normal que personas de más de treinta años les tuvieran un miedo cerval a sus hijos. Y con razón, pues apenas pasaba una semana sin que el Times publicara unas líneas describiendo cómo alguna viborilla -la denominación oficial era «heroico niño»- ha¬bía denunciado a sus padres a la Policía del Pensamiento contándole a ésta lo que había oído en casa.
La molestia causada por el proyectil del tirachinas se le había pasado. Winston volvió a coger la pluma preguntándo¬se si no tendría algo más que escribir. De pronto, empezó a pensar de nuevo en O’Brien.
Años atrás cuánto tiempo hacía, quizás siete años ¬había soñado Winston que paseaba por una habitación oscu¬ra… Alguien sentado a su lado le había dicho al pasar él: «Nos encontraremos en el lugar donde no hay oscuridad». Se lo había dicho con toda calma, de una manera casual, más como una afirmación cualquiera que como una orden. Él ha¬bía seguido andando. Y lo curioso era que al oírlas en el sue¬ño, aquellas palabras no le habían impresionado. Fue sólo, más tarde y gradualmente cuando empezaron a tomar signi¬ficado. Ahora no podía recordar si fue antes o después de tener el sueño cuando había visto a O’Brien por vez prime¬ra; y tampoco podía recordar cuándo había identificado aquella voz como la de OBrien. Pero, de todos modos, era indudablemente OBrien quien le había hablado en la oscuri¬dad.
Nunca había podido sentirse absolutamente seguro -in¬cluso después del fugaz encuentro de sus miradas esta maña¬na- de si OBrien era un amigo o un enemigo. Ni tampoco importaba mucho esto. Lo cierto era que existía entre ellos un vínculo de comprensión más fuerte y más importante que el afecto o el partidismo. «Nos encontraremos en el lugar donde no hay oscuridad», le había dicho. Winston no sabía lo que podían significas estas palabras, pero sí sabía que se convertirían en realidad.
La voz de la telepantalla se interrumpió. Sonó un claro y hermoso toque de trompeta y la voz prosiguió en tono chirriante:
«Atención. ¡Vuestra atención, por favor! En este mo¬mento nos llega un notirrelámpago del frente malabar. Nuestras fuerzas han logrado una gloriosa victoria en el sur de la India. Estoy autorizado para decir que la batalla a que me refiero puede aproximarnos bastante al final de la guerra. He aquí el texto del notirrelámpago…»
Malas noticias, pensó Winston. Ahora seguirá la descrip¬ción, con un repugnante realismo, del aniquilamiento de todo un ejército eurásico, con fantásticas cifras de muertos y prisioneros… para decirnos luego que, desde la semana próxima, reducirán la ración de chocolate a veinte gramos en vez de los treinta de ahora.
Winston volvió a eructar. La ginebra perdía ya su fuerza y lo dejaba desanimado. La telepantàlla -no se sabe si para celebrar la victoria o para quitar el mal sabor del chocolate perdido- lanzó los acordes de Oceanía, todo para ti. Se suponía que todo el que escuchara el himno, aunque estuvie¬ra solo, tenía que escucharlo de pie. Sin embargo, Winston se aprovechó de que la telepantalla no lo veía y siguió sen¬tado.
Oceanía, todo para ti, terminó y empezó la música ligera. Winston se dirigió hacia la ventana, manteniéndose de espaldas a la pantalla. El día era todavía frío y claro. Allá lejos estalló una bombacohete con un sonido sordo y prolon¬gado. Ahora solían caer en Londres unas veinte o treinta bombas a la semana.
Abajo, en la calle, el viento seguía agitando el cartel donde la palabra Ingsoc aparecía y desaparecía. Ingsoc. Los principios sagrados de Ingsoc. Neolengua, doblepensar, mu¬tabilidad del pasado. A Winston le parecía estar recorriendo las selvas submarinas, perdido en un mundo monstruoso cuyo monstruo era él mismo. Estaba solo. El pasado había muerto, el futuro era inimaginable. ¿Qué certidumbre podía tener él de que ni un solo ser humano estaba de su parte? Y ¿cómo iba a saber si el dominio del Partido no duraría siem¬pre? Como respuesta, los tres slogans sobre la blanca fachada del Ministerio de la Verdad, le recordaron que:

LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA

Sacó de su bolsillo una moneda de veinticinco centavos. También en ella, en letras pequeñas, pero muy claras, apare¬cían las mismas frases y, en el reverso de la moneda, la cabe za del Gran Hermano. Los ojos de éste le perseguían a uno hasta desde las monedas. Sí, en las monedas, en los sellos de correo, en pancartas, en las envolturas de los paquetes de los cigarrillos, en las portadas de los libros, en todas partes. Siempre los ojos que os contemplaban y la voz que os envol¬vía. Despiertos o dormidos, trabajando o comiendo, en casa o en la calle, en el baño o en la cama, no había escape. Nada era del individuo a no ser unos cuantos centímetros cúbicos dentro de su cráneo.
El sol había seguido su curso y las mil ventanas del Ministerio de la Verdad, en las que ya no reverberaba la luz, parecían los tétricos huecos de una fortaleza. Winston sintió angustia -ante aquella masa piramidal. Era demasiado fuerte para ser asaltada. Ni siquiera un millar de bombascohete po¬drían abatirla. Volvió a preguntarse para quién escribía el Diario. ¿Para el pasado, para el futuro, para una época ima¬ginaria? Frente a él no veía la muerte, sino algo peor: el ani¬quilamiento absoluto. El Diario quedaría reducido a cenizas y a él lo vaporizarían. Sólo la Policía del Pensamiento leería lo que él hubiera escrito antes de hacer que esas líneas desapa¬recieran incluso de la memoria. ¿Cómo iba usted a apelar a la posteridad cuando ni una sola huella suya, ni siquiera una palabra garrapateada en un papel iba a sobrevivir física¬mente?
En la telepantalla sonaron las catorce. Winston tenía que marchar dentro de diez minutos. Debía reanudar el tra¬bajo a las catorce y treinta. Qué curioso: las campanadas de la hora lo reanimaron. Era como un fantasma solitario di¬ciendo una verdad que nadie oiría nunca. De todos modos, mientras Winston pronunciara esa verdad, la continuidad no se rompía. La herencia humana no se continuaba porque uno se hiciera oír sino por el hecho de permanecer cuerdo. Volvió a la mesa, mojó en tinta su pluma y escribió:

Para el futuro o para el pasado, para la época en que se pueda pensar libremente, en que los hombres sean distintos unos de otros y no vivan solitarios… Para cuando la verdad exista y lo que se haya he¬cho no pueda ser deshecho:
Desde esta época de uniformidad, de este tiempo de soledad, la Edad del Gran Hermano, la época del doblepensar… ¡muchas felici¬dades!

Winston comprendía que ya estaba muerto. Le parecía que sólo ahora, en que empezaba a poder formular sus pen¬samientos, era cuando había dado el paso definitivo. Las consecuencias de cada acto van incluidas en el acto mismo. Escribió El crimental (el crimen de la mente) no implica la muerte; el crimental es la muerte misma. Al reconocerse ya a sí mismo muerto, se le hizo imprescindible vivir lo más posible. Tenía manchados de tinta dos dedos de la mano derecha. Era exac¬tamente uno de esos detalles que le pueden delatar a uno. Cualquier entrometido del Ministerio (probablemente, una mujer: alguna como la del cabello color de arena o la mucha¬cha morena del Departamento de Novela) podía preguntarse por qué habría usado una pluma anticuada y qué habría escri¬to… y luego dar el soplo a donde correspondiera. Fue al cuarto de baño y se frotó cuidadosamente la tinta con el os¬curo y rasposo jabón que le limaba la piel como un papel de lija y resultaba por tanto muy eficaz para su propósito.
Guardó el Diario en el cajón de la mesita. Era inútil pre¬tender esconderlo; pero, por lo menos, podía saber si lo habían descubierto o no. Un cabello sujeto entre las páginas sería demasiado evidente. Por eso, con la yema de un dedo recogió una partícula de polvo de posible identificación y la depositó sobre una esquina de la tapa, de donde tendría que caerse si cogían el libro.

III

Winston estaba soñando con su madre. Él debía de te¬ner unos diez u once asíos cuando su madre murió. Era una mujer alta, estatuaria y más bien silenciosa, de movimientos pausados y magnífico cabello rubio. A su padre lo recordaba, más vagamente, como un hombre moreno y delgado, vestido siempre con impecables trajes oscuros (Winston recordaba sobre todo las suelas extremadamente finas de los zapatos de su padre) y usaba gafas. Seguramente, tanto el padre como la madre debieron de haber caído en una de las primeras gran¬des purgas de los años cincuenta.
En aquel momento -en el sueño- su madre estaba sentada en un sitio profundo junto a él y con su niña en bra¬zos. De esta hermana sólo recordaba Winston que era una chiquilla débil e insignificante, siempre callada y con ojos grandes que se fijaban en todo. Se hallaban las dos en algún sitio subterráneo -por ejemplo, el fondo de un pozo o en una cueva muy honda-, pero era un lugar que, estando ya muy por debajo de él, se iba hundiendo sin cesar. Sí, era la cámara de un barco que se hundía y la madre y la hermana lo miraban a él desde la tenebrosidad de las aguas que inva¬dían el buque. Aún había aire en la cámara. Su madre y su hermanita podían verlo todavía y él a ellas, pero no dejaban de irse hundiendo ni un solo instante, de ir cayendo en las aguas, de un verde muy oscuro, que de un momento a otro las ocultarían para siempre. Winston, en cambio, se encon¬traba al aire libre y a plena luz mientras a ellas se las iba tra¬gando la muerte, y ellas se hundían porque él estaba allí arriba. Winston lo sabía y también ellas lo sabían y él descubría en las caras de ellas este conocimiento. Pero la expresión de las dos no le reprochaba nada ni sus corazones tampoco -él lo sabía- y sólo se transparentaba la convicción de que ellas morían para que él pudiera seguir viviendo allá arriba y que esto formaba parte del orden inevitable de las cosas.
No podía recordar qué había ocurrido, pero mientras so¬ñaba estaba seguro de que, de un modo u otro, las vidas de su madre y su hermana fueron sacrificadas para que él vivie¬ra. Era uno de esos ensueños que, a pesar de utilizar toda la escenografía onírica habitual, son una continuación de nues¬tra vida intelectual y en los que nos damos cuenta de hechos e ideas que siguen teniendo un valor después del despertar. Pero lo que de pronto sobresaltó a Winston, al pensar lue¬go en lo que había soñado, fue que la muerte de su madre, ocurrida treinta años antes, había sido trágica y dolorosa de un modo que ya no era posible. Pensó que la tragedia perte¬necía a los tiempos antiguos y que sólo podía concebirse en¬ una época en que había aún intimidad -vida privada, amor y amistad- y en que los miembros de una familia permane¬cían juntos sin necesidad de tener una razón especial para ello. El recuerdo de su madre le torturaba porque había muerto amándole cuando él era demasiado joven y egoísta para devolverle ese cariño y porque de alguna manera -no recordaba cómo- se había sacrificado a un concepto de la lealtad que era privatísimo e inalterable. Bien comprendía Winston que esas cosas no podían suceder ahora. Lo que ahora había era miedo, odio y dolor físico, pero no emocio¬nes dignas ni penas profundas y complejas. Todo esto lo ha¬bía visto, soñando, en los ojos de su madre y su hermanita, que lo miraban a él a través de las aguas verdeoscuras, a una inmensa profundidad y sin dejar de hundirse.
De pronto, se vio de pie sobre el césped en una tarde de verano en que los rayos oblicuos del sol doraban la corta hierba. El paisaje que se le aparecía ahora se le presentaba con tanta frecuencia en sueños que nunca estaba completa¬mente seguro de si lo había visto alguna vez en la vida real. Cuando estaba despierto, lo llamaba el País Dorado. Lo cu¬brían pastos mordidos por los conejos con un sendero que serpenteaba por él y, aquí y allá, unas pequeñísimas elevacio¬nes del terreno. Al fondo, se veían unos olmos que se balan¬ceaban suavemente con la brisa y sus follajes parecían cabe¬lleras de mujer. Cerca, aunque fuera de la vista, corría un claro arroyuelo de lento fluir.
La muchacha morena venía hacia él por aquel campo. Con un solo movimiento se despojó de sus ropas y las arrojó despectivamente a un lado. Su cuerpo era blanco y suave, pero no despertaba deseo en Winston, que se limitaba a con¬templarlo. Lo que le llenaba de entusiasmo en aquel momen¬to era el gesto con que la joven se había librado de sus ropas. Con la gracia y el descuido de aquel gesto, parecía estar ani¬quilando toda su cultura, todo un sistema de pensamiento, como si el Gran Hermano, el Partido y la Policía del Pensa¬miento pudieran ser barridos y enviados a la Nada con un simple movimiento del brazo. También aquel gesto pertene¬cía a los tiempos antiguos. Winston se despertó con la pala¬bra «Shakespeare» en los labios.
La telepantalla emitía en aquel instante un prolongado silbido que partía el tímpano y que continuaba en la misma nota treinta segundos. Eran las cero-siete-quince, la hora de levantarse para los oficinistas. Winston se echó abajo de la cama -desnudo porque los miembros del Partido Exterior recibían sólo tres mil cupones para vestimenta durante el año y un pijama necesitaba seiscientos cupones- y se puso un sucio singlet y unos shorts que estaban sobre una silla. Dentro de tres minutos empezarían las Sacudidas Físicas. In¬mediatamente le entró el ataque de tos habitual en él en cuanto se despertaba. Vació tanto sus pulmones que, para volver a respirar, tuvo que tenderse de espaldas abriendo y cerrando la boca repetidas veces y en rápida sucesión. Con el esfuerzo de la tos se le hinchaban las venas y sus várices le habían empezado a escocer.
-¡Grupo de treinta a cuarenta! -ladró una penetrante voz de mujer-. ¡Grupo de treinta a cuarenta! Ocupad vues¬tros sitios, por favor.
Winston se colocó de un salto a la vista de la telepanta¬lla, en la cual había aparecido ya la imagen de una mujer más bien joven, musculosa y de facciones duras, vestida con una túnica y calzando sandalias de gimnasia.
-¡Doblad y extended los brazos! -gritó-. ¡Contad a la vez que yo! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Vamos, camaradas, un poco de vida en lo que hacéis! ¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Uno, dos, tres, cuatro!…
La intensa molestia de su ataque de tos no había logrado desvanecer en Winston la impresión que le había dejado el ensueño y los movimientos rítmicos de la gimnasia contribuían a conservarle aquel recuerdo. Mientras doblaba y desplegaba mecánicamente los brazos -sin perder ni por un instante la expre-sión de contento que se consideraba apro¬piada durante las Sacudidas Físicas-, se esforzaba por resu¬citar el confuso período de su primera infancia. Pero le resultaba extraordinariamente difícil. Más allá de los años cincuenta y tantos -al final de la década- todo se desvane¬cía. Sin datos externos de ninguna clase a que refe-rirse era imposible reconstruir ni siquiera el esquema de la propia vida. Se recordaban los acontecimientos de enormes propor¬ciones -que muy bien podían no haber acaecido-, se re¬cordaban también detalles sueltos de hechos sucedidos en la infancia, de cada uno, pero sin poder captar la atmósfera. Y había extensos pe-ríodos en blanco donde no se podía colocar absolutamente nada. Entonces todo había sido diferente. In¬cluso los nombres de los países y sus formas en el mapa. La Franja Aérea número l, por ejemplo, no se lla-maba así en aquellos días: la llamaban Inglaterra o Bretaña, aunque Lon¬dres -Winston estaba casi seguro de ello- se había llama¬do siempre Londres.
No podía recordar claramente una época en que su país no hubiera estado en guerra, pero era evidente que había un intervalo de paz bastante largo durante su infancia porque uno de sus primeros recuerdos era el de un ataque aéreo que parecía haber cogido a todos por sorpresa. Quizá fue cuando la bomba atómica cayó en Colchester. No se acordaba del ataque propiamente dicho, pero sí de la mano de su padre que le tenía cogida la suya mientras descendían precipitada¬mente por algún lugar subterráneo muy profundo, dando vueltas por una escalera de caracol que finalmente le había cansado tanto las piernas que empezó a sollozar y su padre tuvo que dejarle descansar un poco. Su madre, lenta y pensa¬tiva como siempre, los seguía a bastante distancia. La madre llevaba a la hermanita de Winston, o quizá sólo llevase un lío de mantas. Winston no estaba seguro de que su hermanita hubiera nacido por entonces. Por último, desembocaron a un sitio ruidoso y atestado de gente, una estación de Metro.
Muchas personas se hallaban sentadas en el suelo de pie¬dra y otras, arracimadas, se habían instalado en diversos obje¬tos que llevaban. Winston y sus padres encontraron un sitio libre en el suelo y junto a ellos un viejo y una vieja se apreta¬ban el uno contra el otro. El anciano vestía un buen traje os¬curo y una. boina de paño negro bajo la cual le asomaba abundante cabello muy blanco. Tenía la cara enrojecida; los ojos, azules y lacrimosos. Olía a ginebra. Ésta parecía salírse¬le por los poros en vez del sudor y podría haberse pensado que las lágrimas que le brotaban de los ojos eran ginebra pura. Sin embargo, a pesar de su borrachera, sufría de algún dolor auténtico e insoportable. De un modo infantil, Wins¬ton comprendió que algo terrible, más allá del perdón y que jamás podría tener remedio, acababa de ocurrirle al viejo. También creía saber de qué se trataba. Alguien a quien el anciano amaba, quizás alguna nietecita, había muerto en el bombardeo. Cada pocos minutos, repetía el viejo:
-No debíamos habernos fiado de ellos. ¿Verdad que te lo dije, abuelita? Nos ha pasado esto por fiarnos de ellos. Siempre lo he dicho. Nunca debimos confiar en esos canallas.
Lo que Winston no podía recordar es a quién se refería el viejo y quiénes eran esos de los que no había que fiarse. Desde entonces, la guerra había sido continua, aunque hablando con exactitud no se trataba siempre de la misma guerra. Durante algunos meses de su infancia había habido una confusa lucha callejera en el mismo Londres y él recor¬daba con toda claridad algunas escenas. Pero hubiera sido imposible reconstruir la historia de aquel período ni saber quién luchaba contra quién en un momento dado, pues no quedaba ningún documentó ni pruebas de ninguna clase que permitieran pensar que la disposición de las fuerzas en lucha hubiera sido en algún momento distinta a la actual. Por ejemplo, en este momento, en 1984 (si es que efectivamente era 1984), Oceanía estaba en guerra con Eurasia y era aliada de Asia Oriental. En ningún discurso público ni conversa¬ción privada se admitía que estas tres potencias se hubieran hallado alguna vez en distinta posición cada una respecto a las otras. Winston sabía muy bien que, hacía sólo cuatro años, Oceanía había estado en guerra contra Asia Oriental y aliada con Eurasia. Pero aquello era sólo un conocimiento furtivo que él tenía porque su memoria «fallaba» mucho, es decir, no estaba lo suficientemente controlada. Oficialmente, nunca se había producido un cambio en las alianzas. Oceanía estaba en guerra con Eurasia; por tanto, Oceanía siempre había luchado contra Eurasia. El enemigo circunstancial re¬presentaba siempre el absoluto mal, y de ahí resultaba que era totalmente imposible cualquier acuerdo pasado o futuro con él.
Lo horrible, pensó por diezmilésima vez mientras se for¬zaba los hombros dolorosamente hacia atrás (con las manos en las caderas, giraban sus cuerpos por la cintura, ejercicio que se suponía conveniente para. los músculos de la espalda), lo horrible era que todo ello podía ser verdad. Si el Partido podía alargar la mano hacia el pasado y decir que este o aquel acontecimiento nunca había ocurrido, esto resultaba mucho más horrible que la tortura y la muerte.
El Partido dijo que Oceanía nunca había sido aliada de Eurasia. Él, Winston Smith, sabía que Oceanía había estado aliada con Eurasia cuatro años antes. Pero, ¿dónde constaba ese conocimiento? Sólo en su propia conciencia, la cual, en todo caso, iba a ser aniquilada muy pronto. Y si todos los demás aceptaban la mentira que impuso el Partido, si todos los testimonios decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la Historia y se convertía en verdad. «El que controla el pasado -decía el slogan del Partido-, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado.» Y, sin embargo, el pasado, alterable por su misma naturaleza, nunca había sido alterado. Todo lo que ahora era verdad, había sido verdad eternamente y lo seguiría siendo. Era muy sencillo. Lo único que se necesitaba era una interminable serie de victorias que cada persona debía lograr sobre su propia memoria. A esto le llamaban «control de la realidad». Pero en neolengua había una palabra especial para ello: doble¬pensar.
-¡Descansen! -ladró la instructora, cuya voz parecía ahora menos malhumorada.
Winston dejó caer los brazos de sus costados y volvió a llenar de aire sus pulmones. Su mente se deslizó por el labe¬ríntico mundo del doblepensar. Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultánea¬mente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas; emplear la lógica contra la lógi¬ca, repudiar la moralidad mientras se recurre a ella, creer que la democracia es imposible y que el Partido es el guar¬dián de la democracia; olvidar cuanto fuera necesario olvidar y, no obstante, recurrir a ello, volverlo a traer a la memoria en cuanto se necesitara y luego olvidarlo de nuevo, y, sobre todo, aplicar el mismo proceso al procedimiento mismo. Esta era la más refinada sutileza del sistema: inducir cons¬cientemente a la inconsciencia, y luego hacerse inconsciente para no reconocer que se había realizado un acto de autosu¬gestión. Incluso comprender la palabra doblepensar implicaba el uso del doblepensar.
La instructora había vuelto a llamarles la atención:
-Y ahora, a ver cuáles de vosotros pueden tocarse los dedos de los pies sin doblar las rodillas –gritó la mujer con gran entusiasmo- ¡Por favor, camaradas! ¡Uno, dos! ¡Uno, dos…!
A Winston le fastidiaba indeciblemente este ejercicio que le hacía doler todo el cuerpo y a veces le causaba golpes de tos. Ya no disfrutaba con sus meditaciones. El pasado, pensó Winston, no sólo había sido alterado, sino que estaba siendo destruido. Pues, ¿cómo iba usted a establecer el he¬cho más evidente si no existía más prueba que el recuerdo de su propia memoria? Trató de recordar en qué año había oído hablar por primera vez del Gran Hermano.- Creía que debió de ser hacia el sesenta y tantos, pero era imposible estar se¬guro. Por supuesto, en los libros de historia editados por el Partido, el Gran Hermano figuraba como jefe y guardián de la Revolución desde los primeros días de ésta. Sus hazañas habían ido retrocediendo en el tiempo cada vez más y ya se extendían hasta el mundo fabuloso de los años cuarenta y treinta cuando los capitalistas, con sus extraños sombreros cilíndricos, cruzaban todavía por las calles de Londres en re¬lucientes automóviles o en coches de caballos pues aún quedaban vehículos de éstos-, con lados de cristal. Desde luego, se ignoraba cuánto había de cierto en esta leyenda y cuánto de inventado. Winston no podía recordar ni siquiera en qué fecha había empezado el Partido a existir. No creía haber oído la palabra «Ingsoc» antes de 1960. Pero era posi¬ble que en su forma viejolingüística -es decir, «socialismo inglés»- hubiera existido antes. Todo se había desvanecido en la niebla. Sin embargo, a veces era posible poner el dedo sobre una mentira concreta. Por ejemplo, no era verdad, como pretendían los libros de historia lanzados por el Parti¬do, que éste hubiera inventado los aeroplanos. Winston re¬cordaba los aeroplanos desde su más temprana infancia. Pero tampoco podría probarlo. Nunca se podía probar nada. Sólo una vez en su vida había tenido en sus manos la innega¬ble prueba documental de la falsificación de un hecho histó¬rico. Y en aquella ocasión…
-¡Smith! -chilló la voz de la telepantalla-; ¡6079 Smith W! ¡Sí, tú! ¡Inclínate más, por favor! Puedes hacerlo mejor; es que no te esfuerzas; más doblado, haz el favor.
Ahora está mucho mejor, camarada. Descansad todos y fijaos en mí.
Winston sudaba por todo su cuerpo, pero su cara perma¬necía completamente inescrutable. ¡Nunca os manifestéis de¬sanimados! ¡Nunca os mostréis resentidos! Un leve pestañeo podría traicionaros. Por eso, Winston miraba impávido -a la instructora mientras ésta levantaba los brazos por encima de la cabeza y, si no con gracia, sí con notable precisión y efi¬cacia, se dobló y se tocó los dedos de los pies sin doblar las rodillas.
-¡Ya habéis visto, camaradas; así es como quiero que lo hagáis! Miradme otra vez. Tengo treinta y nueve años y cua¬tro hijos. Mirad -volvió a doblarse-. Ya veis que mis ro¬dillas no se han doblado. Todos vosotros podéis hacerlo si queréis -añadió mientras se ponía derecha-. Cualquier persona de menos de cuarenta y cinco años es perfectamente capaz de tocarse así los dedos de los pies. No todos nosotros tenemos el privilegio de luchar en el frente, pero por lo me¬nos podemos mantenernos en forma. ¡Recordad a nuestros muchachos en el frente malabar! !Y a los marineros de las fortalezas flotantes! Pensad en las penalidades que han de so¬portar. Ahora, probad otra vez. Eso está mejor, camaradas, mucho mejor -añadió en tono estimulante dirigiéndose a Winston, el cual, con un violento esfuerzo, había logrado tocarse los dedos de los pies sin doblar las rodillas. Desde varios años atrás, no lo conseguía.

IV

Con el hondo e inconsciente suspiro que ni siquiera la proximidad de la telepantalla podía ahogarle cuando empeza¬ba el trabajo del día, Winston se acercó al hablescribe, sopló para sacudir el polvo del micrófono y se puso las gafas. Lue¬go desenrolló y juntó con un clip cuatro pequeños cilindros de papel que acababan de caer del tubo neumático sobre el lado derecho de su mesa de despacho.
En las paredes de la cabina había tres orificios. A la derecha del hablescribe, un pequeño tubo neumático para mensajes escritos, a la izquierda, un tubo más ancho para los periódicos; y en la otra pared, de manera que Winston lo te¬nía a mano, una hendidura grande y oblonga protegida por una rejilla de alambre. Esta última servía para tirar el papel inservible. Había hendiduras semejantes a miles o a docenas de miles por todo el edificio, no sólo en cada habitación, sino a lo largo de todos los pasillos, a pequeños intervalos. Les llamaban «agujeros de la memoria». Cuando un empleado sabía que un documento había de ser destruido, o incluso cuando alguien veía un pedazo de papel por el suelo y por al¬guna mesa, constituía ya un acto automático levantar la tapa del más cercano «agujero de la memoria» y tirar el papel en él. Una corriente de aire caliente se llevaba el papel en segui¬da hasta los enormes hornos ocultos en algun lugar descono¬cido de los sótanos del edificio.
Winston examinó las cuatro franjas de papel que había desenrollado. Cada una de ellas contenía una o dos líneas es¬critas en el argot abreviado (no era exactamente neolengua, pero consistía principalmente en palabras neolingüísticas) que se usaba en el Ministerio para fines internos. Decían así:

times 17.3.84. discurso gh malregistrado áfrica rectificar

times 19.12.83 predicciones plantrienal cuarto trimestre 83 erratas comprobar número corriente

times 14.2.84. Minibundancia malcitado chocolate recti¬ficar

times 3.12.83 referente ordendía gh doblemásnobueno refs nopersonas reescribir completo someter antesarclúvar

Con cierta satisfacción apartó Winston el cuarto mensa¬je. Era un asunto intrincado y de responsabilidad y prefería ocuparse de él al final. Los otros tres eran tarea rutinaria, aunque el segundo le iba a costar probablemente buscar una serie de datos fastidiosos.
Winston pidió por la telepantalla los números necesarios del Times, que le llegaron por el tubo neumático pocos minu¬tos después. Los mensajes que había recibido se referían a artículos o noticias que por una u otra razón era necesario cambiar, o, como se decía oficialmente, rectificar. Por ejem¬plo, en el número del Times correspondiente al 17 de marzo se decía que el Gran Hermano, en su discurso del día ante¬rior, había predicho que el frente de la India Meridional se¬guiría en calma, pero que, en cambio, se desencadenaría una ofensiva eurasiática muy pronto en África del Norte. Como quiera que el alto mando de Eurasia había iniciado su ofensi¬va en la India del Sur y había dejado tranquila al Africa del Norte, era por tanto necesario escribir un nuevo párrafo del discurso del Gran Hermano, con objeto de hacerle predecir lo que había ocurrido efectivamente. Y en el Times del 19 de diciembre del año anterior se habían publicado los pronósti¬cos oficiales sobre el consumo de ciertos productos en el cuarto trimestre de 1983, que era también el sexto grupo del noveno plan trienal. Pues bien, el número de hoy contenía una referencia al consumo efectivo y resultaba que los pro¬nósticos se habían equivocado muchísimo. El trabajo de Winston consistía en cambiar las cifras originales haciéndo¬las coincidir con las posteriores. En cuanto al tercer mensaje, se refería a un error muy sencillo que se podía arreglar en un par de minutos. Muy poco tiempo antes, en febrero, el Mi¬nisterio de la Abundancia había lanzado la promesa (oficial¬mente se le llamaba «compromiso categórico») de que no ha¬bría reducción de la ración de chocolate durante el año 1984. Pero la verdad era, como Winston sabía muy bien, que la ración de chocolate sería reducida, de los treinta gra¬mos que daban, a veinte al final de aquella semana. Como se verá, el error era insignificante y el único cambio necesario era sustituir la promesa original por la advertencia de que probablemente habría que reducir la ración hacia el mes de abril.
Cuando Winston tuvo preparadas las correcciones las unió con un clip al ejemplar del Times que le habían enviado y los mandó por el tubo neumático. Entonces, con un movimiento casi inconsciente, arrugó los mensajes originales y todas las notas que él había hecho sobre el asunto y los tiró por el «agujero de la memoria» para que los devoraran las llamas.
Él no sabía con exactitud lo que sucedía en el invisible laberinto adonde iban a parar los tubos neumáticos, pero te¬nía una idea general. En cuanto se reunían y ordenaban todas las correcciones que había sido necesario introducir en un número determinado del Times, ese número volvía a ser impreso, el ejemplar primitivo se destruía y el ejemplar corre¬gido ocupaba su puesto en el archivo. Este proceso de con¬tinua alteración no se aplicaba sólo a los periódicos, sino a los libros, revistas, folletos, carteles, programas, películas, bandas sonoras, historietas para niños, fotografías, es de¬cir, a toda clase de documentación o literatura que pudiera tener algún significado político o ideológico. Diariamente y casi minuto por minuto, el pasado era puesto al día. De este modo, todas las predicciones hechas por el Partido resulta¬ban acertadas según prueba documental. Toda la historia se convertía así en un palimpsesto, raspado y vuelto a escribir con toda la frecuencia necesaria. En ningún caso habría sido posible demostrar la existencia de una falsificación. La sec¬ción más nutrida del Departamento de Registro, mucho mayor que aquella donde trabajaba Winston, se componía sencillamente de personas cuyo deber era recoger todos los ejemplares de libros, diarios y otros documentos que se hu¬bieran quedado atrasados y tuvieran que ser destruidos. Un número del Times que -a causa de cambios en la política exterior o de profecías equivocadas hechas por el Gran Her¬mano- hubiera tenido que ser escrito de nuevo una docena de veces, seguía estando en los archivos con su fecha origi¬nal y no existía ningún otro ejemplar para contradecirlo. También los libros eran recogidos y reescritos muchas veces y cuando se volvían a editar no se confesaba que se hubiera introducido modificación alguna. Incluso las instrucciones escritas que recibía Winston y que él hacía desaparecer inva¬riablemente en cuanto se enteraba de su contenido, nunca daban a entender ni remotamente que se estuviera cometien¬do una falsificación. Sólo se referían a erratas de imprenta o a citas equivocadas que era necesario poner bien en interés de la verdad.
Lo más curioso era -pensó Winston mientras arreglaba las cifras del Ministerio de la Abundancia- que ni siquiera se trataba de una falsificación. Era, sencillamente, la sustitución de un tipo de tonterías por otro. La mayor parte del material que allí manejaban no tenía relación alguna con el mundo real, ni siquiera en esa conexión que implica una mentira directa. Las estadísticas eran tan fantásticas en su versión original como en la rectificada. En la mayor parte de los casos, tenía que sacárselas el funcionario de su cabeza. Por ejemplo, las predicciones del Ministerio de la Abundan¬cia calculaban la producción de botas para el trimestre veni¬dero en ciento cuarenta y cinco millones de pares. Pues bien, la cantidad efectiva fue de sesenta y dos millones de pares. Es decir, la cantidad declarada oficialmente. Sin em¬bargo, Winston, al modificar ahora la «predicción», rebajó la cantidad a cincuenta y siete millones, para que resultara po¬sible la habitual declaración de que se había superado la pro¬ducción. En todo caso, sesenta y dos_ millones no se acerca¬ban a la verdad más que los cincuenta y siete millones o los ciento cuarenta y cinco. Lo más probable es que no se hubie¬ran producido botas en absoluto. Nadie sabía en definitiva cuánto se había producido ni le importaba. Lo único de que se estaba seguro era de que cada trimestre se producían sobre el papel cantidades astronómicas de botas mientras que media población de Oceanía iba descalza. Y lo mismo ocurría con los demás datos, importantes o minúsculos, que se registra¬ban. Todo se disolvía en un mundo de sombras en el cual incluso la fecha del año era insegura.
Winston miró hacia el vestíbulo. En la cabina de enfren¬te trabajaba un hombre pequeñito, de aire eficaz, llamado Ti¬llotson, con un periódico doblado sobre sus rodillas y la boca muy cerca de la bocina del hablescribe. Daba la impre¬sión de que lo que decía era un secreto entre él y la telepan¬talla. Levantó la vista y los cristales de sus gafas le lanzaron a Winston unos reflejos hostiles.
Winston no conocía apenas a Tillotson ni tenía idea de la clase de trabajo que le habían encomendado. Los funcio¬narios del Departamento del Registro no hablaban de sus ta reas. En el largo vestíbulo, sin ventanas, con su doble fila de cabinas y su interminable ruido de periódicos y el murmullo de las voces junto a los hablescribe, había por lo menos una docena de personas a las que Winston no conocía ni siquiera de nombre, aunque los veía diariamente apresurándose por los pasillos o gesticulando en los Dos Minutos de Odio. Sa¬bía que en la cabina vecina a la suya la mujercilla del cabello arenoso trabajaba en descubrir y borrar en los números atra¬sados de la Prensa los nombres de las personas vaporizadas, las cuales se consideraba que nunca habían existido. Ella es¬taba especialmente capacitada para este trabajo, ya que su propio marido había sido vaporizado dos años antes. Y pocas cabinas más allá, un individuo suave, soñador e ineficaz, lla¬mado Ampleforth, con orejas muy peludas y un talento sor¬prendente para rimar y medir los versos, estaba encargado de producir los textos definitivos de poemas que se habían hecho ideológicamente ofensivos, pero que, por una u otra razón, continuaban en las antologías. Este vestíbulo, con sus cincuenta funcionarios, era sólo una subsección, una peque¬ñísima célula de la enorme complejidad del Departamento de Registro. Más allá, arriba, abajo, trabajaban otros enjambres de funcionarios en multitud de tareas increíbles. Allí estaban las grandes imprentas con sus expertos en tipografía y sus bien dotados estudios para la falsificación de fotografías. Había la sección de teleprogramas con sus ingenieros, sus di¬rectores y equipos de actores escogidos especialmente por su habilidad para imitar voces. Había también un gran número de empleados cuya labor sólo consistía en redactar listas de libros y periódicos que debían ser «repasados». Los docu¬mentos corregidos se guardaban y los ejemplares originales eran destruidos en hornos ocultos. Por último, en un lugar desconocido estaban los cerebros directores que coordinaban todos estos esfuerzos y establecían las líneas políticas según las cuales un fragmento del pasado había de ser conservado, falsificado otro, y otro borrado de la existencia.
El Departamento de Registro, después de todo, no era más que una simple rama del Ministerio de la Verdad, cuya principal tarea no era reconstruir el pasado, sino proporcionarles a los ciudadanos de Oceanía periódicos, películas, libros de texto, programas de telepantalla, comedias, nove¬las, con toda clase de información, instrucción o entreteni¬miento. Fabricaban desde una estatua a un slogan, de un poema lírico a un tratado de biología y desde la cartilla de los párvulos hasta el diccionario de neolengua..Y el Ministe¬rio no sólo tenía que atender a las múltiples necesidades del Partido, sino repetir toda la operación en un nivel más bajo a beneficio del proletariado. Había toda una cadena de sec¬ciones separadas que se ocupaban de la literatura, la música, el teatro y, en general, de todos los entretenimientos para los proletarios. Allí se producían periódicos que no conte¬nían más que informaciones deportivas, sucesos y astrología, noveluchas sensacionalistas, películas que rezumaban sexo y canciones sentimentales compuestas por medios exclusiva¬mente mecánicos en una especie de calidoscopio llamado versificador. Había incluso una sección conocida en neolengua con el nombre de Pornosec, encargada de producir pornogra¬fía de clase ínfima y que era enviada en paquetes sellados que ningún miembro del Partido, aparte de los que trabaja¬ban en la sección, podía abrir.
Habían salido tres mensajes por el tubo neumático mien¬tras Winston. trabajaba, pero se trataba de asuntos corrientes y los había despachado antes de ser interrumpido por los Dos Minutos de Odio. Cuando el odio terminó, volvió Winston a su cabina, sacó del estante el diccionario de neo¬lengua, apartó a un lado el hablescribe, se limpió las gafas y se dedicó a su principal cometido de la mañana.
El mayor placer de Winston era su trabajo. La mayor parte de éste consistía en una aburrida rutina, pero también incluía labores tan difíciles e intrincadas que se perdía uno en ellas como en las profundidades de un problema de mate¬máticas: delicadas labores de falsificación en que sólo se po¬día guiar uno por su conocimiento de los principios del Ingsoc y el cálculo de lo que el Partido quería que uno dijera. Wins¬ton servía para esto. En una ocasión le encargaron incluso la rectificación de los editoriales del Times, que estaban escritos totalmente en neolengua. Desenrolló el mensaje que antes había dejado a un lado como más difícil. Decía:

times 3.12.83 referente ordendía gh doblemásnobueno refs nopersonas reescribir completo someter antesarchivar.

En antiguo idioma (en inglés) quedaba así:

La información sobre la orden del día del Gran Herma¬no en el Times del 3 de diciembre de 1983 es absolutamen¬te insatisfactoria y se refiere a las personas inexistentes. Volverlo a escribir por completo y someter el borrador a la autoridad superior antes de archivar.

Winston leyó el artículo ofensivo. La orden del día del Gran Hermano se dedicaba a alabar el trabajo de una organi¬zación conocida por FFCC, que proporcionaba cigarrillos y otras cosas a los marineros de las fortalezas flotantes. Cierto camarada Withers, destacado miembro del Partido Interior, había sido agraciado con una mención especial y le habían concedido una condecoración, la Orden del Mérito Conspi¬cuo, de segunda clase.
Tres meses después, la FFCC había sido disuelta sin que se supieran los motivos. Podía pensarse que Withers y sus asociados habían caído en desgracia, pero no había información alguna sobre el asunto en la Prensa ni en la telepan¬talla. Era lo corriente, ya que muy raras veces se procesaba ni se denunciaba públicamente a los delincuentes políticos. Las grandes «purgas» que afectaban a millares de personas, con procesos públicos de traidores y criminales del pensa¬miento que confesaban abyectamente sus crímenes para ser luego ejecutados, constituían espectáculos especiales que se daban sólo una vez cada dos años. Lo habitual era que las personas caídas en desgracia desapareciesen sencillamente y no se volviera a oír hablar de ellas. Nunca se tenía la menor noticia de lo que pudiera haberles ocurrido. En algunos casos, ni siquiera habían muerto. Aparte de sus padres, unas treinta personas conocidas por Winston habían desaparecido en una u otra ocasión.
Mientras pensaba en todo esto, Winston se daba golpeci¬tos en la nariz con un sujetador de papeles. En la cabina de enfrente, el camarada Tillotson seguía misteriosamente inclinado sobre su hablescribe. Levantó la cabeza un momento. Otra vez, los destellos hostiles de las gafas. Winston se preguntó si el camarada Tillotson estaría encargado del mis¬mo trabajo que él. Era perfectamente posible. Una tarea tan difícil y complicada no podía estar a cargo de una sola perso¬na. Por otra parte, encargarla a un grupo sería admitir abier¬tamente que se estaba realizando una falsificación. Muy pro¬bablemente, una docena de personas traba-jaban al mismo tiempo en distintas versiones rivales para inventar lo que el Gran Hermano había dicho «efectivamente». Y, después, al¬gún cerebro privilegiado del Partido Interior elegiría esta o aquella versión, la redactaría definitivamente a su manera y pondría en movimiento el complejo proceso de confronta¬ciones necesarias. Luego, la mentira elegida pasaría a los re¬gistros permanentes y se convertiría en la verdad.
Winston no sabía por qué había caído Withers en des¬gracia. Quizás fuera por corrupción o incompetencia. O qui¬zás el Gran Hermano se hubiera librado de un subordinado demasiado popular. También pudiera ser que Withers o al¬guno relacionado con él hubiera sido acusado de tendencias heréticas. O quizás y esto era lo más probable- hubiese ocurrido aquello sencillamente porque las «purgas» y las va¬porizaciones eran parte necesaria de la mecánica gubernamen¬tal. El único indicio real era el contenido en las palabras «refs nopersonas», con lo que se indicaba que Withers estaba ya muerto. Pero no siempre se podía presumir que un indi¬viduo hubiera muerto por el hecho de haber desaparecido. A veces los soltaban y los dejaban en libertad durante uno o dos años antes de ser ejecutados. De vez en cuando, algún individuo a quien se creía muerto desde hacía mucho tiem¬po reaparecía como un fantasma en algún proceso sensacio¬nal donde comprometía a centenares de otras personas con sus testimonios antes de desaparecer, esta vez para siempre. Sin embargo, en el caso de Withers, estaba claro que lo ha¬bían matado. Era ya una nopersona. No existía: nunca había existido. Winston decidió que no bastaría con cambiar el sentido del discurso del Gran Hermano. Era mejor hacer que se refiriese a un asunto sin relación alguna con el autén¬tico.
Podía trasladar el discurso al tema habitual de los traido¬res y los criminales del pensamiento, pero esto resultaba de¬masiado claro; y por otra parte, inventar una victoria en el frente o algún triunfo de superproducción en el noveno plan trienal, podía complicar demasiado los registros. Lo que se necesitaba era una fantasía pura. De pronto se le ocurrió in¬ventar que un cierto camarada Ogilvy había muerto reciente¬mente en la guerra en circunstancias heroicas. En ciertas ocasiones, el Gran Hermano dedicaba su orden del día a conmemorar a algunos miembros ordinarios del Partido cuya vida y muerte ponía como ejemplo digno de ser imitado por todos. Hoy conmemoraría al camarada Ogilvy. Desde luego, no existía el tal Ogilvy, pero unas cuantas líneas de texto y un par de fotografías falsificadas bastarían para darle vida.
Winston reflexionó un momento, se acercó luego al ha¬blescribe y empezó a dictar en el estilo habitual del Gran Hermano: un estilo militar y pedante a la vez y fácil de imi tar por el truco de hacer preguntas y contestárselas él mismo en seguida. (Por ejemplo: «¿Qué nos enseña este hecho, camaradas? Nos enseña la lección -que es también uno de los principios fundamentales de Ingsoc- que», etc., etc.)
A la edad de tres años, el camarada Ogilvy había rechaza¬do todos los juguetes excepto un tambor, una ametralladora y un autogiro. A los seis años -uno antes de lo reglamenta rio por concesión especial- se había alistado en los Espías; a los nueve años, era ya jefe de tropa. A los once había de¬nunciado a su tío a la Policía del Pensamiento después de oírle una conversación donde el adulto se había mostrado con tendencias criminales. A los diecisiete fue organizador en su distrito de la Liga Juvenil Anti-Sex. A los diecinueve había inventado una granada de mano que fue adoptada por el Ministerio de la Paz y que, en su primera prueba, mató a treinta y un prisioneros eurasiáticos. A los veintitrés murió en acción de guerra. Perseguido por cazas enemigos de pro¬pulsión a chorro mientras volaba sobre el Océano indico portador de mensajes secretos, se había arrojado al mar con las ametralladoras y los documentos… Un final, decía el Gran Hermano, que necesariamente despertaba la envidia. El Gran Hermano añadía unas consideraciones sobre la pu¬reza y rectitud de la vida del camarada Ogilvy. Era abstemio y no fumador, no se permitía más diversiones que una hora diaria en el gimnasio y había hecho voto de soltería por creer que el matrimonio y el cuidado de una familia imposi¬bilitaban dedicar las veinticuatro horas del día al cumpli¬miento del deber. No tenía más tema de conversación que los principios de Ingsoc, ni más finalidad en la vida que la derrota del enemigo eurasiático y la caza de espías, sabotea¬dores, criminales mentales y traidores en general.
Winston discutió consigo mismo si debía o no concederle al camarada Ogilvy la Orden del Mérito Conspicuo; al final decidió no concedérsela porque ello acarrearía un excesivo trabajo de confrontaciones para que el hecho coincidiera con otras referencias.
De nuevo miró a su rival de la cabina de enfrente. Algo parecía decirle que Tillotson se ocupaba en lo mismo que él. No había manera de saber cuál de las versiones sería adopta da finalmente, pero Winston tenía la firme convicción de que se elegiría la suya. El camarada Ogilvy, que hace una hora no existía, era ya un hecho. A Winston le resultaba cu rioso que se pudieran crear hombres muertos y no hombres vivos. El camarada Ogilvy, que nunca había existido en el presente, era ya una realidad en el pasado, y cuando quedara olvidado en el acto de la falsificación, seguiría existiendo con la misma autenticidad y con pruebas de la misma fuerza¬que Carlomagno o Julio César.

V

En la cantina, un local de techo bajo en los sótanos, la cola para el almuerzo avanzaba lentamente. La estancia esta¬ba atestada de gente y llena de un ruido ensordecedor. De la parrilla tras el mostrador emanaba el olorcillo del asado. Al extremo de la cantina había un pequeño bar, una especie de agujero en el muro, donde podía comprarse la ginebra a diez centavos el vasito.
-Precisamente el que andaba yo buscando –dijo una voz a espaldas de Winston. Éste se volvió. Era su amigo Syme, que trabajaba en el Departamento de Investigaciones. Quizás no fuera «amigo» la palabra adecuada. Ya no había amigos, sino camaradas. Pero persistía una diferencia: unos camaradas eran más agradables que otros. Syme era filósofo, especializado en neolengua. Desde luego, pertenecía al in¬menso grupo de expertos dedicados a redactar la onceava edición del Diccionario de Neolengua. Era más pequeño que Winston, con cabello negro y sus ojos saltones, a la vez tris¬tes y burlones, que parecían buscar continuamente algo den¬tro de su interlocutor.
-Quería preguntarte si tienes hojas de afeitar -dijo.
-¡Ni una! -dijo Winston con una precipitación culpa¬ble-. He tratado de encontrarlas por todas partes, pero ya no hay.
Todos buscaban hojas de afeitar. La verdad era que Winston guárdaba en su casa dos sin estrenar. Durante los meses pasados hubo una gran escasez de hojas. Siempre fal taba algún artículo necesario que en las tiendas del Partido no podían proporcionar; unas veces, botones;. otras, hilo de coser; a veces, cordones para los zapatos, y ahora faltaban cuchillas de afeitar. Era imposible adquirirlas a no ser que se buscaran furtivamente en el mercado «libre».
-Llevo seis semanas usando la misma cuchilla -mintió Winston.
La cola avanzó otro poco. Winston se volvió otra vez para observar a Syme. Cada uno de ellos cogió una bandeja grasienta de metal de una pila que había al borde del mos¬trador.
Fuiste a ver ahorcar a los prisioneros ayer? -le pre¬guntó Syme.
-Estaba trabajando -respondió Winston en tono indi¬ferente-. Lo veré en el cine, seguramente.
-Un sustitutivo muy inadecuado -comentó Syme.
Sus ojos burlones recorrieron el rostro de Winston. «Te conozco», parecían decir los ojos. «Veo a través de ti. Sé muy bien por qué no fuiste a ver ahorcar los prisioneros.» Intelectualmente, Syme era de una ortodoxia venenosa. Por ejemplo, hablaba con una satisfacción repugnante de los bombardeos de los helicópteros contra los pueblos enemi¬gos, de los procesos y confesiones de los criminales del pen¬samiento y de las ejecuciones en los sótanos del Ministerio del Amor. Hablar con él suponía siempre un esfuerzo por apar¬tarle de esos temas e interesarle en problemas técnicos de neofngüística en los que era una autoridad y sobre los que podía decir cosas interesantes. Winston volvió un poco la cabeza para evitar el escrutinio de los grandes ojos negros.
-Fue una buena ejecución -dijo Syme añorante-. Pero me parece que estropean el efecto atándoles los pies. Me gusta verlos patalear. De todos modos, es estupendo ver cómo sacan la lengua, que se les pone azul… !de un azul tan brillante! Ese detalle es el que más me gusta.
-¡El siguiente, por favor! -dijo la prale(taria) del de¬lantal blanco que servía tras el mostrador.
Winston y Syme presentaron sus bandejas. A cada uno de ellos les pusieron su ración: guiso con un poquito de car¬ne, algo de pan, un cubito de queso, un poco de café de la Victoria y una pastilla de sacarina.
-Allí hay una mesa libre, debajo de la telepanta¬lla -dijo Syme-. De camino podemos coger un poco de ginebra.
Les sirvieron la ginebra en unas terrinas. Se abrieron paso entre la multitud y colocaron el contenido de sus ban¬dejas sobre la mesa de tapa de metal, en una esquina de la cual había dejado alguien un chorreón de grasa del guiso, un líquido asqueroso. Winston cogió la terrina de ginebra, se detuvo un instante para decidirse, y se tragó de un golpe aquella bebida que sabía a aceite. Le acudieron lágrimas a los ojos como reacción y de pronto descubrió que tenía hambre. Empezó a tragar cucharadas del guiso, que contenía unos trocitos de un material substitutivo de la carne. Ninguno de ellos volvió a hablar hasta que vaciaron los recipientes. En la mesa situada a la izquierda de Winston, un poco detrás de él, alguien hablaba rápidamente y sin cesar, una cháchara que recordaba el cua-cua del pato. Esa voz perforaba el jaleo general de la cantina.
—¿Cómo va el diccionario? -dijo Winston elevando la voz para dominar el ruido.
-Despacio -respondió Syme-. Por los adjetivos. Es un trabajo fascinador.
En cuanto oyó que le hablaban de lo suyo, se animó in¬mediatamente. Apartó el plato de aluminio, tomó el men¬drugo de pan con gesto delicado y el queso con la otra mano. Se inclinó sobre la mesa para hablar sin tener que gritar.
-La onceava edición es la definitiva erijo-. Le esta¬mos dando al idioma su forma final, la forma que tendrá cuando nadie hable más que neolengua. Cuando terminemos nuestra labor, tendréis que empezar a aprenderlo de nuevo. Creerás, seguramente, que nuestro principal trabajo consiste en inventar nuevas palabras. Nada de eso. Lo que hacemos es destruir palabras, centenares de palabras cada día. Esta¬mos podando el idioma para dejarlo en los huesos. De las palabras que contenga la onceava edición, ninguna quedará anticuada antes del año 2050-. Dio un hambriento bocado a su pedazo de pan y se lo tragó sin dejar de hablar con una especie de apasionamiento pedante. Se le había animado su rostro moreno, y sus ojos, sin perder el aire soñador, no tenían ya su expresión burlona.
-La destrucción de las palabras es algo de gran hermo¬sura. Por supuesto, las principales víctimas son los verbos y los adjetivos, pero también hay centenares de nombres de los que puede uno prescindir. No se trata sólo de los sinóni¬mos. También los antónimos. En realidad ¿qué justificación tiene el empleo de una palabra sólo porque sea lo contrario de otra? Toda palabra contiene en sí misma su contraria. Por ejemplo, tenemos «bueno». Si tienes una palabra como «bue¬no», ¿qué necesidad hay de la contraria, «malo»? Nobueno sir¬ve exactamente igual, mejor todavía, porque es la palabra exactamente contraria a «bueno» y la otra no. Por otra parte, si quieres un reforzamiento de la palabra «bueno», ¿qué sen¬tido tienen esas confusas e inútiles palabras «excelente, es¬pléndido» y otras por el estilo? Plusbueno basta para decir lo que es mejor que lo simplemente bueno y dobleplusbueno sirve perfectamente para acentuar el grado de bondad. Es el su¬perlativo perfecto. Ya sé que usamos esas formas, pero en la versión final de la neolengua se suprimirán las demás pala¬bras que todavía se usan como equivalentes. Al final todo lo relativo a la bondad podrá expresarse con seis palabras; en realidad una sola. ¿No te das cuenta de la belleza que hay en esto, Winston? Naturalmente, la idea fue del Gran Hermano -añadió después de reflexionar un poco.
Al oír nombrar al Gran Hermano, el rostro de Winston se animó automáticamente. Sin embargo, Syme descubrió inmediatamente una cierta falta de entusiasmo.
-Tú no aprecias la neolengua en lo que vale dijo Syme con tristeza-. Incluso cuando escribes sigues pensan¬do en la antigua lengua. He leído algunas de las cosas que has escrito para el Times. Son bastante buenas, pero no pasan de traducciones. En el fondo de tu corazón prefieres el viejo idioma con toda su vaguedad y sus inútiles matices de signi¬ficado. No sientes la belleza de la destrucción de las pala¬bras. ¿No sabes que la neolengua es el único idioma del mundo cuyo vocabulario disminuye cada día?
Winston no lo sabía, naturalmente. Sonrió -creía ha¬cerlo agradablemente- porque no se fiaba de hablar. Syme comió otro bocado del pan negro, lo masticó un poco y siguió:
— ¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente? Al final, acabaremos haciendo imposible todo crimen del pensamiento. En efecto, ¿cómo puede haber crimental si cada concepto se expresa claramente con una sola palabra, una palabra cuyo significado esté decidido rigurosamente y con todos sus significados secundarios eliminados y olvida¬dos para siempre? Y en la onceava edición nos acercamos a ese ideal, pero su perfeccionamiento continuará mucho des¬pués de que tú y yo hayamos muerto. Cada año habrá menos palabras y el radio de acción de la conciencia será cada vez más pequeño. Por supuesto, tampoco ahora hay justificación alguna para cometer un crimen por el pensamiento. Sólo es cuestión de autodisciplina, de control de la realidad. Pero llegará un día en que ni esto será preciso. La revolución será completa cuando la lengua sea perfecta. Neolengua es Ingsoc e Ingsoc es neolengua -añadió con una satisfacción místi¬ca-. ¿No se te ha ocurrido pensar, Winston, que lo más tar¬de hacia el año 2050, ni un solo ser humano podrá entender una conversación como ésta que ahora sostenemos?
-Excepto… -empezó a decir Winston, dubitativo, pero se interrumpió alarmado.
Había estado a punto de decir «excepto los proles»; pero no estaba muy seguro de que esta observación fuera muy ortodoxa. Sin embargo, Syme adivinó lo que iba a decir.
-Los proles no son seres humanos -dijo-. Hacia el 2050, quizá antes, habrá desaparecido todo conocimiento efectivo del viejo idioma. Toda la literatura del pasado habrá sido destruida. Chaucer, Shakespeare, Milton, Byron… sólo existirán en versiones neolingüísticas, no sólo transformados en algo muy diferente, sino convertidos en lo contrario de lo que eran. Incluso la literatura del Partido cambiará; hasta los slogans serán otros. ¿Cómo vas a tener un slogan como el de «la libertad es la esclavitud» cuando el concepto de lbertad no exista? Todo el clima del pensamiento será distinto. En realidad, no habrá pensamiento en el sentido en que ahora lo entendemos. La ortodoxia significa no pensar, no necesitar el pensamiento. Nuestra ortodoxia es la inconsciencia.
De pronto tuvo Winston la profunda convicción de que uno de aquellos días vaporizarían a Syme. Es demasiado inte¬ligente. Lo ve todo con demasiada claridad y habla con de¬masiada sencillez. Al Partido no le gustan estas gentes. Cual¬quier día desaparecerá. Lo lleva escrito en la cara.
Winston había terminado el pan y el queso. Se volvió un poco para beber la terrina de café. En la mesa de la izquier¬da, el hombre de la voz estridente seguía hablando sin cesar. Una joven, que quizás fuera su secretaria y que estaba senta¬da de espaldas a Winston, le escuchaba y asentía continua¬mente. De vez en cuando, Winston captaba alguna observa¬ción como: «Cuánta razón tienes» o «No sabes hasta qué punto estoy de acuerdo contigo», en una voz juvenil y algo tonta. Pero la otra voz no se detenía ni siquiera cuando la muchacha decía algo. Winston conocía de vista a aquel hom¬bre aunque sólo sabía que ocupaba un puesto importante en el Departamento de Novela. Era un hombre de unos treinta años con un poderoso cuello y una boca grande y gesticu¬lante.
Estaba un poco echado hacia atrás en su asiento y los cristales de sus gafas reflejaban la luz y le presentaban a Winston dos discos vacíos en vez de un par de ojos. Lo inquietante era que del torrente de ruido que salía de su boca resultaba casi imposible distinguir una sola palabra. Sólo un cabo de frase comprendió Winston -«completa y definitiva eliminación del go1dsteinismo» -, pronunciado con tanta ra¬pidez que parecía salir en un solo bloque como la línea, fun¬dida en plomo, de una linotipia. Lo demás era sólo ruido, un cuac-cuac-cuac, y, sin embargo, aunque no se podía oír lo que decía, era seguro que se refería a Goldstein acusándolo y exigiendo medidas más duras contra los criminales del pen¬samiento y los saboteadores. Sí, era indudable que lanzaba diatribas contra las atrocidades del ejército eurasiático y que alababa al Gran Hermano o a los héroes del frente malabar. Fuera lo que fuese, se podía estar seguro de que todas sus pala¬bras eran ortodoxia pura. Ingsoc cien por cien. Al contemplar el rostro sin ojos con la mandíbula en rápido movimiento, tuvo Winston la curiosa sensación de que no era un ser humano, sino una especie de muñeco. No hablaba el cerebro de aquel hombre, sino su laringe. Lo que salía de ella consistía en palabras, pero no era un discurso en el verdadero sentido, sino un ruido inconsciente como el cuac-cuac de un pato.
Syme se había quedado silencioso unos momentos y con el mango de la cucharilla trazaba dibujos entre los restos del gui¬sado. La voz de la otra mesa seguía con su rápido cuac-cuac, fá¬cilmente perceptible a pesar de la algarabía de la cantina.
Hay una palabra en neolengua -dijo Syme- que no sé si la conoces: pathablar, o sea, hablar de modo que recuer¬de el cuac-cuac de un pato. Es una de esas palabras intere¬santes que tienen dos sentidos contradictorios. Aplicada a un contrario, es un insulto; aplicada a alguien con quien es¬tés de acuerdo, es un elogio.
No cabía duda, volvió a pensar Winston, a Syme lo va¬porizarían. Lo pensó con cierta tristeza aunque sabía perfec¬tamente que Syme lo despreciaba y era muy capaz de denun¬ciarle como culpable mental. Había algo de sutilmente malo en Syme. Algo le faltaba: discreción, prudencia, algo así como estupidez salvadora. No podía decirse que no fuera or¬todoxo. Creía en los principios del Ingsoc, veneraba al Gran Hermano, se alegraba de las victorias y odiaba a los herejes, no sólo sinceramente, sino con inquieto celo hallándose al día hasta un grado que no solía alcanzar el miembro ordina¬rio del Partido. Sin embargo, se cernía sobre él un vago aire de sospecha. Decía cosas que debía callar, leía demasiados li¬bros, frecuentaba el Café del Nogal, guarida de pintores y músicos. No había ley que prohibiera la frecuentación del Café del Nogal. Sin embargo, era sitio de mal agüero. Los antiguos y desacreditados jefes del Partido se habían reunido allí antes de ser «purgados» definitivamente. Se decía que al mismo Goldstein lo habían visto allí algunas veces hacía años o décadas. Por tanto, el destino de Syme no era difícil de predecir. Pero, por otra parte, era indudable que si aquel hombre olía -sólo por tres segundos- las opiniones secre¬tas de Winston, lo denunciaría inmediatamente a la Policía del Pensamiento. Por supuesto, cualquier otro lo haría; Syme se daría más prisa. Pero no bastaba con el celo. La ortodoxia era la inconsciencia.
Syme levantó la vista:
-Aquí viene Parsons -dijo.
Algo en el tono de su voz parecía añadir, «ese idiota». Parsons, vecino de Winston en las Casas de la Victoria, se abría paso efectivamente por la atestada cantina. Era un in dividuo de mediana estatura con cabello rubio y cara de rana. A los treinta y cinco años tenía ya una buena cantidad de grasa en el cuello y en la cintura, pero sus movimientos eran ágiles y juveniles. Todo su aspecto hacía pensar en un muchacho con excesiva corpulencia, hasta tal punto que, a pesar de vestir el «mono» reglamentario, era casi imposible no figurárselo con los pantalones cortos y azules, la camisa gris y el pañuelo rojo de los Espías. Al verlo, se pensaba siempre en escenas de la organización juvenil. Y, en efecto, Parsons se ponía shorts para cada excursión colectiva o cada vez que cualquier actividad física de la comunidad le daba una disculpa para hacerlo. Saludó a ambos con un alegre ¡Hola, hola!, y sentóse a la mesa esparciendo un intenso olor a sudor. Su rojiza cara estaba perlada de gotitas de sudor. Tenía un enorme poder sudorífico. En el Centro de la Co¬munidad se podía siempre asegurar si Parsons había jugado al tenis de mesa por la humedad del mango de la raqueta. Syme sacó una tira de papel en la que había una larga colum¬na de palabras y se dedicó a estudiarla con un lápiz tinta entre los dedos.
-Mira cómo trabaja hasta en la hora de comer -dijo Parsons, guiñándole un ojo a Winston-. Eso es lo que se llama aplicación. ¿Qué tienes ahí, chico? Seguro que es algo demasiado intelectual para mí. Oye, Smith, te diré por qué te andaba buscando, es para la sub. Olvidaste darme el dinero.
-Qué sub es esa? -dijo Winston buscándose el dinero automáticamente. Por lo menos una cuarta parte del sueldo de cada uno iba a parar a las subscripciones voluntarias. Es¬tas eran tan abundantes que resultaba muy difícil llevar la cuenta.
-Para la Semana del Odio. Ya sabes que soy el tesorero de nuestra manzana. Estamos haciendo un gran esfuerzo para que nuestro grupo de casas aporte más que nadie. No será culpa mía si las Casas de la Victoria no presentan el mayor despliegue de banderas de toda la calle. Me prometis¬te dos dólares.
Winston, después de rebuscar en sus bolsillos, sacó dos billetes grasientos y muy arrugados que Parsons metió en una carterita y anotó cuidadosamente.
-A propósito, chico -dijo-; me he enterado de que mi crío te disparó ayer su tirachinas. Ya le he arreglado las cuen¬tas. Le dije que si lo volvía a hacer le quitaría el tirachinas.
-Me parece que estaba un poco fastidiado por no haber ido a la ejecución -dijo Winston.
-Hombre, no está mal; eso demuestra que el muchacho es de fiar. Son muy traviesos, pero, eso sí, no piensan más que en los espías; y en la guerra, naturalmente. ¿Sabes lo que hizo mi chiquilla el sábado pasado cuando su tropa fue de excursión a Berkhamstead? La acompañaban otras dos niñas. Las tres se separaron de la tropa, dejaron las bicicletas a un lado del camino y se pasaron toda la tarde siguiendo a un desconocido. No perdieron de vista al hombre durante dos horas, a campo traviesa, por los bosques… En fin, que, en cuanto llegaron a Amersham, lo entregaron a las patrullas. –
—¿Por qué lo hicieron? -preguntó Winston, sobresal¬tado a pesar suyo. Parsons prosiguió, triunfante:
-Mi chica se aseguró de que era un agente enemigo… Probablemente, lo dejaron caer con paracaídas. Pero fíjate en el talento de la criatura: ¿en qué supones que le conoció al hombre que era un enemigo? Pues notó que llevaba unos zapatos muy raros. Sí, mi niña dijo que no había visto a na¬die con unos zapatos así; de modo que la cosa estaba clara. Era un extranjero. Para una niña de siete años, no está mal, ¿verdad?
-¿Y qué le pasó a ese hombres -se interesó Winston.
-Eso no lo sé, naturalmente. Pero no me sorprendería que… -Parsons hizo el ademán de disparar un fusil y chas¬queó la lengua imitando el disparo.
-Muy bien -dijo Syme abstraído, sin levantar la vista de sus apuntes.
-Claro, no podemos permitirnos correr el riesgo… -asintió Winston, nada convencido.
Por supuesto, no hay que olvidar que estamos en guerra.
Como para confirmar esto, un trompetazo salió de la te¬lepantalla vibrando sobre sus cabezas. Pero esta vez no se trataba de la proclamación de una victoria militar, sino sólo de un anuncio del Ministerio de la Abundancia.
-¡Camaradas! -exclamó una voz juvenil y resonan¬te-. ¡Atención, camaradas! !Tenemos gloriosas noticias que comunicaros! Hemos ganado la batalla de la producción. ¡Tenemos ya todos los datos completos y el nivel de vida se ha elevado en un veinte por ciento sobre el del año pasado. Esta mañana ha habido en toda Oceanía incontables mani¬festaciones espontáneas; los trabajadores salieron de las fá¬bricas y de las oficinas y desfilaron, con banderas desplega¬das, por las calles de cada ciudad proclamando su gratitud al Gran Hermano por la nueva y feliz vida que su sabia direc¬ción nos permite disfrutar. He aquí las cifras completas. Ramo de la Alimentación…
La expresión «por la nueva y feliz vida» reaparecía varias veces. Estas eran las palabras favoritas del Ministerio de la Abundancia. Parsons, pendiente todo él de la llamada de la trompeta, escuchaba, muy rígido, con la boca abierta y un aire solemne, una especie de aburrimiento sublimado. No podía seguir las cifras, pero se daba cuenta de que eran un motivo de satisfacción. Fumaba una enorme y mugrienta pipa. Con la ración de tabaco de cien gramos a la semana era raras veces posible llenar una pipa hasta el borde. Winston fumaba un cigarrillo de la Victoria cuidando de mantenerlo horizontal para que no se cayera su escaso tabaco. La nueva ración no la darían hasta mañana y le quedaban sólo cuatro cigarrillos. Había dejado de prestar atención a todos los rui¬dos excepto a la pesadez numérica de la pantalla. Por lo vis¬to, había habido hasta manifestaciones para agradecerle al Gran Hermano el aumento de la ración de chocolate a vein¬te gramos cada semana. Ayer mismo, pensó, se había anun¬ciado que la ración se reduciría a veinte gramos semanales. ¿Cómo era posible que pudieran tragarse aquello, si no ha¬bían pasado más que veinticuatro horas? Sin embargo, se lo tragaron. Parsons lo digería con toda facilidad, con la estupidez de un animal. El individuo de las gafas con reflejos, en la otra mesa, lo aceptaba fanática y apasionadamente con un furioso deseo de descubrir, denunciar y vaporizar a todo aquel que insinuase que la semana pasada la ración fue de treinta gramos. Syme también se lo había tragado aunque el proceso que seguía para ello era algo más complicado, un proceso de doblepensar. ¿Es que sólo él, Winston, seguía poseyendo memoria?
Las fabulosas estadísticas continuaron brotando dula te¬lepantalla. En comparación con el año anterior, había más alimentos, más vestidos, más casas, más muebles, más ollas, más comestibles, más barcos, más autogiros, más libros, más bebés, más de todo, excepto enfermedades, crímenes y locu¬ra. Año tras año y minuto tras minuto, todos y todo subía vertiginosamente. Winston meditaba, resentido, sobre la vida. ¿Siempre había sido así; siempre había sido tan mala la comida? Miró en torno suyo por la cantina; una habitación de techo bajo, con las paredes sucias por el contacto de tan¬tos trajes grasientos; mesas de metal abolladas y sillas igual¬mente estropeadas y tan juntas que la gente se tocaba con los codos. Todo resquebrajado, lleno de manchas y saturado de un insoportable olor a ginebra mala, a mal café, a sustitutivo de asado, a trajes sucios. Constantemente se rebelaban el es¬tómago y la piel con la sensación de que se les había hecho trampa privándoles de algo a lo que tenían derecho. Desde luego, Winston no recordaba nada que fuera muy diferente. En todo el tiempo a que alcanzaba su memoria, nunca hubo bastante comida, nunca se podían llevar calcetines ni ropa interior sin agujeros, los muebles habían estado siempre des¬vencijados, en las habitaciones había faltado calefacción. Los metros iban horriblemente atestados, las casas se deshacían a pedazos, el pan era negro, el té imposible de encontrar, el café sabía a cualquier cosa, escaseaban los cigarrillos y nada había barato y abundante a no ser la ginebra sintética. Y aunque, desde luego, todo empeoraba a medida que uno envejecía, ello era sólo señal de que éste no era el orden natural de las cosas. Si el corazón enfermaba con las inco¬modidades, la suciedad y la escasez, los inviernos intermina¬bles, la dureza de los calcetines, los ascensores que nunca funcionaban, el agua fría, el rasposo jabón, los cigarrillos que se deshacían, los alimentos de sabor repugnante… ¿cómo iba uno a considerar todo esto intolerable si no fuera por una especie de recuerdo ancestral de que las cosas habían sido diferentes alguna vez?
Winston volvió a recorrer la cantina con la mirada. Casi todos los que allí estaban eran feos y lo hubieran seguido siendo aunque no hubieran llevado los «monos» azules uni formes. Al extremo de la habitación, solo en una mesa, se hallaba un hombrecillo con aspecto de escarabajo. Bebía una taza de café y sus ojillos lanzaban miradas suspicaces a un lado y a otro. Es muy fácil, pensó Winston, siempre que no mire uno en torno suyo, creer que el tipo físico fijado por el Partido como ideal -los jóvenes altos y musculosos y las muchachas de escaso pecho y de cabello rubio, vitales, tostadas por el sol y despreocupadas- existía e incluso predominaba. Pero en la realidad, la mayoría de los habitantes de la Franja Aérea número 1 eran pequeños, cetrinos y de facciones desa¬gradables. Es curioso cuánto proliferaba el tipo de escarabajo entre los funcionarios de los ministerios: hombrecillos que en¬gordaban desde muy jóvenes, con piernas cortas, movimientos toscos y rostros inescrutables, con ojos muy pequeños. Era el tipo que parecía florecer bajo el dominio del Partido.
La comunicación del Ministerio de la Abundancia termi¬nó con otro trompetazo y fue seguida por música ligera. Par¬sons, lleno de vago entusiasmo por el reciente bombardeo de cifras, se sacó la pipa de la boca:
-El Ministerio de la Abundancia ha hecho una buena labor este año -dijo moviendo la cabeza como persona bien enterada-. A propósito, Smith, ¿no podrás dejarme alguna hoja de afeitar?
-¡Ni una! -le respondió Winston-. Llevo seis sema¬nas usando la misma hoja.
-Entonces, nada… Es que se me ocurrió, por si tenías.
-Lo siento -dijo Winston.
El cuac-cuac de la próxima mesa, que había permanecido en silencio mientras duró el comunicado del Ministerio de la Abundancia, comenzó otra vez mucho más fuerte. Por algu¬na razón, Winston pensó de pronto en la señora Parsons con su cabello revuelto y el polvo de sus arrugas. Dentro de dos años aquellos niños la denunciarían a la Policía del Pen¬samiento. La señora Parsons sería vaporizada. Syme sería vaporizado. A Winston lo vaporizarían también. O’Brien se¬ría vaporizado. A Parsons, en cambio, nunca lo vaporiza¬rían. Tampoco el individuo de las gafas y del cuac-cuac sería vaporizado nunca. Ni tampoco la joven del cabello negro, la del Departamento de Novela. Le parecía a Winston conocer por intuición quién perecería, aunque no era fácil determinar lo que permitía sobrevivir a una persona.
En aquel momento le sacó de su ensoñación una violen¬ta sacudida. La muchacha de la mesa vecina se había vuelto y lo estaba mirando. ¡Era la muchacha morena del Departamento de Novela! Miraba a Winston a hurtadillas, pero con’ una curiosa intensidad. En cuanto sus ojos tropezaron con los de Winston, volvió la cabeza.
Winston empezó a sudar. Le invadió una horrible sensa¬ción de terror. Se le pasó casi en seguida, pero le dejó intran¬quilo. ¿Por qué lo miraba aquella mujer? ¿Por qué se la encontraba tantas veces? Desgraciadamente, no podía recordar si la joven estaba ya en aquella mesa cuando él llegó o si ha¬bía llegado después. Pero el día anterior, durante los Dos Minutos de Odio, se había sentado inmediatamente detrás de él sin haber necesidad de ello. Seguramente, se proponía es¬cuchar lo que él dijera y ver si gritaba lo bastante fuerte.
Pensó que probablemente la muchacha no era miembro de la Policía del Pensamiento, pero precisamente las espías aficionadas constituían el mayor peligro. No sabía Winston cuánto tiempo llevaba mirándolo la joven, pero quizás fue¬ran cinco minutos. Era muy posible que en este tiempo no hubiera podido controlar sus gestos a la perfección. Consti¬tuía un terrible peligro pensar mientras se estaba en un sitio público o al alcance de la telepantalla. El detalle más peque¬ño podía traicionarle a uno. Un tic nervioso, una incons¬ciente mirada de inquietud, la costumbre de hablar con uno mismo entre dientes, todo lo que revelase la necesidad de ocultar algo. En todo caso, llevar en el rostro una expresión impropia (por ejemplo, parecer incrédulo cuando se anuncia¬ba una victoria) constituía un acto punible. Incluso había una palabra para esto en neolengua: caracrimen.
La muchacha recuperó su posición anterior. Quizás no estuviese persiguiéndolo; quizás fuera pura coincidencia que se hubiera sentado tan cerca de él dos días seguidos. Se le había apagado el cigarrillo y lo puso cuidadosamente en el borde de la mesa. Lo terminaría de fumar después del traba¬jo si es que el tabaco no se había acabado de derramar para entonces. Seguramente, el individuo que estaba con la joven sería un agente de la Policía del Pensamiento y era muy pro¬bable, pensó Winston, que a él lo llevaran a los calabozos del Ministerio del Amor dentro de tres días, pero no era esta una razón para desperdiciar una colilla. Syme dobló su pe¬dazo de papel y se lo guardó en el bolsillo. Parsons había empezado a hablar otra vez.
-¿Te he contado, chico, lo que hicieron mis críos en el mercado? ¿No? Pues un día le prendieron fuego a la falda de una vieja vendedora porque la vieron envolver unas sal¬chichas en un cartel con el retrato del Gran Hermano. Se pusieron detrás de ella y, sin que se diera cuenta, le prendie¬ron fuego a la falda por abajo con una caja de cerillas. Le causaron graves quemaduras. Son traviesos, ¿eh? Pero eso sí, ¡más finos…! Esto se lo deben a la buena enseñanza que se da hoy a los niños en los Espías, mucho mejor que en mi tiempo. Están muy bien organizados. ¿Qué creen ustedes que les han dado a los chicos últimamente? Pues, unas trom¬petillas especiales para escuchar por las cerraduras. Mi niña trajo una a casa la otra noche. La probó en nuestra salita, y dijo que oía con doble fuerza que si aplicaba el oído al aguje¬ro. Claro que sólo es un juguete; sin embargo, así se acos¬tumbran los niños desde pequeños.
En aquel momento, la telepantalla dio un penetrante sil¬bido. Era la señal para volver al trabajo. Los tres hombres se pusieron automáticamente en pie y se unieron a la multitud en la lucha por entrar en los ascensores, lo que hizo que el cigarrillo de Winston se vaciara por completo.

VI

Winston escribía en su Diario:

Fue hace tres años. Era una tarde oscura, en una estrecha calle¬juela cerca de una de las estaciones del ferrocarril. Ella, de pie, apoyada en la pared cerca de una puerta, recibía la luz mortecina de un farol. Tenía una cara joven muy pintada. Lo que me atrajo fue la pintura, la blancura de aquella cara que parecía una máscara y los labios rojos y brillantes. Las mujeres del Partido nunca se pintaba la cara. No había nadie más en la calle, ni telepantallas. Me dio que dos dólares. Yo…

Le era difícil seguir. Cerró los ojos y apretó las palmas de las manos contra ellos tratando de borrar la visión inte¬rior. Sentía una casi invencible tentación de gritar una sarta de palabras. O de golpearse la cabeza contra la pared, de arrojar el tintero por la ventana, de hacer, en fin, cualquier acto violento, ruidoso, o doloroso, que le borrara el recuerdo que le atormentaba.
Nuestro peor enemigo, reflexionó Winston, es nuestro sistema nervioso. En cualquier momento, la tensión interior puede traducirse en cualquier síntoma visible. Pensó en un hombre con quien se había cruzado en la calle semanas atrás: un hombre de aspecto muy corriente, un miembro del Parti¬do de treinta y cinco a cuarenta años, alto y delgado, que lle¬vaba una cartera de mano. Estaban separados por unos cuantos metros cuando el lado izquierdo de la cara de aquel hombre se contrajo de pronto en una especie de espasmo. Esto volvió a ocurrir en el momento en que se cruzaban; fue sólo un temblor rapidísimo como el disparo de un objetivo de cámara fotográfica, pero sin duda se trataba de un tic ha¬bitual. Winston recordaba haber pensado entonces: el pobre hombre está perdido. Y lo aterrador era que el movimiento de los músculos era inconsciente. El peligro mortal por ex¬celencia era hablar en sueños. Contra eso no había remedio.
Contuvo la respiración y siguió escribiendo:

Entré con ella en el portal y cruzamos un patio para bajar luego a una cocina que estaba en los sótanos. Había una cama contra la pa¬red, y una lámpara en la mesilla con muy poca luz Ella…

Le rechinaban los dientes. Le hubiera gustado escupir. A la vez que en la mujer del sótano, pensó Winston en Katha¬rine, su esposa. Winston estaba casado; es decir, había esta do casado. Probablemente seguía estándolo, pues no sabía que su mujer hubiera muerto. Le pareció volver a aspirar el insoportable olor de la cocina del sótano, un olor a insectos, ropa sucia y perfume baratísimo; pero, sin embargo, atraía, ya que ninguna mujer del Partido usaba perfume ni podía uno imaginársela perfumándose. Solamente los proles se per¬fumaban, y ese olor evocaba en la mente, de un modo inevi¬table, la fornicación.
Cuando estuvo con aquella mujer, fue la primera vez que había caído Winston en dos años aproximadamente. Por su¬puesto, toda relación con prostitutas estaba prohibida, pero se admitía que alguna vez, mediante un acto de gran valen¬tía, se permitiera uno infringir la ley. Era peligroso pero no un asunto de vida o muerte, porque ser sorprendido con una prostituta sólo significaba cinco años de trabajos forzados. Nunca más de cinco años con tal de que no se hubiera co¬metido otro delito a la vez. Lo cual resultaba estupendo ya que había la posibilidad de que no le descubrieran a uno. Los barrios pobres abundaban en mujeres dispuestas a venderse. El precio de algunas era una botella de ginebra, bebida que se suministraba a los proles. Tácitamente, el Partido se incli¬naba a estimular la prostitución como salida de los instintos que no podían suprimirse. Esas juergas no importaban polí¬ticamente ya que eran furtivas y tristes y sólo implicaban a mujeres de una clase sumergida y despreciada. El crimen im¬perdonable era la promiscuidad entre miembros del Partido. Pero -aunque éste era uno de los crímenes que los acusa¬dos confesaban siempre en las purgas- era casi imposible imaginar que tal desafuero pudiera suceder.
La finalidad del Partido en este asunto no era sólo evitar que hombres y mujeres establecieran vínculos imposibles de controlar. Su objetivo verdadero y no declarado era quitarle todo placer al acto sexual. El enemigo no era tanto el amor como el erotismo, dentro del matrimonio y fuera de él. To¬dos los casamientos entre miembros del Partido tenían que ser aprobados por un Comité nombrado con este fin y -aunque al principio nunca fue establecido de un modo ex¬plícito- siempre se negaba el permiso si la pareja daba la impresión de hallarse físicamente enamorada. La única fina¬lidad admitida en el matrimonio era engendrar hijos en be¬neficio del Partido. La relación sexual se consideraba como una pequeña operación algo molesta, algo así como soportar un enema. Tampoco esto se decía claramente, pero de un modo indirecto se grababa desde la infancia en los miembros del Partido. Había incluso organizaciones como la Liga juve¬nil Anti-Sex, que defendía la soltería absoluta para ambos se¬xos. Los niños debían ser engendrados por inseminación ar¬tificial (semart, como se le llamaba en neolengua) y educados en instituciones públicas. Winston sabía que esta exagera¬ción no se defendía en serio, pero que estaba de acuerdo con la ideología general del Partido. Este trataba de matar el ins¬tinto sexual o, si no podía suprimirlo del todo, por lo menos deformarlo y mancharlo. No sabía Winston por qué se se¬guía esta táctica, pero parecía natural que fuera así. Y en cuanto a las mujeres, los esfuerzos del Partido lograban pleno éxito.
Volvió a pensar en Katharine. Debía de hacer nueve o diez años, casi once, que se habían separado. Era curioso que se acordara tan poco de ella. Olvidaba durante días enteros que habían estado casados. Sólo permanecieron juntos unos quince meses. El Partido no permitía el divorcio, pero fomentaba las separaciones cuando no había hijos.
Katharine era una rubia alta, muy derecha y de movi¬mientos majestuosos. Tenía una cara audaz, aquilina, que po¬dría haber pasado por noble antes de descubrir que no había nada tras aquellas facciones. Al principio de su vida de ca¬sados -aunque quizá fuera sólo que Winston la conocía más íntimamente que a las demás personas- llegó a la conclu¬sión de que su mujer era la persona más estúpida, vulgar y vacía que había conocido hasta entonces. No latía en su cabeza ni un solo pensamiento que no fuera un slogan. Se tra¬gaba cualquier imbecilidad que el Partido le ofreciera. Wins¬ton la llamaba en su interior «la banda sonora humana». Sin embargo, podía haberla soportado de no haber sido por una cosa: el sexo.
Tan pronto como la rozaba parecía tocada por un resor¬te y se endurecía. Abrazarla era como abrazar una imagen con juntas de madera. Y lo que era todavía más extraño: incluso cuando ella lo apretaba contra sí misma, él tenía la sensación de que al mismo tiempo lo rechazaba con toda su fuerza. La rigidez de sus músculos ayudaba a dar esta impre¬sión. Se quedaba allí echada con los ojos cerrados sin resistir ni cooperar, pero como sometible. Era de lo más vergonzoso y, a la larga, horrible. Pero incluso así habría podido sopor¬tar vivir con ella si hubieran decidido quedarse célibes. Pero curiosamente fue Katharine quien rehusó. «Debían -dijo¬- producir un niño si podían.» Así que la comedia seguía re¬presentándose una vez por semana regularmente, mientras no fuese imposible. Ella incluso se lo recordaba por la maña¬na como algo que había que hacer esa noche y que no debía olvidarse. Tenía dos expresiones para ello. Una era «hacer un bebé», y la otra «nuestro deber al Partido» (sí, había utili¬zado esta frase). Pronto empezó a tener una sensación de po¬sitivo temor cuando llegaba el día. Pero por suerte no apare¬ció ningún niño y finalmente ella estuvo de acuerdo en dejar de probar. Y poco después se separaron.
Winston suspiró inaudiblemente. Volvió a coger la plu¬ma y escribió:

Se arrojó sobre la cama y en seguida, sin preliminar alguno, del modo más grosero y horrible que se puede imaginar, se levantó la fal¬da. Yo…

Se vio a sí mismo de pie en la mortecina luz con el olor a cucarachas y a perfume barato, y en su corazón brotó un resentimiento que incluso en aquel instante se mezclaba con el recuerdo del blanco cuerpo de Katharine, frígido para siempre por el hipnótico poder del Partido. ¿Por qué tenía que ser siempre así? ¿No podía él disponer de una mujer pro¬pia en vez de estas furcias a intervalos de varios años? Pero un asunto amoroso de verdad era una fantasía irrealizable. Las mujeres del Partido eran todas iguales. La castidad es¬taba tan arraigada en ellas como la lealtad al Partido. Por la educación que habían recibido en su infancia, por los jue¬gos y las duchas de agua fría, por todas las estupideces que les metían en la cabeza, las conferencias, los desfiles, cancio¬nes, consignas y música marcial, les arrancaban todo senti¬miento natural. La razón le decía que forzosamente habría excepciones, pero su corazón no lo creía. Todas ellas eran inalcanzables, como deseaba el Partido. Y lo que él quería, aún más que ser amado, era derruir aquel muro de estupidez aunque fuera una sola vez en su vida. El acto sexual, bien realizado, era una rebeldía. El deseo era un crimental. Si hu¬biera conseguido despertar los sentidos de Katharine, esto habría equivalido á una seducción aunque se trataba de su mujer.
Pero tenía que contar el resto de la historia. Escribió:

Encendí la luz. Cuando la vi claramente…

Después de la casi inexistente luz de la lamparilla de aceite, la luz eléctrica parecía cegadora. Por primera vez pudo ver a la mujer tal como era. Avanzó un paso hacia ella
y se detuvo horrorizado. Comprendía el riesgo a que se había expuesto. Era muy posible que las patrullas lo sorprendieran a la salida. Más aún: quizá lo estuvieran esperando ya a la puerta. Nada iba a ganar con marcharse sin hacer lo que se había propuesto.
Todo aquello tenía que escribirlo, confesarlo. Vio de pronto a la luz de la bombilla que la mujer. Era vieja. La pin¬tura se apegotaba en su cara tanto que parecía ir a resquebrajarse como una careta de cartón. Tenía mechones de cabellos blancos; pero el detalle más horroroso era que la boca, en¬treabierta, parecía una oscura caverna. No tenía ningún diente.
Winston escribió a toda prisa:

Cuando la vi a plena luz resultó una verdadera vieja. Por lo menos tenía cincuenta años. Pero, de todos modos, lo hice.

Volvió a apoyar las palmas de las manos sobre los ojos. Ya lo había escrito, pero de nada servía. Seguía con la mis¬ma necesidad de gritar palabrotas con toda la fuerza de sus pulmones.

VII

Si hay alguna esperanza, escribió Winston, está en los proles.

Si había esperanza, tenia que estar en los proles porque sólo en aquellas masas abandonadas, que constituían el ochenta y cinco por ciento de la población de Oceanía, po¬dría encontrarse la fuerza suficiente para destruir al Partido. Éste no podía descomponerse desde dentro. Sus enemigos, si los tenía en su interior, no podían de ningún modo unirse, ni siquiera identificarse mutuamente. Incluso si existía la le¬gendaria Hermandad -y era muy posible que existiese- re¬sultaba inconcebible que sus miembros se pudieran reunir en grupos mayores de dos o tres. La rebeldía no podía pasar de un destello en la mirada o determinada inflexión en la voz; a lo más, alguna palabra murmurada. Pero los proles, si pudie¬ran darse cuenta de su propia fuerza, no necesitarían conspi¬rar. Les bastaría con encabritarse como un caballo que se sa¬cude las moscas. Si quisieran podrían destrozar el Partido mañana por la mañana. Desde luego, antes o después se les ocurrirá. Y, sin embargo…
Recordó Winston una vez que había dado un paseo por una calle de mucho tráfico cuando oyó un tremendo grito múltiple. Centenares de voces, voces de mujeres, salían de una calle lateral. Era un formidable grito de ira y deses¬peración, un tremendo ¡O-o-o-o-oh! Winston se sobresaltó terriblemente. ¡Ya empezó! ¡Un motín!, pensó. Por fin, los proles se sacudían el yugo; pero cuando llegó al sitio de la aglomeración vio que una multitud de doscientas o trescien¬tas mujeres se agolpaban sobre los puestos de un mercado calle¬jero con expresiones tan trágicas como si fueran las pasajeras de un barco en trance de hundirse. En aquel momento, la desespe¬ración general se quebró en inmumerables peleas individua¬les. Por lo visto, en uno de los puestos habían estado ven¬diendo sartenes de lata. Eran utensilios muy malos, pero los cacharros de cocina eran siempre de casi imposible adquisi¬ción. Por fin, había llegado una provisión inesperadamente. Las mujeres que lograron adquirir alguna sartén fueron ata¬cadas por las demás y trataban de escaparse con sus trofeos mientras que las otras las rodeaban y acusaban de favoritis¬mo a la vendedora. Aseguraban que tenía más en reserva. Aumentaron los chillidos. Dos mujeres, una de ellas con el pelo suelto, se habían apoderado de la misma sartén y cada una intentaba quitársela a la otra. Tiraron cada una por su lado hasta que se rompió el mango. Winston las miró con asco. Sin embargó, ¡qué energías tan aterradoras había perci¬bido él bajo aquella gritería! Y, en total, no eran más que dos o tres centenares de gargantas. ¿Por qué no protestarían así por cada cosa de verdadera importancia?
Escribió:

Hasta que no tengan conciencia de su fuerza, no se rebelarán, y hasta después de haberse rebelado, no serán conscientes. Éste es el problema.

Winston pensó que sus palabras parecían sacadas de uno de los libros de texto del Partido. El Partido pretendía, des¬de luego, haber liberado a los proles de la esclavitud. Antes de la Revolución, eran explotados y oprimidos ignominiosa¬mente por los capitalistas. Pasaban hambre. Las mujeres te¬nían que trabajar a la viva fuerza en las minas de carbón (por supuesto, las mujeres seguían trabajando en las minas de car¬bón), los niños eran vendidos a las fábricas a la edad de seis años. Pero, simultáneamente, fiel a los principios del doble¬pensar, el Partido enseñaba que los proles eran inferiores por naturaleza y debían ser mantenidos bien sujetos, como animales, mediante la aplicación de unas cuantas reglas muy sencillas. En realidad, se sabía muy poco de los proles. Y no era necesario saber mucho de ellos. Mientras continuaran trabajando y teniendo hijos, sus demás actividades carecían de importancia. Dejándoles en libertad como ganado suelto en la pampa de la Argentina, tenían un estilo de vida que pa¬recía serles natural. Se regían por normas ancestrales. Na¬cían, crecían en el arroyo, empezaban a trabajar a los doce años, pasaban por un breve período de belleza y deseo se¬xual, se casaban a los veinte años, empezaban a envejecer a los treinta y se morían casi todos ellos hacia los sesenta años. El duro trabajo físico, el cuidado del hogar y de los hi¬jos, las mezquinas peleas entre vecinos, el cine, el fútbol, la cerveza y sobre todo, el juego, llenaban su horizonte mental. No era difícil mantenerlos a raya. Unos cuantos agentes de la Policía del Pensamiento circulaban entre ellos, esparcien¬do rumores falsos y eliminando a los pocos considerados ca¬paces de convertirse en peligrosos; pero no se intentaba adoctrinarlos con la ideología del Partido. No era deseable que los proles tuvieran sentimientos políticos intensos. Todo lo que se les pedía era un patriotismo primitivo al que se re¬curría en caso de necesidad para que trabajaran horas ex¬traordinarias o aceptaran raciones más pequeñas. E incluso cuando cundía entre ellos el descontento, como ocurría a ve¬ces, era un descontento que no servía para nada porque, por carecer de ideas generales, concentraban su instinto de re¬beldía en quejas sobre minucias de la vida corriente. Los grandes males, ni, los olían. La mayoría de los proles ni si¬quiera era vigilada con telepantallas. La policía los molestaba muy poco. En Londres había mucha criminalidad, un mun¬do revuelto de ladrones, bandidos, prostitutas, traficantes en drogas y maleantes de toda clase; pero como sus actividades tenían lugar entre los mismos proles, daba igual que existie¬ran o no. En todas las cuestiones de moral se les permitía a los proles que siguieran su código ancestral. No se les imponía el puritanismo sexual del Partido. No se castigaba su promiscuidad y se permitía el divorcio. Incluso el culto religioso se les habría permitido si los proles hubieran mani¬festado la menor inclinación a él. Como decía el Partido: «los proles y los animales son libres».
Winston se rascó con precaución sus varices. Habían empezado a picarle otra vez. Siempre volvía a preocuparle saber qué habría sido la vida anterior a la Revolución. Sacó del cajón un ejemplar del libro de historia infantil que le ha¬bía prestado la señora Parsons y empezó a copiar un trozo en su diario:

En los antiguos tiempos (decía el libro de texto) antes de la gloriosa Revolución, no era Londres la hermosa ciudad que hoy cono¬cemos. Era un lugar tenebroso, sudo y miserable donde casi nadie te¬nía nada que comer y donde centenares y millares de desgraciados no tenían zapatos que ponerse ni siquiera un techo bajo el cual dormir. Niños de la misma edad que vosotros debían trabajar doce horas al día a las órdenes de crueles amos que los castigaban con látigos si tra¬bajaban con demasiada lentitud y solamente los alimentaban con pan duro y agua. Pero entre toda esta horrible miseria, había unas cuan¬tas casas grandes y hermosas donde vivían los ricos, cada uno de los cuales tenía por lo menos treinta criados a su disposición. Estos ricos se llamaban capitalistas. Eran individuos gordos y feos con caras de malvados como el que puede apreciarse en la ilustración de la página siguiente. Podréis ver, niños, que va vestido con fina chaqueta negra larga a la que llamaban «frac» y un sombrero muy raro y brillante que parece. el tubo de una estufa, al que llamaban «sombrero de copa». Este era el uniforme de los capitalistas, y nadie más podía llevarlo; los capitalistas eran dueños de todo lo que había en el mundo y todos los que no eran capitalistas pasaban a ser sus esclavos. Poseían toda la tierra, todas las casas, todas las fábricas y el dinero todo. Si al¬guien les desobedecía, era encarcelado inmediatamente y podían dejarlo sin trabajo y hacerlo morir de hambre. Cuando una persona corriente hablaba con un capitalista tenía que descubrirse, inclinarse profunda¬mente ante é1 y llamarle señor. El jefe supremo de todos los capitalis¬tas era llamado el Rey y…

Winston se sabía toda la continuación. Se hablaba allí de los obispos y de sus vestimentas, de los jueces con sus trajes de armiño, de la horca, del gato de nueve colas, del banquete anual que daba el alcalde y de la costumbre de besar el anillo del Papa. También había una referencia al jus primae noctis que no convenía mencionar en un libro de texto para niños. Era la ley según la cual todo capitalista tenía el derecho de dormir con cualquiera de las mujeres que trabajaban en sus fábricas.
¿Cómo saber qué era verdad y qué era mentira en aque¬llo? Después de todo, podía ser verdad que la Humanidad estuviera mejor entonces que antes de la Revolución. La única prueba en contrario era la protesta muda de la carne y los huesos, la instintiva sensación de que las condiciones de vida eran intolerables y que en otro tiempo tenían que haber sido diferentes. A Winston le sorprendía que lo más característi¬co de la vida moderna no fuera su crueldad ni su inseguri¬dad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de con¬tenido. La vida no se parecía, no sólo a las mentiras lanzadas por las telepantallas, sino ni siquiera a los ideales que el Par¬tido trataba de lograr. Grandes zonas vitales, incluso para un miembro del Partido, nada tenían que ver con la política: se trataba sólo de pasar el tiempo en inmundas tareas, luchar para poder meterse en el Metro, remendarse un calcetín como un colador, disolver con resignación una pastilla de sacarina y emplear toda la habilidad posible para conservar una colilla. El ideal del Partido era inmenso, terrible y des¬lumbrante; un mundo de acero y de hormigón armado, de máquinas monstruosas y espantosas armas, una nación de guerreros y fanáticos que marchaba en bloque siempre hacia adelante en unidad perfecta, pensando todos los mismos pensamientos y repitiendo a grito unánime la misma consig¬na, trabajando perpetuamente, luchando, triunfantes, persi¬guiendo a los traidores… trescientos millones de personas todas ellas con las misma cara. La realidad era, en cambio: lúgubres ciudades donde la gente, apenas alimentada, arras¬traba de un lado a otro sus pies calzados con agujereados za¬patos y vivía en ruinosas casas del siglo xix en las que pre¬dominaba el olor a verduras cocidas y retretes en malas con¬diciones. Winston creyó ver un Londres inmenso y en ruinas, una ciudad de un millón de cubos de la basura y, mezclada con esta visión, la imagen de la señora Parsons con sus arru¬gas y su pelo enmarañado tratando de arreglar infructuosa¬mente una cañería atascada.
Volvió a rascarse el tobillo. Día y noche las telepantallás le herían a uno el tímpano con estadísticas según las cuales todos tenían más alimento, más trajes, mejores casas, entre¬tenimientos más divertidos, todos vivían más tiempo, traba¬jaban menos horas, eran más sanos, fuertes, felices, inteli¬gentes y educados que los que habían vivido hacía cincuenta años. Ni una palabra de todo ello podía ser probada ni refu¬tada. Por ejemplo, el Partido sostenía que el cuarenta por ciento de los proles adultos sabía leer y escribir y que antes de la Revolución todos ellos, menos un quince por ciento, eran analfabetos. También aseguraba el Partido que la mor¬talidad infantil era ya sólo del ciento sesenta por mil mien¬tras que antes de la Revolución había sido del trescientos por mil… y así sucesivamente. Era como una ecuación con dos incógnitas. Bien podía ocurrir que todos los libros de historia fueran una pura fantasía. Winston sospechaba que nunca había existido una ley sobre el jus primae noctis ni per¬sona alguna como el tipo de capitalista que pintaban, ni siquiera un sombrero como aquel que parecía un tubo de es¬tufa.
Todo se desvanecía en la niebla. El pasado estaba borra¬do. Se había olvidado el acto mismo de borrar, y la mentira se convertía en verdad. Sólo una vez en su vida había tenido Winston en la mano –después del hecho y eso es lo que im¬portaba- una prueba concreta y evidente de un acto de fal¬sificación. La había tenido entre sus dedos nada menos que treinta segundos. Fue en 1973, aproximadamente, pero des¬de luego por la época en que Katharine y él se habían sepa¬rado. La fecha a que se refería el documento era de siete u ocho años antes.
La historia empezó en el sesenta y tantos, en el período de las grandes purgas, en el cual los primitivos jefes de la Revolución fueron suprimidos de una sola vez. Hacia 1970 no quedaba ninguno de ellos, excepto el Gran Hermano. Todos los demás habían sido acusados de traidores y contra¬rrevolucionarios. Goldstein huyó y se escondió nadie sabía dónde. De los demás, unos cuantos habían desaparecido mientras que la mayoría fue ejecutada después de unos pro¬cesos públicos de gran espectacularidad en los que confe¬saron sus crímenes. Entre los últimos supervivientes había tres individuos llamados Jones, Aaronson y Rutherford. Ha¬cia 1965 -la fecha no era segura- los tres fueron detenidos. Como ocurría con frecuencia, desaparecieron durante uno o más años de modo que nadie sabía si estaban vivos o muertos y luego aparecieron de pronto para acusarse ellos mis¬mos de haber cometido terribles crímenes. Reconocieron haber estado en relación con el enemigo (por entonces el enemigo era Eurasia, que había de volver a serlo), malversa¬ción de fondos públicos, asesinato de varios miembros del Partido dignos de toda confianza, intrigas contra el mando del Gran Hermano que ya habían empezado mucho antes de estallar la Revolución y actos de sabotaje que habían costado la vida a centenares de miles de personas. Después de confe¬sar todo esto, los perdonaron, les devolvieron sus cargos en el Partido, puestos que eran en realidad inútiles, pero que te¬nían nombres sonoros e importantes. Los tres escribieron largos y abyectos artículos en el Times analizando las razones que habían tenido para desertar y prometiendo enmendarse.
Poco tiempo después de ser puestos en libertad esos tres hombres, Winston los había visto en el Café del Nogal. Re¬cordaba con qué aterrada fascinación los había observado con el rabillo del ojo. Eran mucho más viejos que él, reli¬quias del mundo antiguo, casi las últimas grandes figuras que habían quedado de los primeros y heroicos días del Partido. Todavía llevaban como una aureola el brillo de su participa¬ción clandestina en las primeras luchas y en la guerra civil. Winston creyó haber oído los nombres de estos tres perso¬najes mucho antes de saber que existía el Gran Hermano, aunque con el tiempo se le confundían en la mente las fechas y los hechos. Sin embargo, estaban ya fuera de la ley, eran enemigos intocables, se cernía sobre ellos la absoluta certeza de un próximo aniquilamiento. Cuestión de uno o dos años. Nadie que hubiera caído una vez en manos de la Policía del Pensamiento, podía escaparse para siempre. Eran cadáveres que esperaban la hora de ser enviados otra vez a la tumba.
No había nadie en ninguna de las mesas próximas a ellos. No era prudente que le vieran a uno cerca de semejan¬tes personas. Los tres, silenciosos, bebían ginebra con clavo; una especialidad de la casa. De los tres, era Rutherford el que más había impresionado a Winston. En tiempos, Ru¬therford fue un famoso caricaturista cuyas brutales sátiras habían ayudado a inflamar la opinión popular antes y duran¬te la Revolución. Incluso ahora, a largos intervalos, apare¬cían sus caricaturas y satíricas historietas en el Times. Eran una imitación de su antiguo estilo y ya no tenían vida ni convencían. Era volver a cocinar los antiguos temas: niños que morían de hambre, luchas callejeras, capitalistas con sombrero de copa (hasta en las barricadas seguían los capita¬listas con su sombrero de copa), es decir, un esfuerzo deses¬perado por volver a lo de antes. Era un hombre monstruoso con una crencha de cabellos gris grasienta, bolsones en la cara y unos labios negroides muy gruesos. De joven debió de ser muy fuerte; ahora su voluminoso cuerpo se inclinaba y parecía derrumbarse en todas las direcciones. Daba la impre¬sión de una montaña que se iba a desmoronar de un mo¬mento a otro.
Era la solitaria hora de las quince. Winston no podía recordar ya por qué había entrado en el café a esa hora. No había casi nadie allí. Una musiquilla brotaba de las telepantallas. Los tres hombres, sentados en un rincón, casi inmóvi¬les, no hablaban ni una palabra. El camarero, sin que le pi¬dieran nada, volvía a llenar los vasos de ginebra. Había un tablero de ajedrez sobre la mesa, con todas las piezas coloca¬das, pero no habían empezado a jugar. Entonces, quizá sólo durante medio minuto, ocurrió algo en la telepantalla. Cam¬bió la música que tocaba. Era difícil describir el tono de la nueva música: una nota burlona, cascada, que a veces pare¬cía un rebuzno. Winston, mentalmente, la llamó «la nota amarilla». Y la voz de la telepantalla cantaba:

Bajo el Nogal de las ramas extendidas
yo te vendí y tú me vendiste.
A11í yacen ellos y aquí yacemos nosotros.
Bajo el Nogal de las ramas extendidas.

Los tres personajes no se movieron, pero cuando Wins¬ton volvió a mirar la desvencijada cara de Rutherford, vio que estaba llorando. Por vez primera observó, con sobresal¬to, pero sin saber por qué se impresionaba, que tanto Aaron¬son como Rutherford tenían partidas las narices.
Un poco después, los tres fueron detenidos de nuevo. Por lo visto, se habían comprometido en nuevas conspira¬ciones en el mismo momento de ser puestos en libertad. En el segundo proceso confesaron otra vez sus antiguos críme¬nes, con una sarta de nuevos delitos. Fueron ejecutados y su historia fue registrada en los libros de historia publicados por el Partido como ejemplo para la posteridad. Cinco años después de esto, en 1973, Winston desenrollaba un día unos documentos que le enviaban por el tubo automático cuando descubrió un pedazo de papel que, evidentemente, se había deslizado entre otros y había sido olvidado. En seguida vio su importancia. Era media página de un Times de diez años antes -la mitad superior de una página, de manera que in¬cluía la fecha- y contenía una fotografía de los delegados en una solemnidad del Partido en Nueva York. Sobresalían en el centro del grupo Jones, Aaronson y Rutherford. Se les veía muy claramente, pero además sus nombres figuraban al pie.
Lo cierto es que en ambos procesos los tres personajes confesaron que en aquella fecha se hallaban en suelo eurasiá¬tico, que habían ido en avión desde un aeródromo secreto en el Canadá hasta Siberia, donde tenían una misteriosa cita. Allí se habían puesto en relación con miembros del Estado Mayor eurasiático al que habían entregado importantes se¬cretos militares. La fecha se le había grabado a Winston en la memoria porque coincidía con el primer día de estío, pero toda aquella historia estaba ya registrada oficialmente en in¬numerables sitios. Sólo había una conclusión posible: las confesiones eran mentira.
Desde luego, esto no constituía en sí mismo un descu¬brimienfo. Incluso por aquella época no creía Winston que las víctimas de las purgas hubieran cometido los crímenes de que eran acusados. Pero ese pedazo de papel era ya una prueba concreta; un fragmento del pasado abolido como un hueso fósil que reaparece en -un estrato donde no se le espe¬raba y destruye una teoría geológica. Bastaba con ello para pulverizar al Partido si pudiera publicarse en el extranjero y explicarse bien su significado.
Winston había seguido trabajando después de su descu¬brimiento. En cuanto vio lo que era la fotografía y lo que significaba, la cubrió con otra hoja de papel. Afortunada¬mente, cuando la desenrolló había quedado de tal modo que la telepantalla no podía verla.
Se puso la carpeta sobre su rodilla y echó hacia atrás la silla para alejarse de la telepantalla lo más posible. No era di¬fícil mantener inexpresiva la cara e incluso controlar, con un poco de esfuerzo, la respiración; pero lo que no podía con¬trolarse eran los latidos del corazón y la telepantalla los reco¬gía con toda exactitud. Winston dejó pasar diez minutos atormentado por el miedo de que algún accidente -por ejemplo, una súbita corriente de aire- lo traicionara. Lue¬go, sin exponerla a la vista de la pantalla, tiró la fotografía en el «agujero de la memoria» mezclándola con otros papeles inservibles. Al cabo de un minuto, el documento sería un poco de ceniza.
Aquello había pasado hacía diez u once años. «De ocurrir ahora, pensó Winston, me habría guardado la foto.» Era cu¬rioso que el hecho de haber tenido ese documento entre sus dedos le pareciera constituir una gran diferencia incluso ahora en que la fotografía misma, y no sólo el hecho regis¬trado en ella, era sólo recuerdo. ¿Se aflojaba el dominio del Partido sobre el pasado -se preguntó Winston- porque una prueba documental que ya no existía hubiera existido una vez?
Pero hoy, suponiendo que pudiera resucitar de sus ceni¬zas, la foto no podía servir de prueba. Ya en el tiempo en que él había hecho el descubrimiento, no estaba en guerra Oceanía con Eurasia y los tres personajes suprimidos tenían que haber traicionado su país con los agentes de Asia orien¬tal y no con los de Eurasia. Desde entonces hubo otros cam¬bios, dos o tres, ya no podía recordarlo. Probablemente, las confesiones habían sido nuevamente escritas varias veces hasta que los hechos y las fechas originales perdieran todo significado. No es sólo que el pasado cambiara, es que cam¬biaba continuamente. Lo que más le producía a Winston la sensación de una pesadilla es que nunca había llegado a comprender claramente por qué se emprendía la inmensa impos¬tura. Desde luego, eran evidentes las ventajas inmediatas de falsificar el pasado, pero la última razón era misteriosa. Vol¬vió a coger la pluma y escribió:

Comprendo CÓMO: no comprendo POR QUÉ.

Se preguntó, como ya lo había hecho muchas veces, si no estaría él loco. Quizás un loco era sólo una «minoría de uno». Hubo una época en que fue señal de locura creer que la tierra giraba en torno al sol: ahora, era locura creer que el pasado es inalterable. Quizá fuera él el único que sostenía esa creencia, y, siendo el único, estaba loco. Pero la idea de ser un loco no le afectaba mucho. Lo que le horrorizaba era la posibilidad de estar equivocado.
Cogió el libro de texto infantil y miró el retrato del Gran Hermano que llenaba la portada. Los ojos hipnóticos se clavaron en los suyos. Era como si una inmensa fuerza empezara a aplastarle a uno, algo que iba penetrando en el cráneo, golpeaba el cerebro por dentro, le aterrorizaba a uno y llegaba casi a persuadirle que era de noche cuando era de día. Al final, el Partido anunciaría que dos y dos son cinco y habría que creerlo. Era inevitable que llegara algún día al dos y dos son cinco. La lógica de su posición lo exigía. Su fi¬losofía negaba no sólo la validez de la experiencia, sino que existiera la realidad externa. La mayor de las herejías era el sentido común. Y lo más terrible no era que le mataran a uno por pensar de otro modo, sino que pudieran tener ra¬zón. Porque, después de todo, ¿cómo sabemos que dos y dos son efectivamente cuatro? O que la fuerza de la gravedad existe. O que el pasado no puede ser alterado. ¿Y si el pasa¬do y el mundo exterior sólo existen en nuestra mente y, siendo la mente controlarse, también puede controlarse el pasado y lo que llamamos la realidad?
¡No, no!; a Winston le volvía el valor. El rostro de O’Brien, sin saber por qué, empezó a flotarle en la memoria; sabía, con más certeza que antes, que O’Brien estaba de su parte. Escribía este Diario para O’Brien; era como una carta interminable que nadie leería nunca, pero que se dirigía a una persona determinada y que dependía de este hecho en su forma y en su tono.
El Partido os decía que negaseis la evidencia de vuestros ojos y oídos. Ésta era su orden esencial. El corazón de Winston se encogió al pensar en el enorme poder que tenía en frente, la facilidad con que cualquier intelectual del Partido lo vencería con su dialéctica, los sutiles argumentos que él nunca podría entender y menos contestar. Y, sin embargo, era él, Winston, quien tenía razón. Los otros estaban equi¬vocados y él no. Había que defender lo evidente. El mundo sólido existe y sus leyes no cambian. Las piedras son duras, el agua moja, los objetos faltos de apoyo caen en dirección al centro de la’ Tierra… Con la sensación de que hablaba con O’Brien, y también de que anotaba un importante axioma, escribió:

La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados.

VIII

Del fondo del pasillo llegaba un aroma a café tostado -café de verdad, no café de la Victoria-, un aroma pe¬netrante. Winston se detuvo involuntariamente. Durante unos segundos volvió al mundo medio olvidado de su infan¬cia. Entonces se oyó un portazo y el delicioso olor quedó cortado tan de repente como un sonido.
Winston había andado varios kilómetros por las calles y se le habían irritado sus varices. Era la segunda vez en tres semanas que no había llegado a tiempo a una reunión del Centro Comunal, lo cual era muy peligroso ya que el número de asistencias al Centro era anotado cuidadosamente. En principio, un miembro del Partido no tenía tiempo libre y nunca estaba solo a no ser en la cama. Se suponía que, de no hallarse trabajando, comiendo, o durmiendo, estaría partici¬pando en algún recreo colectivo. Hacer algo que implicara una inclinación a la soledad, aunque sólo fuera dar un paseo, era siempre un poco peligroso. Había una palabra para ello en neolengua: vidapropia, es decir, individualismo y excentri¬cidad. Pero esa tarde, al salir del Ministerio, el aromático aire abrileño le había tentado. El cielo tenía un azul más in¬tenso que en todo el año y de pronto le había resultado into¬lerable a Winston la perspectiva del aburrimiento, de los jue¬gos agotadores, de las conferencias, de la falsa camaradería lubricada por la ginebra… Sintió el impulso de marcharse de la parada del autobús y callejear por el laberinto de Londres, primero hacia el Sur, luego hacia el Este y otra vez hacia el Norte, perdiéndose por calles desconocidas y sin preocupar¬se apenas por la dirección que tomaba.
«Si hay esperanza -habría escrito en el Diario-, está en los proles.» Estas palabras le volvían como afirmación de una verdad mística y de un absurdo palpable. Penetró por los suburbios del Norte y del Este alrededor de lo que en tiempos había sido la estación de San Pancracio. Marchaba por una calle empedrada, cuyas viejas casas sólo tenían dos pisos y cuyas puertas abiertas descubrían los sórdidos inte¬riores. De trecho en trecho había charcos de agua sucia por entre las piedras. Entraban y salían en las casuchas y llena¬ban las callejuelas infinidad de personas: muchachas en la flor de la edad con bocas violentamente pintadas, mucha¬chos que perseguían a las jóvenes, y mujeres de cuerpos obe¬sos y bamboleantes, vivas pruebas de lo que serían las muchachas cuando tuvieran diez años más, ancianos que se movían dificultosamente y niños descalzos que jugaban en los charcos y salían corriendo al oír los irritados chillidos de sus madres. La cuarta parte de las ventanas de la calle esta¬ban rotas y tapadas con cartones. La mayoría de la gente no prestaba atención a Winston. Algunos lo miraban con cauta curiosidad. Dos monstruosas mujeres de brazos rojizos cru¬zados sobre los delantales, hablaban en una de las puertas. Winston oyó algunos retazos de la conversación.
-Pues, sí, fui y le dije: «Todo eso está muy bien, pero si hubieras estado en mi lugar hubieras hecho lo mismo que yo. Es muy sencillo eso de criticar -le dije-, pero tú no tienes los mismos problemas que yo».
-Claro -dijo la otra-, ahí está la cosa. Cada uno sabe lo suyo.
Estas voces estridentes se callaron de pronto. Las muje¬res observaron a Winston con hostil silencio cuando pasó ante ellas. Pero no era exactamente hostilidad sino una especie de alerta momentánea como cuando nos cruzamos con un animal desconocido. El «mono» azul del Partido no se veía con frecuencia en una calle como ésta. Desde luego, era muy poco prudente que lo vieran a uno en semejantes sitios a no ser que se tuviera algo muy concretó que hacer allí. Las patrullas le detenían a uno en cuanto lo sorprendían en una calle de proles y le preguntaban: «¿Quieres enseñarme la do¬cumentación camarada? ¿Qué haces por aquí? ¿A qué hora saliste del trabajo? ¿Tienes la costumbre de tomar este cami¬no para ir a tu casa?», y así sucesivamente. No es que hubie¬ra una disposición especial prohibiendo regresar a casa por un camino insólito, mas era lo suficiente para hacerse notar si la Policía del Pensamiento lo descubría.
De pronto, toda la calle empezó a agitarse. Hubo gritos de aviso por todas partes. Hombres, mujeres y niños se me¬tían veloces en sus casas como conejos. Una joven salió como una flecha por una puerta cerca de donde estaba Winston, cogió a un niño que jugaba en un charco, lo envol¬vió con el delantal y entró de nuevo en su casa; todo ello realizado con increíble rapidez. En el mismo instante, un hombre vestido de negro, que había salido de una callejuela lateral, corrió hacia Winston señalándole nervioso el cielo.
-¡El vapor! -gritó-. Mire, maestro. !Échese pronto en el suelo!
«El vapor» era el apodo que, no se sabía por qué, le ha¬bían puesto los proles a las bombas cohetes. Winston se tiró al suelo rápidamente. Los proles llevaban casi siempre razón cuando daban una alarma de esta clase. Parecían poseer una especie de instinto que les prevenía con varios segundos de anticipación de la llegada de un cohete, aunque se suponía que los cohetes volaban con más rapidez que el sonido. Winston se protegió la cabeza con los brazos. Se oyó un ru¬gido que hizo temblar el pavimento, una lluvia de pequeños objetos le cayó sobre la espalda. Cuando se levantó, se en¬contró cubierto con pedazos de cristal de la ventana más próxima. Siguió andando. La bomba había destruido un gru¬po -de casas de aquella calle doscientos metros más arriba. En el cielo flotaba una negra nube de humo y debajo otra nube, ésta de polvo, envolvía las ruinas en torno a las cuales se agolpaba ya una multitud. Había un pequeño montón de yeso en el pavimento delante de él y en medio se podía ver una brillante raya roja. Cuando se levantó y se acercó a ver qué era vio que se trataba de una mano humana cortada por la muñeca. Aparte del sangriento muñón, la mano era tan blanca que parecía un molde de yeso. Le dio una patada y la echó a la cloaca, y para evitar la multitud, torció por una ca¬lle lateral a la derecha. A los tres o cuatro minutos estaba fuera de la zona afectada por la bomba y la sórdida vida del suburbio se había reanudado como si nada hubiera ocurrido. Eran casi las veinte y los establecimientos de bebida frecuen¬tados por los proles (les llamaban, con una palabra antiquísi¬ma, «tabernas») estaban llenas de clientes. De sus puertas os¬cilantes, que se abrían y cerraban sin cesar, salía un olor mezclado de orines, serrín y cerveza.
En un ángulo formado por una casa de fachada saliente estaban reunidos tres hombres. El de en medio tenía en la mano un periódico doblado que los otros dos miraban por encima de sus hombros. Antes ya de acercarse lo suficiente para ver la expresión de sus caras, pudo deducir Winston, por la inmovilidad de sus cuerpos, que estaban absortos. Lo que leían era seguramente algo de mucha importancia. Esta¬ba a pocos pasos de ellos cuando de pronto se deshizo el grupo y dos de los hombres empezaron a discutir violenta¬mente. Parecía que estaban a punto de pegarse.
-¿No puedes escuchar lo que te digo? Te aseguro que ningún número terminado en siete ha ganado en estos cator¬ce meses.
-Te digo que sí.
-No, no ha salido ninguno terminado en siete. En casa los tengo apuntados todos en un papel desde hace dos años. Nunca dejo de copiar el número. Y te digo que ningún nú¬mero ha terminado en siete…
-Sí; un siete ganó. Además, sé que terminaba en cua¬tro, cero, siete. Fue en febrero… En la segunda semana de febrero.
-Ni en febrero ni nada. Te digo que lo tengo apuntado.
-Bueno, a ver si lo dejáis dijo el tercer hombre. Estaban hablando de la lotería. Winston volvió la cabeza cuando ya estaba a treinta metros de distancia. Todavía se¬guían discutiendo apasionadamente. La lotería, que pagaba cada semana enormes premios, era el único acontecimiento público al que los proles concedían una seria atención. Pro¬bablemente, había millones de proles para quienes la lotería era la principal razón de su existencia. Era toda su delicia, su locura, su estimulante intelectual. En todo lo referente a la lotería, hasta la gente que apenas sabía leer y escribir parecía capaz de intrincados cálculos matemáticos y de asombrosas proezas memorísticas. Toda una tribu de proles se ganaba la vida vendiendo predicciones, amuletos, sistemas para dominar el azar y otras cosas que servían a los maniáticos. Wins¬ton nada tenía que ver con la organización de la lotería, dependiente del Ministerio de la Abundancia. Pero sabía perfectamente (como cualquier miembro del Partido) que los premios eran en su mayoría imaginarios. Sólo se pagaban pe¬queñas sumas y los ganadores de los grandes premios eran personas inexistentes. Como no había verdadera comunica¬ción entre una y otra parte de Oceanía, esto resultaba muy fácil.
Si había esperanzas, estaba en los proles. Ésta era la idea esencial. Decirlo, sonaba a cosa razonable, pero al mirar aquellos pobres seres humanos, se convertía en un acto de fe. La calle por la que descendía Winston, le despertó la sen¬sación de que: ya antes había estado por allí y que no hacía mucho tiempo ‘fue una calle importante. Al final de ella había una escalinata por donde se bajaba a otra calle en la que estaba un mercadillo de legumbres. Entonces recordó Winston dónde estaba: en la primera esquina, a unos cinco minutos de marcha, estaba la tienda de compraventa donde él había adquirido el libro en blanco donde ahora llevaba su Diario. Y en otra tienda no muy distante, había comprado la pluma y el frasco de tinta.
Se detuvo un momento en lo alto de la escalinata. Al otro lado de la calle había una sórdida taberna cuyas venta¬nas parecían cubiertas de escarcha; pero sólo era polvo. Un hombre muy viejo con bigotes blancos, encorvado, pero bas¬tante activo, empujó la puerta oscilante y entró. Mientras observaba desde allí, se le ocurrió a Winston que aquel vie¬jo, que por lo menos debía de tener ochenta años, habría sido ya un hombre maduro cuando ocurrió la Revolución. Él y unos cuantos como él eran los últimos eslabones que unían al mundo actual con el mundo desaparecido del capitalismo. En el Partido no había mucha gente cuyas ideas se hubieran formado antes de la Revolución. La generación más vieja ha¬bía sido barrida casi por completo en las grandes purgas de los años cincuenta y sesenta y los pocos que sobrevivieron vivían aterrorizados y en una entrega intelectual absoluta. Si vivía aún alguien que pudiera contar con veracidad las con¬diciones de vida en la primera mitad del siglo, tenía que ser un prole. De pronto recordó Winston el trozo del libro de historia que había copiado en su Diario y le asaltó un impul¬so loco. Entraría en la taberna, trabaría conocimiento con aquel viejo y le interrogaría. Le diría: «Cuénteme su vida cuando era usted un muchacho, ese vivía entonces mejor que ahora o peor?». Precipitadamente, para no tener tiempo de asustarse, bajó la escalinata y cruzó la calle. Desde luego, era una locura. Como de costumbre, no había ninguna prohibi¬ción concreta de hablar con los proles y frecuentar sus taber¬nas, pero no podía pasar inadvertido ya que era rarísimo que alguien lo hiciera. Si aparecía alguna patrulla, Winston po¬dría decir que se había sentido mal, pero no lo iban a creer. Empujó la puerta y le dio en la cara un repugnante olor a queso y a cerveza agria. Al entrar él, las voces casi se apaga¬ron. Todos los presentes le miraban su «mono» azul. Unos individuos que jugaban al blanco con unos dardos se in¬terrumpieron durante medio minuto. El viejo al que él había seguido estaba acodado en el bar discutiendo con el barman, un joven corpulento de nariz ganchuda y enormes antebra¬zos. Otros clientes, con vasos en la mano, contemplaban la escena.
-¿Vas a decirme que no puedes servirme una pinta de cerveza? decía el viejo.
— ¿Y qué demonios de nombre es ese de «pinta»? -preguntó el tabernero inclinándose sobre el mostrador con los dedos apoyados en él.
-Escuchad, presume de tabernero y no sabe lo que es una pinta. A éste hay que mandarle a la escuela.
-Nunca he oído hablar de pintas para beber. Aquí se sirve por litros, medios litros… Ahí enfrente tiene usted los vasos en ese estante para cada cantidad de líquido.
-Cuando yo era joven insistió el viejo- no bebía¬mos por litros ni por medios litros.
-Cuando usted era joven nosotros vivíamos en las copas de los árboles –dijo el tabernero guiñándoles el ojo a los otros clientes.
Hubo una carcajada general y la intranquilidad causada por la llegada de Winston parecía haber desaparecido. El viejo enrojeció, se volvió para marcharse, refunfuñando, y tropezó con Winston. Winston lo cogió deferentemente por el brazo.
–¿Me permite invitarle a beber algo? -dijo.
-Usted es un caballero -dijo el otro, que parecía no haberse fijado en el «mono» azul de Winston-. ¡Una pinta, quiera usted o no quiera! añadió agresivo dirigiéndose al tabernero.
Éste llenó dos vasos de medio litro con cerveza negra. La cerveza era la única bebida que se podía conseguir en los establecimientos de bebidas de los proles. Estos no estaban autorizados a beber cerveza aunque en la práctica se la pro¬porcionaban con mucha facilidad. El tiro al blanco con dar¬dos estaba otra vez en plena actividad y los hombres que be¬bían en el mostrador discutían sobre billetes de lotería. Todos olvidaron durante unos momentos la presencia de Winston. Había una mesa debajo de una ventana donde el viejo y él podrían hablar sin miedo a ser oídos. Era terrible¬mente peligroso, pero no había telepantalla en la habitación. De esto se había asegurado Winston en cuanto entró.
Debe usted de haber visto grandes cambios desde que era usted un muchacho empezó a explorar Winston.
La pálida mirada azul del viejo recorrió el local como si fuera allí donde los cambios habían ocurrido.
La cerveza era mejor –dijo por último-; y más bara¬ta. Cuando yo era un jovencito, la cerveza costaba cuatro pe¬niques los tres cuartos. Eso era antes de la guerra, natural¬mente.
– ¿Qué guerra era ésa? preguntó Winston.
Siempre hay alguna guerra -dijo el anciano con va¬guedad. Levantó el vaso y brindó-: ¡A su salud, caballero!
En su delgada garganta la nuez puntiaguda hizo un mo¬vimiento de sorprendente rapidez arriba y abajo y la cerveza desapareció. Winston se acercó al mostrador y volvió con otros dos medios litros.
-Usted es mucho mayor que yo -dijo Winston-. Cuando yo nací sería usted ya un hombre hecho y derecho. Usted puede recordar lo que pasaba en los tiempos anterio¬res a la Revolución; en cambio, la gente de mi edad no sabe nada de esa época. Sólo podemos leerlo en los libros, y lo que dicen los libros puede no ser verdad. Me gustaría saber su opinión sobre esto. Los libros de historia dicen que la vida anterior a la Revolución era por completo distinta de la de ahora. Había una opresión terrible, injusticias, pobreza… en fin, que no puede uno imaginar siquiera lo malo que era aquello. Aquí, en Londres, la gran masa de gente no tenía qué comer desde que nacían hasta que morían. La mitad de aquellos desgraciados no tenían zapatos que ponerse. Traba¬jaban doce horas al día, dejaban de estudiar a los nueve años y en cada habitación dormían diez personas. Y a la vez había algunos individuos, muy pocos, sólo unos cuantos miles en todo el mundo, los capitalistas, que eran ricos y poderosos. Eran dueños de todo. Vivían en casas enormes y suntuosas con treinta criados, sólo se movían en autos y coches de cua¬tro caballos, bebían champán y llevaban sombrero de copa.
El viejo se animó de pronto.
-¡Sombreros de copa! -exclamó-. Es curioso que los nombre usted. Ayer mismo pensé en ellos no sé por qué. Me acordé de cuánto tiempo hace que no se ve un sombrero de copa. Han desaparecido por completo. La última vez que lle¬vé uno fue en el entierro de mi cuñada. Y aquello fue… pues por lo menos hace cincuenta años, aunque la fecha exacta no puedo saberla. Claro, ya comprenderá usted que lo alquilé para aquella ocasión…
-Lo de los sombreros de copa no tiene gran importan¬cia -dijo Winston con paciencia-. Pero estos capitalistas -ellos, unos cuantos abogados y sacerdotes y los demás au xiliares que vivían de ellos- eran los dueños de la tierra. Todo lo que existía era para ellos. Ustedes, la gente corrien¬te, los trabajadores, eran sus esclavos. Los capitalistas podían hacer con ustedes lo que quisieran. Por ejemplo, mandarlos al Canadá como ganado. Si se les antojaba, se podían acostar con las hijas de ustedes. Y cuando se enfadaban, los azota¬ban a ustedes con un látigo llamado el gato de nueve colas. Si se encontraban ustedes a un capitalista por la calle, tenían que quitarse la gorra. Cada capitalista salía acompañado por una pandilla de lacayos que…
-¡Lacayos! Ahí tiene usted una palabra que no he oído desde hace muchísimos años. ¡Lacayos! Eso me recuerda muchas cosas pasadas. Hará medio siglo aproximadamente, solía pasear yo a veces por Hyde Park los domingos por la tarde para escuchar a unos tipos que pronunciaban discur¬sos: Ejército de salvación, católicos, judíos, indios… En fin, allí había de todo. Y uno de ellos…, no puedo recordar el nombre, pero era un orador de primera, no hacía más que gritar: «!Lacayos, lacayos de la burguesía! ¡Esclavos de las clases dirigentes!». Y también le gustaba mucho llamarlos parásitos y a los otros les llamaba hienas. Sí, una palabra algo así como hiena. Claro que se refería al Partido laborista, ya se hará usted cargo.
Winston tenía la sensación de que cada uno de ellos es¬taba hablando por su cuenta. Debía orientar un poco la con¬versación:
-Lo que yo quiero saber es si le parece a usted que hoy día tenemos más libertad que en la época de usted. ¿Le tra¬tan a usted más como un ser humano? En el pasado, los ri¬cos, los que estaban en lo alto…
-La Cámara de los Lores -evocó el viejo.
-Bueno, la Cámara de los Lores. Le pregunto a usted si esa gente le trataba como a un inferior por el simple hecho de que ellos eran ricos y usted pobre. Por ejemplo, ¿es cierto que tenía usted que quitarse la gorra y llamarles «señor» cuando se los cruzaba usted por la calle?
El hombre reflexionó profundamente. Antes de contes¬tar se bebió un cuarto de litro de cerveza.
-Sí erijo por fin-. Les gustaba que uno se llevara la mano a la gorra. Era una señal de respeto. Yo no estaba conforme con eso, pero lo hacía muchas veces. No tenía más remedio.
-¿Y era habitual -tenga usted en cuenta que estoy re¬pitiendo lo que he leído en nuestros libros de texto para las escuelas-, era habitual en aquella gente, en los capitalistas, empujarles a ustedes de la acera para tener libre el paso?
-Uno me empujó una vez –dijo el anciano-. Lo re¬cuerdo como si fuera ayer. Era un día de regatas nocturnas y en esas noches había mucha gente grosera, y me tropecé con un tipo joven y jactancioso en la avenida Shaftesbury. Era un caballero, iba vestido de etiqueta y con sombrero de copa. Venía haciendo zigzags por la acera y tropezó conmi¬go. Me dijo: «¿Por qué no mira usted por dónde va?». Yo le dije: «¡A ver si se ha creído usted que ha comprado la ace¬ra!». Y va y me contesta: «Le voy a dar a usted para el pelo si se descara así conmigo». Entonces yo le solté: «Usted está borracho y, si quiero, acabo con usted en medio minuto». Sí señor, eso le dije y no sé si me creerá usted, pero fue y me dio un empujón que casi me manda debajo de las ruedas de un autobús. Pero yo por entonces era joven y me dispuse a darle su merecido; sin embargo…
Winston perdía la esperanza de que el viejo le dijera algo interesante. La memoria de aquel hombre no era más que un montón de detalles. Aunque se pasara el día interrogándole, nada sacaría en claro. Según sus «declaraciones», los libros de Historia publicados por el Partido podían seguir siendo verdad, después de todo; podían ser incluso completamente verídicos. Hizo un último intento.
-Quizás no me he explicado bien. Lo que trato de decir es esto: usted ha vivido mucho tiempo; la mitad de su vida ha transcurrido antes de la Revolución. En 1925, por ejemplo, era usted ya un hombre. ¿Podría usted decir, por lo que recuerda de entonces, que la vida era en 1925 mejor que ahora o peor? Si tuviera usted que escoger, ¿preferiría usted vivir entonces o ahora?
El anciano contempló meditabundo a los que tiraban al blanco. Terminó su cerveza con mas lentitud que la vez an¬terior y por último habló con un tono filosófico y tolerante como si la cerveza lo hubiera dulcificado.
-Ya sé lo que espera usted que le diga. Usted querría que le dijera que prefiero volver a ser joven. Muchos lo di¬cen porque en la juventud se tiene salud y fuerza. En cambio, a mis años nunca se está bien del todo. Tengo muchos achaques. He de levantarme seis y siete veces por la noche cuando me da el dolor. Por otra parte, esto de ser viejo tiene muchas ventajas. Por ejemplo, las mujeres no le preocupan a uno y eso es una gran ventaja. Yo hace treinta años que no he estado con una mujer, no sé si me creerá usted. Pero lo más grande es que no he tenido ganas.
Winston se apoyó en el alféizar de la ventana. Era inútil proseguir. Iba a pedir más cerveza cuando el viejo se levantó de pronto y se dirigió renqueando hacia el urinario apestoso que estaba al fondo del local. Winston siguió unos minutos sentado contemplando su vaso vacío y, casi sin darse cuenta, se encontró otra vez en la calle. Dentro de veinte años, a lo más pensó-, la inmensa y sencilla pregunta «¿Era la vida antes de la Revolución mejor que ahora?» dejaría de tener sentido por completo. Pero ya ahora era imposible contes¬tarla, puesto que los escasos supervivientes del mundo anti¬guo eran incapaces de comparar una época con otra. Recor¬daban un millón de cosas insignificantes, una pelea con un compañero de trabajo, la búsqueda de una bomba de bicicle¬ta que habían perdido, la expresión habitual de una hermana fallecida hacía muchos años, los torbellinos de polvo que se formaron en una mañana tormentosa hace setenta años… pero todos los hechos trascendentales quedaban fuera del ra¬dio de su atención. Eran como las hormigas, que pueden ver los objetos pequeños, pero no los grandes. Y cuando la me¬moria fallaba y los testimonios escritos eran falsificados, las pretensiones del Partido de haber mejorado las condiciones de la vida humana tenían que ser aceptadas necesariamente porque no existía ni volvería nunca a existir un nivel de vida con el cual pudieran ser comparadas.
En aquel momento el fluir de sus pensamientos se in¬terrumpió de repente. Se detuvo y levantó la vista. Se halla¬ba en una calle estrecha con unas cuantas tiendecitas oscuras salpicadas entre casas de vecinos. Exactamente encima de su cabeza pendían unas bolas de metal descoloridas que habían sido doradas. Conocía este sitio. Era la tienda donde había comprado el Diario. Sintió miedo. Ya había sido bastante arriesgado comprar el libro y se había jurado a sí mismo no aparecer nunca más por allí. Sin embargo, en cuanto permi¬tió a sus pensamientos que corrieran en libertad, le habían traído sus pies a aquel mismo sitio. Precisamente, había ini¬ciado su Diario para librarse de impulsos suicidas como aquél. Al mismo tiempo, notó que aunque eran las veintiuna seguía abierta la tienda. Creyendo que sería más prudente es¬tar oculto dentro de la tienda que a la vista de todos en me¬dio de la calle, entró. Si le preguntaban podía decir que an¬daba buscando hojas de afeitar.
El dueño acababa de encender una lámpara de aceite que echaba un olor molesto, pero tranquilizador. Era un hombre de unos sesenta años, de aspecto frágil, y un poco encorva do, con una nariz larga y simpática y ojos de suave mirar a pesar de las gafas de gruesos cristales. Su cabello era casi blanco, pero las cejas, muy pobladas, se conservaban negras. Sus gafas, sus movimientos acompasados y el hecho de que llevaba una vieja chaqueta de terciopelo negro le daban un cierto aire intelectual como si hubiera sido un hombre de le¬tras o quizás un músico. De voz suave, algo apagada, tenía un acento menos marcado que la mayoría de los proles.
-Le reconocí a usted cuando estaba ahí fuera parado –dijo inmediatamente-. Usted es el caballero que me com¬pró aquel álbum para regalárselo, seguramente, a alguna se¬ñorita. Era de muy buen papel. «Papel crema» solían llamar¬le. Por lo menos hace cincuenta años que no se ha vuelto a fabricar un papel como ése -miró a Winston por encima de sus gafas-. ¿Puedo servirle en algo especial? ¿O sólo quería usted echar un vistazo?
-Pasaba por aquí -dijo Winston vagamente-. He en¬trado a mirar estas cosas. No deseo nada concreto.
-Me alegro elijo el otro- porque no creo que pudie¬ra haberle servido. -Hizo un gesto de disculpa con su fina mano derecha-. Ya ve usted; la tienda está casi vacía. En tre nosotros, le diré que el negocio de antigüedades está casi agotado. Ni hay clientes ni disponemos de género. Los mue¬bles, los objetos de porcelana y de cristal… todo eso ha ido desapareciendo poco a poco, y los hierros artísticos y demás metales han sido fundidos casi en su totalidad. No he vuelto a ver un candelabro de bronce desde hace muchos años.
En efecto, el interior de la pequeña tienda estaba atesta¬do de objetos, pero casi ninguno de ellos tenía el más peque¬ño valor. Había muchos cuadros que cubrían por completo las paredes. En el escaparate se exhibían portaplumas rotos, cinceles mellados, relojes mohosos que no pretendían funcio¬nar y otras baratijas. Sólo en una mesita de un rincón había algunas cosas de interés: cajitas de rapé, broches de ágata, etc. Al acercarse Winston a esta mesa le sorprendió un obje¬to redondo y brillante que cogió para examinarlo.
Era un trozo de cristal en forma de hemisferio. Tenía una suavidad muy especial, tanto por su color como por la calidad del cristal. En su centro, aumentado por la superficie curvada, se veía un objeto extraño que recordaba a una rosa o una anémona.
Qué es esto? -dijo Winston, fascinado.
-Eso es coral -dijo el hombre-. Creo que procede del Océano índico. Solían engarzarlo dentro de una cubier¬ta de cristal. Por lo menos hace un siglo que lo hicieron. Se¬guramente más, a juzgar por su aspecto.
-Es de una gran belleza -dijo Wínston.
-De una gran belleza, sí, señor -repitió el otro con tono de entendido-. Pero hoy día no hay muchas personas que lo sepan reconocer -carraspeó-. Si usted quisiera comprarlo, le costaría cuatro dólares. Recuerdo el tiempo en que una cosa como ésta costaba ocho libras, y ocho libras re¬presentaban… en fin, no sé exactamente cuánto; desde lue¬go, muchísimo dinero. Pero ¿quién se preocupa hoy por las antigüedades auténticas, por las pocas que han quedado?
Winston pagó inmediatamente los cuatro dólares y se guardó el codiciado objeto en el bolsillo. Lo que le atraía de él no era tanto su belleza como el aire que tenía de pertene cer a una época completamente distinta de la actual. Aquel cristal no se parecía a ninguno de los que él había visto. Era de una suavidad extraordinaria, con reflejos acuosos. Era el coral doblemente atractivo por su aparente inutilidad, aun¬que Winston pensó que en tiempos lo habían utilizado como pisapapeles. Pesaba mucho, pero afortunadamente, no le abultaba demasiado en el bolsillo. Para un miembro del Par¬tido era comprometedor llevar una cosa como aquélla. Todo lo antiguo, y mucho más lo que tuviera alguna belleza, resul¬taba vagamente sospechoso. El dueño de la tienda pareció alegrarse mucho de cobrar los cuatro dólares. Winston com¬prendió que se habría contentado con tres e incluso con dos.
-Arriba tengo otra habitación que quizás le interesara a usted ver -le propuso-. No hay gran cosa en ella, pero tengo dos o tres piezas… Llevaremos una luz.
Encendió otra lámpara y agachándose subió lentamente por la empinada escalera, de peldaños medio rotos. Luego entraron por un pasillo estrecho siguiendo hasta una habita¬ción que no daba a la calle, sino á un patio y a un bosque de chimeneas: Winston notó que los muebles estaban dispues¬tos como si fuera á vivir alguien en el cuarto. Había una al¬fombra en el suelo, un cuadro o dos en las paredes, y un si¬llón junto a la chimenea. Un antiguo reloj de cristal, en cuya esfera figuraban las doce horas, estilo antiguo, emitía su tic¬tac desde la repisa de la chimenea. Bajo la ventana y ocupan¬do casi la cuarta parte de la estancia había una enorme cama con el colchón descubierto.
-Aquí vivíamos hasta que murió mi mujer -dijo el vendedor disculpándose-. Voy vendiendo los muebles poco a poco. Ésa es una preciosa cama de caoba. Lo malo son las chinches. Si hubiera manera de acabar con ellas…
Sostenía la lámpara lo más alto posible para iluminar toda la habitación y a su débil luz resultaba aquel sitio muy acogedor. A Winston se le ocurrió pensar que sería muy fá cil alquilar este cuarto por unos cuantos dólares a la semana si se decidiera a correr el riesgo. Era una idea descabellada, desde luego, pero el dormitorio había despertado en él una especie de nostalgia, un recuerdo ancestral. Le parecía saber exactamente lo que se experimentaba al reposar en una habi¬tación como aquélla, hundido en un butacón junto al fuego de la chimenea mientras se calentaba la tetera en las bra¬sas. Allí solo, completamente seguro, sin nadie más que le vigilara a uno, sin voces que le persiguieran ni más sonido que el murmullo de la tetera y el amable tic-tac del reloj.
-¡No hay telepantalla! -se le escapó en voz baja.
Ah -dijo el hombre-. Nunca he tenido esas cosas. Son demasiado caras. Además no veo la necesidad… Fíjese en esa mesita de aquella esquina. Aunque, naturalmente, tendría usted que poner nuevos goznes si quisiera utilizar las ajas. En otro rincón había una pequeña librería. Winston se apresuró a examinarla. No había ningún libro interesante en ella. La caza y destrucción de libros se había realizado de un modo tan completo en los barrios proles como en las casas del Partido y en todas partes. Era casi imposible que existie¬ra en toda Oceanía un ejemplar de un libro impreso antes de 1960. El vendedor, sin dejar la lámpara, se había detenido ante un cuadrito enmarcado en palo rosa, colgado al otro lado de la chimenea, frente a la cama.
-Si le interesan a usted los grabados antiguos… -pro¬puso delicadamente.
Winston se acercó para examinar el cuadro. Era un gra¬bado en acero de un edificio ovalado con ventanas rectangu¬lares y una pequeña torre en la fachada. En torno al edificio corría una verja y al fondo se veía una estatua. Winston la contempló unos momentos. Le parecía algo familiar, pero no podía recordar la estatua.
-El marco está clavado en la pared -dijo el otro-, pero podría destornillarlo si usted lo quiere.
-Conozco ese edificio -dijo Winston por fin-. Está ahora en ruinas, cerca del Palacio de justicia.
-Exactamente. Fue bombardeado hace muchos años. En tiempos fue una iglesia. Creo que la llamaban San Cle¬mente. -Sonrió como disculpándose por haber dicho algo ridículo y añadió-: «Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clementes».
-¿Cómo? -dijo Winston.
-Es de unos versos que yo sabía de pequeño. Empeza¬ban: «Naranjas y limones, dicen las campanas de Spn Cle¬mente». Ya no recuerdo cómo sigue. Pero sí me acuerdo de la terminación: «Aquí tienes una vela para alumbrarte cuan¬do te vayas a acostar. Aquí tienes un hacha para cortarte la cabeza». Era una especie de danza. Unos tendían los brazos y otros pasaban por debajo y cuando llegaban a aquello de «He aquí el hacha para cortarte la cabeza», bajaban los bra¬zos y je cogían a uno. La canción estaba formada por los nombres de varias iglesias, de todas las principales que había en Londres.
Winston se preguntó a qué siglo pertenecerían las igle¬sias. Siempre era difícil determinar la edad de un edificio de Londres. Cualquier construcción de gran tamaño e impresionante aspecto, con tal de que no se estuviera derrumbando de puro vieja, se decía automáticamente que había sido cons¬truida después de la Revolución, mientras que todo lo ante¬rior se adscribía a un oscuro período llamado la Edad Media. Los siglos de capitalismo no habían producido nada de valor. Era imposible aprender historia a través de los monu¬mentos y de la arquitectura. Las estatuas, inscripciones, lápidas, los nombres de las calles, todo lo que pudiera arrojar alguna luz sobre el pasado, había sido alterado sistemáticamente.
-No sabía que había sido una iglesia -dijo Winston.
-En realidad, hay todavía muchas de ellas aunque se han dedicado a otros fines -le aclaró el dueño de la tien¬da-. Ahora recuerdo otro verso:

Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clemente, me debes tres peniques, dicen las campanas de San Martín.

No puedo recordar más versos.
-¿Dónde estaba San Martín? -dijo Winston.
-¿San Martín? Está todavía en pie. Sí, en la Plaza de la Victoria, junto al Museo de Pinturas. Es una especie de por¬che triangular con columnas y grandes escalinatas.
Winston conocía bien aquel lugar. El edificio se usaba para propaganda de varias clases: exposiciones de maquetas de bombas cohete y de fortalezas volantes, grupos de figuras de cera que ilustraban las atrocidades del enemigo y cosas por el estilo.
-San Martín de los Campos, como le llamaban -aclaró el otro-, aunque no recuerdo que hubiera campos por esa parte.
Winston no compró el cuadro. Hubiera sido una posesión aún más incongruente que el pisapapeles de cristal e im¬posible de llevar a casa a no ser que le hubiera quitado el marco. Pero se quedó unos minutos más hablando con el dueño, cuyo nombre no era Weeks -como él había supues¬to por el rótulo de la tienda-, sino Charrington. El señor Charrington era viudo, tenía sesenta y tres años y había ha¬bitado en la tienda desde hacía treinta. En todo este tiempo había pensado cambiar el nombre que figuraba en el rótulo, pero nunca había llegado a convencerse de la necesidad de hacerlo. Durante toda su conversación, la canción medio re¬cordada le zumbaba a Winston en la cabeza. Naranjas y limo¬nes, dicen las campanas de San Clemente; me debes tres peniques, dicen las campanas de San Martín. Era curioso que al repetirse esos versos tuviera la sensación de estar oyendo campanas, las campanas de un Londres desaparecido o que existía en alguna parte. Winston, sin embargo, no recordaba haber oído campanas en su vida.
Salió de la tienda del señor Charrington. Se había adelan¬tado a él desde el piso de arriba. No quería que lo acompaña¬se hasta la puerta para que no se diera cuenta de que reconocía la calle por si había alguien. En efecto, había decidido volver a visitar la tienda cuando pasara un tiempo pruden¬cial; por ejemplo, un mes. Después de todo, esto no era más peligroso que faltar una tarde al Centro. Lo más arriesga¬do había sido volver después de comprar el Diario sin saber si el dueño de la tienda era de fiar. Sin embargo…
Sí, pensó otra vez, volvería. Compraría más objetos anti¬guos y bellos. Compraría el grabado de San Clemente y se lo llevaría a casa sin el marco escondiéndolo debajo del «nono». Le haría recordar al señor Charrington el resto de aquel poema. Incluso el desatinado proyecto de alquilar la habitación del primer piso, le tentó de nuevo. Durante unos cinco segundos, su exaltación le hizo imprudente y salió a la calle sin asegurarse antes por el escaparate de que no pasaba nadie. Incluso empezó a tararear con música improvisada.

Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clemente. Me debes tres peniques, dicen las…

De pronto pareció helársele el corazón y derretírsele las entrañas. Una figura en «mono» azul avanzaba hacia él a unos diez metros de distancia. Era la muchacha del Departamento de Novela, la joven del cabello negro. Anochecía, pero podía reconocerla fácilmente. Ella lo miró directamente a la cara y luego apresuró el paso y pasó junto a él como si no lo hubiera visto.
Durante unos cuantos segundos, Winston quedó parali¬zado. Luego torció a la derecha y anduvo sin notar que iba en dirección equivocada. De todos modos, era evidente que la joven lo espiaba. Tenía que haberlo seguido hasta allí, pues no podía creerse que por pura casualidad hubiera esta¬do paseando en la misma tarde por la misma callejuela oscu¬ra a varios kilómetros de distancia de todos los barrios habi¬tados por los miembros del Partido. Era una coincidencia demasiado grande. Que fuera una agente de la Policía del Pensamiento o sólo una espía aficionada que actuase por ofi¬ciosidad, poco importaba. Bastaba con que estuviera vigilán¬dolo. Probablemente, lo había visto también en la taberna.
Le costaba gran trabajo andar. El pisapapeles de cristal que llevaba en el bolsillo le golpeaba el muslo a cada paso y estuvo tentado de arrojarlo muy lejos. Lo peor era que le dolía el vientre. Por unos instantes tuvo la seguridad de que se moriría si no encontraba en seguida un retrete público, Pero en un barrio como aquél no había tales comodidades. Afor¬tunadamente, se le pasaron esas angustias quedándole sólo un sordo dolor.
La calle no tenía salida. Winston se detuvo, preguntán¬dose qué haría. Mas hizo lo único que le era posible, volver a recorrerla hasta la salida. Sólo hacía tres minutos que la joven se había cruzado con él, y si corría, podría alcanzarla. Podría seguirla hasta algún sitio solitario y romperle allí el cráneo con una piedra. Le bastaría con el pisapapeles. Pero abandonó en seguida esta idea, ya que le era intolerable rea¬lizar un esfuerzo físico. No podía correr ni dar el golpe. Además, la muchacha era joven y vigorosa y se defendería bien. Se le ocurrió también acudir al Centro Comunal y es¬tarse allí hasta que cerraran para tener una coartada de su empleo del tiempo durante la tarde. Pero aparte de que sería sólo una coartada parcial, el proyecto era imposible de reali¬zar. Le invadió una mortal laxitud. Sólo quería llegar a casa pronto y descansar.
Eran más de las veintidós cuando regresó al piso. Apa¬garían las luces a las veintitrés treinta. Entró en su cocina y se tragó casi una taza de ginebra de la Victoria. Luego se dirigió a la mesita, sentóse y sacó el Diario del cajón. Pero no lo abrió en seguida. En la telepantalla una violenta voz fe¬menina cantaba una canción patriótica a grito pelado. Ob¬servó la tapa del libro intentando inútilmente no prestar atención a la voz.
Las detenciones no eran siempre de noche. Lo mejor era matarse antes de que lo cogieran a uno. Algunos lo hacían. Muchas de las llamadas desapariciones no eran más que suicidios. Pero hacía falta un valor desesperado para matarse en un mundo donde las armas de fuego y cualquier veneno rá¬pido y seguro eran imposibles de encontrar. Pensó con asombro en la inutilidad biológica del dolor y del miedo, en la traición del cuerpo humano, que siempre se inmoviliza en el momento exacto en que es necesario realizar algún esfuer¬zo especial. Podía haber eliminado a la muchacha morena sólo con haber actuado rápida y eficazmente; pero precisa¬mente por lo extremo del peligro en que se hallaba había perdido la facultad de actuar. Le sorprendió que en los mo¬mentos de crisis no estemos luchando nunca contra un ene¬migo externo, sino siempre contra nuestro propio cuerpo. Incluso ahora, a pesar de la ginebra, la sorda molestia de su vientre le impedía pensar ordenadamente. Y lo mismo ocurre en todas las situaciones aparentemente heroicas o trá¬gicas. En el campo de batalla, en la cámara de las torturas, en un barco que naufraga, se olvida siempre por qué se de¬bate uno ya que el cuerpo acaba llenando el universo, e in¬cluso cuando no estamos paralizados por el miedo o chillan¬do de dolor, la vida es una lucha de cada momento contra el hambre, el frío o el insomnio, contra un estómago dolorido o un dolor de muelas.
Abrió el Diario. Era importante escribir algo. La mujer de la telepantalla había empezado una nueva canción. Su voz sé le clavaba a Winston en el cerebro como pedacitos de vi¬drio. Procuró pensar en O’Brien, a quien dirigía su Diario, pero en vez de ello, empezó a pensar en las cosas que le su¬cederían cuando lo detuviera la Policía del Pensamiento. No importaba que lo matasen a uno en seguida. Esa muerte era la esperada. Pero antes de morir (nadie hablaba de estas co¬sas aunque nadie las ignoraba) había que pasar por la rutina de la confesión: arrastrarse por el suelo, gritar pidiendo mi¬sericordia, el chasquido de los huesos rotos, los dientes parti¬dos y los mechones ensangrentados de pelo. ¿Para qué sufrir todo esto si el fin era el mismo? ¿Por qué no ahorrarse todo esto? Nadie escapaba a la vigilancia ni dejaba de confesar. El culpable de crimental estaba completamente seguro de que lo matarían antes o después. ¿Para qué, pues, todo ese horror que nada alteraba?
Por fin, consiguió evocar la imagen de O’Brien. «Nos encontraremos en el sitio donde no hay oscuridad», le había dicho O’Brien en el sueño. Winston sabía lo que esto significaba, o se figuraba saberlo. El lugar donde no hay oscuridad era el futuro imaginado, que nunca se vería; pero, por adivi¬nación, podría uno participar en él místicamente. Con la voz de la telepantalla zumbándole en los oídos no podía pensar con ilación. Se puso un cigarrillo en la boca. La mitad del ta¬baco se le cayó en la lengua, un polvillo amargo que luego no se podía escupir. El rostro del Gran Hermano flotaba en su mente desplazando al de O’Brien. Lo mismo que había hecho unos días antes, se sacó una moneda del bolsillo y la contempló. El rostro le miraba pesado, tranquilo, protector. Pero, ¿qué clase de sonrisa se escondía bajo el oscuro bigote? Las palabras de las consignas martilleaban el cerebro de Winston:

LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA

Parte segunda

I

A media mañana, Winston salió de su cabina para ir a los lavabos.
Una figura solitaria avanzaba hacia él desde el otro ex¬tremo del largo pasillo brillantemente iluminado. Era la mu¬chacha morena. Habían pasado cuatro días desde la tarde en que se la había encontrado cerca de la tienda. Al acercarse, vio Winston que la joven llevaba en cabestrillo el brazo de¬recho. De lejos no se había fijado en ello porque las vendas tenían el mismo color que el «mono». Probablemente, se ha¬bría aplastado la mano para hacer girar uno de los grandes calidoscopios donde se fabricaban los argumentos de las no¬velas. Era un accidente que ocurría con frecuencia en el De¬partamento de Novela.
Estaban separados todavía por cuatro metros cuando la joven dio un traspié y se cayó de cara al suelo exhalando un grito de dolor. Por lo visto, había caído sobre el brazo heri do. Winston se paró en seco. La muchacha logró ponerse de rodillas. Tenía la cara muy pálida y los labios, por contraste, más rojos que nunca. Clavó los ojos en Winston con una ex¬presión desolada que más parecía de miedo que de dolor.
Una curiosa emoción conmovió a Winston. Frente a él tenía a la enemiga que procuraba su muerte. Frente a él, tam¬bién, había una criatura humana que sufría y que quizás se hubiera partido el hueso de la nariz. Se acercó a ella instinti¬vamente, para ayudarla. Winston había sentido el dolor de ella en su propio cuerpo al verla caer con el brazo vendado.
-¿Estás herida? -le dijo.
-No es nada. El brazo. Estaré bien en seguida.
Hablaba como si le saltara el corazón. Estaba temblando y palidísima.
-¿No te has roto nada?
-No, estoy bien. Me dolió un momento nada más.
Le tendió a Winston su mano libre y él la ayudó a levantar¬se Le había vuelto algo de color y parecía hallarse mucho mejor.
-No ha sido nada -repitió poco después-. Lo que me dolió fue la muñeca. ¡Gracias, camarada!
Y sin más, continuó en la dirección que traía con paso tan vivo como si realmente no le hubiera sucedido nada. El incidente no había durado más de medio minuto. Era un hábito adquirido por instinto ocultar los sentimientos, y ade¬más cuando ocurrió aquello se hallaban exactamente delante de una telepantalla. Sin embargo, a Winston le había sido muy difícil no traicionarse y manifestar una sorpresa mo¬mentánea, pues en los dos o tres segundos en que ayudó a la joven a levantarse, ésta le había deslizado algo en la mano. Evidentemente, lo había hecho a propósito. Era un pequeño papel doblado. Al pasar por la puerta de los lavabos, se lo metió en el bolsillo.
Mientras estuvo en el urinario, se las arregló para desdo¬blarlo dentro del bolsillo. Desde luego, tenía que haber al¬gún mensaje en ese papel. Estuvo tentado de entrar en uno de los waters y leerlo allí. Pero eso habría sido una locura. En ningún sitio vigilaban las telepantallas con más interés que en los retretes.
Volvió a su cabina; sentóse, arrojó el pedazo de papel entre los demás de encima de la mesa, se puso las gafas y se acercó al hablescribe. «¡Todavía cinco minutos! -se dijo a sí mismo-, ¡por lo menos cinco minutos!» Le galopaba el corazón en el pecho con aterradora velocidad. Afortunada¬mente, el trabajo que estaba realizando era de simple rutina -la rectificación de una larga lista de números- y no nece¬sitaba fijar la atención.
Las palabras contenidas en el papel tendrían con toda seguridad un significado político. Había dos posibilidades, calculaba Winston. Una, la más probable, era que la chica fuera un agente de la Policía del Pensamiento, como él te¬mía. No sabía por qué empleaba la Policía del Pensamiento ese procedimiento para entregar sus mensajes, pero podía te¬ner sus razones para ello. Lo escrito en el papel podía ser una amenaza, una orden de suicidarse, una trampa… Pero había otra posibilidad, aunque Winston trataba de conven¬cerse de que era una locura: que este mensaje no viniera de la Policía del Pensamiento, sino de alguna organización clan¬destina. ¡Quizás existiera una Hermandad! ¡Quizás fuera aquella muchacha uno de sus miembros! La idea era absurda, pero se le había ocurrido en el mismo instante en que sintió el roce del papel en su mano. Hasta unos minutos después no pensó en la otra posibilidad, mucho más sensata. E inclu¬so ahora, aunque su cabeza le decía que el mensaje significa¬ría probablemente la muerte, no acababa de creerlo y persis¬tía en él la disparatada esperanza. Le latía el corazón y le costaba un gran esfuerzo conseguir que no le temblara la voz mientras murmuraba las cantidades en el hablescribe.
Cuando terminó, hizo un rollo con sus papeles y los in¬trodujo en el tubo neumático. Habían pasado ocho minutos. Se ajustó las gafas sobre la nariz, suspiró y se acercó el otro montón de hojas que había de examinar. Encima estaba el papelito doblado. Lo desdobló; en él había escritas estas pa¬labras con letra impersonal:

Te quiero.

Winston se quedó tan estupefacto que ni siquiera tiró aquella prueba delictiva en el «agujero de la memoria». Cuan¬do por fin, reaccionando, se dispuso a hacerlo, aunque sabía muy bien cuánto peligro había en manifestar demasiado inte¬rés por algún papel escrito, volvió a leerlo antes para con¬vencerse de que no había soñado.
Durante el resto de la mañana, le fue muy difícil traba¬jar. Peor aún que fijar su mente sobre las tareas habituales, era la necesidad de ocultarle a la telepantalla su agitación interior. Sintió como si le quemara un fuego en el estómago. La comida en la atestada y ruidosa cantina le resultó un tor¬mento. Había esperado hallarse un rato solo durante el al¬muerzo, pero tuvo la mala suerte de que el imbécil de Par¬sons se le colocara a su lado y le soltara una interminable sarta de tonterías sobre los preparativos para la Semana del Odio. Lo que más le entusiasmaba a aquel simple era un mo¬delo en cartón de la cabeza del Gran Hermano, de dos me¬tros de anchura, que estaban preparando en el grupo de Espías al que pertenecía la niña de Parsons. Lo más irritante era que Winston apenas podía oír lo que decía Parsons y te¬nía que rogarle constantemente que repitiera las estupideces que acababa de decir. Por un momento, divisó a la chica mo¬rena, que estaba en una mesa con otras dos compañeras al otro extremo de la estancia. Pareció no verle y él no volvió a mirar en aquella dirección.
La tarde fue más soportable. Después de comer recibió un delicado y difícil trabajo que le había de ocupar varias horas y acaparar su atención. Consistía en falsificar una serie de in¬formes de producción de dos años antes con objeto de desa¬creditar a un prominente miembro del Partido Interior que empezaba a estar mal visto. Winston servía para estas cosas y durante más de dos horas logró apartar a la joven de su mente. Entonces le volvió el recuerdo de su cara y sintió un rabioso e intolerable deseo de estar solo. Porque necesitaba la soledad para pensar a fondo en sus nuevas circunstancias. Aquella noche era una de las elegidas por el Centro Comunal para sus reuniones. Tomó una cena temprana -otra insípi¬da comida- en la cantina, se marchó al Centro a toda prisa, participó en las solemnes tonterías de un «grupo de polemis¬tas», jugó dos veces al tenis de mesa, se tragó varios vasos de ginebra y soportó durante una hora la conferencia titulada «Los principios de Ingsoc en el juego de ajedrez». Su alma se retorcía de puro aburrimiento, pero por primera vez no sin¬tió el menor impulso de evitarse una tarde en el Centro. A la vista de las palabras Te quiero, el deseo de seguir viviendo le dominaba y parecía tonto exponerse a correr unos riesgos que podían evitarse tan fácilmente. Hasta las veintitrés, cuando ya estaba acostado -en la oscuridad, donde estaba uno libre hasta de la telepantalla con tal de no hacer ningún ruido- no pudo dejar fluir libremente sus pensamientos.
Se trataba de un problema físico que había de ser resuel¬to: cómo ponerse en relación con la muchacha y preparar una cita. No creía ya posible que la joven le estuviera ten¬diendo una trampa. Estaba seguro de que no era así por la inconfundible agitación que ella no había podido ocultar al entregarle el papelito. Era evidente que estaba asustadísima, y con motivo sobrado. A Winston no le pasó siquiera por la cabeza la idea de rechazar a la muchacha. Sólo hacía cinco noches que se había propuesto romperle el cráneo con una piedra. Pero lo mismo daba. Ahora se la imaginaba desnuda como la había visto en su ensueño. Se la había figurado idio¬ta como las demás, con la cabeza llena de mentiras y de odios y el vientre helado. Una angustia febril se apoderó de él al pensar que pudiera perderla, que aquel cuerpo blanco y juvenil se le escapara. Lo que más temía era que la muchacha cambiase de idea si no se ponía en relación con ella rápida¬mente. Pero la dificultad física de esta aproximación era enorme. Resultaba tan difícil como intentar un movimiento en el juego de ajedrez cuando ya le han dado a uno el mate. Adondequiera que fuera uno, allí estaba la telepantalla. To¬dos los medios posibles para comunicarse con la joven se le ocurrieron a Winston a los cinco minutos de leer la nota; pero una vez acostado y con tiempo para pensar bien, los fue analizando uno a uno como si tuviera esparcidas en una mesa una fila de herramientas para probarlas.
Desde luego, la clase de encuentro de aquella mañana no podía repetirse. Si ella hubiera trabajado en el Departamento de Registro, habría sido muy sencillo, pero Winston tenía una idea muy remota de dónde estaba el Departamento de Novela en el edificio del Ministerio y no tenía pretexto algu¬no para ir allí. Si hubiera sabido dónde vivía y a qué hora salía del trabajo, se las habría arreglado para hacerse el en¬contradizo; pero no era prudente seguirla a casa ya que esto suponía esperarla delante del Ministerio a la salida, lo cual llamaría la atención indefectiblemente. En cuanto a mandar una carta por correo, sería una locura. Ni siquiera se oculta¬ba que todas las cartas se abrían, por lo cual casi nadie escri¬bía ya cartas. Para los mensajes que se necesitaba mandar, había tarjetas impresas con largas listas de frases y se escogía la más adecuada borrando las demás. En todo caso, no sólo ignoraba la dirección de la muchacha, sino incluso su nom¬bre. Finalmente, decidió que el.sitio más seguro era la canti¬na. Si pudiera ocupar una mesa junto a la de ella hacia la mi¬tad del local, no demasiado cerca de la telepantalla y con el zumbido de las conversaciones alrededor, le bastaba con treinta segundos para ponerse de acuerdo con ella.
Durante una semana después, la vida fue para Winston como una pesadilla. Al día siguiente, la joven no apareció por la cantina hasta el momento en que él se marchaba cuando ya había sonado la sirena. Seguramente, la habían cam¬biado a otro turno. Se cruzaron sin mirarse. Al día siguiente, estuvo ella en la cantina a la hora de costumbre, pero con otras tres chicas y debajo de una telepantalla. Pasaron tres días insoportables para Winston, en que no la vio en la can¬tina. Tanto su espíritu como su cuerpo habían adquirido una hipersensibilidad que casi le imposibilitaba para hablar y mo¬verse. Incluso en sueños no podía librarse por completo de aquella imagen. Durante aquellos días no abrió su Diario. El único alivio lo encontraba en el trabajo; entonces conseguía olvidarla durante diez minutos seguidos. No tenía ni la me¬nor idea de lo que pudiera haberle ocurrido y no había que pensar en hacer una investigación. Quizá-la hubieran vapori¬zado, quizá se hubiera suicidado o, a lo mejor, la habían tras¬ladado al otro extremo de Oceanía.
La posibilidad a la vez mejor y peor de todas era que la jo¬ven, sencillamente, hubiera cambiado de idea y le rehuyera.
Pero al día siguiente reapareció. Ya no traía el brazo en cabestrillo; sólo una protección de yeso alrededor de la mu¬ñeca. El alivio que sintió al verla de nuevo fue tan grande que no pudo evitar mirarla directamente durante varios se¬gundos. Al día siguiente, casi logró hablar con ella. Cuando Winston llegó a la cantina, la encontró sentada a una mesa muy alejada de la pared. Estaba completamente sola. Era temprano y había poca gente. La cola avanzó hasta que Winston se encontró casi junto al mostrador, pero se detuvo allí unos dos minutos a causa de que alguien se quejaba de no haber recibido su pastilla de sacarina. Pero la muchacha seguía sola cuando Winston tuvo ya servida su bandeja y avanzaba hacia ella. Lo hizo como por casualidad fingiendo que buscaba un sitio más allá de donde se encontraba la jo¬ven. Estaban separados todavía unos tres metros. Bastaban dos segundos para reunirse, pero entonces sonó una voz de¬trás de él: «¡Smith!». Winston hizo como que no oía. Enton¬ces la voz repitió más alto: «¡Smith!». Era inútil hacerse el tonto. Se volvió. Un muchacho llamado Wilsher, a quien apenas conocía Winston, le invitaba sonriente a sentarse en un sitio vacío junto a él. No era prudente rechazar esta invi¬tación. Después de haber sido reconocido, no podía ir a sen¬tarse junto a una muchacha sola. Quedaría demasiado en evi¬dencia. Haciendo de tripas corazón, le sonrió amablemente al muchacho, que le miraba con un rostro beatífico. Wins¬ton, como en una alucinación, se veía a sí mismo partiéndole la cara a aquel estúpido con un hacha. La mesa donde estaba ella se llenó a los pocos minutos.
Por lo menos, la joven tenía que haberlo visto ir hacia ella y se habría dado cuenta de su intención. Al día siguien¬te, tuvo buen cuidado de llegar temprano. Allí estaba ella, exactamente, en la misma mesa y otra vez sola. La persona que precedía a Winston en la cola era un hombrecillo ner¬vioso con una cara aplastada y ojos suspicaces. Al alejarse Winston del mostrador, vio que aquel hombre se dirigía ha¬cia la mesa de ella. Sus esperanzas se vinieron abajo. Había un sitio vacío una mesa más allá, pero algo en el aspecto de aquel tipejo le convenció a Winston de que éste no se insta¬laría en la mesa donde no había nadie para evitarse la moles¬tia de verse obligado a soportar a los desconocidos que luego se quisieran sentar allí. Con verdadera angustia, lo siguió Winston. De nada le serviría sentarse con ella si alguien más los acompañaba. En aquel momento, hubo un ruido tremen¬do. El hombrecillo se había caído de bruces y la bandeja sa¬lió volando derramándose la sopa y el café. Se puso en pie y miró ferozmente a Winston. Evidentemente, sospechaba que éste le había puesto la zancadilla. Pero daba lo mismo por¬que poco después, con el corazón galopándole, se instalaba Winston junto a la muchacha.
No la miró. Colocó en la mesa el contenido de su bande¬ja y empezó a comer. Era importantísimo hablar en seguida antes de que alguna otra persona se uniera a ellos. Pero le invadía un miedo terrible. Había pasado una semana desde ‘ que la joven se había acercado a él. Podía haber cambiado de idea, es decir, tenía que haber cambiado de idea. Era imposi¬ble que este asunto terminara felizmente; estas cosas no su¬ceden en la vida real, y probablemente no habría llegado a hablarle si en aquel momento no hubiera visto a Ample¬forth, el poeta de orejas velludas, que andaba de un lado a otro buscando sitio. Era seguro que Àmpleforth, que cono¬cía bastante a Winston, se sentaría en su mesa en cuanto lo viera. Tenía, pues, un minuto para actuar. Tanto él como la muchacha comían rápidamente. Era una especie de guiso muy caldoso de habas. En voz muy baja, empezó Winston a hablar. No se miraban. Se llevaban a la boca la comida y en¬tre cucharada y cucharada se decían las palabras indispensa¬bles en voz bajá e inexpresiva.
-¿A qué hora sales del trabajo?
-Dieciocho treinta.
-¿Dónde podemos vernos?
-En la Plaza de la Victoria, cerca del Monumento.
-Hay muchas telepantallas allí.
-No importa, porque hay mucha circulación.
-¿Alguna señal?
-No. No te acerques hasta que no me veas entre mucha gente. Y no me mires. Sigue andando cerca de mí.
-¿A qué hora?
-A las diecinueve.
-Muy bien.
Ampleforth no vio a Winston y se sentó en otra mesa. No volvieron a hablar y, en lo humanamente posible entre dos personas sentadas una frente a otra y en la misma mesa, no se miraban. La joven acabó de comer a toda velocidad y se marchó. Winston se quedó fumando un cigarrillo.
Antes de la hora convenida estaba Winston en la Plaza de la Victoria. Dio vueltas en torno a la enorme columna en lo alto de la cual la estatua del Gran Hermano miraba hacia el Sur, hacia los cielos donde había vencido a los aviones eu¬rasiáticos (pocos años antes, los vencidos fueron los aviones de Asia Oriental), en la batalla de la Primera Franja Aérea. En la calle de enfrente había una estatua ecuestre cuyo jine¬te representaba, según decían, a Oliver Cromwell. Cinco minutos después de la hora que fijaron, aún no se había pre¬sentado la muchacha. Otra vez le entró a Winston un gran pánico. ¡No venía! ¡Había cambiado de idea! Se dirigió lenta¬mente hacia el norte de la plaza y tuvo el placer de identifi¬car la iglesia de San Martín, cuyas campanas -cuando exis¬tían- habían cantado aquello de «me debes tres peniques». Entonces vio a la chica parada al pie del monumento, leyen¬do o fingiendo que leía un cartel arrollado a la columna en espiral. No era prudente acercarse a ella hasta que se hubiera acumulado más gente. Había telepantallas en todo el contorno del monumento. Pero en aquel mismo momento se produjo una gran gritería y el ruido de unos vehículos pesados que ve¬nían por la izquierda. De pronto, todos cruzaron corriendo la plaza. La joven dio la vuelta ágilmente junto a los leones que formaban la base del monumento y se unió a la desbandada. Winston la siguió. Al correr, le oyó decir a alguien que un con¬voy de prisioneros eurasiáticos pasaba por allí cerca.
Una densa masa de gente bloqueaba el lado sur de la pla¬za. Winston, que normalmente era de esas personas que rehuyen todas las aglomeraciones, se esforzaba esta vez, a codazos y empujones, en abrirse paso hasta el centro de la multitud. Pronto estuvo a un paso de la joven, pero entre los dos había un corpulento prole y una mujer casi tan enorme como él, seguramente su esposa. Entre los dos parecían for¬mar un impenetrable muro de carne. Winston se fue metien¬do de lado y, con un violento empujón, logró meter entre la pareja su hombro. Por un instante creyó que se le deshacían las entrañas aplastadas entre las dos caderas forzudas. Pero, con un esfuerzo supremo, sudoroso, consiguió hallarse por fin junto a la chica. Estaban hombro con hombro y ambos miraban fijamente frente a ellos.
Una caravana de camiones, con soldados de cara pétrea armados con fusiles ametralladoras, pasaban calle abajo. En los camiones, unos hombres pequeños de tez amarilla y harapientos uniformes verdosos formaban una masa compacta tan apretados como iban. Sus tristes caras mongólicas mira¬ban a la gente sin la menor curiosidad. De vez en cuando se oían ruidos metálicos al dar un brinco alguno de los camiones. Este ruido lo producían los grilletes que llevaban los prisioneros en los pies. Pasaron muchos camiones con la misma carga y los mismos rostros indiferentes. Winston conocía de sobra el contenido, pero sólo podía verlos inter¬mitentemente. La muchacha apoyaba el hombro y el brazo derecho, hasta el codo, contra el costado de Winston. Sus mejillas estaban tan próximas que casi se tocaban. Ella se había puesto inmediatamente a tono con la situación lo mismo que lo había hecho en la cantina. Empezó a hablar con la misma voz inexpresiva, moviendo apenas los labios. Era un leve murmullo apagado por las voces y el estruendo del desfile.
-¿Me oyes?
-Sí.
-¿Puedes salir el domingo?
-Sí.
-Entonces escucha bien. No lo olvides. Irás a la esta¬ción de Paddington…
Con una precisión casi militar que asombró a Winston, la chica le fue describiendo la ruta que había de seguir: un viaje de media hora en tren; torcer luego a la izquierda al sa¬lir de la estación; después de dos kilómetros por carretera y, al llegar a un portillo al que le faltaba una barra, entrar por él y seguir por aquel sendero cruzando hasta una extensión de césped; de allí partía una vereda entre arbustos; por fin, un árbol derribado y cubierto de musgo. Era como si tuviese un mapa dentro de la cabeza.
-¿Te acordarás? -murmuró al terminar sus indicaciones.
-Sí.
Tuerces a la izquierda, luego a la derecha y otra vez a la izquierda. Y al portillo le falta una barra.
-Sí. ¿A qué hora?
-Hacia las quince. A lo mejor tienes que esperar. Yo llegaré por otro camino. ¿Te acordarás bien de todo?
-Sí.
Entonces, márchate de mi lado lo más pronto que puedas. No necesitaba habérselo dicho. Pero, por lo pronto, no se podía mover. Los camiones no dejaban de pasar y la gente no se cansaba de expresar su entusiasmo. Aunque es verdad que solamente lo expresaban abriendo la boca en señal de es¬tupefacción. Al principio había habido algunos abucheos y silbidos, pero procedían sólo de los miembros del Partido y pronto cesaron. La emoción dominante era sólo la curiosi¬dad. Los extranjeros, ya fueran de Eurasia o de Asia Oriental, eran como animales raros. No había manera de verlos, sino como prisioneros; e incluso como prisioneros no era posible verlos más que unos segundos. Tampoco se sabía qué hacían con ellos aparte de los ejecutados públicamente como crimi¬nales de guerra. Los demás se esfumaban, seguramente en los campos de trabajos forzados. Los redondos rostros mongóli¬cos habían dejado paso a los de tipo más europeo, sucios, bar¬budos y exhaustos. Por encima de los salientes pómulos, los ojos de algunos miraban a los de Winston con una extraña intensidad y pasaban al instante. El convoy se estaba termi¬nando. En el último camión vio Winston a un anciano con la cara casi oculta por una masa de cabello, muy erguido y con los puños cruzados sobre el pecho. Daba la sensación de estar acostumbrado a que lo ataran. Era imprescindible que Wins¬ton y la chica se separaran ya. Pero en el último momento, mientras que la multitud los seguía apretando el uno contra el otro, ella le cogió la mano y se la estrechó.
No habría durado aquello más de diez segundos y, sin embargo, parecía que sus manos habían estado unidas duran¬te una eternidad. Por lo menos, tuvo Winston tiempo sobra do para aprenderse de memoria todos los detalles de aquella mano de mujer. Exploró sus largos dedos, sus uñas bien for¬madas, la palma endurecida por el trabajo con varios callos y la suavidad de la carne junto a la muñeca. Sólo con verla la habría reconocido entre todas las manos. En ese instante se le ocurrió que no sabía de qué color tenía ella los ojos. Pro¬bablemente, castaños, pero también es verdad que mucha gente de cabello negro tienen ojos azules. Volver la cabeza y mirarla hubiera sido una imperdonable locura. Mientras ha¬bía durado aquel apretón de manos invisible entre la presión de tanta gente, miraban ambos impasibles adelante y Winston, en vez de los ojos de ella, contempló los del anciano prisionero que lo miraban con tristeza por entre sus greñas de pelo.

II

Winston emprendió la marcha por el campo. El aire pa¬recía besar la piel. Era el segundo día de mayo. Del corazón del bosque venía el arrullo de las palomas. Era un poco pronto. El viaje no le había presentado dificultades y la mu¬chacha era tan experimentada que le infundía a Winston una gran seguridad. Confiaba en que ella sabría escoger un sitio seguro. En general, no podía decirse que se estuviera más seguro en el campo que en Londres. Desde luego, no había telepantallas, pero siempre quedaba el peligro de los micró¬fonos ocultos que recogían vuestra voz y la reconocían. Además, no era fácil viajar individualmente sin llamar la atención. Para distancias de menos de cien kilómetros no se exigía visar los pasaportes, pero a veces vigilaban patrullas alrededor de las estaciones de ferrocarril y examinaban los documentos de todo miembro del Partido al que encontra¬ran y le hacían difíciles preguntas. Sin embargo, Winston tuvo la suerte de no encontrar patrullas y desde que salió de la estación se aseguró, mirando de vez en cuando cautamen¬te hacia atrás, de que no lo seguían. El tren iba lleno de pro¬les con aire de vacaciones, quizá porque el tiempo parecía de verano. El vagón en que viajaba Winston llevaba asientos de madera y su compartimiento estaba ocupado casi por com¬pleto con una única familia, desde la abuela, muy vieja y sin dientes, hasta un niño de un mes. Iban a pasar la tarde con unos parientes en el campo y, como le explicaron con toda libertad a Winston, para adquirir un poco de mantequilla en el mercado negro.
Por fin, llegó a la vereda que le había dicho ella y siguió por allí entre los arbustos. No tenía reloj, pero no podían ser todavía las quince. Había tantas flores silvestres, que le era imposible no pisarlas. Se arrodilló y empezó a coger algunas, en parte por echar algún tiempo fuera y también con la vaga idea de reunir un ramillete para ofrecérselo a la muchacha. Pronto formó un gran ramo y estaba oliendo su enfermizo aroma cuando se quedó helado al oír el inconfundible cruji¬do de unos pasos tras él sobre las ramas secas. Siguió cogien¬do florecillas. Era lo mejor que podía hacer. Quizá fuese la chica, pero también pudieran haberlo seguido. Mirar para atrás era mostrarse culpable. Todavía le dio tiempo de coger dos flores más. Una mano se le posó levemente sobre el hombro.
Levantó la cabeza. Era la muchacha. Ésta volvió la cabe¬za para prevenirle de que siguiera callado, luego apartó las ramas de los arbustos para abrir paso hacia el bosque. Era evidente que había estado allí antes, pues sus movimientos eran los de una persona que tiene la costumbre de ir siempre por el mismo sitio. Winston la siguió sin soltar su ramo de flores. Su primera sensación fue de alivio, pero mientras contemplaba el cuerpo femenino, esbelto y fuerte a la vez, que se movía ante él, y se fijaba en el ancho cinturón rojo, lo bastante apretado para hacer resaltar la curva de sus caderas, empezó a sentir su propia inferioridad. Incluso ahora le pare¬cía muy probable que cuando ella se volviera y lo mirara, lo abandonaría. La dulzura del aire y el verdor de las hojas lo hechizaban. Ya cuando venía de la estación, el sol de mayo le había hecho sentirse sucio y gastado, una criatura de puer¬tas adentro que llevaba pegado a la piel el polvo de Londres. Se le ocurrió pensar que hasta ahora no lo había visto ella de cara a plena luz. Llegaron al árbol derribado del que la joven había hablado. Ésta saltó por encima del tronco y, separando las grandes matas que lo rodeaban, pasó a un pequeño claro. Winston, al seguirla, vio que el pequeño espacio estaba ro¬deado todo por arbustos y oculto por ellos. La muchacha se detuvo y, volviéndose hacia él, le dijo:
-Ya hemos llegado.
Winston se hallaba a varios pasos de ella. Aún no se atrevía a acercársele más.
-No quise hablar en la vereda prosiguió ella- por si acaso había algún micrófono escondido. No creo que lo haya, pero no es imposible. Siempre cabe la posibilidad de que uno de esos cerdos te reconozcan la voz. Aquí estamos bien.
Todavía le faltaba valor a Winston para acercarse a ella. Por eso, se limitó a repetir tontamente:
-¿Estamos bien aquí?
-Sí. Mira los árboles -eran unos arbolillos de ramas finísimas-. No hay nada lo bastante grande para ocultar un micro. Además, ya he estado aquí antes.
Sólo hablaban. Él se había decidido ya a acercarse más a ella. Sonriente, con cierta ironía en la expresión, la joven es¬taba muy derecha ante él como preguntándose por qué tar¬daba tanto en empezar. El ramo de flores silvestre se había caído al suelo. Winston le cogió la mano.
-¿Quieres creer -dijo- que hasta este momento no sabía de qué color tienes los ojos? -Eran castaños, bastante claros, con pestañas negras-. Ahora que me has visto a ple¬na luz y cara a cara, ¿puedes soportar mi presencia?
-Sí, bastante bien.
-Tengo treinta y nueve años. Estoy casado y no me puedo librar de mi mujer. Tengo varices y cinco dientes pos¬tizos.
Todo eso no me importa en absoluto -dijo la mu¬chacha.
Un instante después, sin saber cómo, se la encontró Winston en sus brazos. Al principio, su única sensación era de incredulidad. El juvenil cuerpo se apretaba contra el suyo y la masa de cabello negro le daba en la cara y, aunque le pareciera increíble, le acercaba su boca y él la besaba. Sí, es¬taba besando aquella boca grande y roja. Ella le echó los bra¬zos al cuello y empezó a llamarle «querido, amor mío, pre¬cioso…». Winston la tendió en el suelo. Ella no se resistió; podía hacer con ella lo que quisiera. Pero la verdad era que no sentía ningún impulso físico, ninguna sensación aparte de la del abrazo. Le dominaban la incredulidad y el orgullo. Se alegraba de que esto ocurriera, pero no tenía deseo físico al¬guno. Era demasiado pronto. La juventud y la belleza de aquel cuerpo le habían asustado; estaba demasiado acostum¬brado a vivir sin mujeres. Quizá fuera por alguna de estas ra¬zones o quizá por alguna otra desconocida. La joven se levantó y se sacudió del cabello una florecilla que se le había quedado prendida en él. Sentóse junto a él y le rodeó la cin¬tura con su brazo.
-No te preocupes, querido, no hay prisa. Tenemos toda la tarde. ¿Verdad que es un escondite magnífico? Me perdí una vez en una excursión colectiva y descubrí este lugar. Si viniera alguien, lo oiríamos a cien metros.
-¿Cómo te llamas? -dijo Winston.
-Julia. Tu nombre ya lo conozco. Winston… Winston Smith.
-¿Cómo te enteraste?
-Creo que tengo más habilidad que tú para descubrir cosas, querido. Dime, ¿qué pensaste de mí antes de darte aquel papelito?
Winston no tuvo ni la menor tentación de mentirle. Era una especie de ofrenda amorosa empezar confesando lo peor.
-Te odiaba. Quería abusar de ti y luego asesinarte. Hace dos semanas pensé seriamente romperte la cabeza con una piedra. Si quieres saberlo, te diré que te creía en relación con la Policía del Pensamiento.
La muchacha se reía encantada, tomando aquello como un piropo por lo bien que se había disfrazado.
-¡La Policía del Pensamiento, qué ocurrencia! No es posible que lo creyeras.
Bueno, quizá no fuera exactamente eso. Pero, por tu aspecto… quizá por tu juventud y por lo saludable que eres; en fin, ya comprendes, creí que probablemente…
-Pensaste que era una excelente afiliada. Pura en pala¬bras y en hechos. Estandartes, desfiles, consignas, excursio¬nes colectivas y todo eso. Y creíste que a las primeras de cambio te denunciaría como criminal mental y haría que te mataran.
-Sí, algo .así. Ya sabes que muchas chicas son de ese modo.
-La culpa la tiene esa porquería -dijo Julia quitándose el cinturón rojo de la Liga Anti-Sex y tirándolo a una rama, donde quedó colgado. Luego, como si el tocarse la cintura le hubiera recordado algo, sacó del bolsillo de su «mono» una tableta de chocolate. La partió por la mitad y le dio a Wins¬ton uno de los pedazos. Antes de probarlo, ya sabía él por el olor que era un chocolate muy poco frecuente. Era oscuro y brillante, envuelto en papel de plata. El chocolate, corriente¬mente, era de un color castaño claro y desmigajaba con gran facilidad; y en cuanto a su sabor, era algo así como el del humo de la goma quemada. Pero alguna vez había probado chocolate como el que ella le daba ahora. Su aroma le había despertado recuerdos que no podía localizar, pero que lo tur¬baban intensamente.
-¿Dónde encontraste esto? dijo.
En el mercado negro -dijo ella con indiferencia- ¬Yo me las arreglo bastante bien. Fui jefe de sección en los Espías. Trabajo voluntariamente tres tardes a la semana en la Liga juvenil Anti-Sex. Me he pasado horas y horas desfi¬lando por Londres. Siempre soy yo la que lleva uno de los estandartes. Pongo muy buena cara y nunca intento librarme de una lata. Mi lema es «grita siempre con los demás». Es el único modo de estar seguros.
El primer trocito de chocolate se le había derretido a Winston en la lengua. Su sabor era delicioso. Pero le seguía rondando aquel recuerdo que no podía fijar, algo así como un objeto visto por el rabillo del ojo. Hizo por librarse de él quedándole la sensación de que se trataba de algo que él ha¬bía hecho en tiempos y que hubiera preferido no haber hecho.
Eres muy joven -dijo-. Debes de ser unos diez o quince años más joven que yo. ¿Qué has podido ver en un hombre como yo que te haya atraído?
Algo en tu cara. Me decidí a arriesgarme. Conozco en seguida a la gente de la acera de enfrente. En cuanto te vi supe que estabas contra ellos.
Ellos, por lo visto, quería decir el Partido, y sobre todo el Partido Interior, sobre el cual hablaba Julia con un odio manifiesto que intranquilizaba a Winston, aunque sabía que aquel sitio en que se hallaban era uno de los poquísimos lu¬gares donde nada tenían que temer. Le asombraba la rudeza con que hablaba Julia. Se suponía que los miembros del Par¬tido no decían palabrotas, y el propio Winston apenas las decía como no fuera entre dientes. Sin embargo, Julia no po¬día nombrar al Partido, especialmente al Partido Interior, sin usar palabras de esas que solían aparecer escritas con tiza en los callejones solitarios. A él no le disgustaba eso, puesto que era un síntoma de la rebelión de la joven contra el Partí¬do y sus métodos. Y semejante actitud resultaba natural y saludable, como el estornudo de un caballo que huele mala avena. Habían salido del claro y paseaban por entré los arbustos. Iban cogidos de la cintura siempre que tenían sitio suficiente para pasar los dos juntos. Notó que la cintura de Julia resultaba mucho más suave ahora que se había quitado el cinturón. Seguían hablando en voz muy baja. Fuera del claro, dijo Julia, era mejor ir con prudencia. Llegaron hasta la linde del bosquecillo. Ella lo detuvo.
-No salgas a campo abierto. Podría haber alguien que nos viera. Estaremos mejor detrás de las ramas.
Y permanecieron a la sombra de los arbustos. La luz del sol, filtrándose por las innumerables hojas, les seguía cal¬deando el rostro. Winston observó el campo que los rodeaba y experimentó, poco a poco, la curiosa sensación de recono¬cer aquel lugar. Era tierra de pastos, con un sendero que la cruzaba y alguna pequeña elevación de cuando en cuando. En la valla, medio rota, que se veía al otro lado, se divisaban las ramas de unos olmos que se balanceaban con la brisa, y sus hojas se movían en densas masas como cabelleras feme¬ninas. Seguramente por allí cerca, pero fuera de su vista, ha¬bría un arroyuelo.
-¿No hay por aquí cerca un arroyo? -murmuró.
-Sí lo hay. Está al borde del terreno colindante con éste. Hay peces, muy grandes por cierto. Se puede verlos en las charcas que se forman bajo los sauces.
-Es el País Dorado… casi -murmuró.
-¿El País Dorado?
No tiene importancia. Es un paisaje que he visto algu¬nas veces en sueños.
-iMira! -susurró Julia.
Un pájaro se había movido en una rama a unos cinco metros de ellos y casi al nivel de sus caras. Quizá no los hu¬biera visto. Estaba en el sol y ellos a la sombra. Extendió las alas, volvió a colocárselas cuidadosamente en su sitio, incli¬nó la cabecita un momento, como si saludara respetuosa¬mente al sol y empezó a cantar torrencialmente. En el silen¬cio de la tarde, sobrecogía el volumen de aquel sonido. Winston y Julia se abrazaron fascinados. La música del ave continuó, minuto tras minuto, con asombrosas variaciones y sin repetirse nunca, casi como si estuviera demostrando a propósito su virtuosismo. A veces se detenía unos segundos, extendía y recogía sus alas, luego hinchaba su pecho mo¬teado y empezaba de nuevo su concierto. Winston lo con¬templaba con un vago respeto. ¿Para quién, para qué canta¬ba aquel pájaro? No tenía pareja ni rival que lo contempla¬ran. ¿Qué le impulsaba a estarse allí, al borde del bosque solitario, regalándole su música al vacío? Se preguntó si no habría algún micrófono escondido allí cerca. Julia y él habían hablado sólo en murmullo, y ningún aparato podría registrar lo que ellos habían dicho, pero sí el canto del pájaro. Quizás al otro extremo del instrumento algún hombrecillo mecani¬zado estuviera escuchando con toda atención; sí, escuchando aquella. Gradualmente la música del ave fue despertando en él sus pensamientos. Era como un líquido que saliera de él y se mezclara con la luz del sol, que se filtraba por entre las hojas. Dejó de pensar y se limitó a sentir. La cintura de la muchacha bajo su brazo era suave y cálida. Le dio la vuelta hasta quedar abrazados cara a cara. El cuerpo de Julia pare¬cía fundirse con el suyo. Donde quiera que tocaran sus ma¬nos, cedía todo como si fuera agua. Sus bocas se unieron con besos muy distintos de los duros besos que se habían dado antes. Cuando volvieron a apartar sus rostros, suspiraron ambos profundamente. El pájaro se asustó y salió volando con un aleteo alarmado.
Rápidamente, sin poder evitar el crujido de las ramas bajo sus pies, regresaron al claro. Cuando estuvieron ya en su refugio, se volvió Julia hacia él y lo miró fijamente. Los dos respiraban pesadamente, pero la sonrisa había desapare¬cido en las comisuras de sus labios. Estaban de pie y ella lo miró por un instante y luego tanteó la cremallera de su mono con las manos. ¡Si! ¡Fue casi como en un sueño! Casi tan velozmente como él se lo había imaginado, ella se arran¬có la ropa y cuando la tiró a un lado fue con el mismo mag¬nífico gesto con el cual toda una civilización parecía anihilar¬se. Su blanco cuerpo brillaba al sol. Por un momento él no miró su cuerpo. Sus ojos habían buscado ancoraje en el peco¬so rostro con su débil y franca sonrisa. Se arrodilló ante ella y tomó sus manos entre las suyas.
–¿Has hecho esto antes?
-Claro. Cientos de veces. Bueno, muchas veces.
-¿Con miembros del Partido?
-Sí, siempre con miembros del Partido.
-¿Con miembros del Partido del Interior?
-No, con esos cerdos no. Pero muchos lo harían si pu¬dieran. No son tan sagrados como pretenden.
Su corazón dio un salto. Lo había hecho muchas veces. Todo lo que oliera a corrupción le llenaba de una esperanza salvaje. Quién sabe, tal vez el Partido estaba podrido bajo la superficie, su culto de fuerza y autocontrol no era más que una trampa tapando la iniquidad. Si hubiera podido conta¬giarlos a todos con la lepra o la sífilis, ¡con qué alegría lo hu¬biera hecho! Cualquier cosa con tal de podrir, de debilitar, de minar.
La atrajo hacia sí, de modo que quedaron de rodillas frente a frente.
—Oye, cuantos más hombres hayas tenido más te quiero yo. ¿Lo comprendes?
-Sí, perfectamente.
-Odio la pureza, odio la bondad. No quiero que exista ninguna virtud en ninguna parte. Quiero que todo el mundo esté corrompido hasta los huesos.
-Pues bien, debe irte bien, cariño. Estoy corrompida hasta los huesos.
-¿Te gusta hacer esto? No quiero decir simplemente yo, me refiero a la cosa en sí.
-Lo adoro.
Esto era sobre todas las cosas lo que quería oír. No simplemente el amor por una persona sino el instinto animal, el simple indiferenciado deseo. Esta era la fuerza que destruiría al Partido. La empujó contra la hierba entre las campanillas azules. Esta vez no hubo dificultad. El movimiento de sus pechos fue bajando hasta la velocidad normal y con un mo¬vimiento de desamparo se fueron separando. El sol parecía haber intensificado su calor. Los dos estaban adormilados. Él alcanzó su desechado mono y la cubrió parcialmente.
Al poco tiempo se durmieron profundamente. Al cabo de media hora se despertó Winston. Se incorporó y contem¬pló a Julia, que seguía durmiendo tranquilamente con su cara pecosa en la palma de la mano. Aparte de la boca, sus fac¬ciones no eran hermosas. Si se miraba con atención, se descubrían unas pequeñas arrugas en torno a los ojos. El ca¬bello negro y corto era extraordinariamente abundante y suave. Pensó entonces que todavía ignoraba el apellido y el domicilio de ella.
Este cuerpo joven y vigoroso, desamparado ahora en el sueño, despertó en él un compasivo y protector sentimiento. Pero la ternura que había sentido mientras escuchaba el can to del pájaro había desaparecido ya. Le apartó el mono a un lado y estudió su cadera. En los viejos tiempos, pensó, un hombre miraba el cuerpo de una muchacha y veía que era deseable y aquí se acababa la historia. Pero ahora no se podía sentir amor puro o deseo puro. Ninguna emoción era pura porque todo estaba mezclado con el miedo y el odio. Su abrazo había sido una batalla, el clímax una victoria. Era un golpe contra el Partido. Era un acto político.

III

Podemos volver a este sitio -propuso Julia-. En gene¬ral, puede emplearse dos veces el mismo escondite con tal de que se deje pasar uno o dos meses.
En cuanto se despertó, la conducta de Julia había cam¬biado. Tenía ya un aire prevenido y frío. Se vistió, se puso el cinturón rojo y empezó a planear el viaje de regreso. A Winston le parecía natural que ella se encargara de esto. Evidentemente poseía una habilidad para todo lo práctico que Winston carecía y también parecía tener un conocimien¬to completo del campo que rodeaba a Londres. Lo había aprendido a fuerza de tomar parte en excursiones colectivas. La ruta que le señaló era por completo distinta de la que él había seguido al venir, y le conducía a otra estación. «Nunca hay que regresar por el mismo camino de ida», sentenció ella, como si expresara un importante principio general. Ella partiría antes y Winston esperaría media hora para empren¬der la marcha a su vez.
Había nombrado Julia un sitio donde podían encontrar¬se, después de trabajar, cuatro días más tarde. Era una calle en uno de los barrios más pobres donde había un mercado con mucha gente y ruido. Estaría por allí, entre los puestos, como si buscara cordones para los zapatos o hilo de coser. Si le parecía que no había peligro se llevaría el pañuelo a la nariz cuando se acercara Winston. En caso contrario, sacaría el pa¬ñuelo. Él pasaría a su lado sin mirarla. Pero con un poco de suerte, en medio de aquel gentío podrían hablar tranquilos du¬rante un cuarto de hora y ponerse de acuerdo para otra cita.
Ahora tengo que irme -dijo la muchacha en cuanto vio que él se había enterado bien de sus instrucciones. Debo estar de vuelta a las diecinueve treinta. Tengo que dedicarme dos horas a la Liga Anti-Sex repartiendo folletos o algo por el estilo. ¿Verdad que es un asco? Sacúdeme con las manos. ¿Estás seguro de que no tengo briznas en el cabello? ¡Bueno, adiós, amor mío; adiós!
Se arrojó en sus brazos, lo besó casi violentamente y poco después desaparecía por el bosque sin hacer apenas rui¬do. Incluso ahora seguía sin saber cómo se llamaba de apellido ni dónde vivía. Sin embargo, era igual, pues resultaba incon¬cebible que pudieran citarse en lugar cerrado ni escribirse. Nunca volvieron al bosquecillo. Durante el mes de mayo sólo tuvieron una ocasión de estar juntos de aquella manera. Fue en otro escondite que conocía Julia, el campanario de una ruinosa iglesia en una zona casi desierta donde una bomba atómica había caído treinta años antes. Era un buen escondite una vez que se llegaba allí, pero era muy peligroso el viaje. Aparte de eso, se vieron por las calles en un sitio di¬ferente cada tarde y nunca más de media hora cada vez. En la calle era posible hablarse de cierta manera. Mezclados con la multitud, juntos, pero dando la impresión de que era el movimiento de la masa lo que les hacía estar tan cerca y te¬niendo buen cuidado de no mirarse nunca, podían sostener una curiosa e intermitente conversación que se encendía y apagaba como los rayos de luz de un faro. En cuanto se aproximaba un uniforme del Partido o caían cerca de una te¬lepantalla, se callaban inmediatamente. Y reanudaban la conversación minutos después, empezando a la mitad de una frase que habían dejado sin terminar, y luego volvían a cortar en seco cuando les llegaba el momento de separarse. Y al día si¬guiente seguían hablando sin más preliminares. Julia parecía es¬tar muy acostumbrada a esta clase de conversación, que ella lla¬maba «hablar por folletones». Tenia además una sorprendente habilidad para hablar sin mover los labios. Una sola vez en todo un mes de encuentros nocturnos consiguieron darse urí beso. Pasaban en silencio por una calle (Julia nunca hablaba cuando estaban lejos de las calles principales) y en ese momento oyeron un ruido ensordecedor, la tierra tembló y se oscureció la atmos¬fera. Winston se encontró tendido al lado de Julia, magullado y con un terrible pánico. Una bomba cohete había estallado muy cerca. De pronto se dio cuenta de que tenía junto a la suya la cara de Julia. Estaba palidísima, hasta los labios los tenía blan¬cos. No era palidez, sino una blancura de sal. Winston creyó que estaba muerta. La abrazó en el suelo y se sorprendió de estar besando un rostro vivo y cálido. Es que se le había llenado la cara del yeso pulverizado por la explosión. Tenía la cara completamente blanca.
Algunas tardes, a última hora, llegaban al sitio convenido y tenían que andar a cierta distancia uno del otro sin dar la me¬nor señal de reconocerse porque había aparecido una patrulla por una esquina o volaba sobre ellos un autogiro. Aunque hu¬biera sido menos peligroso verse, siempre habrían tenido, la di¬ficultad del tiempo. Winston trabajaba sesenta horas a la sema¬na y Julia todavía más. Los días libres de ambos variaban según las necesidades del trabajo y no solían coincidir. Desde luego, Julia tenía muy pocas veces una tarde libre por completo. Pasa¬ba muchísimo tiempo asistiendo a conferencias y manifestacio¬nes, distribuyendo propaganda para la Liga juvenil Anti-Sex, preparando banderas y estandartes para la Semana del Odio, re¬cogiendo dinero para la Campaña del Ahorro y en actividades semejantes. Aseguraba que merecía la pena darse ese trabajo su¬plementario; era un camuflaje. Si se observaban las pequeñas reglas se podían infringir las grandes. Julia indujo a Winston a que dedicara otra de sus tardes como voluntario en la fabrica¬ción de municiones como solían hacer los más entusiastas miembros del Partido. De manera que una tarde cada semana se pasaba Winston cuatro horas de aburrimiento insoportable atornillando dos pedacitos de metal que probablemente forma¬ban parte de una bomba. Este trabajo en serie lo realizaban en un taller donde los martillazos se mezclaban espantosamente con la música de la telepantalla. El taller estaba lleno de corrientes de aire y muy mal iluminado.
Cuando se reunieron en las ruinas del campanario llena¬ron todos los huecos de sus conversaciones anteriores. Era una tarde achicharrante. El aire del pequeño espacio sobre las campanas era ardiente e irrespirable y olía de un modo insoportable a palomar. Allí permanecieron varias horas, sentados en el polvoriento suelo, levantándose de cuando en cuando uno de ellos para asomarse cautelosamente y asegu¬rarse de que no se acercaba nadie.
Julia tenía veintiséis años. Vivía en una especie de hotel con otras treinta muchachas («¡Siempre el hedor de las mujeres! ¡Cómo las odio!», comentó); y trabajaba, como él había adivinado, en las máquinas que fabricaban novelas en el departamento dedicado a ello. Le distraía su trabajo, que consistía principalmente en manejar un motor eléctrico po¬deroso, pero lleno de resabios. No era una mujer muy lista -según su propio juicio-, pero manejaba hábilmente las máquinas. Sabía todo el procedimiento para fabricar una novela, desde las directrices generales del Comité Inventor hasta los toques finales que daba la Brigada de Repaso. Pero no le interesaba el producto terminado. No le interesaba leer. Consideraba los libros como una mercancía, algo así como la mermelada o los cordones para los zapatos.
Julia no recordaba nada anterior a los años sesenta y tantos y la única persona que había conocido que le hablase de los tiempos anteriores a la Revolución era un abuelo que había desaparecido cuando ella tenia ocho años. En la escue¬la había sido capitana del equipo de hockey y había ganado durante dos años seguidos el trofeo de gimnasia. Fue jefe de sección en los Espías y secretaria de una rama de la Liga de la juventud antes de afiliarse a la Liga juvenil Anti-Sex. Siempre había sido considerada como persona de absoluta confianza. Incluso (y esto era señal infalible de buena reputa¬ción) la habían elegido para trabajar en Pomosec, la subsec¬ción del Departamento de Novela encargada de fabricar por¬nograffa barata para los proles. Allí había trabajado un año entero ayudando a la producción de libritos que se enviaban en paquetes sellados y que llevaban títulos como Historias de¬liciosas, o Una noche en un colegio de chicas, que compraban furti¬vamente los jóvenes proletarios, con lo cual se les daba la impresión de que adquirían una mercancía ilegal.
-¿Cómo son esos libros? -le preguntó Winston por curiosidad.
-Pues una porquería. Son de lo más aburrido. Hay sólo seis argumentos. Yo trabajaba únicamente en los calidosco¬pios. Nunca llegué a formar parte de la Brigada de Repaso.
No tengo disposiciones para la literatura. Sí, querido, ni si¬quiera sirvo para eso.
Winston se enteró con asombro de que en la Pornosec, excepto el jefe, no había más que chicas. Dominaba la teoría de que los hombres, por ser menos capaces que las muje¬res de dominar su instinto sexual, se hallaban en mayor pe¬ligro de ser corrompidos por las suciedades que pasaban por sus manos.
-Ni siquiera permiten trabajar allí a las mujeres casadas -añadió-. Se supone que las chicas solteras son siempre muy puras. Aquí tienes por lo pronto una que no lo es.
Julia había tenido su primer asunto amoroso a los dieci¬séis años con un miembro del Partido de sesenta años, que después se suicidó para evitar que lo detuvieran. «Fue una gran cosa -dijo Julia-, porque, si no, mi nombre se habría descubierto al confesar él.» Desde entonces se habían sucedi¬do varios otros. Para ella la vida era muy sencilla. Una lo quería pasar bien; ellos -es decir, el Partido- trataban de evitarlo por todos los medios; y una procuraba burlar las prohibiciones de la mejor manera posible. A Julia le parecía muy natural que ellos le quisieran evitar el placer y que ella por su parte quisiera librarse de que la detuvieran. Odiaba al Partido y lo decía con las más terribles palabrotas, pero no era capaz de hacer una crítica seria de lo que el Partido re¬presentaba. No atacaba más que la parte de la doctrina del Partido que rozaba con su vida. Winston notó que Julia no usaba nunca palabras de neolengua excepto las que habían pasado al habla corriente. Nunca había oído hablar de la Hermandad y se negó a creer en su existencia. Creía estúpi¬do pensar en una sublevación contra el Partido. Cualquier intento en este sentido tenía que fracasar. Lo inteligente le parecía burlar las normas y seguir viviendo a pesar de ello. Se preguntaba cuántas habría como ella en la generación más joven, mujeres educadas en el mundo de la revolución, que no habían oído hablar de nada más, aceptando al Partido como algo de imposible modificación -algo así como el cie¬lo- y que sin rebelarse contra la autoridad estatal la eludían lo mismo que un conejo puede escapar de un perro.
Entre Winston y Julia no se planteó la posibilidad de ca¬sarse. Había demasiadas dificultades para ello. No merecía la pena perder tiempo pensando en esto. Ningún comité de Oceanía autorizaría este casamiento, incluso si Winston hu¬biera podido librarse de su esposa Katharine.
-¿Cómo era tu mujer?
-Era…, ¿conoces la palabra piensabien, es decir, ortodo¬xa por naturaleza, incapaz de un mal pensamiento?
-No, no conozco esa palabra, pero sí la clase de perso¬na a que te refieres.
Winston empezó a contarle la historia de su vida conyu¬gal, pero Julia parecía saber ya todo lo esencial de este asun¬to. Con Julia no le importaba hablar de esas cosas. Katharine había dejado de ser para él un penoso recuerdo, convirtién¬dose en un recuerdo molesto.
Lo habría soportado si no hubiera sido por una cosa -añadió. Y le contó la pequeña ceremonia frígida que Ka¬tharine le había obligado a celebrar la misma noche cada semana-. Le repugnaba, pero por nada del mundo lo habría dejado de hacer. No te puedes figurar cómo le llamaba a aquello.
-«Nuestro deber para con el Partido» -dijo Julia inme¬diatamente.
-¿Cómo lo sabías?
-Querido, también yo he estado en la escuela. A las mayores de dieciséis años les dan conferencias sobre temas sexuales una vez al mes. Y luego, en el Movimiento juvenil, no dejan de grabarle a una esas estupideces en la cabeza. En muchísimos casos da resultado. Claro que nunca se tiene la seguridad porque la gente es tan hipócrita…
Y Julia se extendió sobre este asunto. Ella lo refería todo a su propia sexualidad. A diferencia de Winston, enten¬día perfectamente lo que el Partido se proponía con su pu¬ritanismo sexual. Lo más importante era que la represión sexual conducía a la histeria, lo cual era deseable ya que se podía transformar en una fiebre guerrera y en adoración del líder. Ella lo explicaba así «Cuando haces el amor gastas energías y después te sientes feliz y no te importa nada. No pueden soportarlo que te sientas así. Quieren que estés a punto de estallar de energía todo el tiempo. Todas estas marchas arriba y abajo vitoreando y agitando banderas no es más que sexo agriado. Si eres feliz dentro de ti mismo, ¿por qué te ibas a excitar por el Gran Hermano y el Plan Trienal y los Dos Minutos de Odio y todo el resto de su porquería?». Esto era cierto, pensó él. Había una conexión directa entre la castidad y la ortodoxia política. ¿Cómo iban a man¬tenerse vivos el miedo, y el odio y la insensata incredulidad que el Partido necesitaba si no se embotellaba algún instinto poderoso para usarlo después como combustible? El instinto sexual era peligroso para el Partido y éste lo había utilizado en provecho propio. Habían hecho algo parecido con el ins¬tinto familiar. La familia no podía ser abolida; es más, se animaba a la gente a que amase a sus hijos casi al estilo anti¬guo. Pero, por otra parte, los hijos eran enfrentados sistemá¬ticamente contra sus padres y se les enseñaba a espiarlos y a denunciar sus desviaciones. La familia se había convertido en una ampliación de la Policía del Pensamiento. Era un re¬curso por medio del cual todos se hallaban rodeados noche y día por delatores que les conocían íntimamente.
De pronto se puso a pensar otra vez en Katharine. Ésta lo habría denunciado a la P. del P. con toda seguridad si no hubiera sido demasiado tonta para descubrir lo herético de sus opiniones. Pero lo que se la hacía recordar en este mo¬mento era el agobiante calor de la tarde, que le hacía sudar. Empezó a contarle a Julia algo que había ocurrido, o mejor dicho, que había dejado de ocurrir en otra tarde tan calurosa como aquélla, once años antes. Katharine y Winston se ha¬bían extraviado durante una de aquellas excursiones colecti¬vas que organizaba el Partido. Iban retrasados y por equivo¬cación doblaron por un camino que los condujo rápidamente a un lugar solitario. Estaban al borde de un precipicio. Nadie había allí para preguntarle. En cuanto se dieron cuenta de que se habían perdido, Katharine empezó a ponerse nerviosa. Ha¬llarse alejada de la ruidosa multitud de excursionistas, aunque sólo fuese durante un momento, le producía un fuerte sentido de culpabilidad. Quería volver inmediatamente por el camino que habían tomado por error y empezar a buscar en la dirección contraria. Pero en aquel momento Winston descubrió unas plantas que le llamaron la atención. Nunca había visto nada pa¬recido y llamó a Katharine para que las viera.
-¡Mira, Katharine; mira esas flores! Allí, al fondo; ¿ves que son de dos colores diferentes?
Ella había empezado ya a alejarse, pero se acercó un mo¬mento, a cada instante más intranquila. Incluso se inclinó sobre el precipicio para ver donde señalaba Winston. Él es taba un poco más atrás y le puso la mano en la cintura para sostenerla. No había nadie en toda la extensión que se abar¬caba con la vista, no se movía ni una hoja y ningún pájaro daba señales de presencia. Entonces pensó Winston que es¬taban completamente solos y que en un sitio como aquél ha¬bía muy pocas probabilidades de que tuvieran escondido un micrófono, e incluso si lo había, sólo podría captar sonidos. Era la hora más cálida y soñolienta de la tarde. El sol des¬lumbraba y el sudor perlaba la cara de Winston. Entonces sé le ocurrió que…
-¿Por qué no le diste un buen empujón? dijo Julia-. Yo lo habría hecho.
-Sí, querida; yo también lo habría hecho si hubiera sido la misma persona que ahora soy. Bueno, no estoy seguro…
-¿Lamentas ahora haber desperdiciado la ocasión?
-Sí. En realidad me arrepiento de ello.
Estaban sentados muy juntos en el suelo. Él la apretó más contra sí. La cabeza de ella descansaba en el hombro de él y el agradable olor de su cabello dominaba el desagradable hedor a palomar. Pensó Winston que Julia era muy joven, que esperaba todavía bastante de la vida y por tanto no po¬día comprender que empujara una persona molesta por un precipicio no resuelve nada.
-Habría sido lo mismo -dijo.
-Entonces, ¿por qué dices que sientes no haberlo hecho? -Sólo porque prefiero lo positivo a lo negativo. Pero en este juego que estamos jugando no podemos ganar. Unas clases de fracaso son quizá mejores que otras, eso es todo.
Notó que los hombros de ella se movían disconformes. Julia siempre lo contradecía cuando él opinaba en este senti¬do. No estaba dispuesta a aceptar como ley natural que el in¬dividuo está siempre vencido. En cierto modo comprendía que también ella estaba condenada de antemano y que más pronto o más tarde la Policía del Pensamiento la detendría y la mataría; pero por otra parte de su cerebro creía firmemen¬te que cabía la posibilidad de construirse un mundo secreto donde vivir a gusto. Sólo se necesitaba suerte, astucia y au¬dacia. No comprendía que la felicidad era un mito, que, la única victoria posible estaba en un lejano futuro mucho des¬pués de la muerte, Y que desde el momento en que mental¬mente le declaraba una persona la guerra al Partido, le con¬venía considerarse como un cadáver ambulante.
-Los muertos somos nosotros -dijo Winston. Todavía no hemos muerto -replicó Julia prosaica¬mente.
Físicamente, todavía no. Pero es cuestión de seis me¬ses, un año o quizá cinco. Le temo a la muerte. Tú eres jo¬ven y por eso mismo quizá le temas a la muerte más que yo. Naturalmente, haremos todo lo posible por evitarla lo más que podamos. Pero la diferencia es insignificante. Mientras que los seres humanos sigan siendo humanos, la muerte y la vida vienen a ser lo mismo.
-Oh, tonterías. ¿Qué preferirías: dormir conmigo o con un esqueleto? ¿No disfrutas de estar vivo? ¿No te gusta sen¬tir: esto soy yo, ésta es mi mano, esto mi pierna, soy real, só¬lida, estoy viva?… ¿No te gusta?
Ella se dio la vuelta y apretó su pecho contra él. Podía sentir sus senos, maduros pero firmes, a través de su mono. Su cuerpo parecía traspasar su juventud y vigor hacia él.
-Sí, me gusta erijo Winston.
-No hablemos más de la muerte. Y ahora escucha, que¬rido; tenemos que fijar la próxima cita. Si te parece bien, podemos volver a aquel sitio del bosque. Ya hace mucho tiempo que fuimos. Basta con que vayas por un camino dis¬tinto. Lo tengo todo preparado. Tomas el tren… Pero lo mejor será que te lo dibuje aquí.
Y tan práctica como siempre amasó primero un cuadrito de polvo y con una ramita de un nido de palomas empezó a dibujar un mapa sobre el suelo.

IV

Winston examinó la pequeña habitación en la tienda del señor Charrington. Junto a la ventana, la enorme cama esta¬ba preparada con viejas mantas y una colcha raquítica. El antiguo reloj, en cuya esfera se marcaban las doce horas, seguía con su tic-tac sobre la repisa de la chimenea. En un rincón, sobre la mesita, el pisapapeles de cristal que había comprado en su visita anterior brillaba suavemente en la semioscu¬ridad.
En el hogar de la chimenea había una desvencijada estu¬fa de petróleo, una sartén y dos copas, todo ello proporcio¬nado por el señor Charrington. Winston puso un poco de agua a hervir. Había traído un sobre lleno de café de la Vic¬toria y algunas pastillas de sacarina. Las manecillas del reloj marcaban las siete y veinte; pero en realidad eran las dieci¬nueve veinte.
Julia llegaría a las diecinueve treinta.
El corazón le decía a Winston que todo esto era una locura; sí, una locura consciente y suicida. De todos los crí¬menes que un miembro del Partido podía cometer, éste era el de más imposible ocultación. La idea había flotado en su cabeza en forma de una visión del pisapapeles de cristal reflejado en la brillante superficie de la mesita. Como él lo había previsto, el señor Charrington no opuso ninguna difi¬cultad para alquilarle la habitación. Se alegraba, por lo visto, de los dólares que aquello le proporcionaría. Tampoco pare¬cía ofenderse, ni inclinado a hacer preguntas indiscretas al quedar bien claro que Winston deseaba la habitación para un asunto amoroso. Al contrario, se mantenía siempre a una discreta distancia y con un aire tan delicado que daba la im¬presión de haberse hecho invisible en parte. Decía que la in¬timidad era una cosa de valor inapreciable. Que todo el mundo necesitaba un sitio donde poder estar solo de vez en cuando. Y una vez que lo hubiera logrado, era de elemental cortesía, en cualquier otra persona que conociera este refugio, no contárselo a nadie. Y para subrayar en la práctica su teoría, casi desaparecía, añadiendo que la casa tenía dos entradas, una de las cuales daba al patio trasero que tenía una salida a un callejón.
Alguien cantaba bajó la ventana. Winston se asomó por detrás de los visillos. El sol de junio estaba aún muy alto y en el patio central una monstruosa mujer sólida como una columna normanda, con antebrazos de un color moreno roji¬zo, y un delantal atado a la cintura, iba y venía continua¬mente desde el barreño donde tenía la ropa lavada hasta el fregadero, colgando cada vez unos pañitos cuadrados que Winston reconoció como pañales. Cuando la boca de la mu¬jer no estaba impedida por pinzas para tender, cantaba con poderosa voz de contralto:

Era sólo una ilusión sin esperanza
Que pasó como un día de abril,
pero aquella mirada, aquella palabra
y los ensueños que despertaron
me robaron el corazón.

Esta canción obsesionaba a Londres desde hacía muchas semanas. Era una de las producciones de una subsección del Departamento de Música con destino a los proles. La letra de estas canciones se componía sin intervención humana en absoluto, valiéndose de un instrumento llamado «versifi¬cador». Pero la mujer la cantaba con tan buen oído que el horrible sonsonete se había convertido en unos sonidos casi agradables. Winston oía la voz de la mujer, el ruido de sus zapatos sobre el empedrado del patio, los gritos de los niños en la calle, y a cierta distancia, muy débilmente, el zumbido del tráfico, y sin embargo su habitación parecía impresionan¬temente silenciosa gracias a la ausencia de telepantalla.
«!Qué locura! ¡Qué locura!», pensó Winston. Era in¬concebible que Julia y él pudieran frecuentar este sitio más de unas semanas sin que los cazaran. Pero la tentación de disponer de un escondite verdaderamente suyo bajo techo y en un sitio bastante cercano al lugar de trabajo, había sido demasiado fuerte para él. Durante algún tiempo después de su visita al campanario les había sido por completo imposi¬ble arreglar ninguna cita. Las horas de trabajo habían au¬mentado implacablemente en preparación de la Semana del Odio. Faltaba todavía más de un mes, pero los enormes y complejos preparativos cargaban de trabajo a todos los miembros del Partido. Por fin, ambos pudieron tener la mis¬ma tarde libre. Estaban ya de acuerdo en volver a verse en el claro del bosque. La tarde anterior se cruzaron en la calle. Como de costumbre, Winston no miró directamente a Julia y ambos se sumaron a una masa de gente que empujaba en determinada dirección. Winston se fue acercando a ella. Mi¬rándola con el rabillo del ojo notó en seguida que estaba más pálida que de costumbre.
-Lo de mañana es imposible -murmuró Julia en cuan¬to creyó prudente poder hablar.
-¿Qué?
-Que mañana no podré ir.
La primera reacción de Winston fue de violenta irrita¬ción. Durante el mes que la había conocido la naturaleza de su deseo por ella había cambiado. Al principio había habido muy poca sensualidad real. Su primer encuentro amoroso había sido un acto de voluntad. Pero después de la segunda vez había sido distinto. El olor de su pelo, el sabor de su boca, el tacto de su piel parecían habérsele metido dentro o estar en el aire que lo rodeaba. Se había convertido en una necesidad física, algo que no solamente quería sino sobre lo que a la vez tenía derecho. Cuando ella dijo que no podía ve¬nir, había sentido como si lo estafaran. Pero en aquel mo¬mento la multitud los aplastó el uno contra el otro y sus ma¬nos se unieron y ella le acarició los dedos de un modo que no despertaba su deseo, sino su afecto. Una honda ternura, que no había sentido hasta entonces por ella, se apoderó sú¬bitamente de él. Le hubiera gustado en aquel momento lle¬var ya diez años casado con Julia.. Deseaba intensamente po¬derse pasear con ella por las calles, pero no como ahora lo hacía, sino abiertamente, sin miedo alguno, hablando trivia¬lidades y comprando los pequeños objetos necesarios para la casa. Deseaba sobre todo vivir con ella en un sitio tranquilo sin sentirse obligado a acostarse cada vez que conseguían reunirse. No fue en aquella ocasión precisamente, sino al día siguiente, cuando se le ocurrió la idea de alquilar la habita¬ción del señor Charrington. Cuando se lo propuso a Julia, ésta aceptó inmediatamente. Ambos sabían que era una lo¬cura. Era como si avanzaran a propósito hacia sus tumbas. Mientras la esperaba sentado al borde de la cama volvió a pensar en los sótanos del Ministerio del Amor. Era notable cómo entraba y salía en la conciencia de todos aquel predes¬tinado horror. Allí estaba, clavado en el futuro, precediendo a la muerte con tanta inevitabilidad como el 99 precede al 100. No se podía evitar, pero quizá se pudiera aplazar. Y sin embargo, de cuando en cuando, por un consciente acto de voluntad se decidía uno a acortar el intervalo, a precipitar la llegada de la tragedia.
En este momento sintió Winston unos pasos rápidos en la escalera. Julia irrumpió en la habitación. Llevaba una bolsa de lona oscura y basta como la que solía llevar al Ministerio. Winston le tendió los brazos, pero ella apartóse nerviosa, en parte porque le estorbaba la bolsa llena de herramientas.
-Un momento -dijo-. Deja que te enseñe lo que traigo. ¿Trajiste ese asqueroso café de la Victoria? Ya me lo figuré. Puedes tirarlo porque no lo necesitaremos. Mira.
Se arrodilló, tiró al suelo la bolsa abierta y de ella sa¬lieron varias herramientas, entre ellas un destornillador, pero debajo venían varios paquetes de papel. El primero que cogió Winston le produjo una sensación familiar y a la vez extraña. Estaba lleno de algo arenoso, pesado, que cedía donde quiera que se le tocaba.
-No será azúcar, ¿verdad? dijo, asombrado.
-Azúcar de verdad. No sacarina, sino verdadero azú¬car. Y aquí tienes un magnífico pan blanco, no esas porque¬rías que nos dan, y un bote de mermelada. Y aquí tienes un bote de leche condensada. Pero fíjate en esto; estoy orgullo¬sísima de haberlo conseguido. Tuve que envolverlo con tela de saco para que no se conociera, porque…
Pero no necesitaba explicarle por qué lo había envuelto con tanto cuidado. El aroma que despedía aquello llenaba la habitación, un olor exquisito que parecía emanado de su primera infancia, el olor que sólo se percibía ya de vez en cuan¬do al pasar por un corredor y antes de que le cerraran a uno la puerta violentamente, ese olor que se difundía misteriosa¬mente por una calle llena de gente y que desaparecía al instante.
-Es café -murmuró Winston-; café de verdad.
-Es café del Partido Interior. ¡Un kilo! -dijo Julia.
-¿Cómo te las arreglaste para conseguir todo esto?
-Son provisiones del Partido Interior. Esos cerdos no se privan de nada. Pero, claro está, los camareros, las criadas y la gente que los rodea cogen cosas de vez en cuando. Y… mira: también te traigo un paquetito de té.
Winston se había sentado junto a ella en el suelo. Abrió un pico del paquete y lo olió.
-Es té auténtico.
-Últimamente ha habido mucho té. Han conquistado la India o algo así -dijo Julia vagamente-. Pero escucha, querido: quiero que te vuelvas de espalda unos minutos. Siéntate en el lado de allá de la cama. No te acerques dema¬siado a la ventana. Y no te vuelvas hasta que te lo diga.
Winston la obedeció y se puso a mirar abstraído por los visillos de muselina. Abajo en el patio la mujer de los rojos antebrazos seguía yendo y viniendo entre el lavadero y el tendedero. Se quitó dos pinzas más de la boca y cantó con mucho sentimiento:

Dicen que el tiempo lo cura todo,
dicen que siempre se olvida,
pero las sonrisas y lágrimas
a lo largo de los años
me retuercen el corazón.

Por lo visto se sabía la canción de memoria. Su voz su¬bía a la habitación en el cálido aire estival, bastante armonio¬sa y cargada de una especie de feliz melancolía. Se tenía la sensación de que esa mujer habría sido perfectamente feliz si la tarde de junio no hubiera terminado nunca y la ropa lava¬da para tender no se hubiera agotado; le habría gustado es¬tarse allí mil años tendiendo pañales y cantando tonterías. Le parecía muy curioso a Winston no haber oído nunca a un miembro del Partido cantando espontáneamente y en sole¬dad. Habría parecido una herejía política, una excentricidad peligrosa, algo así como hablar consigo mismo. Quizá la gente sólo cantara cuando estuviera a punto de morirse de hambre.
-Ya puedes volverte -dijo Julia.
Se dio la vuelta y por un segundo casi no la reconoció. Había esperado verla desnuda. Pero no lo estaba. La trans¬formación había sido mucho mayor. Se había pintado la cara. Debía de haber comprado el maquillaje en alguna tienda de los barrios proletarios. Tenía los labios de un rojo intenso, las mejillas rosadas y la nariz con polvos. Incluso se había dado un toquecito debajo de los ojos para hacer resaltar su brillantez: No se había pintado muy bien, pero Winston en¬tendía poco de esto. Nunca había visto ni se había atrevido a imaginar a una mujer del Partido con cosméticos en la cara. Era sorprendente el cambio tan favorable que había experi¬mentado el rostro de Julia. Con unos cuantos toques de color en los sitios adecuados, no sólo estaba mucho más bo¬nita, sino, lo que era más importante, infinitamente más femenina. Su cabello corto y su «mono» juvenil de chico realzaban aún más este efecto. Al abrazarla sintió Winston un perfume a violetas sintéticas. Recordó entonces la se¬mioscuridad de una cocina en un sótano y la boca negra ca¬vernosa de una mujer. Era el mismísimo perfume que aqué¬lla había usado, pero a Winston no le importaba esto por lo pronto.
-¡También perfume! -dijo.
-Sí, querido; también me he puesto perfume. ¿Y sabes lo que voy a hacer ahora? Voy a buscarme en donde sea un verdadero vestido de mujer y me lo pondré en vez de estos asquerosos pantalones. ¡Llevaré medias de seda y zapatos de tacón alto! Estoy dispuesta a ser en esta habitación una mu¬jer y no una camarada del Partido.
Se sacaron las ropas y se subieron a la gran cama de cao¬ba. Era la primera vez que él se desnudaba por completo en su presencia. Hasta ahora había tenido demasiada vergüenza de su pálido y delgado cuerpo, con las varices saliéndole en las pantorrillas y el trozo descolorido justo encima de su to¬billo. No había sábanas pero la manta sobre la que estaban echados estaba gastada y era suave, y el tamaño y lo blando de la cama los tenía asombrados.
-Seguro que está llena de chinches, pero ¿qué importa? -dijo Julia.
No se veían camas dobles en aquellos tiempos, excepto en las casas de los proles. Winston había dormido en una ocasionalmente en su niñez. Julia no recordaba haber dormi¬do nunca en una.
Durmieron después un ratito. Cuando Winston se des¬pertó, el reloj marcaba cerca de las nueve de la noche. No se movieron, porque Julia dormía con la cabeza apoyada en el hueco de su brazo. Casi toda su pintura había pasado a la cara de Winston o a la almohada, pero todavía le queda¬ba un poco de colorete en las mejillas. Un rayo de sol po¬niente caía sobre el pie de la cama y daba sobre la chime¬nea donde el agua hervía a borbotones. Ya no cantaba la mujer en el patio, pero seguían oyéndose los gritos de los niños en la calle. Julia se despertó, frotándose los ojos, y se incorporó apoyándose en un codo para mirar a la estufa de petróleo.
-La mitad del agua se ha evaporado -dijo-. Voy a le¬vantarme y a preparar más agua en un momento. Tenemos una hora. ¿Cuándo cortan las luces en tu casa?
-A las veintitrés treinta.
-Donde yo vivo apagan a las veintitrés en punto. Pero hay que entrar antes porque… ¡Fuera de aquí, asquerosa!
Julia empezó a retorcerse en la cama, logró coger un za¬pato del suelo y lo tiró a ‘un rincón, igual que Winston la ha¬bía visto arrojar su diccionario a la cara de Goldstein aquella mañana durante los Dos Minutos de Odio.
-¿Qué era eso? le preguntó Winston, sorprendido. -Una rata. La vi asomarse por ahí. Se metió por un bo¬quete que hay en aquella pared. De todos modos le he dado un buen susto.
-¡Ratas! -murmuró Winston-. ¿Hay ratas en esta ha¬bitación?
-Todo está lleno de ratas -dijo ella en tono indiferen¬te mientras volvía a tumbarse-. Las tenemos hasta en la cocina de nuestro hotel. Hay partes de Londres en que se encuentran por todos lados. ¿Sabes que atacan a los niños? Sí; en algunas calles de los proles las mujeres no se atreven a dejar a sus hijos solos ni dos minutos. Las más peligrosas son las grandes y oscuras. Y lo más horrible es que siem¬pre…
-¡No sigas, por favor! -dijo Winston, cerrando los ojos con fuerza.
-¡Querido, te has puesto palidísimo! ¿Qué te pasa? ¿Te dan asco?
-¡Una rata! ¡Lo más horrible del mundo!
Ella lo tranquilizó con el calor de su cuerpo. Winston no abrió los ojos durante un buen rato. Le había parecido vol¬ver a hallarse de lleno en una pesadilla que se le presentaba con frecuencia. Siempre era poco más o menos igual. Se ha¬llaba frente a un muro tenebroso y del otro lado de este muro había algo capaz de enloquecer al más valiente. Algo infinitamente espantoso. En el sueño sentíase siempre de¬cepcionado porque sabía perfectamente lo que ocurría detrás del muro de tinieblas. Con un esfuerzo mortal, como si se arrancara un trozo de su cerebro, conseguía siempre desper¬tarse sin llegar a descubrir de qué se trataba concretamente, pero él sabía que era algo relacionado con lo que Julia había estado diciendo y sobre todo con lo que iba a decirle cuando la interrumpió.
-Lo siento dijo-; no es nada. Lo que ocurre es que no puedo soportar las ratas.
-No te preocupes, querido. Aquí no entrarán porque voy a tapar ese agujero con tela de saco antes de que nos vayamos. Y la próxima vez que vengamos traeré un poco de yeso y lo taparemos definitivamente.
Ya había olvidado Winston aquellos instantes de pánico. Un poco avergonzado de sí mismo sentóse a la cabecera de la cama. Julia se levantó, se puso el «mono» e hizo el café. El aroma resultaba tan delicioso y fuerte que tuvieron que cerrar la ventana para no alarmar a la vecindad. Pero mejor aún que el sabor del café era la calidad que le daba el azúcar, una finura sedosa que Winston casi había olvidado después de tantos años de sacarina. Con una mano en un bolsillo y un pedazo de pan con mermelada en la otra se paseaba Julia por la habitación mirando con indiferencia la estantería de libros, pensando en la mejor manera de arreglar la mesa, de¬jándose caer en el viejo sillón para ver sí era cómodo y exa¬minando el absurdo reloj de las doce horas con aire divertido y tolerante. Cogió el pisapapeles de cristal y se lo llevó a la cama, donde se sentó para examinarlo con tranquilidad. Winston se lo quitó de las manos, fascinado, como siempre, por el aspecto suave, resbaloso, de agua de lluvia que tenía aquel cristal.
-¿Qué crees tú que será esto? -dijo Julia.
-No creo que sea nada particular… Es decir, no creo que haya servido nunca para nada concreto. Eso es lo que me gusta precisamente de este objeto. Es un pedacito de his¬toria que se han olvidado de cambiar; un mensaje que nos llega de hace un siglo y que nos diría muchas cosas si supié¬ramos leerlo.
-¿Y aquel cuadro -señaló Julia- también tendrá cien años?
-Más, seguramente doscientos. Es imposible saberlo con seguridad. En realidad hoy no se sabe la edad de nada.
Julia se acercó a la pared de enfrente para examinar con detenimiento el grabado. Dijo:
-¿Qué sitio es éste? Estoy segura de haber estado aquí alguna vez.
-Es una iglesia o, por lo menos, solía serlo. Se lla¬maba San Clemente. -La incompleta canción que el señor Charrington le había enseñado volvió a sonar en la cabeza de Winston, que murmuró con nostalgia: Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clemente.
Y se quedó estupefacto al oír a Julia continuar:
Me debes tres peniques, dicen las campanas de San Martín. ¿Cuándo me pagarás?, dicen las campanas de Old Bailey…
-No puedo recordar cómo sigue. Pero sé que termina así. Aquí tienes una vela para alumbrarte cuando te acuestes. Aquí tienes un hacha para cortarte la cabeza.
Era como las dos mitades de una contraseña. Pero tenía que haber otro verso después de «las campanas de Old Bai¬ley». Quizá el señor Charrington acabaría acordándose de este final.
-¿Quién te lo enseñó? dijo Winston.
-Mi abuelo. Solía cantármelo cuando yo era niña. Lo vaporizaron teniendo yo unos ocho años… No estoy segura, pero lo cierto es que desapareció. Lo que no sé, y me lo he preguntado muchas veces, es qué sería un limón -aña¬dió-. He visto naranjas. Es una especie de fruta redonda y amarillenta con una cáscara muy fina.
-Yo recuerdo los limones –dijo Winston-. Eran muy frecuentes en los años cincuenta y tantos. Eran unas frutas tan agrias que rechinaban los dientes sólo de olerlas.
-Estoy segura de que detrás de ese cuadro hay chinches -dijo Julia-. Lo descolgaré cualquier día para limpiarlo bien. Creo que ya es hora de que nos vayamos. ¡Qué fastidio, ahora tengo que quitarme esta pintura! Empezaré por mí y luego te limpiaré a ti la cara.
Winston permaneció unos minutos más en la cama. Os¬curecía en la habitación. Volvióse hacia la ventana y fijó la vista en el pisapapeles de cristal. Lo que le interesaba inago¬tablemente no era el pedacito de coral, sino el interior del cristal mismo. Tenía tanta profundidad, y sin embargo era transparente, como hecho con aire. Como si la superficie cristalina hubiera sido la cubierta del cielo que encerrase un diminuto mundo con toda su atmósfera.
Tenía Winston la sensación de que podría penetrar en ese mundo cerrado, que ya estaba dentro de él con la cama de caoba y la mesa rota y el reloj y el grabado e incluso con el mismo pisapapeles. Sí, el pisapapeles era la habitación en que se hallaba Winston, y el coral era la vida de Julia y la suya clavadas eternamente en el corazón del cristal.

V

Syme había desaparecido. Una mañana no acudió al tra¬bajo: unos cuantos indiferentes comentaron su ausencia, pero al día siguiente nadie habló de él. Al tercer día entró Winston en el vestíbulo del Departamento de Registro para mirar el tablón de anuncios. Uno de éstos era una lista im¬presa con los miembros del Comité de Ajedrez, al que Syme había pertenecido. La lista era idéntica a la de antes -nada había sido tachado en ella-, pero contenía un nombre me¬nos. Bastaba con eso. Syme había dejado de existir. Es más, nunca había existido.
Hacía un calor horrible. En el laberíntico Ministerio las habitaciones sin ventanas y con buena refrigeración mante¬nían una temperatura normal, pero en la calle el pavimento echaba humo y el ambiente del metro a las horas de aglome¬ración era espantoso. Seguían en pleno hervor los preparati¬vos para la Semana del Odio y los funcionarios de todos los Ministerios dedicaban a esta tarea horas extraordinarias. Ha¬bía que organizar los desfiles, manifestaciones, conferencias, exposiciones de figuras de cera, programas cinematográficos y de telepantalla, erigir tribunas, construir efigies, inventar consignas, escribir canciones, extender rumores, falsificar fotografías… La sección de Julia en el Departamento de No¬vela había interrumpido su tarea habitual y confeccionaba una serie de panfletos de atrocidades. Winston, aparte de su trabajo corriente, pasaba mucho tiempo cada día revisando colecciones del Times y alterando o embelleciendo noticias que iban a ser citadas en los discursos. Hasta última hora de la noche, cuando las multitudes de los incultos proles pasea¬ban por las calles, la ciudad presentaba un aspecto febril. Las bombas cohete caían con más frecuencia que nunca y a veces se percibían allá muy lejos enormes explosiones que nadie podía explicar y sobre las cuales se esparcían insensa¬tos rumores.
La nueva canción que había de ser el tema de la Semana del Odio (se llamaba la Canción del Odio) había sido ya compuesta y era repetida incansablemente por las telepanta¬llas. Tenía un ritmo salvaje, de ladridos y no podía llamarse con exactitud música. Más bien era como el redoble de un tambor. Centenares de voces rugían con aquellos sones que se mezclaban con el chas-chas de sus renqueantes pies. Era aterrador. Los proles se habían aficionado a la canción, y por las calles, a media noche, competía con la que seguía siendo popular: «Era una ilusión sin esperanza». Los niños de Parsons la tocaban a todas horas, de un modo alucinante, en su peine cubierto de papel higiénico. Winston tenía las tardes más ocupadas que nunca. Brigadas de voluntarios or¬ganizadas por Parsons preparaban la calle para la Semana del Odio cosiendo banderas y estandartes, pintando carteles, cla¬vando palos en los tejados para que sirvieran de astas y ten¬diendo peligrosamente alambres a través de la calle para colgar pancartas. Parsons se jactaba de que las casas de la Victoria era el único grupo que desplegaría cuatrocientos metros de propaganda. Se hallaba en su elemento y era más feliz que una alondra. El calor y el trabajo manual le habían dado pretexto para ponerse otra vez los shorts y la camisa abierta. Estaba en todas partes a la vez, empujaba, tiraba, aserraba, daba tremendos martillazos, improvisaba, aconseja¬ba a todos y expulsaba pródigamente una inagotable canti¬dad de sudor.
En todo Londres había aparecido de pronto un nuevo cartel que se repetía infinitamente. No tenía palabras. Se li¬mitaba a representar, en una altura de tres o cuatro metros, la monstruosa figura de un soldado eurasiático que parecía avanzar hacia el que lo miraba, una cara mogólica inexpresi¬va, unas botas enormes y, apoyado en la cadera, un fusil ametralladora a punto de disparar. Desde cualquier parte que mirase uno el cartel, la boca del arma, ampliada por la pers¬pectiva, por el escorzo, parecía apuntarle a uno sin remisión. No había quedado ni un solo hueco en la ciudad sin aprove¬char para colocar aquel monstruo. Y lo curioso era que había más retratos de este enemigo simbólico que del propio Gran Hermano. Los proles, que normalmente se mostraban apáticos respecto a la guerra, recibían así un trallazo para que en¬traran en uno de sus periódicos frenesíes de patriotismo. Como para armonizar con el estado de ánimo general, las bombas cohetes habían matado a más gente que de costum¬bre. Una cayó en un local de cine de Stepney, enterrando en las ruinas a varios centenares de víctimas. Todos los habi¬tantes del barrio asistieron a un imponente entierro que duró muchas horas y que en realidad constituyó un mitin pa¬triótico. Otra bomba cayó en un solar inmenso que utiliza¬ban los niños para jugar y varias docenas de éstos fueron despedazados. Hubo muchas más manifestaciones indigna¬das, Goldstein fue quemado en efigie, centenares de carteles representando al soldado eurasiático fueron rasgados y arro¬jados a las llamas y muchas tiendas fueron asaltadas. Luego se esparció el rumor de que unos espías dirigían los cohetes mortíferos por medio de la radio y un anciano matrimonio acusado de extranjería pereció abrasado cuando las turbas in¬cendiaron su casa.
En la habitación encima de la tienda del señor Charring¬ton, cuando podían ir allí, Julia y Winston se quedaban echados uno junto al otro en la desnuda cama bajo la ventana abierta, desnudos para estar más frescos. La rata no vol¬vió, pero las chinches se multiplicaban odiosamente con ese calor. No importaba. Sucia o limpia, la habitación era un pa¬raíso. Al llegar echaban pimienta comprada en el mercado negro sobre todos los objetos, se sacaban la ropa y hacían el amor con los cuerpos sudorosos, luego se dormían y al des¬pertar se encontraban con que las chinches se estaban for¬mando para el contraataque. Cuatro, cinco, seis, hasta siete veces se encontraron allí durante el mes de junio. Winston había dejado de beber ginebra a todas horas. Le parecía que ya no lo necesitaba. Había engordado. Sus varices ya no le molestaban; en realidad casi habían desaparecido y por las mañanas ya no tosía al despertarse. La vida había dejado de serle intolerable, no sentía la necesidad de hacerle muecas a la telepantalla ni el sufrimiento de no poder gritar palabrotas cada vez que oía un discurso. Ahora que casi tenían un ho¬gar, no les parecía mortificante reunirse tan pocas veces y sólo un par de horas cada vez. Lo importante es que existie¬se aquella habitación; saber que estaba allí era casi lo mismo que hallarse en ella. Aquel dormitorio era un mundo com¬pleto, una bolsa del pasado donde animales de especies ex¬tinguidas podían circular. También el señor Charrington, pensó Winston, pertenecía a una especie extinguida. Solía hablar con él un rato antes de subir. El viejo salía poco, por lo visto, y apenas tenía clientes. Llevaba una existencia fan¬tasmal entre la minúscula tienda y la cocina, todavía más pe¬queña, donde él mismo se guisaba y donde tenía, entre otras cosas raras, un gramófono increíblemente viejo con una enorme bocina. Parecía alegrarse de poder charlar. Entre sus inútiles mercancías, con su larga nariz y gruesos lentes, en¬corvado bajo su chaqueta de terciopelo, tenía más aire de coleccionista que de mercader. De vez en cuando, con un entusiasmo muy moderado, cogía alguno de los objetos que tenía a la venta, sin preguntarle nunca a Winston si lo quería comprar, sino enseñándoselo sólo para que lo admirase. Hablar con él era como escuchar el tintineo de una desvenci¬jada cajita de música. Algunas veces, se sacaba de los desva¬nes de su memoria algunos polvorientos retazos de cancio¬nes olvidadas. Había una sobre veinticuatro pájaros negros y otra sobre una vaca con un cuerno torcido y otra que relata¬ba la muerte del pobre gallo Robín. «He pensado que podría gustarle a usted», decía con una risita tímida cuando repetía algunos versos sueltos de aquellas canciones. Pero nunca re¬cordaba ninguna canción completa.
Julia y Winston sabían perfectamente -en verdad, ni un solo momento dejaban de tenerlo presente- que aquello no podía durar. A veces la sensación de que la muerte se cernía sobre ellos les resultaba tan sólida como el lecho don¬de estaban echados y se abrazaban con una desesperada sen¬sualidad, como un alma condenada aferrándose a su último rato de placer cuando faltan cinco minutos para que suene el reloj. Pero también había veces en que no sólo se sentían se¬guros, sino que tenían una sensación de permanencia. Creían entonces que nada podría ocurrirles mientras estuvieran en su habitación. Llegar hasta allí era difícil y peligroso, pero el refugio era invulnerable. Igualmente, Winston, mirando el corazón del pisapapeles, había sentido como si fuera posible penetrar en aquel mundo de cristal y que una vez dentro el tiempo se podría detener. Con frecuencia se entregaban am¬bos a ensueños de fuga. Se imaginaban que tendrían una suerte magnífica por tiempo indefinido y que podrían conti¬nuar llevando aquella vida clandestina durante toda su vida natural. O bien Katharine moriría, lo cual les permitiría a Winston y Julia, mediante sutiles maniobras, llegar a casarse. O se suicidarían juntos. O desaparecerían, disfrazándose de tal modo que nadie los reconocería, aprendiendo a hablar con acento proletario, logrando trabajo en una fábrica y vi¬viendo siempre, sin ser descubiertos, en una callejuela como aquélla. Los dos sabían que todo esto eran tonterías. En rea¬lidad no había escapatoria. E incluso el único plan posible, el suicidio, no estaban dispuestos a llevarlo a efecto. Dejar pa¬sar los días y las semanas, devanando un presente sin futuro, era lo instintivo, lo mismo que nuestros pulmones ejecutan el movimiento respiratorio siguiente mientras tienen aire disponible.
Además, a veces hablaban de rebelarse contra el Partido de un modo activo, pero no tenían idea de cómo dar el pri¬mer paso. Incluso si la fabulosa Hermandad existía, quedaba la dificultad de entrar en ella. Winston le contó a Julia la ex¬traña intimidad que había, o parecía haber, entre él y O’Brien, y del impulso que sentía a veces de salirle al en¬cuentro a O’Brien y decirle que era enemigo del Partido y pedirle ayuda. Era muy curioso que a Julia no le pareciera una locura semejante proyecto. Estaba acostumbrada a juz¬gar a las gentes por su cara y le parecía natural que Winston confiase en O’Brien basándose solamente en un destello de sus ojos. Además, Julia daba por cierto que todos, o casi to¬dos, odiaban secretamente al Partido e infringirían sus nor¬mas si creían poderlo hacer con impunidad. Pero se negaba a admitir que existiera ni pudiera existir jamás una oposición amplia y organizada. Los cuentos sobre Goldstein y su ejér¬cito subterráneo, decía, eran sólo un montón de estupideces que el Partido se había inventado para sus propios fines y en los que todos fingían creer. Innumerables veces, en manifes¬taciones espontáneas y asambleas del Partido, había gritado Julia con todas sus fuerzas pidiendo la ejecución de personas cuyos nombres nunca había oído y en cuyos supuestos crí¬menes no creía ni mucho menos. Cuando tenían efecto los procesos públicos, Julia acudía entre las jóvenes de la Liga juvenil que rodeaban el edificio de los tribunales noche y día y gritaba con ellas: «¡Muerte a los traidores!». Durante los Dos Minutos de Odio siempre insultaba a Goldstein con más energía que los demás. Sin embargo, no tenía la menor idea de quién era Goldstein ni de las doctrinas que pudiera representar. Había crecido dentro de la Revolución y era de¬masiado joven para recordar las batallas ideológicas de los años cincuenta y sesenta y tantos. No podía imaginar un movimiento político independiente; y en todo caso el Parti¬do era invencible. Siempre existiría. Y nunca iba a cambiar ni en lo más mínimo. Lo más que podía hacerse era rebelar¬se secretamente o, en ciertos casos, por actos, aislados de violencia como matar a alguien o poner una bomba en cual¬quier sitio.
En cierto modo, Julia era menos susceptible que Wins¬ton a la propaganda del Partido. Una vez se refirió él a la guerra contra Eurasia y se quedó asombrado cuando ella, sin concederle importancia a la cosa, dio por cierto que no había tal guerra. Casi con toda seguridad, las bombas cohete que caían diariamente sobre Londres eran lanzadas por el mismo Gobierno de Oceanía sólo para que la gente estuviera siem¬pre asustada. A Winston nunca se le había ocurrido esto. También despertó en él Julia una especie de envidia al confe¬sarle que durante los dos Minutos de Odio lo peor para ella era contenerse y no romper a reír a carcajadas. Pero Julia nunca discutía las enseñanzas del Partido a no ser que afec¬taran a su propia vida. Estaba dispuesta a aceptar la mitolo¬gía oficial, porque no le parecía importante la diferencia entre verdad y falsedad. Creía por ejemplo -Porque lo había aprendido en la escuela- que el Partido había inventado los aeroplanos. (En cuanto a Winston, recordaba que en su épo¬ca escolar, en los años cincuenta y tantos, el Partido no pretendía haber inventado, en el campo de la aviación, más que el autogiro; una docena de años después, cuando Julia iba a la escuela, se trataba ya del aeroplano en general; al cabo de otra generación, asegurarían haber descubierto la máquina de vapor.) Y cuando Winston le dijo que los aeroplanos exis¬tían ya antes de nacer él y mucho antes de la Revolución, esto le pareció a la joven carecer de todo interés. ¿Qué im¬portaba, después de todo, quién hubiese inventado los aero¬planos? Mucho más le llamó la atención a Winston que Julia no recordaba que Oceanía había estado en guerra, hacía cua¬tro años, con Asia Oriental y en paz con Eurasia. Desde lue¬go, para ella la guerra era una filfa, pero por lo visto no se había dado cuenta de que el nombre del enemigo había cam¬biado. «Yo creía que siempre habíamos estado en guerra con Eurasia», dijo en tono vago. Esto le impresionó mucho a Winston. El invento de los aeroplanos era muy anterior a cuando ella nació, pero el cambiazo en la guerra sólo había sucedido cuatro años antes, cuando ya Julia era una mucha¬cha mayor. Estuvo discutiendo con ella sobre esto durante un cuarto de hora. Al final, logró hacerle recordar confusa¬mente que hubo una época en que el enemigo había sido Asia Oriental y no Eurasia. Pero ella seguía sin comprender que esto tuviera importancia. «¿Qué más da?», dijo con im¬paciencia. «Siempre ha sido una puñetera guerra tras otra y de sobras sabemos que las noticias de guerra son todas una pura mentira.»
A veces le hablaba Winston del Departamento de Regis¬tro y de las descaradas falsificaciones que él perpetraba allí por encargo del Partido. Todo esto no la escandalizaba. Él le contó la historia de Jones, Aaronson y Rutherford, así como el trascendental papelito que había tenido en su mano ca¬sualmente. Nada de esto la impresionaba. Incluso le costaba trabajo comprender el sentido de lo que Winston decía.
-¿Es que eran amigos tuyos? -1e preguntó.
-No, no los conocía personalmente. Eran miembros del Partido Interior. Además, eran mucho mayores que yo. Conocieron la época anterior a la Revolución. Yo sólo los conocía de vista.
-Entonces ¿por qué te preocupas? Todos los días ma¬tan gente; es lo corriente.
Intentó hacerse comprender:
-Ése era un caso excepcional. No se trataba sólo de que mataran a alguien. ¿No te das cuenta de que el pasado, incluso el de ayer mismo, ha sido suprimido? Si sobrevive, es únicamente en unos cuantos objetos sólidos, y sin etiquetas que los distingan, como este pedazo de cristal. Y ya apenas conocemos nada de la Revolución y mucho menos de los años anteriores a ella. Todos los documentos han sido des¬truidos o falsificados, todos los libros han sido otra vez es¬critos, los cuadros vueltos a pintar, las estatuas, las calles y los edificios tienen nuevos nombres y todas las fechas han sido alteradas. Ese proceso continúa día tras día y minuto tras minuto. La Historia se ha parado en seco. No existe más que un interminable presente en el cual el Partido lleva siempre razón. Naturalmente, yo sé que el pasado está falsifi¬cado, pero nunca podría probarlo aunque se trate de falsifi¬caciones realizadas por mí. Una vez que he cometido el he¬cho, no quedan pruebas. La única evidencia se halla en mi propia mente y no puedo asegurar con certeza que exista otro ser humano con la misma convicción que yo. Solamente en ese ejemplo que te he citado llegué a tener en mis manos una prueba irrefutable de la falsificación del pasado después de haber ocurrido; años después.
Y total, ¿qué interés puede tener eso? ¿De qué te sirve saberlo?
-De nada, porque inmediatamente destruí la prueba. Pero si hoy volviera a tener una ocasión semejante guardaría el papel.
-¡Pues yo no! -dijo Julia-. Estoy dispuesta a arries¬garme, pero sólo por algo que merezca la pena, no por unos trozos de papel viejo. ¿Qué habrías hecho con esa fotografía si la hubieras guardado?
-Quizás nada de particular. Pero al fin y al cabo, se tra¬taba de una prueba y habría sembrado algunas dudas aquí y allá, suponiendo que me hubiese atrevido a enseñársela a al¬guien. No creo que podamos cambiar el curso de los acontecimientos mientras vivamos. Pero es posible que se creen al¬gunos centros de resistencia, grupos de descontentos que vayan aumentando e incluso dejando testimonios tras ellos de modo que la generación siguiente pueda recoger la antor¬cha y continuar nuestra obra.
No me interesa la próxima generación, cariño. Me in¬teresa nosotros.
No eres una rebelde más que de cintura para abajo -dijo él.
Ella encontró esto muy divertido y le echó los brazos al cuello, complacida.
Julia no se interesaba en absoluto por las ramificaciones de la doctrina del partido. Cuando Winston hablaba de los principios de Ingsoc, el doblepensar, la mutabilidad del pasa¬do y la degeneración de la realidad objetiva y se ponía a em¬plear palabras de neolengua, la joven se aburría espantosa¬mente, además de hacerse un lío, y se disculpaba diciendo que nunca se había fijado en esas cosas. Si se sabía que todo ello era un absoluto camelo, ¿para qué preocuparse? Lo úni¬co que a ella le interesaba era saber cuándo tenía que vito¬rear y cuándo le correspondía abuchear. Si Winston persistía en hablar de tales temas, Julia se quedaba dormida del modo más desconcertante. Era una de esas personas que pueden dormirse en cualquier momento y en las posturas más increí¬bles. Hablándole, comprendía Winston qué fácil era presen¬tar toda la apariencia de la ortodoxia sin tener idea de qué significaba realmente lo ortodoxo. En cierto modo la visión del mundo inventada por el Partido se imponía con excelen¬te éxito a la gente incapaz de comprenderla. Hacía aceptar las violaciones más flagrantes de la realidad porque nadie comprendía del todo la enormidad de lo que se les exigía ni se interesaba lo suficiente por los acontecimientos públicos para darse cuenta de lo que ocurría. Por falta de compren¬sión, todos eran políticamente sanos y fieles. Sencillamente, se lo tragaban todo y lo que se tragaban no les sentaba mal porque no les dejaba residuos lo mismo que un grano de tri¬go puede pasar, sin ser digerido y sin hacerle daño, por el cuerpecito de un pájaro.

VI

Por fin, había ocurrido. Había llegado el esperado men¬saje. Le parecía a Winston que toda su vida había estado es¬perando que esto sucediera.
Iba por el largo pasillo del Ministerio y casi había llega¬do al sitio donde Julia le deslizó aquel día en la mano su declaración. La persona, quien quiera que fuese, tosió ligera mente sin duda como preludio para hablar. Winston se detuvo en seco y volvió la cara. Era O’Brien.
Por fin, se hallaban cara a cara y el único impulso que sentía Winston era emprender la huida. El corazón le latía a toda velocidad.
No habría podido hablar en ese momento. Sin embargo, O’Brien, poniéndole amistosamente una mano en el hombro, siguió andando junto a él. Empezó a hablar con su característica cortesía, seria y suave, que le diferenciaba de la mayor parte de los miembros del Partido Interior.
-He estado esperando una oportunidad de hablar conti¬go -le dijo-, estuve leyendo uno de tus artículos en neo¬lengua publicados en el Times. Tengo entendido que te inte¬resa, desde un punto de vista erudito, la neolengua.
Winston había recobrado ánimos, aunque sólo en parte. No muy erudito -dijo-. Soy sólo un aficionado. No es mi especialidad. Nunca he tenido que ocuparme de la es¬tructura interna del idioma.
-Pero lo escribes con mucha elegancia -dijo O’Brien-. Y ésta no es sólo una opinión mía. Estuve ha¬blando recientemente con un amigo tuyo que es un especia lista en cuestiones idiomáticas. He olvidado su nombre ahora mismo; que lo tenía en la punta de la lengua. Winston sintió un escalofrío. O’Brien no podía referirse más que a Syme. Pero Syme no sólo estaba muerto, sino que había sido abolido. Era una nopersona. Cualquier referencia identificable a aquel vaporizado habría resultado mortalmen¬te peligrosa. De manera que la alusión que acababa de hacer O’Brien debía de significar una señal secreta. Al compartir con él este pequeño acto de crimental, se habían convertido los dos en cómplices. Continuaron recorriendo lentamente el corredor hasta que OBrien se detuvo. Con la tranquilizado¬ra amabilidad que él infundía siempre a sus gestos, aseguró bien sus gafas sobre la nariz y prosiguió:
Lo que quise decir fue que noté en tu artículo que ha¬bías empleado dos palabras ya anticuadas. En realidad, hace muy poco tiempo que se han quedado anticuadas. ¿Has visto la décima edición del Diccionario de Neolengua?
-No -dijo Winston-. No creía que estuviese ya pu¬blicado. Nosotros seguimos usando la novena edición en el Departamento de Registro.
Bueno, la décima edición tardará varios meses en apa¬recer, pero ya han circulado algunos ejemplares en pruebas. Yo tengo uno. Quizás te interese verlo, ¿no?
-Muchísimo -dijo Winston, comprendiendo inmedia¬tamente la intención del otro.
-Algunas de las modificaciones introducidas son muy ingeniosas. Creo que te sorprenderá la reducción del número de verbos. Vamos a ver. ¿Será mejor que te mande un men¬sajero con el diccionario? Pero temo no acordarme; siempre me pasa igual. Quizás puedas recogerlo en mi piso a una hora que te convenga. Espera. Voy a darte mi dirección.
Se hallaban frente a una telepantalla. Como distraído, OBrien se buscó maquinalmente en los bolsillos y por fin sacó una pequeña agenda forrada en cuero y un lápiz tinta morado. Colocándose respecto a la telepantalla de manera que el observador pudiera leer bien lo que escribía, apuntó la dirección. Arrancó la hoja y se la dio a Winston.
-Suelo estar en casa por las tardes –dijo-. Si no, mi criado te dará el diccionario.
Ya se había marchado dejando a Winston con el papel en la mano. Esta vez no había necesidad de ocultar nada. Sin embargo, grabó en la memoria las palabras escritas, y horas después tiró el papel en el «agujero de la memoria» junto con otros.
No habían hablado más de dos minutos. Aquel breve episodio sólo podía tener un significado. Era una manera de que Winston pudiera saber la dirección de O’Brien. Aquel recurso era necesario porque a no ser directamente, nadie podía saber dónde vivía otra persona. No había guías de di¬recciones. «Si quieres verme, ya sabes dónde estoy», era en resumen lo que O’Brien le había estado diciendo. Quizás se encontrara en el diccionario algún mensaje. De todos modos lo cierto era que la conspiración con que él soñaba existía efectivamente y que había entrado ya en contacto con ella.
Winston sabía que más pronto o más tarde obedecería la indicación de O’Brien. Quizás al día siguiente, quizás al cabo de mucho tiempo, no estaba seguro. Lo que sucedía era sólo la puesta en marcha de un proceso que había empezado a in¬cubarse varios años antes. El primer paso consistió en un pensamiento involuntario y secreto; el segundo fue el acto de abrir el Diario. Aquello había pasado de los pensamientos a las palabras, y ahora, de las palabras a la acción. El último paso tendría lugar en el Ministerio del Amor. Pero Winston ya lo había aceptado. El final de aquel asunto estaba implíci¬to en su comienzo. De todos modos, asustaba un poco; o, con más exactitud, era un pregusto de la muerte, como estar ya menos vivo. Incluso mientras hablaba O’Brien y penetra¬ba en él el sentido de sus palabras, le había recorrido un es¬calofrío. Fue como si avanzara hacia la humedad de una tumba y la impresión no disminuía por el hecho de que él hubiera sabido siempre que la tumba estaba allí esperándole.

VII

Winston se despertó muy emocionado. Le dijo a Julia: «He soñado que… », y se detuvo porque no podía expli¬carlo. Era excesivamente complicado. No sólo se trataba del sueño, sino de unos recuerdos relacionados con él que ha¬bían surgido en su mente segundos después de despertarse. Siguió tendido, con los ojos cerrados y envuelto aún en la atmósfera del sueño. Era un amplio y luminoso ensueño en el que su vida entera parecía extenderse ante él como un paisaje en una tarde de verano después de la lluvia. Todo ha¬bía ocurrido dentro del pisapapeles de cristal, pero la super¬ficie de éste era la cúpula del cielo y dentro de la cúpula todo estaba inundado por una luz clara y suave gracias a la cual podían verse interminables distancias. El ensueño había par¬tido de un gesto hecho por su madre con el brazo y vuelto a hacer, treinta años más tarde, por la mujer judía del noticia¬rio cinematográfico cuando trataba de proteger a su niño de las balas antes de que los autogiros los destrozaran a ambos.
-¿Sabes? -dijo Winston-; hasta ahora mismo he creí¬do que había asesinado a mi madre.
-¿Por qué la asesinaste? -le preguntó Julia medio dor¬mida.
-No, no la asesiné. Físicamente, no.
En el ensueño había recordado su última visión de la madre y, pocos instantes después de despertar, le había vuel¬to el racimo de pequeños acontecimientos que rodearon aquel hecho. Sin duda, había estado reprimiendo deliberada¬mente aquel recuerdo durante muchos años. No estaba se¬guro de la fecha, pero debió de ser hacía menos de diez años o, a lo mas, doce.
Su padre había desaparecido poco antes. No podía recor¬dar cuánto tiempo antes, pero sí las revueltas circunstancias de aquella época, el pánico periódico causado por las incursiones aéreas y las carreras para refugiarse en las estaciones del Metro, los montones de escombros, las consignas que aparecían por las esquinas en llamativos carteles, las pandi¬llas de jóvenes con camisas del mismo color, las enormes co¬las en las panaderías, el intermitente crepitar de las ametra¬lladoras a lo lejos… y, sobre todo, el hecho de que nunca había bastante comida. Recordaba las largas tardes pasadas con otros chicos rebuscando en las latas de la basura y en los montones de desperdicios, encontrando a veces hojas de ver¬dura, mondaduras de patata e incluso, con mucha suerte, mendrugos de pan, duros como piedra, que los niños saca¬ban cuidadosamente de entre la ceniza; y también, la pacien¬te espera de los camiones que llevaban pienso para el ganado y que a veces dejaban caer, al saltar en un bache, bellotas o avena.
Cuando su padre desapareció, su madre no se mostró sorprendida ni demasiado apenada, pero se operó en ella un súbito cambio. Parecía haber perdido por completo los ánimos. Era evidente -incluso para un niño como Winston¬que la mujer esperaba algo que ella sabía con toda seguridad que ocurriría. Hacía todo lo necesario -guisaba, lavaba la ropa y la remendaba, arreglaba las camas, barría el suelo, limpiaba el polvo-, todo ello muy despacio y evitándose to¬dos los movimientos inútiles. Su majestuoso cuerpo tenía una tendencia natural a la inmovilidad. Se quedaba las horas muertas casi inmóvil en la cama, con su niñita en los brazos, una criatura muy silenciosa de dos o tres años con un rostro tal delgado que parecía simiesco. De vez en cuando, la ma¬dre cogía en brazos a Winston y le estrechaba contra ella, sin decir nada. A pesar de su escasa edad y de su natural egoísmo, Winston sabía que todo esto se relacionaba con lo que había de ocurrir: aquel acontecimiento implícito en todo y del que nadie hablaba.
Recordaba la habitación donde vivían, una estancia os¬cura y siempre cerrada casi totalmente ocupada por la cama. Había un hornillo de gas y un estante donde