Skip to content

Хосе Ортега-и-Гассет. Собрание сочинений. José Ortega y Gasset. Seleccion de textos


| Email This Post Email This Post | Print It Print It |
1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (No Ratings Yet)
Loading ... Loading ...



en estos últimos años ha experimentado esa creencia. Sean las que fueren,
es indiscutible que lo esencial de esa creencia subsiste, es decir, que el
hombre continúa contando con la eficiencia de su intelecto como una de las
realidades que hay, que integran su vida. Pero téngase la serenidad de
reparar que una cosa es fe en la inteligencia y otra creer en las ideas
determinadas que esa inteligencia fragua. En ninguna de estas ideas se
cree con fe directa. Nuestra creencia se refiere a la cosa, inteligencia,
así en general, y esa fe no es una idea sobre la inteligencia. Compárese
la precisión de esa fe en la inteligencia con la imprecisa idea que casi
todas las gentes tienen de la inteligencia. Además, como ésta corrige sin
cesar sus concepciones y a la verdad de ayer sustituye la de hoy, si
nuestra fe en la inteligencia consistiese en creer directamente en las
ideas, el cambio de éstas traería consigo la pérdida de fe en la
inteligencia. Ahora bien, pasa todo lo contrario. Nuestra fe en la razón
ha aguantado imperturbable los cambios más escandalosos de sus teorías,
inclusive los cambios profundos de la teoría sobre qué es la razón misma.
Estos últimos han influido, sin duda, en la forma de esa fe, pero esta fe
seguía actuando impertérrita bajo una u otra forma.
He aquí un ejemplo espléndido de lo que deberá, sobre todo, interesar a la
cuando se resuelva verdaderamente a ser ciencia, la ciencia del
hombre. En vez de ocuparse sólo en hacer la “” -es decir, en
catalogar la sucesión- de las ideas sobre la razón desde Descartes a la
fecha, procurará definir con precisión cómo era la fe en la razón que
efectivamente operaba en cada época y cuáles eran sus consecuencias para
la vida. Pues es evidente que el argumento del drama en que la vida
consiste es distinto si se está en la creencia de que un Dios omnipotente
y benévolo existe, que si se está en la creencia contraria. Y también es
distinta la vida, aunque la diferencia sea menor, de quien cree en la
capacidad absoluta de la razón para descubrir la realidad, como se creía a
fines del siglo XVII en Francia, y quien cree, como los positivistas de
1860, que la razón es por esencia conocimiento relativo.
Un estudio como éste nos permitiría ver con claridad la modificación
sufrida por nuestra fe en la razón durante los últimos veinte años, y ello
derramaría sorprendente luz sobre casi todas las cosas extrañas que
acontecen en nuestro tiempo.
Pero ahora no me urgía otra cosa sino hacer que el lector cayese en la
cuenta de cuál es nuestra relación con las ideas, con el mundo
intelectual. Esta relación no es de fe en ellas: las cosas que nuestros
pensamientos, que las teorías nos proponen, no nos son realidad, sino
precisamente y sólo… ideas.
Mas no entenderá bien el lector lo que algo nos es, cuando nos es sólo
idea y no realidad, si no le invito a que repare en su actitud frente a lo
que se llama “fantasías, imaginaciones”. Pero el mundo de la fantasía, de
la imaginación, es la poesía. Bien, no me arredro; por el contrario, a
esto quería llegar. Para hacerse bien cargo de lo que nos son las ideas,
de su papel primario en la vida, es preciso tener el valor de acercar la
ciencia a la poesía mucho más de lo que hasta aquí se ha osado. Yo diría,
si después de todo lo enunciado se me quiere comprender bien, que la
ciencia está mucho más cerca de la poesía que de la realidad, que su
función en el organismo de nuestra vida se parece mucho a la del arte. Sin
duda, en comparación con una , la ciencia parece la realidad misma.
Pero en comparación con la realidad auténtica se advierte lo que la
ciencia tiene de , de fantasía, de construcción mental, de edificio
imaginario.
III
La duda y la creencia. -El “mar de dudas”.-El lugar de las ideas.
El hombre, en el fondo, es crédulo o, lo que es igual, el estrato más
profundo de nuestra vida, el que sostiene y porta todos los demás, está
formado por creencias (1). Éstas son, pues, la tierra firme sobre que nos
afanamos. (Sea dicho de paso que la metáfora se origina en una de las
creencias más elementales que poseemos y sin la cual tal vez no podríamos
vivir: la creencia en que la tierra es firme, a pesar de los terremotos
que alguna vez y en la superficie de algunos de sus lugares acontecen.
Imagínese que mañana, por unos u otros motivos, desapareciera esa
creencia. Precisar las líneas mayores del cambio radical que en la figura
de la vida humana esa desaparición produciría, fuera un excelente
ejercicio de introducción al pensamiento histórico.)
Pero en esa área básica de nuestras creencias se abren, aquí o allá, como
escotillones, enormes agujeros de duda. Éste es el momento de decir que la
duda, la verdadera, la que no es simplemente metódica ni intelectual, es
un modo de la creencia y pertenece al mismo estrato que ésta en la
arquitectura de la vida. También en la duda se está. Sólo que en este caso
el estar tiene un carácter terrible. En la duda se está como se está en un
abismo, es decir, cayendo. Es, pues, la negación de la estabilidad. De
pronto sentimos que bajo nuestras plantas falla la firmeza terrestre y nos
parece caer, caer en el vacío, sin poder valernos, sin poder hacer nada
para afirmarnos, para vivir. Viene a ser como la muerte dentro de la vida,
como asistir a la anulación de nuestra propia existencia. Sin embargo, la
duda conserva de la creencia el carácter de ser algo en que se está, es
decir, que no lo hacemos o ponemos nosotros. No es una idea que podríamos
pensar o no, sostener, criticar, formular, sino que, en absoluto, la
somos. No se estime como paradoja, pero considero muy difícil describir lo
que es la verdadera duda si no se dice que creemos nuestra duda.
Si no fuese así, si dudásemos de nuestra duda, sería ésta innocua. Lo
terrible es que actúa en nuestra vida exactamente lo mismo que la creencia
y pertenece al mismo estrato que ella. La diferencia entre la fe y la duda
no consiste, pues, en el creer. La duda no es un “no creer” frente al
creer, ni es un “creer que no” frente a un “creer que sí”. El elemento
diferencial está en lo que se cree. La fe cree que Dios existe o que Dios
no existe. Nos sitúa, pues, en una realidad, positiva o “negativa”, pero
inequívoca, y, por eso, al estar en ella nos sentimos colocados en algo
estable.
Lo que nos impide entender bien el papel de la duda en nuestra vida es
presumir que no nos pone delante una realidad. Y este error proviene, a su
vez, de haber desconocido lo que la duda tiene de creencia. Sería muy
cómodo que bastase dudar de algo para que ante nosotros desapareciese como
realidad. Pero no acaece tal cosa, sino que la duda nos arroja ante lo
dudoso, ante una realidad tan realidad como la fundada en la creencia,
pero que es ella ambigua, bicéfala, inestable, frente a la cual no sabemos
a qué atenernos ni qué hacer. La duda, en suma, es estar en lo inestable
como tal: es la vida en el instante del terremoto, de un terremoto
permanente y definitivo.
En este punto, como en tantos otros referentes a la vida humana, recibimos
mayores esclarecimientos del lenguaje vulgar que del pensamiento
científico. Los pensadores, aunque parezca mentira, se han saltado siempre
a la torera aquella realidad radical, la han dejado a su espalda. En
cambio, el hombre no pensador, más atento a lo decisivo, ha echado agudas
miradas sobre su propia existencia y ha dejado en el lenguaje vernáculo el
precipitado de esas entrevisiones. Olvidamos demasiado que el lenguaje es
ya pensamiento, doctrina. Al usarlo como instrumento para combinaciones
ideológicas más complicadas, no tomamos en serio la ideología primaria que
él expresa, que él es. Cuando, por un azar, nos despreocuparnos de lo que
queremos decir nosotros mediante los giros preestablecidos del idioma y
atendemos a lo que ellos nos dicen por su propia cuenta, nos sorprende su
agudeza, su perspicaz descubrimiento de la realidad.
Todas las expresiones vulgares referentes a la duda nos hablan de que en
ella se siente el hombre sumergido en un elemento insólido, infirme. Lo
dudoso es una realidad líquida donde el hombre no puede sostenerse, y cae.
De aquí el “hallarse en un mar de dudas”. Es el contraposto al elemento de
la creencia: la tierra firme (2).
E insistiendo en la misma imagen, nos habla de la duda como una
fluctuación, vaivén de olas. Decididamente, el mundo de lo dudoso es un
paisaje marino e inspira al hombre presunciones de naufragio. La duda,
descrita como fluctuación, nos hace caer en la cuenta de hasta qué punto
es creencia. Tan lo es, que consiste en la superfetación del creer. Se
duda porque se está en dos creencias antagónicas, que entrechocan y nos
lanzan la una a la otra, dejándonos sin suelo bajo la planta. El dos va
bien claro en el du de la duda.
Al sentirse caer en esas simas que se abren en el firme solar de sus
creencias, el hombre reacciona enérgicamente. Se esfuerza en “salir de la
duda”. Pero ¿qué hacer? La característica de lo dudoso es que ante ello no

Share and Enjoy:
  • del.icio.us
  • YahooMyWeb
  • Digg
  • E-mail this story to a friend!
  • Facebook
  • Google
  • Live
  • Technorati
  • Print this article!
  • MySpace
Tags: , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Related posts

Post a Comment

You must be logged in to post a comment.