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Хосе Ортега-и-Гассет. Собрание сочинений. José Ortega y Gasset. Seleccion de textos


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hecho cuestión de ello? Esta sorpresa pone de manifiesto hasta qué punto
la existencia de la calle actuaba en su estado anterior, es decir, hasta
qué punto el lector contaba con la calle aunque no pensaba en ella y
precisamente porque no pensaba en ella.
El psicólogo nos dirá que se trata de un pensamiento habitual, y que por
eso no nos damos cuenta de él, o usará la hipótesis de lo subconsciente,
etc. Todo ello, que es muy cuestionable, resulta para nuestro asunto por
completo indiferente. Siempre quedará que lo que decisivamente actuaba en
nuestro comportamiento, como que era su básico supuesto, no era pensado
por nosotros con conciencia clara y aparte. Estaba en nosotros, pero no en
forma consciente, sino como implicación latente de nuestra conciencia o
pensamiento. Pues bien, a este modo de intervenir algo en nuestra vida sin
que lo pensemos llamo “contar con ello”. Y ese modo es el propio de
nuestras efectivas creencias.
El intelectualismo, he dicho, invierte el valor de los términos. Ahora
resulta claro el sentido de esta acusación. En efecto, el intelectualismo
tendía a considerar como lo más eficiente en nuestra vida lo más
consciente. Ahora vemos que la verdad es lo contrario. La máxima eficacia
sobre nuestro comportamiento reside en las implicaciones latentes de
nuestra actividad intelectual, en todo aquello con que contamos y en que,
de puro contar con ello, no pensamos.
¿Se entrevé ya el enorme error cometido al querer aclarar la vida de un
hombre o de una época por su ideario; esto es, por sus pensamientos
especiales, en lugar de penetrar más hondo, hasta el estrato de sus
creencias más o menos inexpresas, de las cosas con que contaba? Hacer
esto, fijar el inventario de las cosas con que se cuenta, sería, de
verdad, construir la , esclarecer la vida desde su subsuelo.
II
El azoramiento de nuestra época. - Creernos en la razón y no en sus ideas.
- La ciencia casi poesía.
Resumo: cuando intentamos determinar cuáles son las ideas de un hombre o
de una época, solemos confundir dos cosas radicalmente distintas: sus
creencias y sus ocurrencias o “pensamientos”. En rigor, sólo estas últimas
deben llamarse “ideas”.
Las creencias constituyen la base de nuestra vida, el terreno sobre que
acontece. Porque ellas nos ponen delante lo que para nosotros es la
realidad misma. Toda nuestra conducta, incluso la intelectual, depende de
cuál sea el sistema de nuestras creencias auténticas. En ellas “vivimos,
nos movemos y somos”. Por lo mismo, no solemos tener conciencia expresa de
ellas, no las pensamos, sino que actúan latentes, como implicaciones de
cuanto expresamente hacemos o pensamos. Cuando creemos de verdad en una
cosa, no tenemos la “idea” de esa cosa, sino que simplemente “contamos con
ella”.
En cambio, las ideas, es decir, los pensamientos que tenemos sobre las
cosas, sean originales o recibidos, no poseen en nuestra vida valor de
realidad. Actúan en ella precisamente como pensamientos nuestros y sólo
como tales. Esto significa que toda nuestra “vida intelectual” es
secundaria a nuestra vida real o auténtica y representa en ésta sólo una
dimensión virtual o imaginaría. Se preguntará qué significa entonces la
verdad de las ideas, de las teorías. Respondo: la verdad o falsedad de una
idea es una cuestión de “política interior” dentro del mundo imaginario de
nuestras ideas. Una idea es verdadera cuando corresponde a la idea que
tenemos de la realidad. Pero nuestra idea de la realidad no es nuestra
realidad. Ésta consiste en todo aquello con que de hecho contamos al
vivir. Ahora bien, de la mayor parte de las cosas con que de hecho
contamos, no tenemos la menor idea, y si la tenemos -por un especial
esfuerzo de reflexión sobre nosotros mismos- es indiferente, porque no nos
es realidad en cuanto idea, sino, al contrario, en la medida en que no nos
es sólo idea, sino creencia infraintelectual.
Tal vez no haya otro asunto sobre el que importe más a nuestra época
conseguir claridad como este de saber a qué atenerse sobre el papel y
puesto que en la vida humana corresponde a todo lo intelectual. Hay una
clase de épocas que se caracterizan por su gran azoramiento. A esa clase
pertenece la nuestra. Mas cada una de esas épocas se azora un poco de otra
manera y por un motivo distinto. El gran azoramiento de ahora se nutre
últimamente de que tras varios siglos de ubérrima producción intelectual y
de máxima atención a ella, el hombre empieza a no saber qué hacerse con
las ideas. Presiente ya que las había tomado mal, que su papel en la vida
es distinto del que en estos siglos les ha atribuido, pero aún ignora cuál
es su oficio auténtico.
Por eso importa mucho que, ante todo, aprendamos a separar con toda
limpieza la “vida intelectual” -que, claro está, no es tal vida- de la
vida viviente, de, la real, de la que somos. Una vez hecho esto y bien
hecho, habrá lugar para plantearse las otras dos cuestiones: ¿En qué
relación mutua actúan las ideas y las creencias? ¿De dónde vienen, cómo se
forman las creencias?
Dije en el parágrafo anterior que inducía a error dar indiferentemente el
nombre de ideas a creencias y ocurrencias. Ahora agrego que el mismo daño
produce hablar, sin distingos, de creencias, convicciones, etc., cuando se
trata de ideas. Es, en efecto, una equivocación llamar creencia a la
adhesión que en nuestra mente suscita una combinación intelectual,
cualquiera que ésta sea. Elijamos el caso extremo que es el pensamiento
científico más rigoroso, por tanto, el que se funda en evidencias. Pues
bien, aun en ese caso, no cabe hablar en serio de creencia. Lo evidente,
por muy evidente que sea, no nos es realidad, no creemos en ello. Nuestra
mente no puede evitar reconocerlo como verdad; su adhesión es automática,
mecánica. Pero, entiéndase bien, esa adhesión, ese reconocimiento de la
verdad no significa sino esto: que, puestos a pensar en el tema, no
admitiremos en nosotros un pensamiento distinto ni opuesto a ese que nos
parece evidente. Pero… ahí está: la adhesión mental tiene como condición
que nos pongamos a pensar en el asunto, que queramos pensar. Basta esto
para hacer notar la irrealidad constitutiva de toda nuestra “vida
intelectual”. Nuestra adhesión a un pensamiento dado es, repito,
irremediable; pero, como está en nuestra mano pensarlo o no, esa adhesión
tan irremediable, que se nos impondría como la más imperiosa realidad, se
convierte en algo dependiente de nuestra voluntad e ipso facto deja de
sernos realidad. Porque realidad es precisamente aquello con que contamos,
queramos o no. Realidad es la contravoluntad, lo que nosotros no ponemos;
antes bien, aquello con que topamos.
Además de esto, tiene el hombre clara conciencia de que su intelecto se
ejercita sólo sobre materias cuestionables; que la verdad de las ideas se
alimenta de su cuestionabilidad. Por eso, consiste esa verdad en la prueba
que de ella pretendemos dar. La idea necesita de la crítica como el pulmón
del oxígeno, y se sostiene y afirma apoyándose en otras ideas que, a su
vez, cabalgan sobre otras formando un todo o sistema. Arman, pues, un
mundo aparte del mundo real, un mundo integrado exclusivamente por ideas
de que el hombre se sabe fabricante y responsable. De suerte que la
firmeza de la idea más firme se reduce a la solidez con que aguanta ser
referida a todas las demás ideas. Nada menos, pero también nada más. Lo
que no se puede es contrastar una idea, como si fuera una moneda,
golpeándola directamente contra la realidad, como si fuera una piedra de
toque. La verdad suprema es la de lo evidente, pero el valor de la
evidencia misma es, a su vez, mera teoría, idea y combinación intelectual.
Entre nosotros y nuestras ideas hay, pues, siempre una distancia
infranqueable: la que va de lo real a lo imaginario. En cambio, con
nuestras creencias estamos inseparablemente unidos. Por eso cabe decir que
las somos. Frente a nuestras concepciones gozamos un margen, mayor o
menor, de independencia. Por grande que sea su influencia sobre nuestra
vida, podemos siempre suspenderlas, desconectarnos de nuestras teorías. Es
más, de hecho exige siempre de nosotros algún especial esfuerzo,
comportarnos conforme a lo que pensamos, es decir, tomarlo completamente
en serio. Lo cual revela que no creemos en ello, que presentimos como un
riesgo esencial fiarnos de nuestras ideas, hasta el punto de entregarles
nuestra conducta tratándolas como si fueran creencias. De otro modo, no
apreciaríamos el ser “consecuente con sus ideas” como algo especialmente
heroico.
No puede negarse, sin embargo, que nos es normal regir nuestro
comportamiento conforme a muchas “verdades científicas”. Sin considerarlo
heroico, nos vacunamos, ejercitamos usos, empleamos instrumentos que, en
rigor, nos parecen peligrosos y cuya seguridad no tiene más garantía que
la de la ciencia. La explicación es muy sencilla y sirve, de paso, para
aclarar al lector algunas dificultades con que habrá tropezado desde el
comienzo de este . Se trata simplemente de recordarle que entre las
creencias del hombre actual es una de las más importantes su creencia en
la “razón”, en la inteligencia. No precisemos ahora las modificaciones que

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