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Хосе Ортега-и-Гассет. Собрание сочинений. José Ortega y Gasset. Seleccion de textos


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initud.
Precisamente así la extensión y límites del saber que poseemos sobre los tipos o modos de ser hombre, resulta claro que cuando el hombre en su madurez trata con los jóvenes, se encuentra con un saber a priori de sus diferentes modos que prácticamente es completo. Porque noten ustedes que el problema queda aquí reducido. No se dice que conozca todos los modos posibles de la vida humana, sino sólo los modos posibles de la etapa más sencilla de la vida humana: la juvenil. Y, sin embargo, también aquí hay que no dejar silenciada una reserva, una limitación, si se quiere que quede correctamente dibujada la línea estricta de ese saber. El hombre maduro conoce los diferentes modos de ser joven: en una juventud dada distingue, pues, con suficiente precisión las diferencias que hay entre unos jóvenes y otros. Pero unos y otros pertenecen a una misma juventud, que tiene ciertos caracteres comunes de humanidad. Esto es lo que yo llamo una generación. Ahora bien, precisamente eso que constituye una generación como tal -que es precisamente lo común a todos los individuos de un cierto tiempo- es siempre una forma genérica de vida nueva. Y esto es lo que el hombre maduro corre siempre el riesgo de no saber, de no percibir: ese germen de innovación vital de que la generación no se da cuenta -repito- hasta el punto de que, con frecuencia, lo que ella comienza por decir con la pretensión de que sea su confesión, su característica, es lo contrario de la efectiva innovación que ella es: mejor dicho, que va a ser. La cosa es paradójica, pero inexorable. La juventud no averigua, no sabe la peculiaridad de su destino vital hasta que no deja de ser joven -allá entre los veintiséis y los treinta años-, lo mismo en el hombre que en la mujer. ¡Extraña pero innegable condición! Propiamente, la juventud, que es tan parlanchina, es, en lo esencial, muda: no tiene voz. Lo que parla no es suyo, sino el tópico de la generación anterior. Ésta es quien pone su voz en la laringe del joven: se trata, pues, de una faena de ventriloquia.
La situación, pues, es ésta: la juventud comienza por ser misterio y arcano para sí misma. Pero también lo es para la madurez. Por tanto, bajo inauténticas coincidencias la verdad es que las dos generaciones en cuanto generaciones no se entienden. ¿No significa esto declarar que la es una permanente discontinuidad? Sin duda: en ciertas cosas decisivas el bloque de una generación se levanta frente al bloque de la otra como dos acantilados incomunicables. Por eso la es, en una de sus caras, polémica y cambio. Bien: ¿pero no es, por otra parte, la continuidad? Toda idea o sentimiento humano viene siempre de otra idea o sentimiento nuestro o de otro hombre. No hay posible vacío. no facit saltum.
(1) Publicado posteriormente en español en el libro «Estudios sobre el amor».
Revista de Occidente. Madrid. Incluido en las Obras Completas, Tomo 5.

José Ortega y Gasset

“Verdad y perspectiva”

El prospecto de El Espectador me ha valido numerosas cartas llenas de
afecto, de interés, de curiosidad. Una de ellas concluye: “Pero siento que
se dedique usted exclusivamente a ser espectador”.
Me urge tranquilizar a este amigo lejano, y para ello tengo que indicar
algo de lo que yo pienso bajo el título de El Espectador. La integridad de
los pensamientos tras esa palabra emboscados sólo puede desenvolverse en
la vida misma de la obra.
Vuelva a la tranquilidad este lejano amigo que me escribe, y para el cual
-¡gracias le sean dadas!- no es por completo indiferente lo que yo haga o
deje de hacer: la vida española nos obliga, queramos o no, a la acción
política. El inmediato porvenir, tiempo de sociales hervores, nos forzará
a ella con mayor violencia. Precisamente por eso yo necesito acotar una
parte de mí mismo para la contemplación. Y esto que me acontece, acontece
a todos. Desde hace medio siglo, en España y fuera de España, la política
-es decir, la supeditación de la teoría a la utilidad- ha invadido por
completo el espíritu. La expresión extrema de ello puede hallarse en esa
pragmatista que descubre la esencia de la verdad, de lo teórico
por excelencia, en lo práctico, en lo útil. De tal suerte, queda reducido
el pensamiento a la operación de buscar buenos medíos para los fines, sin
preocuparse de éstos. He ahí la política: pensar utilitario.
La pasada centuria se ha afanado harto exclusivamente en allegar
instrumentos: ha sido una cultura de medios. La guerra ha sorprendido al
europeo sin nociones claras sobre las cuestiones últimas, aquellas que
sólo puede aclarar un pensamiento puro e inútil. Nada más natural que,
reaccionando contra ese exclusivismo, postulemos ahora frente a una
cultura de medios una cultura de postrimerías.
Situada en su rango de actividad espiritual secundaria, la política o
pensamiento de lo útil es una saludable fuerza de que no podemos
prescindir. Si se me invita a escoger entre el comerciante y el bohemio,
me quedo sin ninguno de los dos. Mas cuando la política se entroniza en la
conciencia y preside toda nuestra vida mental, se convierte en un morbo
gravísimo, La razón es clara. Mientras tomemos lo útil como útil, nada hay
que objetar. Pero si esta preocupación por lo útil llega a constituir el
hábito central de nuestra personalidad, cuando se trate de buscar lo
verdadero tenderemos a confundirlo con lo útil. Y esto, hacer de la
utilidad la verdad, es la definición de la mentira. El imperio de la
política es, pues, el imperio de la mentira.
De todas las enseñanzas que la vida me ha proporcionado, la más acerba,
más inquietante, más irritante para mí ha sido convencerme de que la
especie menos frecuente sobre la tierra es la de los hombres veraces. Yo
he buscado en torno, con mirada suplicante de náufrago los hombres a
quienes importase la verdad, la pura verdad, lo que las cosas son por sí
mismas, y apenas he hallado alguno. Los he buscado cerca y lejos, entre
los artistas y entre los labradores, entre los ingenuos y los “sabios”.
Como Ibn-Batuta, he tomado el palo del peregrino y hecho vía por el mundo
en busca, como él, de los santos de la tierra, de los hombres de alma
especular y serena que reciben la pura reflexión del ser de las cosas. ¡Y
he hallado tan pocos, tan pocos, que me ahogo!
Sí: congoja de ahogo siento, porque un alma necesita respirar almas
afines, y quien ama sobre todo la verdad necesita respirar aire de almas
veraces. No he hallado en derredor sino políticos, gentes a quienes no
interesa ver el mundo como él es, dispuestas sólo a usar de las cosas como
les conviene. Política se hace en las academias y en las escuelas, en un
libro de versos y en el libro de , en el gesto rígido del hombre
moral y en el gesto frívolo del libertino, en el salón de las damas y en
la celda del monje. Muy especialmente se hace política en los
laboratorios: el químico y el histólogo llevan a sus experimentos un
secreto interés electoral. En fin, cierto día, ante uno de los libros más
abstractos y más ilustres que han aparecido en Europa desde hace treinta
años, oí decir en su lengua al autor: Yo soy ante todo un político. Aquel
hombre había compuesto una obra sobre el método infinitesimal contra el
partido militarista triunfante en su patria.
Hace falta, pues, afirmarse de nuevo en la obligación de la verdad, en el
derecho de la verdad.
En El libro de los Estados decía don Juan Manuel: “Todos los Estados del
mundo se encierran en tres: al uno llaman defensores, et al otro oradores,
et al otro labradores”. ¡Perdón, Infante; el mundo así resultaría
incompleto! Yo pido en él un margen para el estado que llaman de los
espectadores. El nombre goza de famosa genealogía: lo encontró Platón. En
su República concede una misión especial a lo que él denomina jiloqeamdgez
-amigos de mirar; son los especulativos, y al frente de ellos los
filósofos, los teorizadores-, que quiere decir los contemplativos.
El Espectador tiene, en consecuencia, una primera intención: elevar un
reducto contra la política para mí y para los que compartan mi voluntad de
pura visión, de teoría.
El escritor, para condensar su esfuerzo, necesita de un público, como el
licor de la copa en que se vierte. Por esto es El Espectador la conmovida
apelación a un público de amigos de mirar, de lectores a quienes interesen
las cosas aparte de sus consecuencias, cualesquiera que ellas sean,
morales inclusive. Lectores meditabundos que se complazcan en perseguir la
fisonomía de los objetos en toda su delicada, compleja estructura.
Lectores sin prisa, advertidos de que toda opinión justa es larga de
expresar. Lectores que al leer repiensen por sí mismos los temas sobre que
han leído. Lectores que no exijan ser convencidos, pero, a la vez, se
hallen dispuestos a renacer en toda hora de un credo habitual a un credo
insólito. Lectores que, como el autor, se hayan reservado un trozo de alma
antipolítico. En suma: lectores incapaces de oír un sermón, de apasionarse
en un mitin y juzgar de personas y cosas en una tertulia de café

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