Хосе Ортега-и-Гассет. Собрание сочинений. José Ortega y Gasset. Seleccion de textos
Uncategorized August 4th, 2006
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todos los días nacen hombres y, por tanto, sólo los que nacen en el mismo
día tendrían, en rigor, la misma edad; por tanto, que la generación es un
fantasma, un concepto arbitrario que no representa una realidad, que antes
bien, si lo usamos, tapa y deforma la realidad. La historia necesita de
una peculiar exactitud, precisamente la exactitud histórica, que no es la
matemática, y cuando se quiere suplantar aquélla con ésta se cae en
errores como el de esta objeción que podía muy bien haber extremado más
las cosas reclamando el nombre de coetáneos exclusivamente para los
nacidos en una misma hora o en un mismo minuto.
Pero convendría haber caído en la cuenta de que el concepto de edad no es
de sustancia matemática, sino vital. La edad, originariamente, no es una
fecha. Antes de que se supiese contar, la sociedad -en los pueblos
primitivos- aparecía y aparece organizada en las clases llamadas de edad.
Hasta tal punto este hecho elementalísimo de la vida es una realidad, que
espontáneamente da forma al cuerpo social dividiéndolo en tres o cuatro
grupos, según la altitud de la existencia personal. La edad es, dentro de
la trayectoria vital humana, un cierto modo de vivir -por decirlo así, es
dentro de nuestra vida total una vida con su comienzo y su término: se
empieza a ser joven y se deja de ser joven, como se empieza a vivir y se
acaba de vivir-. Y ese modo de vida que es cada edad -medido externamente,
según la cronología del tiempo cósmico, que no es vital, del tiempo que se
mide con relojes- se extiende durante una serie de años. No se es joven
sólo un año, ni es joven sólo el de veinte pero no el de veintidós. Se
está siendo joven una serie determinada de años y lo mismo se está en la
madurez durante cierto tiempo cósmico. La edad, pues, no es una fecha,
sino una “zona de fechas”, y tienen la misma edad, vital e históricamente,
no sólo los que nacen en un mismo año, sino los que nacen dentro de una
zona de fechas.
Si cada uno de ustedes recapacita sobre quiénes son sentidos por él como
coetáneos, como de su generación, hallará que no sabe la edad-año de esos
prójimos, pero podrá fijar cifras extremas hacia arriba y hacia abajo y
dirá: Fulano ya no es de mi tiempo, es un muchacho todavía o es ya hombre
maduro.
No es, pues, ateniéndonos a la cronología estricta, matemática de los años
como podemos precisar las edades.
Porque ¿cuántas y cuáles son las edades del hombre? En otro tiempo, cuando
la matemática no había aún devastado el espíritu de la vida -allá en el
mundo antiguo y en la Edad Media y aun en los comienzos de la modernidad-
meditaban los sabios y los ingenuos sobre esta gran cuestión. Había una
teoría de las edades y Aristóteles, por ejemplo, no ha desdeñado dedicar a
ella algunas páginas espléndidas.
Hay para todos los gustos: se ha segmentado la vida humana en tres y
cuatro edades -pero también en cinco, en siete y aun en diez-. Nada menos
que Shakespeare, en la comedia A vuestro gusto, es partidario de la
división septenaria.
“El mundo entero es un teatro y todos los hombres y las mujeres no más que
actores de él: hacen sus entradas y sus salidas, y los actos de la obra
son siete edades.”
A lo que sigue una caracterización de cada una de éstas.
Pero es innegable que sólo las divisiones en tres en cuatro han tenido
permanencia en la interpretación de los hombres. Ambas son canónicas en
Grecia y en el Oriente, en el primitivo fondo germánico. Aristóteles es
partidario de la más simple: juventud, plenitud o akmé y vejez. En cambio,
una fábula de Esopo, que recoge reminiscencias orientales y una añeja
conseja germánica que Jacobo Grimm espumó nos hablan de cuatro edades:
“Quiso Dios que el hombre y el animal tuviesen el mismo tiempo, treinta
años. Pero los animales notaron que era para ellos demasiado tiempo,
mientras al hombre le parecía muy poco. Entonces vinieron a un acuerdo y
el asno, el perro y el mono entregan una porción de los suyos, que son
acumulados al hombre. De este modo consigue la criatura humana vivir
setenta años. Los treinta primeros los pasa bien, goza de salud, se
divierte y trabaja con alegría, contento con su destino. Pero luego vienen
los dieciocho años del asno y tiene que soportar carga tras carga: ha de
llevar el grano que otro se come y aguantar puntapiés y garrotazos por sus
buenos servicios. Luego vienen los doce años de una vida de perro: el
hombre se mete en un rincón, gruñe y enseña los dientes, pero tiene ya
pocos dientes para morder. Y cuando este tiempo pasa vienen los diez años
de mono, que son los últimos: el hombre se chifla y hace extravagancias,
se ocupa en manías ridículas, se queda calvo y sirve sólo de risa a los
chicos”.
Esta conseja, cuyo dolorido realismo caricaturesco lleva la marca típica
de la Edad Media, muestra acusadamente cómo el concepto de edades se forma
primariamente sobre las etapas del drama vital, que no son cifras, sino
modos de vivir.
Plutarco, en la vida de Licurgo, cita tres versos que se suponen recitados
por sendos coros:
Los viejos: Nosotros hemos sido guerreros muy fuertes.
Los jóvenes: Nosotros lo somos: si tenéis gana -miradnos a la cara.
Los muchachos: Pero nosotros seremos mucho más fuertes todavía.
Aludo a todo esto y transcribo estos lugares para hacerles ver la profunda
resonancia que en la preocupación vital de los hombres encuentra este tema
de las edades desde los tiempos más remotos.
Pero hasta ahora el concepto de edad preocupaba sólo desde el punto de
vista de la vida individual. De aquí, entre otras cosas, la vacilación
sobre el ciclo y carácter de las edades: niños, jóvenes, viejos -como en
la cita de Plutarco-. Joven, maduro, viejo, decrépito -como en la fábula
esópica-. Joven, maduro, anciano -como en Aristóteles.
Comencemos el próximo día con el intento de fijar las edades y el tiempo
de cada una desde el punto de vista de la historia. La realidad histórica
y no nosotros es quien tiene que decidir.
[Este texto corresponde al número tres, "Idea de las generaciones", de
unas lecciones explicadas en 1933. Se publicó por primera vez en el
volumen V de las obras completas. Se incluye como parte del libro En torno
a Galileo: esquema de las crisis.]
José Ortega y Gasset
MISIÓN DE LA UNIVERSIDAD
(1930)
I. La cuestión fundamental
II. Principio de economía en la enseñanza
III. Lo que la Universidad tiene que ser “primero”. La Universidad, la profesión y la ciencia
IV. Cultura y Ciencia
V. Lo que la Universidad tiene que ser “además”
**************
I
LA CUESTIÓN FUNDAMENTAL
Las condiciones acústicas del Paraninfo universitario me impidieron desarrollar en su integridad mi conferencia “Sobre reforma universitaria”. En aquel local, que rezuma la amarga tristeza de todas las capillas exclaustradas -bien que fuese capilla, bien que no lo fuese, mal que sea ex-capilla-, la voz del orador queda en el aire asesinada a pocos metros de la boca emisora. Para hacerse medio oír es forzoso gritar. Gritar es cosa muy diferente de hablar. En el grito, la fonación es otra. No se “dice” la frase en su natural aglutinación, que hace de ella un cuerpo unitario y elástico, sino que es preciso tomar cada palabra, ponerla en la honda del grito, y después de hacer ésta girar, como David frente a Goliat, lanzarla con puntería a la oreja del auditorio. Esto trae consigo una consecuencia notoria a todo el que perora: la pérdida de tiempo.
Pero no quisiera que por el azar de unos micrófonos ausentes quedase tan manco mi discurso. Dije lo que juzgaba más urgente sobre el temple que los estudiantes deben conquistar si quieren, en efecto y en serio, ocuparse de una reforma universitaria. Es la cuestión preliminar e ineludible si honradamente se considera el estado de ánimo que domina hoy a la clase escolar. Pero luego había que tratar, aunque fuese con rigoroso laconismo, el tema visceral de toda la imaginable reforma universitaria, a saber: la misión de la Universidad.
Doy a continuación las notas que sobre este grave asunto llevaba yo al púlpito del Paraninfo. Van en la forma esquemática, a veces de abreviatura o cifra, que para aquel uso era bastante. Sólo agrego ahora los desarrollos que son estrictamente necesarios para hacer inteligibles aquellos lemas.
* * *
La reforma universitaria no puede reducirse, ni siquiera consistir principalmente, a la corrección de abusos. Reforma es siempre creación de usos nuevos. Los abusos tienen siempre escasa importancia. Porque una de dos: o son abusos en el sentido más natural de la palabra, es decir, casos aislados, poco frecuentes, de contravención a los buenos usos, o son tan frecuentes, consuetudinarios, pertinaces y tolerados que no ha lugar a llamarlos abusos. En el primer caso, es seguro que serán corregidos automáticamente; en el segundo, fuera vano corregirlos, porque su frecuencia y naturalidad indican que no son anomalías, sino resultado inevitable de los usos que son malos. Contra éstos habrá que ir y no contra los abusos.
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