Хосе Ортега-и-Гассет. Собрание сочинений. José Ortega y Gasset. Seleccion de textos
Uncategorized August 4th, 2006
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parciales. No podría decirse que su actuación cambia el mundo.
Pero el caso es que no se trata de unos pocos jóvenes sino de todos los
que son jóvenes en una cierta fecha, los cuales son más o tantos más en
número que los hombres maduros. Cada joven actuará sobre un punto del
horizonte, pero entre todos actúan sobre la totalidad del horizonte o
mundo -es decir, unos sobre el arte, otros sobre la religión o sobre cada
una de las ciencias, sobre la industria, sobre la política. Había de ser
mínima la modificación que en cada punto producen y, no obstante,
tendremos que reconocer que han cambiado el cariz total del mundo, de
suerte que unos años después, cuando otra tornada de muchachos inicia su
vida se encuentra con un mundo que en el cariz de su totalidad es distinto
del que ellos encontraron.
El hecho más elemental de la vida humana es que unos hombres mueren y
otros nacen -que las vidas se suceden-. Toda vida humana, por su esencia
misma, está encajada entre otras vidas anteriores y otras posteriores
-viene de una vida y va a otra subsecuente-. Pues bien, en ese hecho, el
más elemental, fundo la necesidad ineludible de los cambios en la
estructura del mundo. Un automático mecanismo trae irremisiblemente
consigo que en una cierta unidad de tiempo la figura del drama vital
cambia, como en esos teatros de obras breves en que cada hora se da un
drama o comedia diferente. No hace falta suponer que los actores son
distintos: los mismos actores tienen que representar argumentos
diferentes. No está dicho, sin más ni más, que el joven de hoy -esto es,
su alma y su cuerpo- es distinto del de ayer; pero es irremediable que su
vida es de armazón diferente que la de ayer.
Ahora bien, esto no es sino hallar la razón y el período de los cambios
históricos en el hecho anejo esencialmente a la vida humana de que ésta
tiene siempre una edad. La vida es tiempo -como ya nos hizo ver Dilthey y
hoy nos reitera Heidegger, y no tiempo cósmico imaginario y porque
imaginario infinito, sino tiempo limitado, tiempo que se acaba, que es el
verdadero tiempo, el tiempo irreparable-. Por eso el hombre tiene edad. La
edad es estar el hombre siempre en un cierto trozo de su escaso tiempo -es
ser comienzo del tiempo vital, ser ascensión hacia su mitad, ser centro de
él, ser hacia su término- o, como suele decirse, ser niño, joven, maduro o
anciano.
Pero esto significa que toda actualidad histórica, todo “hoy” envuelve en
rigor tres tiempos distintos, tres “hoy” diferentes o, dicho de otra
manera, que el presente es rico de tres grandes dimensiones vitales, las
cuales conviven alojadas en él, quieran o no, trabadas unas con otras y,
por fuerza, al ser diferentes, en esencial hostilidad. “Hoy” es para uno
veinte años, para otros, cuarenta, para otros, sesenta; y eso, que siendo
tres modos de vida tan distintos tengan que ser el mismo “hoy”, declara
sobradamente el dinámico dramatismo, el conflicto y colisión que
constituye el fondo de la materia histórica, de toda convivencia actual. Y
a la luz de esta advertencia se ve el equívoco oculto en la aparente
claridad de una fecha. 1933 parece un tiempo único, pero en 1933 vive un
muchacho, un hombre maduro y un anciano, y esa cifra se triplica en tres
significados diferentes y, a la vez, abarca los tres: es la unidad en un
tiempo histórico de tres edades distintas. Todos somos contemporáneos,
vivimos en el mismo tiempo y atmósfera -en el mismo mundo-, pero
contribuimos a formarlos de modo diferente. Sólo se coincide con los
coetáneos. Los contemporáneos no son coetáneos: urge distinguir en
historia entre coetaneidad y contemporaneidad. Alojados en un mismo tiempo
externo y cronológico, conviven tres tiempos vitales distintos. Esto es lo
que suelo llamar el anacronismo esencial de la historia. Merced a ese
desequilibrio interior se mueve, cambia, rueda, fluye. Si todos los
contemporáneos fuésemos coetáneos, la historia se detendría anquilosada,
petrefacta, en un gesto definitivo, sin posibilidad de innovación radical
ninguna.
Ahora bien, el conjunto de los que son coetáneos en un círculo de actual
convivencia es una generación. El concepto de generación no implica, pues,
primariamente más que estas dos notas: tener la misma edad y tener algún
contacto vital. Aún quedan en el planeta grupos humanos aislados del
resto. Es evidente que aquellos individuos de esos grupos que tienen la
misma edad que nosotros, no son de nuestra misma generación porque no
participan de nuestro mundo. Pero esto indica, a su vez: 1°, que si toda
generación tiene una dimensión en el tiempo histórico, es decir, en la
melodía de las generaciones humanas, viene justamente después de tal otra
-como la nota de una canción suena según sonase la anterior-; 2°, que
tiene también una dimensión en el espacio. En cada fecha el círculo de
convivencia humana es más o menos amplio. En los comienzos de la Edad
Media, los territorios que habían convivido en contacto histórico durante
el buen tiempo del Imperio romano quedan, por muy curiosas causas,
disociados, sumergido y absorto cada cual en sí mismo. Es una época de
multiplicidad dispersa y discontinua. Casi cada gleba vive sola consigo.
Por eso se produce una maravillosa diversidad de modos humanos que dio
origen a las nacionalidades. Durante el Imperio, en cambio, se convive
desde la frontera india hasta Lisboa, Inglaterra y la línea transrenana.
Es un tiempo de uniformidad, y aunque las dificultades de comunicación dan
un carácter sobremanera relativo a esa convivencia, puede decirse
idealmente que los coetáneos desde Londres al Ponto formaban una
generación. Y es muy diferente destino vital, muy distinta la estructura
de la vida, pertenecer a una generación de amplía uniformidad o a una
angosta, de heterogeneidad y dispersión. Y hay generaciones cuyo destino
consiste en romper el aislamiento de un pueblo y llevarlo a convivir
espiritualmente con otros, integrándolo así en una unidad mucho más
amplía, metiéndolo, por decirlo así, de su historia retraída, particular y
casera, en el ámbito gigantesco de la historia universal.
Comunidad de fecha y comunidad espacial son, repito, los atributos
primarios de una generación. Juntos significan la comunidad de destino
esencial. El teclado de circunstancia en que los coetáneos tienen que
tocar la sonata apasionada de su vida es el mismo en su estructura
fundamental. Esta identidad de destino produce en los coetáneos
coincidencias secundarias que se resumen en la unidad de su estilo vital.
Alguna vez he representado a la generación como “una caravana dentro de la
cual va el hombre prisionero, pero a la vez secretamente voluntario y
satisfecho. Va en ella fiel a los poetas de su edad, a las ideas políticas
de su tiempo, al tipo de mujer triunfante en su mocedad y hasta al modo de
andar usado a los veinticinco años. De cuando en cuando se ve pasar otra
caravana con su raro perfil extranjero: es la otra generación. Tal vez en
un día festival la orgía mezcla a ambas, pero a la hora de vivir la
existencia normal, la caótica fusión se disgrega en los dos grupos
verdaderamente orgánicos. Cada individuo reconoce misteriosamente a los
demás de su colectividad, como las hormigas de cada hormiguero se
distinguen por una peculiar adoración. El descubrimiento de que estamos
fatalmente adscritos a un cierto grupo de edad y a un estilo de vida es
una de las experiencias melancólicas que, antes o después, todo hombre
sensible llega a hacer. Una generación es un modo integral de existencia
o, si se quiere, una moda, que se fija indeleble sobre el individuo. En
ciertos pueblos salvajes se reconoce a los miembros de cada grupo coetáneo
por su tatuaje. La moda de dibujo epidérmico que estaba en uso cuando eran
adolescentes ha quedado incrustada en su ser”.
En el “hoy”, en todo “hoy” coexisten articuladas varias generaciones y las
relaciones que entre ellas se establecen, según la diversa condición de
sus edades, representan el sistema dinámico, de atracciones y repulsiones,
de coincidencia y polémica, que constituye en todo instante la realidad de
la vida histórica. La idea de las generaciones, convertida en método de
investigación histórica, no consiste más que en proyectar esa estructura
sobre todo el pasado. Todo lo que no sea esto es renunciar a descubrir la
auténtica realidad de la vida humana en cada tiempo -que es la misión de
la historia-. El método de las generaciones nos permite ver esa vida desde
dentro de ella, en su actualidad. La historia es convertir virtualmente en
presente lo que ya pasó. Por eso -y no sólo metafóricamente- la historia
es revivir el pasado. Y como vivir no es sino actualidad y presente,
tenemos que transmigrar de los nuestros o los pretéritos, mirándolos no
desde fuera, no como sidos, sino como siendo.
Pero ahora necesitamos precisar un poco más.
La generación, decíamos, es el conjunto de hombres que tienen la misma
edad.
Aunque parezca mentira se ha pretendido una y otra vez rechazar a limine
el método de las generaciones oponiendo la ingeniosa observación de que
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