Хосе Ортега-и-Гассет. Собрание сочинений. José Ortega y Gasset. Seleccion de textos
Uncategorized August 4th, 2006
Pages: 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41
Email This Post
|
Print It
|
| 164 views
fabrica mundo constantemente, y ya hemos visto que mundo o universo no es
sino el esquema o interpretación que arma para asegurarse la vida.
Diremos, pues, que el mundo es el instrumento por excelencia que el hombre
produce, y el producirlo es una y misma cosa con su vida, con su ser. El
hombre es un fabricante nato de universos.
He aquí, señores, por qué hay historia, por qué hay variación continua de
las vidas humanas. Si seccionamos por cualquier fecha el pasado humano,
hallamos siempre al hombre instalado en un mundo, como en una casa que se
ha hecho para abrigarse. Ese mundo le asegura frente a ciertos problemas
que le plantea la circunstancia. pero deja muchas aberturas problemáticas,
muchos peligros sin resolver ni evitar. Su vida, el drama de su vida,
tendrá un perfil distinto según sea la perspectiva de problemas, según sea
la ecuación de seguridades e inquietudes que ese mundo represente.
Con una relativa seguridad estamos ahora por lo menos en cuanto al peligro
de que un astro choque con la Tierra y la destruya. ¿Por qué esa
seguridad? Porque creemos en un mundo lo bastante racional para que sea
posible la ciencia astronómica, y ésta nos asegura que las probabilidades
de ese choque son prácticamente nulas con respecto a nuestra vida. Es más,
los astrónomos, que han sido siempre gentes maravillosas, se han
entretenido en contar el número de años que faltan para que un astro dé un
torniscón al Sol y lo destruya: son, exactamente, un billón doscientos
tres años. Podemos todavía conversar un rato.
Pero imaginen ahora ustedes que, de pronto, los fenómenos naturales
comenzasen a contravenir las leyes de la física; esto es, que perdiésemos
la confianza en la ciencia, que es, dicho sea de paso, la fe de que vive
el hombre europeo actual. Nos encontraríamos ante un mundo irracional, es
decir, impermeable a nuestra razón científica, que es lo único que nos
permite asegurarnos cierto dominio sobre la circunstancia material. Ipso
facto, nuestra vida,, nuestro drama cambiaría de cariz profundamente
-nuestra vida sería muy otra, porque viviríamos en otro mundo. Se nos
habría caído la casa en que estábamos instalados, no sabríamos, en todo lo
material, a qué atenernos, volvería a azotar a la humanidad la plaga
terrible que durante milenios la ha sobrecogido y mantenido prisionera: el
pavor cósmico, el miedo de Pan, el terror pánico.
Pues bien: la cosa no es tan absolutamente remota de la realidad como
puede suponerse. En estos días siente la humanidad civilizada un terror
que hace treinta años, no más, desconocía. Hace treinta años creía estar
en un mundo donde el progreso económico era indefinido y sin graves
discontinuidades. Mas en estos últimos años el mundo ha cambiado: los
jóvenes que comienzan a vivir plenamente ahora viven en un mundo de crisis
económica que hace vacilar toda seguridad en este orden -y que quién sabe
qué modificaciones insospechadas, hasta increíbles, puede acarrear a la
vida humana.
Esto nos permite formular dos principios fundamentales para la
construcción de la historia: 1° El hombre constantemente hace mundo, forja
horizonte. 2° Todo cambio del mundo, del horizonte, trae consigo un cambio
en la estructura del drama vital. El sujeto psico-fisiológico que vive, el
alma y el cuerpo del hombre puede no cambiar; no obstante, cambia su vida
porque ha cambiado el mundo. Y el hombre no es su alma y su cuerpo, sino
su vida, la figura de su problema vital.
El tema de la historia queda así formalmente precisado como el estudio de
las formas o estructuras que ha tenido la vida humana desde que hay
noticia.
Pero se dirá que la vida está siempre, continuamente, cambiando de
estructura. Porque si hemos dicho que el hombre hace constantemente mundo,
quiere decirse que éste es modificado también constantemente y, por tanto,
cambiará sin cesar la estructura de la vida. En último rigor esto es
cierto. Al preparar la lección de hoy he tenido que pensar con más
precisión ciertos puntos de lo que yo creo -que es el mundo histórico, el
cual no es sino una porción de mi mundo. Por tanto, se ha modificado éste
en algunos detalles. Parejamente, yo espero que esta lección varíe alguna
facción, por menuda que sea, del mundo en que ustedes vivían al entrar
hace un rato por esa puerta. Sin embargo, la arquitectura general del
universo en que ustedes y yo vivíamos ayer queda intacta. Todos los días
cambia un poco la materia de que están hechas las paredes de nuestra casa;
no obstante, tenemos derecho a decir, si no nos hemos mudado, que
habitamos en la misma casa que hace años. No hay, pues, que exagerar el
rigor, porque eso nos llevaría en este caso a algo falso. Cuando las
modificaciones que sufre el mundo en que creo no afectan a sus principales
elementos constructivos y su perfil general queda intacto, el hombre no
tiene la impresión de que ha cambiado el mundo, sino sólo de que ha
cambiado algo en el mundo.
Pero otra consideración sumamente obvia nos pone en la pista de qué género
de modificaciones son las que deben valer como efectivo cambio de
horizonte o mundo. La historia no se ocupa sólo de tal vida individual;
aun en el caso de que el historiador se proponga hacer una biografía,
encuentra a la vida de su personaje trabada con las vidas de otros
hombres, y la de éstos, a su vez, con otras; es decir, que cada vida está
sumergida en una determinada circunstancia de una vida colectiva. Y esta
vida colectiva, anónima, con la cual se encuentra cada uno de nosotros
tiene también su mundo, su repertorio de convicciones con las cuales,
quiera o no, el individuo tiene que contar. Es más, ese mundo de las
creencias colectivas -que se suele llamar “las ideas de la época”, el
“espíritu del tiempo”- tiene un peculiar carácter que no tiene el mundo de
las creencias individuales, a saber: que es vigente por sí, frente y
contra nuestra aceptación de él. Una convicción mía, por firme que sea,
sólo tiene vigencia para mí. Pero las ideas del tiempo, las convicciones
ambientes son tenidas por un sujeto anónimo, que no es nadie en
particular, que es la sociedad. Y esas ideas tienen vigencia aunque yo no
las acepte, esa vigencia se hace sentir sobre mí, aunque sea
negativamente. Están ahí, ineludiblemente, como está ahí esa pared, y yo
tengo que contar con ellas en mi vida, quiera o no, como tengo que contar
con esa pared que no me deja pasar a su través y me obliga a buscar
dócilmente la puerta o a ocupar mi vida en demolerla. Pero claro es que la
influencia mayor que el espíritu del tiempo, el mundo vigente ejerce en
cada vida, no la ejerce simplemente porque está ahí -o, lo que es lo
mismo, porque yo estoy en él y en él tengo que moverme y ser-, sino
porque, en realidad, la mayor porción de mi mundo, de mis creencias
proviene de ese repertorio colectivo, coinciden con ellas. El espíritu del
tiempo, las ideas de la época en su inmensa porción y mayoría están en mí,
son las mías. El hombre, desde que nace, va absorbiendo las convicciones
de su tiempo, es decir, va encontrándose en el mundo vigente.
Esto, tan sencillo como es, nos proporciona una iluminación decisiva sobre
los cambios propiamente históricos, sobre qué género de modificaciones
debemos considerar como efectivos cambios del mundo y por ende de la
estructura del drama vital.
Normalmente, el hombre hasta los veinticinco años no hace más que
aprender, recibir noticias sobre las cosas que le proporciona su contorno
social -los maestros, el libro, la conversación. En esos años, pues, se
entera de lo que es el mundo, topa con las facciones de ese mundo que
encuentra ahí ya hecho. Pero ese mundo no es sino el sistema de
convicciones vigentes en aquella fecha. Ese sistema de convicciones se ha
ido formando en un larguísimo pasado, algunos de sus componentes más
elementales proceden de la humanidad más primitiva. Pero justamente las
porciones de ese mundo, los asuntos de él más agudos han recibido una
nueva interpretación de los hombres que representan la madurez de la época
-y que regentan en todos los órdenes esa época- en las cátedras, en los
periódicos, en el gobierno, en la vida artística y literaria. Como el
hombre hace mundo siempre, esos hombres maduros han producido esta o la
otra modificación en el horizonte que encontraron. El joven se encuentra
con este mundo a los veinticinco años y se lanza a vivir en él por su
cuenta, esto es, a hacer también mundo. Pero como él medita sobre el mundo
vigente, que es el de los hombres maduros de su tiempo, su tema, sus
problemas, sus dudas son distintas de las que sintieron estos hombres
maduros que en su juventud meditaron sobre el mundo de los hombres maduros
de su tiempo, hoy ya muy ancianos, y así sucesivamente hacia atrás.
Si se tratase de uno o pocos jóvenes nuevos que reaccionan al mundo de los
hombres maduros, las modificaciones a que su meditación les lleve serían
escasas, tal vez importantes en algún punto, pero, en fin de cuentas,
Related posts
Pages: 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41










About



Leave a Comment
You must be logged in to post a comment.