Хосе Ортега-и-Гассет. Собрание сочинений. José Ortega y Gasset. Seleccion de textos
Uncategorized August 4th, 2006
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éstos son falsos, son vacíos, falsifican su vida, se estafa a sí mismo.
Pues bien, yo no he pretendido en las dos lecciones anteriores sino hacer
fácil a ustedes llenar de realidad las palabras “vida humana” -que son,
tal vez, de todo el diccionario, las que más nos importan, porque esa
realidad no es una cualquiera, sino que es la nuestra y al serlo es la
realidad en que se dan para nosotros todas las demás, es la realidad de
todas las realidades-. Todo lo que pretenda en algún sentido ser realidad
tendrá que aparecer de algún modo dentro de mi vida.
Pero la vida humana no es una realidad hacia afuera -quiero decir, la vida
de cada uno de ustedes no es lo que, sin más, veo yo de ellas mirándolas
desde mi sitio, desde mí mismo-. Al contrario: eso que yo, sin más, veo de
ustedes no es la vida de ustedes, sino precisamente una porción de la mía,
de mi vida. A mí me acontece ahora tenerlos a ustedes de oyentes, tener
que hablarles; los encuentro delante de mí con el variado aspecto que me
presentan -muchachos y muchachas que estudian, personas mayores, varones y
damas-, y yo al hablar me veo obligado, entre otras cosas, a buscar un
modo de expresión que sea comprensible a todos; es decir, que tengo que
contar con ustedes, tengo que habérmelas con ustedes, son ustedes ahora,
en este momento, un elemento. de mi destino, de mi circunstancia. Pero
claro es que la vida de cada uno de ustedes no es lo que cada uno de
ustedes es para mí, lo que es hacia mí, por tanto, hacia fuera de cada uno
de ustedes- sino que es la que cada uno de ustedes vive por sí, desde sí y
hacia sí-. Y en esa vida de ustedes soy yo ahora no más que un ingrediente
de la circunstancia en que ustedes viven, soy un ingrediente de su
destino. La vida de cada uno de ustedes consiste ahora en tener que estar
oyéndome, y esto aun en el caso, sobremanera posible, de que algunos de
ustedes no hayan venido a oírme, sino que hayan venido por cualesquiera
otros motivos imaginables, los cuales no quiero, aunque podría, enumerar.
Aun en ese caso su vida consiste ahora en tener que contar, quieran o no,
con mi voz, pues para no oírme, estando aquí, tienen que hacer el penoso
esfuerzo de desoírme, de procurar distraerse de mi voz concentrando la
atención en alguna otra cosa -como solemos hacer tantas veces para
defendernos de esos dos nuevos enemigos del hombre que son el gramófono y
la radio.
La realidad de la vida consiste, pues, no en lo que es para quien desde
fuera la ve, sino en lo que es para quien desde dentro de ella la es, para
el que se la va viviendo mientras y en tanto que la vive. De aquí que
conocer otra vida que no es la nuestra obliga a intentar verla no desde
nosotros, sino desde ella misma, desde el sujeto que la vive.
Por esta razón he dicho muy formalmente y no como simple metáfora que la
vida es drama -el carácter de su realidad no es como el de esta mesa cuyo
ser consiste no más que en estar ahí, sino en tener que írsela cada cual
haciendo por sí, instante tras instante, en perpetua tensión de angustias
y alborozos, sin que nunca tenga la plena seguridad sobre sí misma-. ¿No
es ésta la definición del drama? El drama no es una cosa que está ahí -no
es en ningún buen sentido una cosa, un ser estático-, sino que el drama
pasa, acontece, -se entiende, es un pasarle algo a alguien, es lo que
acontece al protagonista mientras le acontece-. Pero aun al decir esto que
ahora, creo yo, nos parece tan claro, decir que la vida es drama, solemos
malentenderlo interpretándolo como si se tratase de que viviendo nos
suelen acontecer dramas algunas veces, o bien que vivir es acontecerle a
uno muchas cosas -por ejemplo, dolerle a uno las muelas, ganar el premio
de la lotería, no tener qué comer, enamorarse de una mujer, sentir la
indominable aspiración de ser ministro, ser velis nolis estudiante de la
Universidad, etc.-. Pero esto significaría que en la vida acontecen
dramas, grandes y chicos, tristes o regocijados, mas no que la vida es
esencialmente y sólo drama. Y de esto precisamente es de lo que se trata.
Porque todas las demás cosas que nos pasan o acontecen, nos acontecen y
pasan porque nos acontece y pasa una única: vivir. Si no viviésemos no nos
pasaría nada; en cambio, porque vivimos y sólo porque vivimos nos pasa
todo lo demás. Ahora bien, ese único y esencial “pasarnos” que es causa de
todos los demás, el vivir, tiene una peculiarísima condición, y es que
siempre está en nuestra mano hacer que no pase. El hombre puede siempre
dejar de vivir. Es penoso traer aquí esta idea de la posibilidad siempre
abierta para el hombre de huir de la vida; es penoso, pero es forzoso.
Porque ella y sólo ella descubre un carácter principalísimo de nuestra
vida, que es éste: no nos la hemos dado a nosotros, sino que nos la
encontramos o nos encontramos en ella al encontrarnos con nosotros mismos
-pero al encontrarnos en la vida podríamos muy bien abandonarla-. Si no la
abandonamos es porque queremos vivir. Pero entonces noten ustedes lo que
resulta: si, según hemos visto, nos pasan todas las cosas porque nos pasa
vivir, como este esencial pasar lo aceptamos al querer vivir, es evidente
que todo lo demás que nos pasa, aun lo más adverso y desesperante, nos
pasa porque queremos -se entiende, porque queremos ser-. El hombre es afán
de ser -afán en absoluto de ser, de subsistir- y afán de ser tal, de
realizar nuestro individualísimo yo.
Mas esto tiene dos haces: un ente que está constituido por el afán de ser,
que consiste en afanarse por ser, evidentemente es ya, si no, no podría
afanarse. Este es un lado. Pero ¿qué es ese ente? Ya lo hemos dicho: afán
de ser. Bien; pero sólo puede sentir afán de ser quien no está seguro de
ser, quien siente constantemente problemático si será o no en el momento
que viene, y si será tal o cual, de este o del otro modo. De suerte que
nuestra vida es afán de ser precisamente porque es, al mismo tiempo, en su
raíz, radical inseguridad. Por eso hacemos siempre algo para asegurarnos
la vida, y antes que otra cosa hacemos una interpretación de la
circunstancia en que tenemos que ser y de nosotros mismos que en ella
pretendemos ser -definimos el horizonte dentro del cual tenemos que vivir.
Esa interpretación se forma en lo que llamamos “nuestras convicciones”, o
sea todo aquello de que creemos estar seguros, con respecto a lo cual
sabemos a qué atenernos. Y ese conjunto de seguridades que pensando sobre
la circunstancia logramos fabricarnos, construirnos -como una balsa en el
mar proceloso, enigmático de la circunstancias-, es el mundo, horizonte
vital. De donde resulta que el hombre para vivir necesita, quiera o no,
pensar, formarse convicciones -o lo que es igual, que vivir es reaccionar
a la inseguridad radical construyendo la seguridad de un modo, o con otras
palabras, creyendo que el mundo es de este o del otro modo, para en vista
de ello dirigir nuestra vida, vivir.
El otro día desechábamos la definición del hombre como homo sapiens, por
parecemos comprometedora y en exceso optimista. ¿Que el hombre sabe? En la
fecha en que hablo y dirigiendo una mirada a la humanidad actual, esa
pregunta es demasiado inquietadora: porque si algo hay claro en esta hora,
es que en esta hora el hombre, y precisamente el más civilizado, en uno y
otro continente, no sabe qué hacer.
Las anteriores consideraciones nos llevarían más bien a ampararnos en la
otra vieja definición que llama al hombre homo faber, el ente que fabrica
-o como Franklin decía, el animal que hace instrumentos, animal
instrumentificum-. Pero habíamos de dar a esta noción un sentido
radicalísimo que sus autores no sospecharon jamás. Con ella se quiere
decir que el hombre es capaz de fabricar instrumentos, útiles, trebejos
que le sirvan para vivir. Es capaz…, mas una realidad no se define por
aquello que es capaz de hacer, pero que puede muy bien no hacer. Ahora no
estamos fabricando instrumentos en el sentido que solía tener esa
definición, y, sin embargo, somos hombres. Pero a esa definición, repito,
puede dársele un sentido mucho más radical: el hombre siempre, en cada
instante, está viviendo según lo que es el mundo para él; ustedes han
venido aquí y están ahora oyéndome porque dentro de lo que es para ustedes
el mundo les parecía tener sentido venir aquí durante esta hora. Por
tanto, en este hacer de ustedes que es haber venido, permanecer aquí y
esforzar su atención a mis palabras, actualizan la concepción del mundo
que tienen, es decir, que hacen mundo, que dan vigencia a un cierto mundo.
Y lo mismo diría, si en vez de estar aquí, estuviesen ustedes haciendo
otra cosa en cualquier otro sitio. Siempre lo harían en virtud del mundo o
universo en que creen, en que piensan. Sólo que en un caso como el
concreto nuestro la cosa es aún más clara y literal; porque han venido
muchos de ustedes a ver si oían algo nuevo sobre lo que es el mundo, a ver
si juntos conmigo hacíamos un mundo un poco nuevo, aunque no sea más que
en alguna de sus dimensiones, cuadrantes o provincias.
Con mayor o menor actividad, originalidad y energía el hombre hace mundo,
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