creencias [1]. Éstas son, pues, la tierra firme sobre que nos afanamos. (Sea
dicho de paso que la metáfora se origina en una de las creencias más
elementales que poseemos y sin la cual tal vez no podríamos vivir: la creencia
en que la tierra es firme, a pesar de los terremotos que alguna vez y en la
superficie de algunos de sus lugares acontecen. Imagínese que mañana, por unos
u otros motivos, desapareciera esa creencia. Precisar las líneas mayores del
cambio radical que en la figura de la vida humana esa desaparición produciría,
fuera un excelente ejercicio de introducción al pensamiento histórico).
Pero en esa área básica de nuestras creencias se abren, aquí o allá, como
escotillones, enormes agujeros de duda. Éste es el momento de decir que la
duda, la verdadera, la que no es simplemente metódica ni intelectual, es un
modo de la creencia y pertenece al mismo estrato que ésta en la arquitectura
de la vida. También en la duda se está. Sólo que en este caso el estar tiene
un carácter terrible. En la duda se está como se está en un abismo, es decir,
cayendo. Es, pues, la negación de la estabilidad. De pronto sentimos que bajo
nuestras plantas falla la firmeza terrestre y nos parece caer, caer en el
vacío, sin poder valernos, sin poder hacer nada para afirmarnos, para vivir.
Viene a ser como la muerte dentro de la vida, como asistir a la anulación de
nuestra propia existencia. Sin embargo, la duda conserva de la creencia el
carácter de ser algo en que se está, es decir, que no lo hacemos o ponemos
nosotros. No es una idea que podríamos pensar o no, sostener, criticar,
formular, sino que, en absoluto, la somos. No se estime como paradoja, pero
considero muy difícil describir lo que es la verdadera duda si no se dice que
creemos nuestra duda.
Si no fuese así, si dudásemos de nuestra duda, sería ésta innocua. Lo terrible
es que actúa en nuestra vida exactamente lo mismo que la creencia y pertenece
al mismo estrato que ella. La diferencia entre la fe y la duda no consiste,
pues, en a creer. La duda no es un “no creer” frente al creer, ni es un “creer
que no” frente a un “creer que si”. El elemento diferencial está en lo que se
cree. La fe cree que Dios existe o que Dios no existe. Nos sitúa, pues, en una
realidad, positiva o “negativa”, pero inequívoca, y, por eso, al estar en ella
nos sentimos colocados en algo estable.
Lo que nos impide entender el papel de la duda en nuestra vida es presumir que
no nos pone delante una realidad. Y este error proviene, a su vez, de haber
desconocido lo que la duda tiene de creencia. Sería muy cómodo que bastase
dudar de algo para que ante nosotros desapareciese como realidad. Pero no
acaece tal cosa, sino que la duda nos arroja ante lo dudoso, ante una realidad
tan realidad como la fundada en la creencia, pero que es ella ambigua,
bicéfala, inestable, frente a la cual no sabemos a qué atenernos ni qué hacer.
La duda, en suma, es estar en lo inestable como tal: es la vida en el instante
del terremoto, de un terremoto permanente y definitivo.
En este punto, como en tantos otros referentes a la vida humana, recibimos
mayores esclarecimientos del lenguaje vulgar que del pensamiento científico.
Los pensadores, aunque parezca mentira, se han saltado siempre a la torera
aquella realidad radical, la han dejado a su espalda. En cambio, el hombre no
pensador, más atento a lo decisivo, ha echado agudas miradas sobre su propia
existencia y ha dejado en el lenguaje vernáculo el precipitado de esas
entrevisiones.
Olvidamos demasiado que el lenguaje es ya pensamiento, doctrina. Al usarlo
como instrumento para combinaciones ideológicas más complicadas, no tomamos en
serio la ideología primaria que él expresa, que él es. Cuando, por un azar,
nos despreocupamos de lo que queremos decir nosotros mediante los giros
preestablecidos del idioma y atendemos a lo que ellos nos dicen por su propia
cuenta, nos sorprende su agudeza, su perspicaz descubrimiento de la realidad.
Todas las expresiones vulgares referentes a la duda nos hablan de que en ella
se siente el hombre sumergido en un elemento insólido, infirme. Lo dudoso es
una realidad liquida donde el hombre no puede sostenerse, y cae. De aquí el
“hallarse en un mar de dudas”.
Es el contraposto al elemento de la creencia: la tierra firme.[2] E
insistiendo en la misma imagen, nos habla de la duda como una fluctuación,
vaivén de olas. Decididamente, el mundo de lo dudoso es un paisaje marino e
inspira al hombre presunciones de naufragio. La duda, descrita como
fluctuación, nos hace caer en la cuenta de hasta qué punto es creencia. Tan lo
es, que consiste en la superfetación del creer. Se duda porque se está en dos
creencias antagónicas, que entrechocan y nos lanzan la una a la otra,
dejándonos sin suelo bajo la planta. El dos va bien claro en el du de la duda.
Al sentirse caer en esas simas que se abren en el firme solar de sus
creencias, el hombre reacciona enérgicamente. Se esfuerza en “salir de la
duda”. Pero ¿qué hacer.? La característica de lo dudoso es que ante ello no
sabemos qué hacer. ¿Qué haremos, pues, cuando lo que nos pasa es precisamente
que no sabemos qué hacer porque el mundo -se entiende, una porción de él- se
nos presenta ambiguo?
Con él no hay nada que hacer. Pero en tal situación es cuando el hombre
ejercita un extraño hacer que casi no parece tal: el hombre se pone a pensar.
Pensar en una cosa es lo menos que podemos hacer con ella. No hay ni que
tocarla. No tenemos ni que movernos. Cuando todo en torno nuestro falla, nos
queda, sin embargo, esta posibilidad de meditar sobre lo que nos falla. El
intelecto es el aparato más próximo con que el hombre cuenta. Lo tiene siempre
a mano. Mientras cree no suele usar de él, porque es un esfuerzo penoso. Pero
al caer en la duda se agarra a él como a un salvavidas.
Los huecos de nuestras creencias son, pues, el lugar vital donde insertan su
intervención las ideas. En ellas se trata siempre de sustituir el mundo
inestable, ambiguo, de la duda, por un mundo en que la ambigüedad desaparece.
¿Cómo se logra esto? Fantaseando, inventando mundos. La idea es imaginación.
Al hombre no le es dado ningún mundo ya determinado. Sólo le son dadas las
penalidades y las alegrías de su vida. Orientado por ellas, tiene que inventar
el mundo. La mayor porción de él la ha heredado de sus mayores y actúa en su
vida como sistema de creencias firmes. Pero cada cual tiene que habérselas por
su cuenta con todo lo dudoso, con todo lo que es cuestión. A este fin ensaya
figuras imaginaras de mundos y de su posible conducta en ellos. Entre ellas,
una le parece idealmente más firme, y a eso llama verdad. Pero conste: lo
verdadero, y aun lo científicamente verdadero, no es sino un caso particular
de lo fantástico. Hay fantasías exactas. Más aún: sólo puede ser exacto lo
fantástico. No hay modo de entender bien al hombre si no se repara en que la
matemática brota de la misma raíz que la poesía, del don imaginativo.
Diciembre 1934
1 Dejemos intacta la cuestión de si bajo ese estrato más profundo no hay aún
algo más, un fondo metafísico al que ni siquiera llegan nuestras creencias
2 La voz tierra viene de tersa, seca, sólida
José Ortega y Gasset
“La idea de la generación”
Una misma cosa se puede pensar de dos modos: en hueco o en lleno. Si
decimos que la historia se propone averiguar cómo han sido las vidas
humanas, se puede estar seguro que el que nos escucha al entender estas
palabras y repetírselas las piensa en hueco, esto es, no se hace presente
la realidad misma que es la vida humana, no piensa, pues, efectivamente el
contenido de esa idea, sino que usa aquellas palabras como un continente
vacío, como una ampolla inane que lleva por de fuera el rótulo: “vida
humana”. Es, pues, como si se dijera: Bueno, yo me doy cuenta de que al
pensar ahora estas palabras -al leerlas, oírlas o pronunciarlas- no tengo
de verdad presente la cosa que ellas significan, pero tengo la creencia,
la confianza de que siempre que quiera detenerme a realizar su
significado, a hacerme presente la realidad que nombran, lo conseguiré.
Las uso, pues, fiduciariamente, a crédito, como uso un cheque, confiado en
que siempre que quiera lo podré cambiar en la ventanilla de un Banco por
el dinero contante y sonante que representa. Confieso que, en rigor, no
pienso mi idea, sino sólo su alvéolo, su cápsula, su hueco.
Este pensar en hueco y a crédito, este pensar algo sin pensarlo en efecto
es el modo más frecuente de nuestro pensamiento. La ventaja de la palabra
que ofrece un apoyo material al pensamiento tiene la desventaja de que
tiende a suplantarlo, y si un buen día nos comprometiésemos a realizar el
repertorio de nuestros pensamientos más habituales, nos encontraríamos
penosamente sorprendidos con que no tenemos los pensamientos efectivos,
sino sólo sus palabras o algunas vagas imágenes pegadas a ellas; con que
no tenemos más que los cheques, pero no las monedas que aquéllos pretenden
valer; en suma, que intelectualmente somos un Banco en quiebra
fraudulenta. Fraudulenta, porque cada cual vive con sus pensamientos, y si

















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