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Хосе Ортега-и-Гассет. Собрание сочинений. José Ortega y Gasset. Seleccion de textos


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caracterizan por su gran azoramiento. A esa clase pertenece la nuestra. Mas
cada una de esas épocas se azora un poco de otra manera y por un motivo
distinto. El gran azoramiento de ahora se nutre últimamente de que tras varios
siglos de ubérrima producción intelectual y de máxima atención a ella el
hombre empieza a no saber qué hacerse con las ideas. Presiente ya que las
habla tomado mal, que su papel en la vida es distinto del que en estos siglos
les ha atribuido, pero aún ignora cuál es su oficio auténtico.
Por eso importa mucho que, ante todo, aprendamos a separar con toda limpieza
la “vida intelectual” -que, claro está, no es tal vida- de la vida viviente,
de la real, de la que somos. Una vez hecho esto y bien hecho, habrá lugar para
plantearse las otras dos cuestiones: ¿En qué relación mutua actúan las ideas y
las creencias? ¿De dónde vienen, cómo se forman las creencias?
Dije en el parágrafo anterior que inducía a error dar indiferentemente el
nombre de ideas a creencias y ocurrencias. Ahora agrego que el mismo daño
produce hablar, sin distingos, de creencias, convicciones, etc., cuando se
trata de ideas. Es, en efecto, una equivocación llamar creencia a la adhesión
que en nuestra mente suscita una combinación intelectual, cualquiera que ésta
sea. Elijamos el caso extremo que es el pensamiento científico más rigoroso,
por tanto, el que se funda en evidencias. Pues bien, aun en ese caso, no cabe
hablar en serio de creencia. Lo evidente, por muy evidente que sea, no nos es
realidad, no creemos en ello. Nuestra mente no puede evitar reconocerlo como
verdad; su adhesión es automática, mecánica. Pero, entiéndase bien, esa
adhesión, ese reconocimiento de la verdad no significa sino esto: que, puestos
a pensar en el tema, no admitiremos en nosotros un pensamiento distinto ni
opuesto a ese que nos parece evidente. Pero… ahí está: la adhesión mental
tiene como condición que nos pongamos a pensar en el asunto, que queramos
pensar. Basta esto para hacer notar la irrealidad constitutiva de toda nuestra
“vida intelectual”. Nuestra adhesión a un pensamiento dado es, repito,
irremediable; pero, como está en nuestra mano pensarlo o no, esa adhesión tan
irremediable, que se nos pondría como la más imperiosa realidad, se convierte
en algo dependiente de nuestra voluntad e ipso facto deja de sernos realidad.
Porque realidad es precisamente aquello con que contamos, queramos o no.
Realidad es la contravoluntad, lo que nosotros no ponemos; antes bien, aquello
con que topamos.
Además de esto, tiene el hombre clara conciencia de que su intelecto se
ejercita sólo sobre materias cuestionables; que la verdad de las ideas se
alimenta de su cuestionabílidad. Por eso, consiste esa verdad en la prueba que
de ella pretendemos dar. La idea necesita de la critica como el pulmón del
oxigeno y se sostiene y afirma apoyándose en otras ideas que, a su vez,
cabalgan sobre otras formando un todo o sistema. Arman, pues, un mundo aparte
del mundo real, un mundo integrado exclusivamente por ideas de que el hombre
se sabe fabricante y responsable. De suerte que la firmeza de la idea más
firme se reduce a la solidez con que aguanta ser referida a todas las demás
ideas. Nada menos, pero también nada más. Lo que no se puede es contrastar una
idea, como si fuera una moneda, golpeándola directamente contra la realidad,
como si fuera una piedra de toque. La verdad suprema es la de lo evidente,
pero el valor de la evidencia misma es, a su vez, meta teoría, idea y
combinación intelectual.
Entre nosotros y nuestras ideas hay, pues, siempre una distancia
infranqueable: la que va de lo real a lo imaginario. En cambio, con nuestras
creencias estamos inseparablemente unidos. Por eso cabe decir que las somos.
Frente a nuestras concepciones gozarnos un margen, mayor o menor, de
independencia. Por grande que sea su influencia sobre nuestra vida, podemos
siempre suspenderlas, desconectarnos de nuestras teorías. Es más, de hecho
exige siempre de nosotros algún especial esfuerzo comportarnos conforme a lo
que pensamos, es decir, tomarlo completamente en serio. Lo cual revela que no
creemos en ello, que presentimos como un riesgo esencial fiarnos de nuestras
ideas, hasta el punto de entregarles nuestra conducta tratándolas como si
fueran creencias. De otro modo, no apreciaríamos el ser “consecuente con sus
ideas” como algo especialmente heroico.
No puede negarse, sin embargo, que nos es normal regir nuestro comportamiento
conforme a muchas “verdades científicas”. Sin considerarlo heroico, nos
vacunamos, ejercitamos usos, empleamos instrumentos que, en rigor, nos parecen
peligrosos y cuya seguridad no tiene más garantía que la de la ciencia. La
explicación es muy sencilla y sirve, de paso, para aclarar al lector algunas
dificultades con que habrá tropezado desde el comienzo de este . Se
trata simplemente de recordarle que entre las creencias del hombre actual es
una de las más importantes su creencia en la “razón”, en la inteligencia. No
precisemos ahora las modificaciones que en estos últimos años ha experimentado
esa creencia. Sean las que fueren, es indiscutible que lo esencial de esa
creencia subsiste, es decir, que el hombre continúa contando con la eficiencia
de su intelecto como una de las realidades que hay, que integran su vida. Pero
téngase la serenidad de reparar que una cosa es fe en la inteligencia y otra
creer en las ideas determinadas que esa inteligencia fragua. En ninguna de
estas ideas se cree con fe directa. Nuestra creencia se refiere a la cosa,
inteligencia, así en general, y esa fe no es una idea sobre la inteligencia.
Compárese la precisión de esa fe en la inteligencia con la imprecisa idea que
casi todas las gentes tienen de la inteligencia. Además, como ésta corrige sin
cesar sus concepciones y a la verdad de ayer sustituye la de hoy, si nuestra
fe en la inteligencia consistiese en creer directamente en las ideas, el
cambio de éstas traería consigo la pérdida de fe en la inteligencia. Ahora
bien, pasa. todo lo contrario. Nuestra fe en la razón ha aguantado
imperturbable los cambios más escandalosos de sus teorías, inclusive los
cambios profundos de la teoría sobre qué es la razón misma. Estos últimos han
influido, sin duda, en la forma de esa fe, pero esta fe seguía actuando
impertérrita bajo una u otra forma.
He aquí un ejemplo espléndido de lo que deberá, sobre todo, interesar a la
cuando se resuelva verdaderamente a ser ciencia, la ciencia del
hombre. En vez de ocuparse sólo en hacer la “” -es decir, en catalogar
la sucesión- de las ideas sobre la razón desde Descartes a la fecha, procurará
definir con precisión cómo era la fe en la razón que efectivamente operaba en
cada época y cuáles eran sus consecuencias para la vida. Pues es evidente que
el argumento del drama en que la vida consiste es distinto si se está en la
creencia de que un Dios omnipotente y benévolo existe que si se está en la
creencia contraria. Y también es distinta la vida, aunque la diferencia sea
menor, de quien cree en la capacidad absoluta de la razón para descubrir la
realidad, como se creía a fines del siglo XVII en Francia, y quien cree, como
los positivistas de 1860, que la razón es por esencia conocimiento relativo.
Un estudio como éste nos permitiría ver con claridad la modificación sufrida
por nuestra fe en la razón durante los últimos veinte años, y ello derramaría
sorprendente luz sobre casi todas las cosas extrañas que acontecen en nuestro
tiempo.
Pero ahora no me urgía otra cosa sino hacer que el lector cayese en la cuenta
de cuál es nuestra relación con las ideas, con el mundo intelectual. Esta
relación no es de fe en ellas: las cosas que nuestros pensamientos, que las
teorías nos proponen, no nos son realidad, sino precisamente y sólo… ideas.
Mas no entenderá bien el lector lo que algo nos es, cuando nos es sólo idea y
no realidad, si no le invito a que repare en su actitud frente a lo que se
llama “fantasías, imaginaciones”. Pero el mundo de la fantasía, de la
imaginación, es la poesía. Bien, no me arredro; por el contrario, a esto
quería llegar. Para hacerse bien cargo de lo que nos son las ideas, de su
papel primario en la vida, es preciso tener el valor de acercar la ciencia a
la poesía mucho más de lo que hasta aquí se ha osado. Yo diría, si después de
todo lo enunciado se me quiere comprender bien, que la ciencia está mucho más
cerca de la poesía que de la realidad, que su función en el organismo de
nuestra vida se parece mucho a la del arte. Sin duda, en comparación con una
, la ciencia parece la realidad misma. Pero en comparación con la
realidad auténtica se advierte lo que la ciencia tiene de , de fantasía,
de construcción mental, de edificio imaginario.
III
La duda y la creencia - El “mar de dudas” - El lugar de las ideas.
El hombre, en el fondo, es crédulo o, lo que es igual, el estrato más profundo
de nuestra vida, el que sostiene y porta todos los demás, está formado por

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