Хосе Ортега-и-Гассет. Собрание сочинений. José Ortega y Gasset. Seleccion de textos
Uncategorized August 4th, 2006
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expresión “estar en la creencia”. En efecto, en la creencia se está, y la
ocurrencia se tiene y se sostiene. Pero la creencia es quien nos tiene y
sostiene a nosotros.
Hay, pues, ideas con que nos encontramos -por eso las llamo ocurrencias- e
ideas en que nos encontramos, que parecen estar ahí ya antes de que nos
ocupemos en pensar.
Una vez visto esto, lo que sorprende es que a unas y a otras se les llame lo
mismo: ideas. La identidad de nombre es lo único que estorba para distinguir
dos cosas cuya disparidad brinca tan claramente ante nosotros sin más que usar
frente a frente estos dos términos: creencias y ocurrencias. La incongruente
conducta de dar un mismo nombre a dos cosas tan distintas no es, sin embargo,
una casualidad ni una distracción. Proviene de una incongruencia más honda: de
la confusión entre dos problemas radicalmente diversos que exigen dos modos de
pensar y de llamar no menos dispares.
Pero dejemos ahora este lado del asunto: es demasiado abstruso. Nos basta con
hacer notar que “idea” es un término del vocabulario psicológico y que la
psicología, como toda ciencia particular, posee sólo jurisdicción subalterna.
La verdad de sus conceptos es relativa al punto de vista particular que la
constituye y vale en el horizonte que ese punto de vista crea y acota. Así,
cuando la psicología dice de algo que es una “idea”, no pretende haber dicho
lo más decisivo, lo más real sobre ello. El único punto de vista que no es
particular y relativo es el de la vida, por la sencilla razón de que todos los
demás se dan dentro de ésta y son meras especializaciones de aquél. Ahora
bien, como fenómeno vital la creencia no se parece nada a la ocurrencia: su
función en el organismo de nuestro existir es totalmente distinta y, en cierto
modo, antagónica. ¿Qué importancia puede tener en parangón con esto el hecho
de que, bajo la perspectiva psicológica, una y otra sean “ideas” y no
sentimientos, voliciones, etcétera?
Conviene, pues, que dejemos este término -”ideas”- para designar todo aquello
que en nuestra vida aparece como resultado de nuestra ocupación intelectual.
Pero las creencias se nos presentan con el carácter opuesto. No llegamos a
ellas tras una faena de entendimiento, sino que operan ya en nuestro fondo
cuando nos ponemos a pensar sobre algo. Por eso no solemos formularlas, sino
que nos contentamos con aludir a ellas como solemos hacer con todo lo que nos
es la realidad misma. Las teorías, en cambio, aun las más verídicas, sólo
existen mientras son pensadas: de aquí que necesiten ser formuladas.
Esto revela, sin más, que todo aquello en que nos ponemos a pensar tiene ipso
facto para nosotros una realidad problemática y ocupa en nuestra vida un lugar
secundario si se le compara con nuestras creencias auténticas. En éstas no
pensamos ahora o luego: nuestra relación con ellas consiste en algo mucho más
eficiente; consiste en… contar con ellas, siempre, sin pausa.
Me parece de excepcional importancia para inyectar, por fin, claridad en la
estructura de la vida humana esta contraposición entre pensar en una cosa y
contar con ella. El intelectualismo que ha tiranizado, casi sin interrupción,
el pasado entero de la filosofía ha impedido que se nos haga patente y hasta
ha invertido el valor respectivo de ambos términos. Me explicaré.
Analice el lector cualquier comportamiento suyo, aun el más sencillo en
apariencia. El lector está en su casa y, por unos u otros motivos, resuelve
salir a la calle. ¿Qué es en todo este su comportamiento lo que propiamente
tiene el carácter de pensado, aun entendiendo esta palabra en su más amplio
sentido, es decir, como conciencia clara y actual de algo? El lector se ha
dado cuenta de sus motivos, de la resolución adoptada, de la ejecución de los
movimientos con que ha caminado, abierto la puerta, bajado la escalera. Todo
esto en el caso más favorable. Pues bien, aun en ese caso y por mucho que
busque en su conciencia no encontrará en ella ningún pensamiento en que se
haga constar que hay calle. El lector no se ha hecho cuestión ni por un
momento de si la hay a no la hay ¿Por qué? No se negará que para resolverse a
salir a la calle es de cierta importancia que la calle exista. En rigor, es lo
más importante de todo, el supuesto de todo lo demás. Sin embargo,
precisamente de ese tema tan importante no se ha hecho cuestión el lector, no
ha pensado en ello ni para negarlo ni para afirmarlo ni para ponerlo en duda.
¿Quiere esto decir que la existencia o no existencia de la calle no ha
intervenido en su comportamiento? Evidentemente, no. La prueba se tendría si
al llegar a la puerta de su casa descubriese que la calle habla desaparecido,
que la tierra concluía en el umbral de su domicilio o que ante él se habla
abierto una sima. Entonces se produciría en la conciencia del lector una
clarísima y violenta sorpresa. ¿De qué? De que no había aquélla. Pero ¿no
habíamos quedado en que antes no había pensado que la hubiese, no se había
hecho cuestión de ello? Esta sorpresa pone de manifiesto hasta qué punto la
existencia de la calle actuaba en su estado anterior, es decir, hasta qué
punto el lector contaba con la calle aunque no pensaba en ella y precisamente
porque no pensaba en ella.
El psicólogo nos dirá que se trata de un pensamiento habitual, y que por eso
no nos damos cuenta de él, o usará la hipótesis de lo subconsciente, etc. Todo
ello, que es muy cuestionable, resulta para nuestro asunto por completo
indiferente. Siempre quedará que lo que decisivamente actuaba en nuestro
comportamiento, como que era su básico supuesto, no era pensado por nosotros
con conciencia clara y aparte. Estaba en nosotros, pero no en forma
consciente, sino como implicación latente de nuestra conciencia o pensamiento.
Pues bien, a este modo de intervenir algo en nuestra vida sin que lo pensemos
llamo “contar con ello”. Y ese modo es el propio de nuestras efectivas
creencias.
El intelectualismo, he dicho, invierte el valor de los términos. Ahora resulta
claro el sentido de esta acusación. En efecto, el intelectualismo tendía a
considerar como lo más eficiente en nuestra vida lo más consciente. Ahora
vemos que la verdad es lo contrario. La máxima eficacia sobre nuestro
comportamiento reside en las implicaciones latentes de nuestra actividad
intelectual, en todo aquello con que contamos y en que, de puro contar con
ello, no pensamos.
¿Se entrevé ya el enorme error cometido al querer aclarar la vida de un hombre
o una época por su ideario; esto es, por sus pensamientos especiales, en lugar
de penetrar más hondo, hasta el estrato de sus creencias más o menos
inexpresas, de las cosas con que contaba? Hacer esto, fijar el inventario de
las cosas con que se cuenta, sería, de verdad, construir la historia,
esclarecer la vida desde su subsuelo.
II
El azoramiento de nuestra época. - Creemos en la razón y no en sus ideas. La
ciencia casi poesía.
Resumo: cuando intentamos determinar cuáles son las ideas de un hombre o de
una época, solemos confundir dos cosas radicalmente distintas: sus creencias y
sus ocurrencias o “pensamientos”. En rigor, sólo estas últimas deben llamarse
“ideas”.
Las creencias constituyen la base de nuestra vida, el terreno sobre que
acontece. Porque ellas nos ponen delante lo que para nosotros es la realidad
misma. Toda nuestra conducta, incluso la intelectual, depende de cuál sea el
sistema de nuestras creencias auténticas. En ellas “vivimos, nos movemos y
somos”. Por lo mismo, no solemos tener conciencia expresa de ellas, no las
pensamos, sino que actúan latentes, como implicaciones de cuanto expresamente
hacemos o pensamos. Cuando creemos de verdad en una cosa no tenemos la “idea”
de esa cosa, sino que simplemente “contamos con ella”.
En cambio, las ideas, es decir, los pensamientos que tenemos sobre las cosas,
sean originales o recibidos, no poseen en nuestra vida valor de realidad.
Actúan en ella precisamente como pensamientos nuestros y sólo como tales. Esto
significa que toda nuestra “vida intelectual” es secundaria a nuestra vida
real o auténtica y representa a ésta sólo una dimensión virtual o imaginaria.
Se preguntará qué significa entonces la verdad de las ideas, de las teorías.
Respondo: la verdad o falsedad de una idea es una cuestión de “política
interior” dentro del mundo imaginario de nuestras ideas. Una idea es verdadera
cuando corresponde a la idea que tenemos de la realidad. Pero nuestra idea de
la realidad no es nuestra realidad. Ésta consiste en todo aquello con que de
hecho contamos al vivir. Ahora bien, de la mayor parte de las cosas con que de
hecho contamos no tenemos la menor idea, y si la tenemos -por un especial
esfuerzo de reflexión sobre nosotros mismos- es indiferente porque no nos es
realidad en cuanto idea, sino, al contrario, en la medida en que no nos es
sólo idea, sino creencia infraintelectual.
Tal vez no haya otro asunto sobre el que importe más a nuestra época conseguir
claridad como este de saber a qué atenerse sobre el papel y puesto que en la
vida humana corresponde a todo lo intelectual. Hay una clase de épocas que se
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