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invierte la relación inveterada que existía entre razón y observación. La
razón deja de ser norma imperativa y se convierte en arsenal de
instrumentos; la observación prueba éstos y decide sobre cuál es el
oportuno. Resulta, pues, la ciencia de una mutua selección entre las ideas
puras y los puros hechos.
Este es uno de los rasgos que más importa subrayar en el pensamiento de
Einstein, porque en él se inicia toda una nueva actitud ante la vida. Deja
la cultura de ser, como hasta aquí, una norma imperativa, a que nuestra
existencia ha de amoldarse. Ahora entrevemos una relación entre ambas, más
delicada y más justa. De entre las cosas de la vida son seleccionadas
algunas como posibles formas de cultura; pero de entre estas posibles
formas de cultura, selecciona a su vez la vida las únicas que deberán
realizarse.
4.- Finitismo
No quiero terminar esta filiación de las tendencias profundas que afloran
en la teoría de la relatividad sin aludir a la más clara y patente.
Mientras el pasado utopista lo arreglaba todo recurriendo al infinito en
el espacio y en el tiempo, la física de Einstein -y la matemática reciente
de Brouwer y Weyl lo mismo- acota el universo. El mundo de Einstein tiene
curvatura, y, por tanto, es cerrado y finito (3).
Para quien crea que las doctrinas científicas nacen por generación
espontánea, sin más que abrir los ojos y la mente sobre los hechos, esta
innovación carece de importancia. Se reduce a una modificación de la forma
que solía atribuirse al mundo. Pero el supuesto es falso: una doctrina
científica no nace, por obvios que parezcan los hechos donde se funda, sin
una clara predisposición del espíritu hacia ella. Es preciso entender la
génesis de nuestros pensamientos con toda su delicada duplicidad. No se
descubren más verdades que las que de antemano se buscan. Las demás, por
muy evidentes que sean, encuentran ciego al espíritu.
Esto da un enorme alcance al hecho de que súbitamente, en la física y en
la matemática, empiece una marcada preferencia por lo finito y un gran
desamor a lo infinito. ¿Cabe diferencia más radical entre dos almas que
propender una a la idea de que el universo es ilimitado y la otra a sentir
en su derredor un mundo confinado? La infinitud del cosmos fue una de las
grandes ideas excitantes que produjo el Renacimiento. Levantaba en los
corazones patéticas marcas, y Giordano Bruno sufrió por ella muerte cruel.
Durante toda la época moderna, bajo los afanes del hombre occidental, ha
latido como un fondo mágico esa infinitud del paisaje cósmico.
Ahora, de pronto, el mundo se limita, es un huerto con muros confinantes,
es un aposento, un interior. ¿No sugiere este nuevo escenario todo un
estilo de vida opuesto al usado? Nuestros nietos entrarán en la existencia
con esta noción, y sus gestos hacia el espacio tendrán un sentido
contrarío a los nuestros. Hay evidentemente en esta propensión al
finitismo una clara voluntad de limitación, de pulcritud serena, de
antipatía a los vagos superlativos, de antirromanticismo. El hombre
griego, el “clásico”, vivía también en un universo limitado. Toda la
cultura griega palpita de horror al infinito y busca el metron, la mesura.
Fuera, sin embargo, superficial creer que el alma humana se dirige hacia
un nueva clasicismo. No ha habido jamás neoclasicismo que no fuese una
frivolidad. El clásico busca el límite, pero es porque no ha vivido nunca
la ilimitación. Nuestro caso es inverso: el límite significa para nosotros
una amputación, y el mundo cerrado y finito en que ahora vamos a respirar
será irremediablemente un muñón de universo (4).
NOTAS
(1) La primera publicación de Einstein sobre su reciente descubrimiento,
Die Grundlagen der allgemeinen Retativitätstheorie, se publicó dentro de
ese año.
(2) Bastante tiempo después de publicado esto, se me ha hecho notar que
simultáneamente había aparecido una conferencia del filósofo Geiger, donde
se habla también del sentido absoluto que va anejo a la teoría de
Einstein. Pero el caso es que la tesis de Geiger apenas tiene algún punto
común con la sostenida en este .
(3) Por todas partes, en el sistema de Einstein se persigue al infinito.
Así, por ejemplo, queda suprimida la posibilidad de velocidades infinitas.
(4) Otros dos puntos fuera necesario tocar para que las líneas generales
de la mente que ha creado la teoría de la relatividad quedasen completas.
Uno de ellos es el cuidado con que se subrayan las discontinuidades en lo
real, frente al prurito de lo continuo que domina el pensamiento de los
últimos siglos. Este discontinuismo triunfa a la par en biología y en
. El otro punto, tal vez el más grave de todos, es la tendencia a
suprimir la causalidad que opera en forma latente dentro de la teoría de
Einstein. La física, que comenzó por ser mecánica y luego fue dinámica,
tiende en Einstein a convertirse en mera cinemática. Sobre ambos puntos
sólo puede hablarse recurriendo a difíciles cuestiones técnicas que en el
texto he procurado eliminar.
(1924, Se incluye en el volumen III de las Obras completas y como apéndice
en El tema de nuestro tiempo)

José Ortega y Gasset

Ideas y creencias

************

I
CREER Y PENSAR
Las ideas se tienen; en las creencias se está. - “Pensar en las cosas” y
“contar con ellas”.
Cuando se quiere entender a un hombre, la vida de un hombre, procuramos ante
todo averiguar cuáles son sus ideas. Desde que el europeo cree tener “sentido
histórico”, es ésta la exigencia más elemental. ¿Cómo no van a influir en la
existencia de una persona sus ideas y las ideas de su tiempo? La cosa es
obvia. Perfectamente; pero la cosa es también bastante equívoca, y, a mi
inicio, la insuficiente claridad sobre lo que se busca cuando se inquieren las
ideas de un hombre -o de una época- impide que se obtenga claridad sobre su
vida, sobre su .
Con la expresión “ideas de un hombre” podemos referirnos a cosas muy
diferentes. Por ejemplo: los pensamientos que se le ocurren acerca de esto o
de lo otro y los que se le ocurren al prójimo y él repite y adopta. Estos
pensamientos pueden poseer los grados más diversos de verdad. Incluso pueden
ser “verdades científicas”. Tales diferencias, sin embargo, no importan mucho,
si importan algo, ante la cuestión mucho más radical que ahora planteamos.
Porque, sean. pensamientos vulgares, sean rigorosas “teorías científicas”,
siempre se tratará de ocurrencias que en un hombre surgen, originales suyas o
insufladas por el prójimo. Pero esto implica evidentemente que el hombre
estaba ya ahí antes de que se le ocurriese o adoptase la idea. Ésta brota, de
uno u otro modo, dentro de una vida que preexistía a ella. Ahora bien, no hay
vida humana que no esté desde luego constituida por ciertas creencias básicas
y, por decirlo así, montada sobre ellas. Vivir es tener que habérselas con
algo -con el mundo y consigo mismo. Mas ese mundo y ese “sí mismo” con que el
hombre se encuentra le aparecen ya bajo la especie de una interpretación, de
“ideas” sobre el mundo y sobre sí mismo.
Aquí topamos con otro estrato de ideas que un hombre tiene. Pero ¡cuán
diferente de todas aquellas que se le ocurren o que adopta! Estas “ideas”
básicas que llamo “creencias” -ya se verá por qué- no surgen en tal día y hora
dentro de nuestra vida, no arribamos a ellas por un acto particular de pensar,
no son, en suma, pensamientos que tenemos, no son ocurrencias ni siquiera de
aquella especie más elevada por su perfección lógica y que denominamos
razonamientos. Todo lo contrario: esas ideas que son, de verdad, “creencias”
constituyen el continente de nuestra vida y, por ello, no tienen el carácter
de contenidos particulares dentro de ésta. Cabe decir que no son ideas que
tenemos, sino ideas que somos. Más aún: precisamente porque son creencias
radicalísimas se confunden para nosotros con la realidad misma -son nuestro
mundo y nuestro ser-, pierden, por tanto, el carácter de ideas, de
pensamientos nuestros que podían muy bien no habérsenos ocurrido.
Cuando se ha caído en la cuenta de la diferencia existente entre esos dos
estratos de ideas aparece, sin más, claro el diferente papel que juega en
nuestra vida. Y, por lo pronto, la enorme diferencia de rango funcional. De
las ideas-ocurrencias -y conste que incluyo en ellas las verdades más
rigorosas de la ciencia- podemos decir que las producimos, las sostenemos, las
discutimos, las propagamos, combatimos en su pro y hasta somos capaces de
morir por ellas. Lo que no podemos es … vivir de ellas. Son obra nuestra y,
por lo mismo, suponen ya nuestra vida, la cual se asienta en ideas-creencias
que no producimos nosotros, que, en general, ni siquiera nos formulamos y que,
claro está, no discutimos ni propagamos ni sostenemos. Con las creencias
propiamente no hacemos nada, sino que simplemente estamos en ellas.
Precisamente lo que no nos pasa jamás- si hablamos cuidadosamente- con
nuestras ocurrencias. El lenguaje vulgar ha inventado certeramente la

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