Хосе Ортега-и-Гассет. Собрание сочинений. José Ortega y Gasset. Seleccion de textos
Uncategorized August 4th, 2006
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3.- Antiutopismo o antirracionalismo
La misma tendencia que en su forma positiva conduce al perspectivismo, en
su forma negativa significa hostilidad al utopismo.
La concepción utópica es la que se crea desde “ningún sitio” y que, sin
embargo, pretende valer para todos. A una sensibilidad como ésta que
transluce en la teoría de la relatividad, semejante indocilidad a la
localización tiene que parecerle una avilantez. En el espectáculo cósmico
no hay espectador sin localidad determinada. Querer ver algo y no querer
verlo desde un preciso lugar es un absurdo. Esta pueril insumisión a las
condiciones que la realidad nos impone; esa incapacidad de aceptar
alegremente el destino; esa pretensión ingenua de creer que es fácil
suplantarlo por nuestros estériles deseos, son rasgos de un espíritu que
ahora fenece, dejando su puesto a otro completamente antagónico.
La propensión utópica ha dominado en la mente europea durante toda la
época moderna: en ciencia, en moral, en religión, en arte. Ha sido
menester de todo el contrapeso que el enorme afán de dominar lo real,
específico del europeo, oponía para que la civilización occidental no haya
concluido en un gigantesco fracaso. Porque lo más grave del utopismo no es
que dé soluciones falsas a los problemas -científicos o políticos-, sino
algo peor: es que no acepta el problema -lo real- según se presenta; antes
bien, desde luego a priori, le impone una caprichosa forma.
Si se compara la vida de Occidente con la de Asia -indos, chinos-,
sorprende al punto la inestabilidad espiritual del europeo frente al
profundo equilibrio del alma oriental. Este equilibrio revela que, al
menos en los máximos problemas de la vida, el hombre de Oriente ha
encontrado fórmulas de más perfecto ajuste con la realidad. En cambio, el
europeo ha sido frívolo en la apreciación de los factores elementales de
la vida, se ha fraguado de ellos interpretaciones caprichosas que es
forzoso periódicamente sustituir.
La desviación utopista de la inteligencia humana comienza en Grecia y se
produce dondequiera llegue a exacerbación el racionalismo. La razón pura
construye un mundo ejemplar -cosmos físico o cosmos político- con la
creencia de que él es la verdadera realidad y, por tanto, debe suplantar a
la efectiva. La divergencia entre las cosas y las ideas puras es tal, que
no puede evitarse el conflicto. Pero el racionalista no duda de que en él
corresponde ceder a lo real. Esta convicción es la característica del
temperamento racionalista.
Claro es que la realidad posee dureza sobrada para resistir los embates de
las ideas. Entonces el racionalismo busca una salida: reconoce que, por el
momento, la idea no se puede realizar, pero que lo logrará en “un proceso
infinito” (Leibniz, Kant). El utopismo toma la forma de ucronismo. Durante
los dos siglos y medio últimos todo se arreglaba recurriendo al infinito,
o por lo menos a períodos de una longitud indeterminada. (En el darwinismo
una especie nace de otra, sin más que intercalar entre ambas algunos
milenios). Como si el tiempo, espectral fluencia, simplemente corriendo,
pudiese ser causa de nada y hacer verosímil lo que es en la actualidad
inconcebible.
No se comprende que la ciencia, cuyo único placer es conseguir una imagen
certera de las cosas, pueda alimentarse de ilusiones. Recuerdo que sobre
mí pensamiento ejerció suma influencia un detalle. Hace muchos años leía
yo una conferencia del fisiólogo Loeb sobre los tropismos. Es el tropismo
un concepto con que se ha intentado describir y aclarar la ley que rige
los movimientos elementales de los infusorios. Mal que bien, con
correcciones y añadidos, este concepto sirve para comprender algunos de
estos fenómenos. Pero al final de su conferencia, Loeb agrega: “Llegará el
tiempo en que lo que hoy llamamos actos morales del hombre se expliquen
sencillamente como tropismos. Esta audacia me inquietó sobremanera, porque
me abrió los ojos sobre otros muchos juicios de la ciencia moderna, que,
menos ostentosamente, cometen la misma falta. ¡De modo -pensaba yo- que un
concepto como el tropismo, capaz apenas de penetrar el secreto de
fenómenos tan sencillos como los brincos de los infusorios, puede bastar
en un vago futuro para explicar cosa tan misteriosa y compleja como los
actos éticos del hombre! ¿Qué sentido tiene esto? La ciencia ha de
resolver hoy sus problemas, no transferimos a las calendas griegas. Sí sus
métodos actuales no bastan para dominar hoy los enigmas del universo, lo
discreto es sustituirlos por otros más eficaces. Pero la ciencia usada
está llena de problemas que se dejan intactos por ser incompatibles con
los métodos. ¡Como sí fuesen aquéllos los obligados a supeditarse a éstos,
y no al revés! La ciencia está repleta de ucronismos, de calendas griegas.
Cuando salimos de esta beatería científica que rinde idolátrico culto a
los métodos preestablecidos y nos asomamos al pensamiento de Einstein,
llega a nosotros como un fresco viento de mañana. La actitud de Einstein
es completamente distinta de la tradicional. Con ademán de joven atleta le
vemos avanzar recto a los problemas y, usando del medio más a mano,
cogerlos por los cuernos. De lo que parecía defecto y limitación en la
ciencia, hace él una virtud y una táctica eficaz.
Un breve rodeo nos aclarará la cuestión.
De la obra de Kant quedará imperecedero un gran descubrimiento: que la
experiencia no es sólo el montón de datos transmitidos por los sentidos,
sino un producto de dos factores. El dato sensible tiene que ser recogido,
filiado, organizado en un sistema de ordenación. Este orden es aportado
por el sujeto, es a priori. Dicho en otra forma: la experiencia física es
un compuesto de observación y geometría. La geometría es una cuadrícula
elaborada por la razón pura: la observación es faena de los sentidos. Toda
ciencia explicativa de los fenómenos materiales ha contenido, contiene y
contendrá estos dos ingredientes.
Esta identidad de composición que a lo largo de su historia ha manifestado
siempre la física moderna, no excluye, empero, las más profundas
variaciones dentro de su espíritu. En efecto: la relación que guarden
entre sí sus dos ingredientes da lugar a interpretaciones muy dispares. De
ambos, ¿cuál ha de supeditarse al otro? ¿Debe ceder la observación a las
exigencias de la geometría o la geometría a la observación? Decidirse por
lo uno o lo otro significa pertenecer a dos tipos antagónicos de tendencia
intelectual. Dentro de la misma y única física caben dos castas de hombres
contrapuestas.
Sabido es que el experimento de Michelson tiene el rango de una
experiencia crucial: en él se pone entre la espada y la pared al
pensamiento del físico. La ley geométrica que proclama la homogeneidad
inalterable del espacio, cualesquiera sean los procesos que en él se
producen, entra en conflicto rigoroso con la observación, con el hecho,
con la materia. Una de dos: o la materia cede a la geometría o ésta a
aquélla.
En este agudo dilema sorprendemos a dos temperamentos intelectuales y
asistimos a su reacción. Lorentz y Einstein, situados ante el mismo
experimento, toman resoluciones opuestas. Lorentz, representando en este
punto el viejo racionalismo, cree forzoso admitir que es la materia quien
cede y se contrae. La famosa “contracción de Lorentz” es un ejemplo
admirable de utopismo. Es el juramento del Juego de Pelota transplantado a
la física. Einstein adopta la solución contraría. La geometría debe ceder;
el espacio puro tiene que inclinarse ante la observación, tiene que
encorvarse.
Suponiendo una perfecta congruencia en el carácter, llevado Lorentz a la
política, diría: perezcan las naciones y que se salven los principios.
Einstein en cambio, sostendría: es preciso buscar principios para que se
salven las naciones, porque para eso están los principios.
No es fácil exagerar la importancia de este viraje a que Einstein somete
la ciencia física. Hasta ahora, el papel de la geometría, de la pura
razón, era ejercer una indiscutida dictadura. En el lenguaje vulgar queda
la huella del sublime oficio que a la razón se atribuía: el vulgo habla de
los “dictados de la razón”. Para Einstein el papel de la razón es mucho
más modesto: de dictadora pasa a ser humilde instrumento que ha de
confirmar en cada caso su eficacia.
Galileo y Newton hicieron euclidiano al universo simplemente porque la
razón lo dictaba así. Pero la razón pura no puede hacer otra cosa que
inventar sistemas de ordenación. Estos pueden ser muy numerosos y
diferentes. La geometría euclidiana es uno; otro, la de Riemann, la de
Lobatchewski, etc. Más claro está que no son ellos, que no es la razón
pura quien resuelve cómo es lo real. Por el contrario, la realidad
selecciona entre esos órdenes posibles, entre esos esquemas, el que le es
más afín. Esto es lo que significa la teoría de la relatividad. Frente al
pasado racionalista de cuatro siglos se opone genialmente Einstein e
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