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Хосе Ортега-и-Гассет. Собрание сочинений. José Ortega y Gasset. Seleccion de textos


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ellas: son verdades a priori. En el propio Newton se encuentran frases
reveladoras de ese espíritu racionalista. “En la de la
naturaleza, dice, hay que hacer abstracción de los sentidos”. Dicho en
otras palabras: para averiguar lo que una cosa es, hay que volverse de
espaldas a ella. Un ejemplo de estas mágicas verdades es la ley de
inercia; según ella, un cuerpo libre de todo influjo, sí se mueve, se
moverá indefinidamente en sentido rectilíneo y uniforme. Ahora bien: ese
cuerpo exento de todo influjo nos es desconocido. ¿Por qué tal afirmación?
Sencillamente porque el espacio tiene una estructura rectilínea,
euclidiana, y, en consecuencia, todo movimiento “espontáneo” que no esté
desviado por alguna fuerza se acomodará a la ley del espacio.
Pero esta índole euclidiana del espacio, ¿quién la garantiza? ¿La
experiencia? En modo alguno; la pura razón es la que, previamente a toda
experiencia, resuelve sobre la absoluta necesidad de que el espacio en que
se mueven los cuerpos físicos sea euclidiano. El hombre no puede ver sino
en el espacio euclidiano. Esta peculiaridad del habitante de la tierra es
elevada por el racionalismo a ley de todo el cosmos. Los viejos
absolutistas cometieron en todos los órdenes la misma ingenuidad. Parten
de una excesiva estimación del hombre. Hacen de él un centro del universo,
cuando es sólo un rincón. Y éste es el error más grave que la teoría de
Einstein viene a corregir.
2.- Perspectivismo
El espíritu provinciano ha sido siempre, y con plena razón, considerado
como una torpeza. Consiste en un error de óptica. El provinciano no cae en
la cuenta de que mira el mundo desde una posición excéntrica. Supone, por
el contrario, que está en el centro del orbe, y juzga de todo como sí su
visión fuese central. De aquí una deplorable suficiencia que produce
efectos tan cómicos. Todas sus opiniones nacen falsificadas, porque parten
de un pseudocentro. En cambio, el hombre de la capital sabe que su ciudad,
por grande que sea, es sólo un punto del cosmos, un rincón excéntrico.
Sabe, además, que en el mundo no hay centro y que es, por tanto, necesario
descontar en todos nuestros juicios la peculiar perspectiva que la
realidad ofrece mirada desde nuestro punto de vista. Por este motivo, al
provinciano el vecino de la gran ciudad parece siempre escéptico, cuando
sólo es más avisado.
La teoría de Einstein ha venido a revelar que la ciencia moderna, en su
disciplina ejemplar -la nuova scienza de Galileo, la gloriosa física de
Occidente-, padecía un agudo provincianismo. La geometría euclidiana, que
sólo es aplicable a lo cercano, era proyectada sobre el universo. Hoy se
empieza en Alemania a llamar al sistema de Euclides “geometría de lo
próximo”, en oposición a otros cuerpos de axiomas que, como el de Riemann,
son geometrías de largo alcance.
Como todo provincianismo, esta geometría provincial ha sido superada
merced a una aparente limitación, a un ejercicio de modestia. Einstein se
ha convencido de que hablar del espacio es una megalomanía que lleva
inexorablemente al error. No conocemos más extensiones que las que
medimos, y no podemos medir más que con nuestros instrumentos. Estos son
nuestros órganos de visión científica; ellos determinan la estructura
especial del mundo que conocemos. Pero, como lo mismo acontece a todo otro
ser que desde otro lugar del orbe quiera construir una física, resulta que
esa limitación no lo es en verdad.
No se trata, pues, de reincidir en una interpretación subjetivista del
conocimiento, según la cual la verdad sólo es verdad para un determinado
sujeto. Según la teoría de la relatividad, el suceso A, que desde el punto
de vista terráqueo precede en el tiempo al suceso B, desde otro lugar del
universo, Sirio por ejemplo, aparecerá sucediendo a B. No cabe inversión
más completa de la realidad. ¿Quiere esto decir que o nuestra imaginación
es falsa o la del avecindado en Sirio? De ninguna manera. Ni el sujeto
humano ni el de Sirio deforman lo real. Lo que ocurre es que una de las
cualidades propias a la realidad consiste en tener una perspectiva, esto
es, en organizarse de diverso modo para ser vista desde uno u otro lugar.
Espacio y tiempo son los ingredientes objetivos de la perspectiva física,
y es natural que varíen según el punto de vista.
En la introducción al primer Espectador, aparecido en enero de 1916,
cuando aún no se había publicado nada sobre la teoría general de la
relatividad (1), exponía yo brevemente esta doctrina perspectivista,
dándole una amplitud que trasciende de la física y abarca toda realidad.
Hago esta advertencia para mostrar hasta qué punto es un signo de los
tiempos pareja manera de pensar.
Y lo que más me sorprende es que no haya reparado nadie todavía en este
rasgo capital de la obra de Einstein. Sin una sola excepción -que yo
sepa-, cuanto se ha escrito sobre ella interpreta el gran descubrimiento
como un paso más en el camino del subjetivismo (2). En todas las lenguas y
en todos los giros se ha repetido que Einstein viene a confirmar la
doctrina kantiana, por lo menos en un punto: la subjetividad de espacio y
tiempo. Me importa declarar taxativamente que esta creencia me parece la
más cabal incomprensión del sentido que la teoría de la relatividad
encierra.
Precisemos la cuestión en pocas palabras, pero del modo más claro posible.
La perspectiva es el orden y forma que la realidad toma para el que la
contempla. Sí varía el lugar que el contemplador ocupa, varía también la
perspectiva. En cambio, si el contemplador es sustituido por otro en el
mismo lugar, la perspectiva permanece idéntica. Ciertamente, si no hay un
sujeto que contemple, a quien la realidad aparezca, no hay perspectiva.
¿Quiere esto decir que sea subjetiva? Aquí está el equívoco que durante
dos siglos, cuando menos, ha desviado toda la , y con ella la
actitud del hombre ante el universo. Para evitarlo basta con hacer una
sencilla distinción.
Cuando vemos quieta y solitaria una bola de billar, sólo percibimos sus
cualidades de color y forma. Mas he aquí que otra bola de billar choca con
la primera. Esta es despedida con una velocidad proporcionada al choque.
Entonces notamos una nueva cualidad de la bola que antes permanecía
oculta: su elasticidad. Pero alguien podría decirnos que la elasticidad no
es una cualidad de la bola primera, puesto que sólo se presenta cuando
otra choca con ella. Nosotros contestaríamos prontamente que no hay tal.
La elasticidad es una cualidad de la bola primera, no menos que su color y
su forma; pero es una cualidad reactiva o de respuesta a la acción de otro
objeto. Así, en el hombre lo que solemos llamar su carácter es su manera
de reaccionar ante lo exterior -cosas, personas, sucesos.
Pues bien: cuando una realidad entra en choque con ese otro objeto que
denominamos “sujeto consciente”, la realidad responde apareciéndole. La
apariencia es una cualidad objetiva de lo real, es su respuesta a un
sujeto. Esta respuesta es, además, diferente según la condición del
contemplador; por ejemplo, según sea el lugar desde que mira. Véase cómo
la perspectiva, el punto de vista, adquieren un valor objetivo, mientras
hasta ahora se los consideraba como deformaciones que el sujeto imponía a
la realidad. Tiempo y espacio vuelven, contra la tesis kantiana, a ser
formas de lo real.
Si hubiese entre los infinitos puntos de vista uno excepcional, al que
cupiese atribuir una congruencia superior con las cosas, cabría considerar
los demás como deformadores o “meramente subjetivos”. Esto creían Galileo
y Newton cuando hablaban del espacio absoluto, es decir, de un espacio
contemplado desde un punto de vista que no es ninguno concreto. Newton
llama al espacio absoluto sensorium Dei, el órgano visual de Dios;
podríamos decir la perspectiva divina. Pero apenas se piensa hasta el
final esta idea de una perspectiva que no está tomada desde ningún lugar
determinado y exclusivo, se descubre su índole contradictoria y absurda.
No hay un espacio absoluto porque no hay una perspectiva absoluta. Para
ser absoluto, el espacio tiene que dejar de ser real -espacio lleno de
cosas- y convertirse en una abstracción.
La teoría de Einstein es una maravillosa justificación de la multiplicidad
armónica de todos los puntos de vista. Amplíese esta idea a lo moral y a
lo estético y se tendrá una nueva manera de sentir la y la vida.
El individuo, para conquistar el máximum posible de verdad, no deberá,
como durante centurias se le ha predicado, suplantar su espontáneo punto
de vista por otro ejemplar y normativo, que solía llamarse “visión de las
cosas sub specie aeternitatis”. El punto de vista de la eternidad es
ciego, no ve nada, no existe. En vez de esto, procurará ser fiel al
imperativo unipersonal que representa su individualidad.
Lo propio acontece con los pueblos. En lugar de tener por bárbaras las
culturas no europeas, empezaremos a respetarlas como estilos de
enfrentamiento con el cosmos equivalentes al nuestro. Hay una perspectiva
china tan justificada como la perspectiva occidental.

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