Хосе Эчегарай. Sic vos non vobis или Последнее подаяние. José Echegaray. Sic vos non vobis o La última limosna
Uncategorized June 19th, 2006
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MARUJA.-Viene hecha un sol. (Mirando hacia donde viene Juan.)
GERTRUDIS.-¡Un sol sofocado! Pero tiene usted razón: un sol. ¡Pobrecilla!, si le quitan esos paseos, la matan. Verá usted como le dan un mal rato los pedagogos.
Escena IV
Don Blas, Don Silvio, Don Damián y Don Gabino; Paquita entra muy sofocada y con una rosa en el pecho.
PAQUITA.-Muy buenos días. ¡Qué calor!… ¡Felices, don Blas!… (Aparte.) ¡Qué caras!
BLAS.-Felices.
PAQUITA.-¡Quite usted, que voy a sentarme ahí!… ¡Ah!, ¿me permite usted?… (Primero con decisión, después con afectada finura.)
BLAS.-Bien está. (Levantándose. Paquita se sienta.) Y bien estaba yo. (Se sienta en otro lado.)
DAMIÁN.-Señorita, faltó usted a mi lección.
SILVIO.-Y a la mía.
GABINO.-Y a la mía también.
PAQUITA.-Es verdad.
SILVIO.-¿Por qué?
PAQUITA.-Porque estuve ocupada.
SILVIO.-¿En qué?
PAQUITA.-¿Y a usted qué le importa?
SILVIO.-(A Damián.) Por lo visto aprovecha las lecciones de buena educación de doña Gertrudis, lo mismo que las nuestras.
PAQUITA.-Lo dije en broma. Estuve de paseo. Me levanté cuando era todavía de noche y me fui con Juan y con Lorenza al picacho del Gaitán a ver salir el sol. ¡Cómo estaba el bosque! ¡Qué medias luces y qué frescura! Los árboles respirando fuerte y sacudiéndose con la brisa como si echasen fuera la ropa de la cama. ¡Y los pajaritos, qué monos despertaban! ¡Pío, pio, pío! ¡Y saltaban del nido y sacudían las alitas! ¡Pío, pio, pío! Es lo que yo digo: ¡cosa más rara! Se despereza un hombre, ¡y qué feo se pone y qué groserote! Se despereza un pajarito, ¡y qué monísimo! ¿Por qué será esto, don Silvio? Usted, que sabe tantas cosas, dígame: ¿por qué es esto?
SILVIO.-(Preparándose para un discurso.) Paquita, es una ley calológica y consiste…
PAQUITA.-No me lo diga usted: de todas maneras yo no había de entenderlo.
DAMIÁN.-(Con severidad.) Y allá fueron ustedes sin pensar…
PAQUITA.-Sí, señor. Sin pensar… ¡Hala!, ¡hala!, ¡hala!… ¡Al picacho! ¡Qué alegría da el amanecer! ¡Y qué vista desde lo alto!… ¡Si aún la tengo aquí, metida en los ojos!… ¡Aquella nube blanca ya se enciende!, ¡qué sofocadita se pone; será que le da vergüenza que la vea el sol vestida con su toilette du matin! ¿No se dice así, don Silvio? ¡Y qué coloradote sale el sol! ¡Hecho un buen mozo! ¡Allá van rayos y rayos! ¡Que le pega a la roca!, ¡que le pega a la nube!, ¡que le pega al bosque y lo agujerea!, ¡que sacude al río y parece que lo abrillanta! ¡Por todas partes latigazos de luz!… ¡Muy hermoso!, ¡muy hermoso! ¡Me daba una alegría! ¡Me daban unas ganas de pegar yo también a Juan y a Lorenza! ¡Sobre todo a Juan! ¡Con qué gusto le hubiera pegado en aquella cabezota tan fuerte y en aquel pechazo tan anchote!… ¡Toma, toma, toma! (Dándole un golpe en el pecho a Don Blas.)
SILVIO.-¡Jesús! ¡Paquita!
DAMIÁN.-¡Paquita, por Dios!
GABINO.-¡Qué criatura; por eso me rompe las teclas del piano, pensando que le pega a Juan!
PAQUITA.-No; si no le pegué. Se ha vuelto muy formalote y se enfada. Desde que el señor director de las minas le ha tomado por su cuenta y le enseña esas cosas que nadie sabe, se ha vuelto muy estirado y muy soso. Va para sabio, como ustedes, y concluirá por ser un mamarracho.
SILVIO.-¡Mil gracias!
PAQUITA.-No; si es verdad. Ya no se ríe. No dice nada. Peco sigue haciendo barbaridades. Figúense ustedes: allá en el picacho, en un tajo de la roca, ¡muy profundo, muy profundo!, que no se ve el fondo, y muy hacia fuera, había prendido esta rosa, ¡una rosa tan encarnada mirando una sima tan negra! ¡Tienen unos caprichos las flores!, y estaba si me caigo, si no me caigo…, pues yo también tuve el capricho de cogerla: cada una tiene sus caprichos. Sin pensar lo dije, y el bestia de Juan se tiende y echa el cuerpo hacia fuera y hacia fuera, y estira el brazo y lo estira para trincar la rosa… Y yo… «¡Que no!, ¡que no!, ¡bestia!, ¡que te matas!» Pues nada, a sacar el cuerpo y a sacarle cada vez más! «¡Que te matas!» Y él, con una voz muy ronca…. ¡como que tenía toda la sangre en la cabeza!…, me dice: «¡Si me mato, mejor!» ¿Han visto ustedes qué bestia?… Y, claro, se le venció el cuerpo, y se iba abajo… ¡Y se va si yo no me tiro y lo agarro por las patas!…
SILVIO.-¡Paquita, por las patas!
PAQUITA.-¡Cada una se agarra como puede! ¡Por las patas, sí, señor; y gracias, y echándole encima mi cuerpo!, y así y todo, nos íbamos los dos a lo hondo, porque como él pesa tanto y es tan fuerte…, ¡me vencía!… «Suelta -me grita ya con las ansias-, que si no, te matas tú también!» Y yo: «¡Me mato, pues mejor!» ¡Toma terquedad! Y si no nos sujeta Lorenza ¡nos matamos los dos, como hay Dios! ¡Pero él cogió la rosa me la dió, y es ésta ¡Pobrecillo!
SILVIO.-¡Paquita!
DAMIÁN.-¡Don Blas, diga usted algo!
BLAS.-(Como despertando.) ¡Ah!…, ¡sí!
GABINO.-¡Pero fuerte!
SILVIO.-¡Muy fuerte!
BLAS.-(Con severidad.) ¡Paquita!
PAQUITA.-¿Qué?
BLAS.-(Lo mismo.) ¿Conque fuiste al picacho?
PAQUITA.-Sí, señor.
BLAS.-(Con tono amenazador.) ¡Al picacho!
PAQUITA.-¡Claro, y estaba muy hermoso!
BLAS.-(Lo mismo.) ¿Y por qué no me lo dijiste?
SILVIO.-Así, así.
PAQUITA.-¿Para qué?
BLAS.-(Con tono natural.) Toma, para ir con vosotros.
SILVIO.-¡Oh, qué hombre!
BLAS.-¿Fué Lorenza?
PAQUITA.-¿No ha oído usted que sí?
BLAS.-Pues hija, habérmelo dicho.
SILVIO.-¡Don Blas!
BLAS.-Es verdad.
DAMIÁN.-¡Don Blas!
BLAS.-(Otra vez con tono fuerte.) ¡Paquita!
PAQUITA.-¿Qué?
BLAS.-Dicen ésos que eres holgazana.
PAQUITA.-Pues bien trabajo.
BLAS.-Y muy rebelde.
SILVIO.-Siga, siga.
BLAS.-¡Hola, hola!
PAQUITA.-No me riña usted, don Blas.
BLAS.-(Cambiando otra vez de tono.) ¡Y Lorenza estaba guapota!
DAMIÁN.-¡Don Blas!
BLAS.-(Con nuevo enojo.) ¡Esto no puede seguir!
PAQUITA.-¿Y qué es esto?
BLAS.-Tu conducta.
SILVIO.-Su conducta de usted, señorita. Don Marcelo puede llegar de un día a otro; de un minuto a otro minuto; ¡mañana, hoy, ahora mismo!
PAQUITA.-¡Qué alegría!… ¡Abrazar a don Marcelo!
BLAS.-Y llega y dice…
PAQUITA.-¿Qué?
BLAS.-A casarnos.
PAQUITA.-(Con cierta tristeza.) Cuando él disponga; yo todo lo que él quiera; pues apenas si le debo…, ¡lo que ha hecho conmigo!… Como si hubiera cogido a un gusanillo del bosque y le hubiera dicho: «¡Anda, hijo, que ya eres emperador!».
SILVIO.-Pues mal le paga usted, Paquita.
BLAS.-Muy mal.
PAQUITA.-Pues yo, ¿qué hago? ¿No le obedezco en todo?… Dice «A estudiar»; pues estudio, y eso que me revienta.
SILVIO.-¡Qué término, Paquita! ¿Ha leído usted en toda la Retórica un término así?
PAQUITA.-Pero, señor, cuando a una le revienta una cosa, ¿cómo dice que le ha reventado?
GABINO.-¡Paquita!…. pero es un término bajuno.
PAQUITA.-Pues en aquellos versos decía: «Revienta la nube en rayos»; pues si revienta la nube, puedo reventar yo.
SILVIO.-¡Basta!…, ¡basta!… ¿Cree usted que de esta manera paga usted los beneficios que debe a don Marcelo? Llegará, se acercará a usted, creerá encontrar una señorita fina, distinguida, ilustrada, ¿y qué encontrará? Dígalo usted, don Blas, ¿qué encontrará?
BLAS.-¿Qué encontrará?
PAQUITA.-No; si yo sé también ponerme fina; que lo digo doña Gertrudis.
DAMIÁN.-¿Le da a usted lecciones de finura Juanito?
PAQUITA.-No, si se ha afinado mucho desde que aprende con el ingeniero. Porque también le dan lecciones. Ahora le dan lecciones a todo el mundo. ¡Ea, que todos hemos de ser sabios!… Savant!… Je suis savant, tu est savant, il est savant… Tomen ustedes finura.
DAMIÁN.-¡Qué criatura!
BLAS.-¡Monísima!… ¡Y Lorenza muy guapa!
SILVIO.-(A Don Blas, con enojo.) ¿Es eso lo que resuelve usted?
BLAS.-(Volviendo a la severidad.) ¡Ah!… ¡Paquita!…
PAQUITA.-¡Don Blas!
BLAS.-Hay que estudiar.
PAQUITA.-Bueno, estudiaré; desde mañana estudiaré.
SILVIO.-Hay que afinarse.
PAQUITA.-Bueno; desde mañana me afinaré.
DAMIÁN.-Usted lo puede todo, si quiere.
PAQUITA.-(Pensativa.) Todo, no.
GABINO.-¿Pues que mas quiere usted?
PAQUITA.-¿Yo? Nada. Ya sé que tengo mucho más de lo que merezco. Pero todo…, todo no lo tengo…, todo no lo tiene nadie más que Dios. (Tristemente.)
SILVIO.-(Aparte, a Don Blas.) Le hizo impresión lo que le hernos dicho.
BLAS.-¿Estuve fuerte?
SILVIO.-Me parece que no.
BLAS.-Me voy.
PAQUITA.-¿Adónde va usted?
BLAS.-A descansar. (Sale lentamente.)
PAQUITA.-Pues ustedes también deben estar fatigados, con esa reprimenda que me echaron; conque márchense a descansar y déjenme descansar a mí, que también estoy m










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