Хосе Эчегарай. Безумие или святость. José Echegaray. O locura o santidad

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Хосе Эчегарай. Безумие или святость. José Echegaray. O locura o santidad

Драма в трех действиях и в прозе
Drama en tres actos y en prosa


José Echegaray

PERSONAJES

Don lorenzo de Avendaño.

Ángela.

Inés.

La duquesa de Almonte.

Eduardo.

Juana.

Don Tomás.

El doctor Bermúdez.

Braulio.

Benito.

Un criado.

La escena en Madrid, en casa de Don Lorenzo.

Al eminente actor Don Antonio Vico
Cumplo deber ineludible, ejerzo acto de justicia y procuro dar público testimonio de cuánto admiro su gran talento y su inagotable inspiración dedicando a usted esta obra, que fué la elegida para su beneficio y en que a tal altura raya usted.
Usted, que, desde mi primer ensayo en El libro talonario, ha venido ganándome aplausos y triunfos; usted, que ha sido sucesivamente sobre la escena el Don Carlos de Quirós de La esposa del vengador, el Banquero de aquel epílogo de La última noche, el Fernando del drama En el puño de la espada, el Pablo de Cómo empieza y cómo acaba y el Lorenzo de O locura o santidad, bien merece (y es harto humilde recompensa, ya lo conozco, a cambio de tantos y tantos arranques sublimes, de tantos y tantos gritos desgarradores, de tantas maravillas de expresión) esta muestra de mi gratitud, de mi admiración y de mi amistad.
JOSÉ ECHEGARAY.

Acto Primero

La escena representa el despacho de DON LORENZO; forma octógona. A la izquierda del espectador, y en primer término, una chimenea encendida; encima, un gran espejo de marco negro; en segundo término, una puerta. A la derecha, en primer término, otra puerta; en segundo término, una ventana. En el fondo, la puerta principal. En los dos chaflanes o lados oblicuos del octógono, grandes estantes con libros. A la izquierda, una mesa de despacho con pupitre y sillón. A la derecha, un sofá. Sobre algunas sillas, sobre la mesa, en las repisas de los estantes y en las paredes, libros y objetos artísticos en confusión, pero sin que aparezca recargado el conjunto. El adorno, elegante y rico, pero de gusto muy severo: cortinajes y muebles oscuros. Es día de invierno: la luz, muy escasa.

ESCENA I

DON LORENZO, sentado a la mesa y leyendo atentamente.

LORENZO.
«Las misericordias -respondió Don Quijote-, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo juicio ya libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me puso mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala que dejase renombre de loco; que puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte.» (Suspende la lectura y queda pensativo largo rato.) ¡Locura, luchar sin tregua ni reposo por la justicia en esta revuelta batalla de la vida, como luchaba en el mundo de sus imaginaciones el héroe inmortal del inmortal Cervantes! ¡Locura, amar con amor infinito, y sin alcanzarla jamás, la divina belleza, como él amaba a la Dulcinea de sus apasionados deseos! ¡Locura, ir con el alma tras lo ideal por el áspero y prosaico camino de las realidades humanas, que es tanto como correr tras una estrella del cielo por entre peñascales y abrojos! Locura es, según afirman los doctores; mas tan inofensiva, y, por lo visto, tan poco contagiosa, que para atajarla no hemos menester otro Quijote. (Pausa. Después se levanta, viene al centro del escenario, y de nuevo se queda pensativo.)

ESCENA II

DON LORENZO, ÁNGELA y DON TOMÁS. Los dos últimos se detienen en la puerta de la derecha, primer término, y desde allí, medio ocultos por el cortinaje, observan a DON LORENZO. Este, en el centro y volviéndoles la espalda.

ÁNGELA.
¿Lo ve usted? Como siempre: leyendo y pensando.
TOMÁS.
Ángela, su esposo de usted es todo un sabio; pero no abusemos de la sabiduría. Si la cuerda, cuanto más tensa, da sonidos más agudos, también con mayor facilidad se rompe; y al romperse, a la divina nota sucede un eterno silencio. Mientras el cerebro se agita en sublimes espasmos, la locura acecha: no lo olvide usted. (Pausa.)
LORENZO.
¡Extraño libro, libro sublime! ¡Cuántos problemas puso Cervantes en ti, quizá sin saberlo! ¡Loco tu héroe! Loco, sí; loco. (Pausa.) El que no oyera más que la voz del deber al marchar por la vida; el que en cada instante, dominando sus pasiones, acallando sus afectos, sin más norte que la justicia ni más norma que la verdad, a la verdad y a la justicia acomódase en todos sus actos, y con sacrílega ambición quisiera ser perfecto como el Dios de los cielos..., ése, ¡qué ser tan extraño sería en toda la sociedad humana!, ¡qué nuevo Don Quijote entre tanto y tanto Sancho! Y el tener que condenar en uno el interés, la vanidad en otro, la dicha de aquél, los desordenados apetitos de éste, las flaquezas de todos, cómo su propia familia, a la manera del ama y la sobrina del andante caballero, cómo sus propios amigos de igual suerte que el cura y el barbero y Sansón Carrasco; cómo jayanes y doncellas, y duques y venteros, y moros y cristianos, a una voz le declaran loco, y por loco él mismo se tuviera, o al morir fingía, porque le dejasen al menos morir en calma.
TOMÁS.
(Acercándose a DON LORENZO y Poniéndole una mano en el hombro. Ángela se acerca también.) ¡Lorenzo!
LORENZO.
(Volviéndose.) Tomás... Ángela... ¿Estabais ahí?
TOMÁS.
Sí; escuchábamos a medias tu filosófico monólogo. Y ¿a cuenta de qué son esos sublimes desahogos de mi buen amigo?
LORENZO.
Lecturas de Don Quijote, que se me suben a la cabeza, y allá se mezclan con otras modernas filosofías, que andan vagando, como diría mi empedernido doctor, por las celdillas de la sustancia gris.
TOMÁS.
Como diría todo el que quisiera decir algo puesto en razón.
ÁNGELA.
¡Qué espanto! ¿Van ustedes a empezar una de esas interminables disputas sobre el positivismo y el idealismo y todos los demás «ismos» del Diccionario, que son otros tantos, abismos del sentido común?
TOMÁS.
No se alarme usted, Ángela, que algo más interesante tengo que decir a Lorenzo.
LORENZO.
(A DON TOMÁS.) Y algo más urgente tengo yo también que preguntarte.
ÁNGELA.
Ya lo creo: más interesante y más urgente que los disparates y embelecos de que se llenan ustedes la cabeza es la salud de nuestra niña.
LORENZO.
(Con afán.) ¿Cómo encuentras hoy a la hija de mi vida?
ÁNGELA.
¿Como está Inés? (Pausa.)
LORENZO.
¡Vamos!... ¡Responde!... ¡No nos tengas en esta ansiedad! (Nueva pausa. DON TOMÁS mueve la cabeza con aire de disgusto.)
ÁNGELA.
¡Don Tomás, por Dios! ¿Peligra acaso?
LORENZO.
¿Qué dices, mujer? No pronuncies esa palabra.
TOMÁS.
Alto, alto. ¡Qué de prisa van ustedes! Es cosa grave, no lo niego.
LORENZO.
¿Qué dices?
ÁNGELA.
¿Qué dice Usted?
LORENZO.
¿Cuál es su enfermedad? ¿Qué nombre tiene?
ÁNGELA.
¿Cómo se cura? Porque debe curarse de algún modo. Es preciso, don Tomás, es preciso que usted salve a mi hija.
TOMÁS.
¿Cuál es su enfermedad? Una de las que causan más estragos entre los vivientes. ¿Qué nombre tiene? Amor le llaman los poetas; nosotros, los médicos, le damos otro nombre. ¿Cómo se cura? Hoy por hoy, con el cura; y es tan probado específico, que al mes de haberlo usado, ni memoria queda en ambos cónyuges de la fatal dolencia.
ÁNGELA.
¡Qué bromas tiene usted, don Tomás! Me ha dejado usted sin gota de sangre en las venas.
TOMÁS.
(Con seriedad.) Ello es que, hablando seriamente, y dadas las condiciones de esa niña, su temperamento nervioso, su sensibilidad extrema y ese su romántico amor, la dolencia es grave; y si no se busca pronto remedio en la dulce calma de la vida conyugal, Ángela, amigo mío, me duele decirlo, pero el deber me lo ordena: no cuenten con Inesita.
LORENZO.
¡Tomás!
ÁNGELA.
¿Usted cree?...
TOMÁS.
Creo que lnés ha heredado la imaginación exaltada y fantástica de su padre, que hoy la fiebre del amor circula por todas sus venas en olas de fuego. Y si no la casan ustedes, y muy pronto, con Eduardo; si ella llega a comprender que sus esperanzas no han de realizarse, los delirios de su fantasía y las violencias de su pasión, aunque no sé en qué forma, sé por desdicha que han de herirla de muerte.
LORENZO.
¡Dios mío!
ÁNGELA.
¡Hija mía!
TOMÁS.
Ya saben ustedes mi opinión; opinión expuesta sin rodeos ni ambages, cual lo exige lo urgente del caso, y con la lealtad a que me obligan el carino que nos une y el que profeso a esa inocente niña.
ÁNGELA.
(A DON LORENZO, con tono resuelto.) Tú lo has oído: es preciso que Inesita y Eduardo se casen.
LORENZO.
Bien lo quisiera, Ángela. Eduardo es bueno, es inteligente, quiere a nuestra hija con delirio; pero...
ÁNGELA.
Pero ¿qué? ¿Que no somos nobles y que la madre de Eduardo, la duquesa viuda de Almonte, se opone a esta unión? ¿Y qué importa, si él quiere y no es ella la que ha de casarse?
LORENZO.
Ángela, piénsalo bien; ¡dar pábulo nosotros a la rebeldía del hijo contra la madre!...
ÁNGELA.
Piénsalo bien, Lorenzo: ¡sacrificar nuestra hija a las vanidades de esa mujer!
LORENZO.
Lamentar vanidades y desdichas, cosa fácil me parece; buscar remedio al daño es lo que importa...
ÁNGELA.
¿Por qué no hablar a la duquesa? Dicen que, aparte de sus preocupaciones aristocráticas, es buena mujer, y que con delirio quiere a su Eduardo. Vas allá, y de suplicas y le ruegas.
LORENZO.
¡Yo suplicar! ¡Yo rogar! ¡Humillarme yo! No soy yo ciertamente quien ha de ir a pedirle su hijo; ella es la que debe venir a mi casa a pedirme la mano de Inés. Las conveniencias sociales, el respeto a la mujer, mi propio decoro, así lo exigen.
ÁNGELA.
(Dirigiéndose a DON TOMÁS, que se habrá acercado a la mesa y estará hojeando libros.) Aquí tiene usted al filósofo, al sabio, al hombre perfecto, rebosando vanidad y orgullo.
LORENZO.
Ángela, eres injusta; no es orgullo, es dignidad; dignidad, sí; porque no es decoroso que mendiguemos para la frente de Inés, que en sí lleva la mejor corona, la corona ducal que, desdeñosa, nos niega otra familia; no es decoroso, repito, que vayamos de puerta en puerta, y menos si en sus dinteles hay labrados blasones, tendiendo la mano para que nos hagan la limosna de un nombre, cuando Inés tiene el mío, tan bueno, por limpio y por honrado, como otro cualquiera que lo se a mucho.
TOMÁS.
Lorenzo tiene razón; pero usted, Ángela, también la tiene.
ÁNGELA.
Pues bien: no vayas tú; conserva incólume tu dignidad de sabio y de filósofo. Yo, que no soy más que una pobre madre, yo iré. A mí no me causa sonrojo ir de puerta en puerta mendigando, no coronas ni blasones, sino la felicidad y la vida de mi hija.
LORENZO.
Ni a mí tampoco, Ángela: tienes razón. Diga el mundo lo que quiera, piense lo que pensare la duquesa, iré. (A DON TOMÁS.) ¿No es verdad que debo ir? Tú, que tienes un criterio recto y severo, y que juzgas las cosas a sangre fría, dime tu opinión con franqueza.
ÁNGELA.
¡Ah! ¡Qué hombre! ¡Pues no está discutiendo si debe o no debe ir! Estas cosas, señor filósofo y señor marido, se resuelven con el corazón, no con la cabeza. Mucho es que no empezaste a revolver librotes, buscando en ellos la solución del problema. A maravilla tengo que no estés ya escudriñando si entre los filósofos alemanes, o entre los clásicos griegos, o en la ininteligible maraña de tus obras matemáticas, no hubo algún autor que tratase concretamente del caso peregrino del futuro casamiento de la señorita doña Inés de Avendaño con don Eduardo de Almeida, duque de Almonte; y cuenta que, si por a más b, te demostrase algunos de tus predilectos sabios la inconveniencia del casamiento, por a más b dejarías morir a la pobre hija de mi alma.
LORENZO.
No te burles de mí, Ángela. Tú sabes que adoro a Inés.

ESCENA III

DON LORENZO, ÁNGELA, DON TOMÁS e INÉS. Esta última entra por la derecha, primer término, al pronunciar DON LORENZO las últimas palabras, y se detiene al oír su nombre.

LORENZO.
¡Qué es por su vida! ¡Que es por su felicidad! No; por secar una lágrima suya, diera yo todas las de mis ojos; por una hora de ventura para mi Inés, trocaría yo contento en horas de martirio todas las que me restan de existencia. (INÉS, Sin que la vean todavía, tiende los brazos hacia su padre con expresión de cariño y agradecimiento, y le manda un apasionado beso.) Vaya, no hablemos más del asunto. Iré hoy mismo a ver a la duquesa; rogaré, suplicaré, me humillaré si es preciso, y cederá. ¿No, ha de ceder? (Movimiento de alegría en INÉS. ÁNGELA se acerca y coge de la mano a su esposo con efusión.) No tengo títulos de nobleza; pero tengo un nombre, que si por el trabajo y el estudio no he podido hacer ilustre...
TOMÁS.
Ilustre, sí, mi buen Lorenzo.
LORENZO.
Ilustre, no; pero sí respetable. Y tengo, además, muchos millones, que heredé de los míos, y que cederé a Eduardo y a la duquesa para que doren de nuevo sus soberbias coronas, un tanto deterioradas por el tiempo. Conque ya lo sabes. (A ÁNGELA.): se casará Inés y será feliz, y su felicidad será la nuestra.
ÁNGELA.
Y la tuya, la de todos nosotros, que viviremos mirándonos en ti. ¡En ti, Lorenzo mío, que cuando no te embrutece la ciencia eres el más amante, el más bondadoso y el mejor de los hombres!
INÉS.
(Desfalleciendo y apoyándose en la puerta para no caer.) ¡Ay Dios mío! ¡Dios mío!
ÁNGELA.
(Corriendo a sostenerla.) ¡Inés, hija mía!
LORENZO.
(Lo mismo.) ¡Inés, Inés!... ¿Qué tienes?
TOMÁS.
(Acercándose a ella.) Vamos, niña, ¿qué mimos son esos?
INÉS.
(Acercándose al sofá de la derecha y sentándose en él. Todos los demás la rodean con solicitud.) Nada, no es nada...; es... que quiero llorar..., y tengo tanta alegría, que no puedo... Es que quiero reír y siento que acuden lágrimas a mis ojos... ¡Es que te quiero mucho..., mucho, padre mío! (Abrazándole y haciéndole mimos.) ¡Qué bueno eres!... ¡Qué bueno te hizo Dios!... Soy feliz..., muy feliz. (Rompe a llorar en brazos de su madre.)
ÁNGELA.
Así, hija mía; llora, desahógate. ¿Ves qué bueno es tu padre? Quiérele mucho.
INÉS.
Con toda mi alma... ¿Y cuándo vas a ir? Hoy mismo, ¿verdad?
TOMÁS.
(Burlándose de sus protestas de cariño.) ¡Ah, egoistilla! ¿Conque queremos mucho a papá cuando hace lo que nos agrada? Y si no fuese a casa de la duquesa, ¿le querríamos tanto..., tanto..., tanto como ahora?
INÉS.
Lo mismo.
TOMÁS.
(En tono de duda.) ¿Conque lo mismo?
INÉS.
(Con cierta malicia.) De veras; pero estaría tan triste, que no se me ocurriría decírselo.
TOMÁS.
¡Ya!
INÉS.
Antes, algo me oprimía el pecho y me apretaba la garganta. Ahora, sin esfuerzo alguno..., así..., espontáneamente, a la par que corren dulces lágrimas de felicidad, brotan palabras de cariño. Antes... sólo, hubiera podido decirle: ¡qué desdichada soy, padre mío!... Ahora ya no pienso en mí, pienso en él, y del corazón me sube a los labios este grito de amor: ¡cuánto te quiero! (De nuevo se abraza a su padre.)
LORENZO.
¡Inés, hija mía!
INÉS.
Y a ti también, madre...; a ti también. (Abrazando a su madre; DON LORENZO y DON TOMÁS se separan del sofá, en que quedan ÁNGELA e INÉS, y vienen al centro.)
TOMÁS.
¡Pobre filósofo! Mira, ninguna de las dos ha leído una sola página de todos esos libros, y saben más que tú. Te crees fuerte, y en sus manos eres cera blandísima; te crees sabio, y en sus brazos eres un inocente, por no decir un tonto; te crees justo e incorruptible, y la voluntad de esas dos mujeres te llevaría a todas las injusticias y a todas las flaquezas.
LORENZO.
No, Tomás; cuando la idea del bien me sostiene, mi voluntad es de hierro.
TOMÁS.
No digo «lo veremos» porque son dos ángeles; pero ¡ay, si no lo fuesen! Déjame parodiar al gran poeta y decir en romance: «¡Tentación, llevas nombre de mujer!»
LORENZO.
(Con cierta exaltación.) «¡Palabras, palabras y palabras!», había dicho antes, sin duda en previsión de que tú lo parodiases.
TOMÁS.
¡Ya te subes al trípode!
INÉS.
No incomode usted a papá.
LORENZO.
No incomodan, hija mía, las extravagancias de este doctor.
TOMÁS.
Conque quedamos en que por cariño, por amistad, por amor, por esas que tú llamas atracciones misteriosas de un alma sobre otra alma, se puede y se debe llegar...
LORENZO.
Hasta el sacrificio, sí; jamás hasta la culpa.
TOMÁS.
¡Bonita máxima para un libro de moral!
LORENZO.
Y aún mejor para una conciencia.
TOMÁS.
¿Y no habrá casos en que, para evitar males mayores, tenga que transigir esa catoniana conciencia con uno tan pequeño, tan pequeño, que no llegue a ser ni grano de arena?
LORENZO.
Al echarlo sobre sí, bien pronto pesaría como montaña de granito.
TOMÁS.
¿A la montaña te subes no bastándote el trípode?
INÉS.
Vamos, don Tomás... Que no le diga usted esas cosas a papá.
TOMÁS.
En resumen: guerra a muerte al mal, bajo todas sus formas y disfraces. ¿No es cierto?
LORENZO.
Tú lo has dicho.
TOMÁS.
Pues aplicación inmediata de tu teoría. Y en verdad que lo había olvidado y es toda una novela. Escúchame atento; oigan ustedes.
LORENZO.
¿Qué es ello? (ÁNGELA e INÉS se acercan a DON TOMÁS.)
TOMÁS.
Rogóme esta mañana una mujer que en su nombre te trajera...
LORENZO.
¿Qué?
TOMÁS.
Un beso.
ÁNGELA.
¡Para él!
LORENZO.
¡Para mí!
TOMÁS.
Sí, pero no se alarme usted. (A ÁNGELA.) Es el beso de una anciana, y en lágrimas viene empapado; es la última y dolorosa contracción de unos labios moribundos; es el postrer adiós de un ser que dentro de breves horas no existirá.
LORENZO.
No adivino...
TOMÁS.
Ella... Esa pobre mujer me hizo llamar esta mañana; subí a la buhardilla en que muere; me dijo su nombre, que, a no decírmelo, jamás la hubiera conocido; y jurándome que fue inocente, rogóme, sin embargo, que intercediera contigo para que la perdonases.
LORENZO.
Estás hablando un lenguaje del cual ni una sola palabra comprendo.
TOMÁS.
¿Recuerdas la muerte de tu madre?
LORENZO.
(Conmovido.) ¡Qué pregunta, Tomás! No conocí a mi padre: murió cuando yo era muy niño; pero mi madre... ¡Ah, madre mía!
TOMÁS.
¿Recuerdas que, al sentirse de improviso herida de muerte, quiso hablarte y no pudo, y que entonces, arrancándose convulsivamente del cuello un rico medallón, del que jamás se desprendía, lo puso en tus manos, fijando en ti con suprema angustia sus ojos velados ya por la eterna sombra?
LORENZO.
Bien lo recuerdo. Sigue... Sigue...
TOMÁS.
¿Recuerdas, por fin, que al morir tu madre y al perder tú el sentido desapareció el medallón, y que fue acusada de robo?...
LORENZO.
¡Ella!... ¿Es ella?... ¡Juana, mi nodriza!... ¡Mi pobre Juana!
TOMÁS.
Juana es la que a dos pasos de aquí agoniza en una miserable buhardilla; ¡Juana, la que en el triste beso que te traigo implora tu perdón!
LORENZO.
¡Juana!... ¡Mi segunda madre!... ¡La que durante veinticinco años fue, para mí, madre verdadera! Pero ¿qué hablas de perdón? ¿Qué de transigir con el mal? Ni perdonar es transigir, ni de mi perdón ha menester la pobre anciana. ¡Ella..., ella ser capaz...! ¡Imposible!
TOMÁS.
No tan imposible. Cuando la doncella que guardaba las joyas de tu madre dio parte al juez de la pérdida del magnífico medallón de brillantes y se hicieron las primeras investigaciones, Juana negó tenerlo; y, sin embargo, averiguóse que ella lo había arrancado de tus manos al perder tú el sentido, y dos días después fue sorprendida al dejar el medallón tras unos jarrones de porcelana. Redújosela a prisión, fue condenada, en cárcel infamante sufrió la pena de su delito, y sólo tus influencias y tus eficacísimas recomendaciones pudieron devolverle, ya que no la honra perdida, la libertad al menos.
LORENZO.
(Con exaltación.) Y bien; yo digo que Juana acusada, que Juana en el banquillo del reo, que Juana en infamante reclusión, es inocente, y que la justicia humana se equivoca.
TOMÁS.
Las apariencias...
LORENZO.
Engañan no pocas veces.
TOMÁS.
¿Y cómo se explica?
LORENZO.
Alguna explicación tendrá; algún misterio hay aquí, que ignoramos.
TOMÁS.
(A ÁNGELA.) Ya se lanzó a caza de misterios y en busca de explicaciones sobrenaturales por un hecho que, a mi modo de ver, tiene sencilla y natural explicación en la flaqueza humana.
LORENZO.
Pues yo sé que mi pobre nodriza era incapaz de acción tan baja. Yo la hubiera defendido, a no impedírmelo la enfermedad que sufrí a la muerte de mi madre; y cuando, libre ya, la pobre mujer desapareció, lágrimas de verdadero dolor vertí por ella. Dios sabe si con afán la busqué por todas partes; Dios sabe si deseaba que viniese a mí... Y ella... Cruel... ¿Por qué no vino? No, Juana; mi buena Juana, no morirás sin que yo te estreche en mis brazos, sin que te devuelva tu beso de despedida. (Con agitación creciente. Toca un timbre, y aparece un criado de librea.). ¡Hola! ¡El coche!... ¡Al momento! ¡Al momento!... ¡Voy a traerla a mi casa... ahora mismo!... ¿No es cierto, Ángela, que debo traerla? ¿No es cierto, Inés?
ÁNGELA.
En todo caso, es una obra de caridad.
LORENZO.
¡Es una justísima reparación! (Sale un momento por la puerta de la izquierda.)
TOMÁS.
¡Es lo más bueno..., pero lo más cándido! Y creerá como artículo de fe todo lo que esa pobre anciana le cuente. Y él mismo le ayudará a inventar cualquier historia extravagante. ¡Ay Ángela! Tenemos que hacer un escrutinio en esa librería, como aquel donoso y grande que hicieron el cura y el barbero en la del Ingenioso Hidalgo.
ÁNGELA.
¡Ah, si yo pudiera! (Vuelve a entrar DON LORENZO, en traje de calle.)
LORENZO.
(A DON TOMÁS.) Ea, en marcha; tú vienes conmigo, para ayudarme a traerla.
TOMÁS.
Siempre estoy a tus órdenes.
LORENZO.
Pero ¿crees que pueda venir?
TOMÁS.
Muere la infeliz de consunción, y lo mismo puede expirar ella en su buhardilla, que sobre los almohadones de tu coche, que al entrar en este para ella encantado palacio. Posible es, sin embargo, que la reanime la alegría y que gane algunas horas de existencia.
LORENZO.
Pues vamos allá. Adiós, Ángela; adiós, Inés.
INÉS.
(Con mimo.) Adiós... ¿Y luego... verás a la duquesa?...
LORENZO.
Sí, hija mía, iré más tarde. Tú puedes esperar; la pobre anciana, no; ella es primero.
ÁNGELA.
(Aparte, a DON TOMÁS.) ¿Y casándose mi niña, usted me responde que no corre ningún peligro?
TOMÁS.
Los del matrimonio, señora, que no son pocos. (DON TOMÁS y ÁNGELA salen por el fondo hablando en voz baja. Detrás, DON LORENZO e INÉS; ésta le despide en la puerta.)

ESCENA IV

INÉS vuelve al centro del escenario, alegre como una niña, batiendo palmas.

INÉS.
¡Hoy mismo hablará a la duquesa! Me lo ha prometido, y él es muy formal; cumple siempre lo que promete. ¡Pues claro, le hablará! ¡Y mi padre habla tan bien! Vaya; como que es un sabio. La convencerá, de seguro. Pues si un hombre como él no supiera convencer a esa señora de que yo debo casarme con Eduardo, ¿de qué le servía haber estudiado tanto? ¿Para qué tener tantos libros en francés, y en italiano, y en alemán, y hasta en griego? ¡Ciencia más inútil! Pero, ¡ca!, de la duquesa hará lo que él quiera. Además, dicen todos que ella es una santa. ¡Pues no! Como que es la madre de Eduardo. Una santa: lo dicen todos. Pues si siendo santa no me deja casar con Eduardo, ¡buena santidad te dé Dios! ¿Para qué le sirve su santidad? Nada, nada, nos casaremos; digo que nos casaremos. (Breve pausa.) ¡Si parece mentira; si parece un sueño! ¡No, Dios mío: si es un sueño, que no despierte jamás! Pero no es sueño. Este es el despacho de mi padre. Esos son sus librotes. (Acercándose a uno de los estantes.) Newton, Kant, Hegel, Humboldt, Shakespeare, Lagrange, Platón, Santo Tomás... Claro, si fuera un sueño, no me acordaría yo de todos esos nombres. Ni ¿qué sé yo de tan ilustres señores? (Mirando por el balcón.) Cuando repito que no es sueño: allá fuera, la lluvia que cae, y cae, y cae... ¡Qué cosa tan alegre es la lluvia! ¡Parece que el aire se convierte en barritas de cristal! Y allí en el espejo me veo yo. (Se acerca al espejo con mimo y coquetería.) Yo soy, yo misma bien me conozco. Yo, con mi cara ovalada, que dice Eduardo que es ¡de un óvalo tan perfecto!... ¡Vea usted qué gusto tiene! Y con mis ojos pardos, que dice Eduardo ¡que son tan hermosos! No, para mentir diciendo cosas agradables no hay otro como él. Verdad es que en este momento, con la alegría y con el calor de la chimenea, brillan mis ojos de un modo... Yo quisiera ser muy bonita; más bonita todavía..., para él..., para él..., ¡Y no viene!... ¡Cuánto tarda! Ahora que deseo yo que venga, no ha de venir... Ya verá usted cómo no viene. ¡Ah, los hombres, qué egoístas son y qué malos!

ESCENA V

INÉS y EDUARDO.

INÉS.
(Saliendo a su encuentro.) ¡Eduardo..., Eduardo!
EDUARDO.
¡Inés de mi vida!
INÉS.
¡Vaya una hora de venir!
EDUARDO.
(Con tono sumiso.) Siempre vengo a las dos.
INÉS.
Y son las tres.
EDUARDO.
¿Es posible? (Mirando el reloj.) No, vida mía; las dos menos cuarto.
INÉS.
(Con autoridad.) Las tres.
EDUARDO.
(Señalando el reloj.) Las dos menos cuarto. ¿Te convences? (Señalando el reloj de la chimenea.) Y en ése, la misma hora.
INÉS.
(Ofendida.) Bueno, bueno; tú tienes razón. ¡Qué amante tan fino, que regatea los minutos; que a toda hora le parece temprano para venir, y a toda hora tarde para separarse de su Inés; que sujeta los latidos de su corazón al volante de su cronómetro!
EDUARDO.
(Suplicante.) ¡Inés!
INÉS.
Vete... Vete... Si no son las dos todavía... Si faltan quince minutos... Te vas a la Carrera de San Jerónimo, das un paseo mirando a la gente, y a las dos en punto vuelves.
EDUARDO.
Inés.
INÉS.
¡Si ésa es la hora a que acostumbras venir! ¡Pues no faltaba más! ¿Qué diría el Observatorio Astronómico si adelantases?
EDUARDO.
¡Por Dios, perdóname!... He hecho mal.
INÉS.
No; si quien ha obrado muy de ligero he sido yo. El deseo me adelantaba las horas..., y tú, para castigarme, vas, ¿y qué haces? ¡Me pones delante de los ojos un cronómetro de Losada! (Haciendo con la mano el ademán brusco del que mete, como vulgarmente se dice, un objeto por los ojos.) ¡Qué galán tan poético!
EDUARDO.
Confieso mi culpa, y me arrepiento, y te pido mil veces perdón.
INÉS.
Ya. ¿Lo confiesas? Más vale así.
EDUARDO.
Es que venía tan contento, tan contento, con tanta alegría en el alma, que ni supe lo que dije, ni aun ahora mismo sé lo que digo.
INÉS.
Yo también fui injusta al acusarte, Eduardo; pero estaba tan alegre, tan alegre..., deseaba tanto que vinieses..., que los instantes me parecían siglos.
EDUARDO.
Has de saber, alma mía...
INÉS.
(Sin escucharle.) Tengo que darte una gran noticia.
EDUARDO.
(Lo mismo.) Que al fin somos dichosos.
INÉS.
Ya lo creo; dichosos para toda la vida.
EDUARDO.
¡Si parece mentira!
INÉS.
Porque mi padre ha prometido que hoy mismo, hoy mismo, ¿lo comprendes?... Pero ¡si no me escuchas!
EDUARDO.
(Sin atenderla.) Porque mi madre...
INÉS.
¡Tu madre! ¿Qué?...
EDUARDO.
Vendrá dentro de media hora a tratar de nuestro casamiento.
INÉS.
¿Ella?... ¿La duquesa?
EDUARDO.
(Con solemnidad cómica.) La señora duquesa de Almonte tendrá el honor de pedir a los señores de Avendaño esta blanco mano (Cogiendo la mano de INÉS.) para su hijo don Eduardo; aunque Eduardito ya se apoderó de ella, ya la apretó contra su corazón, y no sería fácil que la soltase aunque no se la dieran.
INÉS.
¿Ella..., ella va a venir?... Bien decían todos. ¡Si esa mujer es una santa!
EDUARDO.
Esa mujer es mi madre; me quiere con todo su corazón, y esta mañana me abracé a ella llorando, y llorando en mis brazos, cedió a mi ruego. En mucho tiene los gloriosos hechos de sus antepasados; religioso culto rinde al honor, y prefiriera mi muerte a mi enlace con quien en su nombre llevase la menor mancha; pero aprecia en lo que vale a don Lorenzo, sus glorias científicas, que glorias son también su...
INÉS.
Bueno, bueno; basta ya de historias. De todo ello se deduce que vendrá hoy mismo, que nos casaremos muy pronto y que seremos muy felices, ¿no es verdad? Pues esto es lo que importa; es decir, lo que a mí más me importa; no sé si tú...
EDUARDO.
Ingrata, ¿dudas de mí?
INÉS.
No dudo; pero no es poca dicha que tu madre haya cedido, porque si no... Tú me quieres mucho, ya lo sé... Pero tú... A una madre se le debe respeto... Y si ella te hubiera dicho que no, como buen hijo que eres, ¿no es verdad, Eduardo?, no le hubieras dado un disgusto, y con mucho dolor de tu alma hubieras dejado a esta pobre Inés que te ama...¡No lo oigas, ingrato! ¡Que no lo oiga nadie!- ¡Que te ama tanto, que sin ti..., mira si es locuela..., se hubiera muerto de dolor!
EDUARDO.
¡Inés mía!
INÉS.
Conque ya ves si debo estar agradecida a tu madre, porque no es a ti, es a ella a quien debo mi felicidad.
EDUARDO.
¡Cruel! ¿Sabes tú lo que yo hubiera hecho ante los obstáculos? ¿Lo sabes tú?
INÉS.
Sí; ceder, dejarme.
EDUARDO.
Eso, nunca; por nada, por nadie.
INÉS.
¡Júramelo!
EDUARDO.
¡Te lo juro por lo más sagrado!
INÉS.
¡Cuánta dicha!
EDUARDO.
¡Qué felicidad!

ESCENA VI

INÉS, EDUARDO, JUANA, DON LORENZO y DON TOMÁS. JUANA aparece en la puerta del fondo, sostenida por DON LORENZO y DON TOMÁS, y se para un instante para tomar aliento, y después avanza. Viste traje de color oscuro y muy pobre.

EDUARDO.
(Volviéndose.) ¡Qué grupo tan sombrío! ¿Por qué viene esa negra nube a empañar el azul de nuestro cielo?
INÉS.
Es Juana, la nodriza de mi padre; ya verás qué novela; luego te la contaré.
LORENZO.
Despacio, despacio, Juana.
JUANA.
¿Quién es aquella señorita?.
LORENZO.
Inés, -mi hija. Acércate, Inés. (INÉS se aproxima. EDUARDO la sigue.)
JUANA.
¡Qué hermosa! ¡Un ángel me parece! Que al cerrar yo los ojos para siempre vea un ser como tú a mi lado, y será que estoy en el cielo.
LORENZO.
Otro paso más.
TOMÁS.
Un esfuerzo todavía: el último. (Llegan hasta el sofá, y en él sientan a JUANA, quedando INÉS a su alrededor.)
JUANA.
Quisiera darte un beso. (Señalando a INÉS. INÉS se acerca aún más. JUANA le coge una mano y la trae a sí.) No..., tu mano abrasa y mi aliento hiela...; no he de besarte..., fuera mi beso el beso le la muerte. (La separa dulcemente de sí y le suelta la mano.) Con el pensamiento te besaré...; con las manos, no.
TOMÁS.
(En voz baja, a INÉS y EDUARDO.) Vámonos; la pobre mujer desea hablarle a solas. (A JUANA.) Hasta luego, y buen ánimo; acabaron las penas.
JUANA.
Las de este mundo, sí.
INÉS.
(Deteniéndose un momento para mirarla.) ¡Pobre mujer!
EDUARDO.
Ven, Inés mía. (Salen DON TOMÁS, INÉS y EDUARDO por la derecha.)

ESCENA VII

DON LORENZO y JUANA.

JUANA.
(Después de una pausa.) ¿Se fueron ya?
LORENZO.
Sí, mi querida Juana; ya estamos solos
JUANA.
Al fin..., al fin llegó este momento tan deseado. Todo llega..., pero todo pasa. Oye, Lorenzo: la vida se va..., se va muy aprisa, y antes he de decirte muchas cosas. Lo primero, que soy inocente; que yo... (Acongojándose.)
LORENZO.
Lo sé, Juana; lo sé.
JUANA.
No lo sabes. Todo está contra mí..., todo.
LORENZO.
Por Dios, no te agites; olvida, descansa.
JUANA.
¿Olvidar? Sí, pronto olvidaré. ¿Descansar? Me queda tanto tiempo para descansar, que hoy quiero vivir..., aunque sufra, aunque llore... Quiero llevarme a la fosa lágrimas, y besos, y sollozos..., para llenar aquel silencio y aquella soledad con algo que recuerde la vida. (Pausa.) Y por eso quisiera decirte una cosa. Pero ¿cómo, sin prepararte? ¿Cómo, sin que antes de la revelación venga la duda, y antes de la duda, la sospecha, y antes de la sospecha, el presentimiento, y antes del presentimiento, ese no sé qué, sombra que proyecta en el alma algo que allá a lo lejos viene?... Tú no me comprendes; ni yo sé explicarme, aunque hace cuarenta años que estoy siempre con la misma idea; mira tú si yo debía explicar bien estas cosas.
LORENZO.
Di lo que quieras, poro sin agitarte.
JUANA.
Sí; lo diré. ¿Cómo he de morir yo sin decírtelo? En primer lugar, para que te convenzas de que no fui una miserable... la... dro... na... (Ocultándose el rostro.)
LORENZO.
Calla, calla... No pronuncies esa palabra.
JUANA.
Y además..., porque abrirte mi corazón es el último consuelo que me resta. Perdóname, Lorenzo. ¡Los que van a morir son tan egoístas...! Para ti será dolor horrible... lo que para mí ha de ser suprema dicha.
LORENZO.
¿Cómo puede ser para mí dolor lo que es dicha para ti, mi buena Juana?
JUANA.
¿Cómo puede ser?... Pues lo será; lo será, hijo mío... ¡Hijo mío!... Permíteme que te dé este nombre. No te enfadas, ¿verdad?
LORENZO.
¡Por Dios, Juana!
JUANA.
Bueno... Pues yo te llamaré hijo..., y tú me llamas madre... Llámame madre. Alégrese el cielo o regocíjese el infierno, has de llamarme madre.
LORENZO.
¡Madre mía!
JUANA.
(Arrojándose a DON LORENZO para abrazarle, pero conteniéndose y cayendo en el sofá.) No...; así, no...; no es de ese modo. ¡Cruel!
LORENZO.
¡Pobre mujer! ¡Delira!

ESCENA VIII

JUANA, DON LORENZO e INÉS. INÉS entra corriendo y muy contenta por el fondo y se acerca a su padre. Viene agitada y apenas articula las palabras.

INÉS.
Padre..., padre... La duquesa... viene..., viene... ¿No adivinas?
LORENZO.
¿Ella?
INÉS.
Sí... Para tratar de aquello. Eduardo ha vencido.
LORENZO.
¡Qué felicidad! ¡Inés mía!... Al fin quiso Dios...
INÉS.
¿Estás contento?
LORENZO.
(Abrazándola.) ¿Y tú?
INÉS.
Yo..., si tú lo estás... Conque vamos.... vamos pronto...
JUANA.
(Cogiéndose a DON LORENZO.) No..., no quiero que vayas; no has de dejarme.
LORENZO.
(A INÉS.) Voy al instante.
INÉS.
No tardes... Que no tardes... Si se ofende...
LORENZO.
No temas: que la reciba Ángela allá en él salón... con toda solemnidad. Llevaré a Juana a su cuarto y saldré en seguida. (Sale INÉS por el fondo.)

ESCENA IX

JUANA y DON LORENZO.

LORENZO.
(Queriendo llevarla, pero ella se resiste.) Vamos, Juana; ven a descansar. Luego hablaremos cuanto quieras.
JUANA.
Luego, no. ¿Y si muriese antes?
LORENZO.
(Con impaciencia.) No pienses tal cosa.
JUANA.
Veinte años ha que no te veo, y ahora no me dejan estar contigo ni un solo instante. ¡Son muy crueles!
LORENZO.
(Queriendo levantarla.) Después, mi buena Juana.
JUANA.
¿Y tú también quieres irte?... ¡Tú también! ¡Ah, yo haré que te quedes conmigo!
LORENZO.
¡Juana!
JUANA.
Oye... esto no más; después, vete, sí quieres; yo misma cogí el medallón,
LORENZO.
¿Tú?
JUANA.
Sí.
LORENZO.
¿Para qué?
JUANA.
Para que tú no lo vieras.
LORENZO.
¿Y por qué?
JUANA.
Porque dentro había un papel, y en ese papel, escritas por tu madre, unas palabras, y esas palabras no quería yo que tú las leyeses.
LORENZO.
¿Y qué palabras eran?
JUANA.
Estas; de memoria las sé: «Lorenzo, hijo mío: en el relicario que está a la cabecera de mi cama hay oculto, y en sobre cerrado, un pliego. Cuando yo muera, ábrelo; lee lo que en él, durante una noche de remordimiento, escribí; perdóname, y que Dios te inspire.»
LORENZO.
(Con extrañeza.) ¿«¡Perdóname, y que Dios te inspire!», decía?
JUANA.
Sí.
LORENZO.
(Con creciente curiosidad.) Y, además, he oído no sé qué de remordimiento.
JUANA.
Remordimiento era la palabra. Ahora, vete, si quieres.
LORENZO.
(Pensativo.) No. (Pausa.) ¿Y ese pliego?
JUANA.
Que tu madre lo había escrito, no era un secreto para mí; dónde estaba oculto, he ahí lo que ignoraba. Que algo encerró en el medallón, bien me lo dijo mi tenaz vigilancia; y lo que el papel contenía, bien lo adivinaron mis recelos. Por eso cogí el medallón. Era mi legítima presa: me había costado aquel secreto veinte años de lágrimas y de dolores que ni más amargas ni más intolerables se conciben.
LORENZO.
¡Perdón..., remordimiento..., un secreto..., mi madre!... No adivino lo que quieres decir... Sombras confusas pasan por mi mente... y así como relámpagos de angustia por mi corazón. Tú deliras y me haces delirar.
JUANA.
No.
LORENZO.
Pero aquel pliego oculto en el relicario...
JUANA.
Fue mío, y tú no lo viste, porque no debías verlo. Como tu madre iba a morir, a ella, ¿qué le importaba? Bien te lo dije: nada hay más egoísta que la muerte.
LORENZO.
Pero ¿ese pliego...?
JUANA.
Yo lo tengo...
LORENZO.
¿Aquí?
JUANA.
(Llevando la mano al pecho.) Aquí, aquí; mira, es una hoja no más de papel, y, sin embargo, ¡me pesa tanto sobre el corazón!
LORENZO.
Pues he de verlo.

ESCENA X

JUANA y DON LORENZO; DON TOMÁS, por el foro.

TOMÁS.
¡Lorenzo..., Lorenzo!...
LORENZO.
¿Qué? (En tono brusco e impaciente.) ¿Qué quieres?
TOMÁS.
Ha llegado la duquesa.
LORENZO.
Sea en buena hora.
TOMÁS.
(Aparte.) ¡Qué tono! (En voz alta.) Ven a recibirla.
LORENZO.
Ya iré.
JUANA.
¡No me dejes, por Dios! ¡Por la salvación de tu alma! (En voz baja.) Si supieras...
TOMÁS.
¿Vienes?
LORENZO.
Sí..., pero..., pero no me hostigues... Digo que iré.
JUANA.
No te vayas... y te lo diré todo..., todo. Te daré ese pliego..., el que escribió tu madre hace veinte años...; es su letra...; es su firma...; tú verás..., pero no me dejes.
TOMÁS.
(Cada vez más impaciente.) ¡Vamos, Lorenzo!
LORENZO.
Ya he dicho que iré..., iré luego. Yo sé cuándo debo ir. Ahora, vete. (Aparte, a JUANA.) Dame el pliego.
JUANA.
(Aparte, a DON LORENZO.) Cuando se marche ese hombre.
LORENZO.
(Con violencia.) ¡Vete!
TOMÁS.
Pero la duquesa...
LORENZO.
Que espere. ¿No hace ella esperar en sus antesalas? Pues mejores que las suyas son las mías.
TOMÁS.
¿Estás en tu juicio?
LORENZO.
En el mío, sí; en el tuyo, no, que mal estuviera. Vete pronto.
TOMÁS.
(Acercándose a él con interés.) ¿Qué tienes, Lorenzo?
LORENZO.
Nada, nada...; cansancio de oírte... ¡Déjame, por Dios santo!
TOMÁS.
Bueno, bueno...; pero, Señor, ¿qué le pasa a este hombre?

ESCENA XI

DON LORENZO y JUANA.

LORENZO.
¡Ya estamos solos!
JUANA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
¡Qué! ¿Dudas? ¡Mira que te dejo!... -¡Prometiste darme ese papel! La ventura de mi hija me espera allí, y, sin embargo, una mano de hierro, la férrea mano de la implacable fatalidad, me tiene a tu lado. Considera, Juana, si estoy decidido a averiguar este secreto.
JUANA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
¡El papel!... ¡Pues para mí lo escribió mi madre, es mío!
JUANA.
No te incomodes conmigo, Lorenzo de mi alma. Aquí está... Este es... (Sacándolo del pecho.)
LORENZO.
(Queriendo cogerlo.) Venga...
JUANA.
Espera..., espera...; yo misma he de leerlo... Leeré más despacio que tú..., y de este modo, lo que aquí dice no se te entrará de un golpe por los ojos...
LORENZO.
Pues lee... ¡Veamos!
JUANA.
Sí, Lorenzo mío; pero no me mires; oye no más. (Colocándose de modo que DON LORENZO no vea lo escrito en el papel.) «Lorenzo, hijo mío, perdóname.» (Leyendo.)
LORENZO.
¡Otra vez!
JUANA.
(Sigue leyendo.) «Conozco que se acerca el fin de mi vida, y los remordimientos han hecho presa en mí.» (Pausa.)
LORENZO.
¡Sigue!
JUANA.
«Quisiera decirte la verdad y te amo demasiado para decírtela. Lee en estos renglones, que mancho con mis lágrimas, el secreto de tu existencia, y hágase después tu voluntad.»
LORENZO.
(Queriendo coger el papel.) ¡El secreto de mi existencia! ¡Dame!
JUANA.
No.
LORENZO.
¿Qué pesadilla es ésta, Juana? ¿Qué círculo de hierro has puesto sobre mi frente, que con intolerable presión me oprime las sienes?... Dame...
JUANA.
¡No, por Dios!
LORENZO.
¡Ha de ser! (Cogiendo el papel y leyendo con horrible angustia.) «Tu padre era rico, muy rico; por millones, por muchos millones se contaba su caudal; yo era muy pobre; no tuvimos hijos.» ¡No tuvimos hijos, dice!

ESCENA XII

DON LORENZO, JUANA y ÁNGELA; después, EDUARDO.

ÁNGELA.
(Entrando precipitadamente.) ¡La duquesa!...
LORENZO.
(Da un grito de ira. JUANA le arranca el papel, y lo oculta.) ¡Otra vez! ¡Vete!... ¿A qué vienes?
ÁNGELA.
Lorenzo... Lorenzo...
EDUARDO.
(Entrando precipitadamente.) ¡Don Lorenzo!
LORENZO.
¿Tú también? ¡Idos!... ¡Idos todos!
ÁNGELA.
¿Qué es esto, Dios mío? ¿Qué es esto? ¿Qué tienes, Lorenzo? Vuelve en ti.
LORENZO.
Idos... Idos... Os lo suplico... Si es preciso, de rodillas... Pero dejadme. ¡Ah! ¡El egoísmo humano!... ¡Piensan que no hay más que sus pasiones y sus intereses!... ¡Tomás!... ¡Ángela!... ¡Eduardo!... ¡La duquesa!... ¡Todos!... ¡Ah! ¡La gota de agua sobre el cráneo!
EDUARDO.
Es que mi madre viene...
ÁNGELA.
Es que la duquesa, impaciente de esperar, viene aquí...
EDUARDO.
Dice que quiere buscar al sabio en su antro.
LORENZO.
¡Pues que venga, pero vosotros dejadme! ¡Dejadme... o me volveré loco de desesperación!...
ÁNGELA.
No, imposible (A EDUARDO.); su madre de usted no puede verle en tal estado.
EDUARDO.
Venga usted, Ángela; venga usted. Ganemos tiempo, detengámosla en la galería, y a ver si entre tanto logra Inés calmarle. (Salen ÁNGELA y EDUARDO por el foro.)

ESCENA XIII

DON LORENZO y JUANA.

LORENZO.
¡El papel!... Ese papel funesto, ¿dónde está?... Tú lo tienes.
JUANA.
(Sacando el papel.) Sí.
LORENZO.
Pues dámelo... ¡No tuvimos hijos, decía! (Procurando leer, pero sin conseguirlo.) ¿Dónde está?... ¡No sé! ¡No veo las letras! ¡Una nube me pasa por delante de los ojos! ¡No tuvimos hijos! ¡No puedo!... ¡No puedo!... Lee tu..., por favor... (JUANA toma el papel.) Ahí..., ahí..., donde dice «¡No tuvimos hijos!».
JUANA.
(Leyendo.) «Sabía mi esposo que una enfermedad incurable minaba rápidamente su existencia. El infeliz llevaba la muerte en el corazón. Loco de amor, quiso asegurarme toda su fortuna, y yo... hice mal, ahora lo conozco; hice mal, porque él tenía padre; pero yo..., perdóname, Lorenzo, tú que eres tan bueno y tan honrado: yo acepté.» (Pausa.)
LORENZO.
Sigue..., sigue...
JUANA.
«Buscamos un niño... No puedo, no puedo escribir más. Juana conoce este secreto. Juana te lo dirá todo. Una vez más te ruego que me perdones. Adiós, Lorenzo mío, y que El te inspire. Te he querido como a hijo, aunque no lo has sido nuestro.»
LORENZO.
¡Yo! ¡Yo! ¡Yo no era...! ¿Qué dice?... ¡Yo no era su hijo! ¡Yo llevo un nombre que no es mío! ¡Cuarenta años ha que gozo bienes ajenos! ¡Yo lo he robado todo!... ¡Posición social, apellido, riquezas! ¡Todo! ¡Todo!... ¡Hasta las caricias de mi madre, porque no era mi madre!... ¡Hasta sus besos, porque yo no era su hijo!... ¡No! ¡Esto no es posible!... ¡Yo no soy tan miserable!... ¡Juana..., Juana..., por Dios vivo, que me digas la verdad! Mira: ya no es por mí; sea de mí lo que Dios quiera; es por mi familia..., por esas desdichadas mujeres..., es por mi hija..., por mi Inés de mi vida..., que se morirá..., y ¡yo no quiero que se muera! (Llorando, con desesperación.)
JUANA.
Es verdad, sí; pero calla... ¿Qué importa, si nadie lo sabe?
LORENZO.
Pero ¿es verdad?
JUANA.
(En voz baja.) Lo es.
LORENZO.
¡Pues parece mentira! ¿Aquella mujer que tanto me amaba no era mi madre?
JUANA.
No. ¡Tu madre te amaba más!
LORENZO.
Pues ¿quién era?
JUANA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
¿Cómo se llama?
JUANA.
Mírame sin cólera y te lo diré.
LORENZO.
¿Dónde está?
JUANA.
¡Luchando con las torturas de un infierno!
LORENZO.
¿Murió también?
JUANA.
¡Muriendo está! (En la última parte de este diálogo, JUANA se levanta, y ella y DON LORENZO forman un grupo agitado, ardiente, delirante. Al pronunciar ella la última frase, cae de nuevo y sin fuerzas en el sofá.)
LORENZO.
¡Juana!
JUANA.
(Retorciéndose de angustia.) ¡No; ese nombre, no!
LORENZO.
¡Madre!
JUANA.
¡Sí..., ese nombre, sí; hijo mío! (Se levanta de nuevo por arranque supremo y se abraza a DON LORENZO.)

ESCENA XIV

DICHOS y DON TOMÁS.

TOMÁS.
Ya está ahí..., ya llega...
JUANA.
(Desprendiéndose de los brazos de DON LORENZO.) Déjame..., vienen..., vienen..., que no me vean...
LORENZO.
¡No..., espera, yo no sé qué voy a decirte..., pero tengo que decirte muchas cosas!...
JUANA.
Luego. Adiós... ¡Ya puedo morir! ¡Le llamé hijo! (JUANA se dirige lentamente a la puerta de la derecha. DON LORENZO la sigue. DON TOMÁS, en observación, en el fondo.)
LORENZO.
No; todavía, no... (JUANA desaparece tras los cortinajes. DON LORENZO quiere entrar. DON TOMÁS acude desde el fondo y le detiene a la fuerza, cerrándole el paso y obligándole a retroceder. La actitud de DON LORENZO en esta escena y en la siguiente queda encomendada al talento y a la inspiración del actor.)

ESCENA XV

DON LORENZO, ÁNGELA, INÉS, la DUQUESA, EDUARDO y DON TOMÁS. Los nuevos personajes vienen por el foro.

DUQUESA.
(Con exquisita cortesía.) ¿El señor de Avendaño? (Pausa.)
LORENZO.
(Con voz triste y sombría y con cierta distracción.) ¡Avendaño! ¡Avendaño!... No sé dónde está, señora.
ÁNGELA.
(Aparte.) ¿Qué dice?
INÉS.
Pero ¿qué es esto, Dios mío?
DUQUESA.
Comprendo, señor Avendaño, el disgusto que mi presencia le causa... Vengo a arrebatarle la prenda más querida de su alma (Señalando a INÉS.), y no extraño, en verdad, que me trate usted como a enemiga. (Con dulzura.)
LORENZO.
¡Enemiga mía es la suerte: nadie más!
INÉS.
(Aparte.) Pero ¿qué es esto, Dios mío?
DUQUESA.
Tiene usted razón; encarnizada enemiga es de los padres.
LORENZO.
Y más aún de los hijos.
DUQUESA.
No lo niego; pero, en fin, leyes divinas son éstas que gobiernan los dolores humanos, y fuerza es respetarlas. (Procurando dar otro giro a la conversación, pero sin conseguir dominar su extrañeza.)
LORENZO.
¡Ay señora, que esas leyes divinas son más crueles a veces que si fueran obra de la crueldad humana! (La DUQUESA hace un vivo movimiento de impaciencia; EDUARDO se acerca a ella; INÉS, a su padre; ÁNGELA y DON TOMÁS observan con asombro.)
INÉS.
(Aparte, a DON LORENZO.) ¡Por Dios, padre!
EDUARDO.
(Aparte, a la DUQUESA.) ¡Madre, madre, por mí!
DUQUESA.
(Con altivez y entonación un poco seca.) Soy madre, adoro a mi hijo, sé que su felicidad es imposible si no la comparte con esta señorita, y a perder un hijo prefiero tener dos.
INÉS.
(Aparte, a DON LORENZO.) ¿Ves qué buena, padre mío?
LORENZO.
¡Perder un hijo es horrible desdicha!
DUQUESA.
(Con dulzura y adelantándose hasta DON LORENZO.) ¿Quiere usted dar al mío el nombre de hijo también?
INÉS.
(Con angustia y en voz baja.) Contesta, padre.
LORENZO.
(Se queda mirando a su hija, le coge la cabeza entre las manos y de nuevo la contempla con pasión.) ¡Qué hermosa eres! ¡Imposible parece que tú no puedas más que la ley del honor!
DUQUESA.
(Sin poder ya dominarse.) En suma, señor de Avendaño, ¿quiere usted que mi hijo, el duque de Almonte, dé su nombre a la señorita Inés?
LORENZO.
(Con sublime violencia.) ¡Si yo fuera un infame, buena ocasión para dar nombre ajeno a quien no lo tiene propio!
INÉS.
¡Padre! ÁNGELA y TOMÁS. (Al mismo tiempo.) ¡Lorenzo!
DUQUESA.
He de confesar lealmente que ni comprendo las contestaciones de usted ni su actitud, que es muy otra de lo que yo esperaba, y me limito a preguntarle por última vez: ¿acepta usted?
LORENZO.
Yo soy un hombre honrado: la desgracia podrá vencerme, no mancharme. Señora duquesa de Almonte, ese matrimonio es imposible.
DUQUESA.
(Sintiéndose herida y retrocediendo un paso.) ¡Ah!
INÉS.
¿Qué dices?... ¡Padre!... ¡Imposible!
LORENZO.
¡Imposible, sí!... Porque no soy Avendaño; porque mis padres no eran mis padres; porque esta casa no es mi casa; porque no puedo darte, hija de mi alma, más que un nombre escarnecido y manchado; porque soy el más infeliz de los hombres y no quiero ser el más miserable.
INÉS.
¡Padre, padre! ¿Por qué me matas? (Cae en el sillón.)
ÁNGELA.
¿Qué has hecho, insensato?
LORENZO.
¡Inés!... ¡Inés... ¡Venciste, Dios mío; pero ten compasión de mí! (Todos rodean a INÉS.)

TELÓN
Acto segundo

La misma decoración del acto anterior. Es de noche. La chimenea está encendida; una vela con pantalla sobre la mesa de despacho.

ESCENA I

EDUARDO aparece escuchando a la puerta de la derecha; después viene al centro.

EDUARDO.
Nada se oye. ¿Habrá vuelto en sí? ¡Oh Dios mío, y en esta vida, qué cerca de la vida está la muerte! (Pausa.) ¡Y piensan que he de renunciar a mi adorada Inés! ¡Suponen que yo he de dar crédito a esa ridícula historia que don Lorenzo refiere! ¡Pobre sabio! ¿Qué sabe él lo que se dice? (Breve pausa.) Y aun siendo cierto lo que afirma, ¿dejaría de ser la más hermosa y la más amante de las mujeres? Será mía, aunque tenga que arrastrarme a los pies de mi madre y regarlos de lágrimas; cederá don Lorenzo, aunque tengamos que ponerle una mordaza y una camisa de fuerza; y esa pobre mendiga, que con sus delirios contagió al desalentado filósofo, se irá de aquí, se irá lejos, muy lejos de nosotros. ¡Con tal que Inés resista el golpe que recibió de su padre! (Acercándose otra vez a la puerta y escuchando.) Nada..., nada..., silencio; siempre el mismo silencio. (Volviendo al centro del escenario.) Su padre... ¡Ah, su padre! Dios me perdone, pero casi le aborrezco. (Exaltándose por grados.) ¡Insensato, y cómo se complacía en torturarla! ¡Su padre, sabio sin seso, ateo con pujos de santidad, nuevo don Quijote con el ingenio de menos y la pedantería de más, falso caballero Bayardo de la honradez! ¿Qué padre es ése que, desgarrando el corazón de una hija, pretende ganar reputación de virtud? ¡Fuera la virtud así y me pareciera más simpático el crimen! Nadie viene... y pasan las horas... Alguien se acerca.

ESCENA II

EDUARDO y la DUQUESA, por la derecha.

EDUARDO.
Madre mía... Inés, ¿cómo está?... ¿Ha vuelto Inés en sí?
DUQUESA.
Al fin, a Dios gracias. ¡Pobre niña! No he querido marcharme hasta que pasara el peligro; pero ya está bien. Y ahora, hijo mío...
EDUARDO.
Ahora he de verla.
DUQUESA.
¡Eduardo!
EDUARDO.
Y después hemos de hablar con don Lorenzo; y después...
DUQUESA.
Y después has de concluir con mi paciencia. He hecho por ti cuanto el decoro, la dignidad y los respetos sociales me han permitido, y algo más; pero ha llegado el instante de que te muestres hombre, de que recuerdes quién eres, y de que escuches la voz del deber.
EDUARDO.
Bien dices: haré lo que hacer deba; pero no sé, y perdóname, madre mía, si entendemos el dolor del mismo modo.
DUQUESA.
Debes renunciar a Inés para siempre.
EDUARDO.
¿Por qué? ¿Porque es pobre?
DUQUESA.
No es eso.
EDUARDO.
Entonces, ¿por qué, madre mía? ¿Porque don Lorenzo intenta tan sublime acción, que si la realiza, ha de eternizar su nombre en libros y en historias, y hasta quién sabe si alcanzara puesto en el calendario?
DUQUESA.
Buen humor gastas, y no es ésta mala señal.
EDUARDO.
Quiero probarte que conservo mi sangre fría. Y por lo demás, a don Lorenzo hay que tomarlo en broma, o hay que encerrarlo en una casa de orates.
DUQUESA.
No digas esas cosas, Eduardo; no me gusta que hables de ese modo. Aunque hay algo de exagerado, no poca precipitación y cierto alarde melodramático en los proyectos de don Lorenzo, no puede desconocerse que su conducta es la de un hombre de bien.
EDUARDO.
¿Por qué se goza de la desventura de su hija?
DUQUESA.
Porque cumple leyes humanas, sin respeto a pasiones humanas.
EDUARDO.
Pues si tan honrado es don Lorenzo, y el brillo de acciones nobles se hereda, rico en nobleza heredada viene a ser el ángel de mi vida.
DUQUESA.
Y rico en heredada deshonra también. (En voz baja, con energía y acercándose a su hijo.) Inés no tiene un nombre bueno o malo que llevar, porque se ignora cuál es el de su padre, y el de esa mujer está en los infamantes registros de una casa de corrección por delito de robo.
EDUARDO.
¡Calla!
DUQUESA.
Ser nieta de una humilde nodriza, cómplice de usurpación de estado civil, es el bello ideal de esa pobre niña, si lo que don Lorenzo afirma es cierto. Será tal vez exceso de orgullo aristocrático rehusar tan noble alianza; pero así me han hecho las que tú, educado a la moderna, consideras rancias preocupaciones.
EDUARDO.
Pues bien, madre, yo amo a Inés.
DUQUESA.
Loco estás, hijo mío.
EDUARDO.
Locura dicen que es el amor; conque no es maravilla que lo esté.
DUQUESA.
Sí, lo estás, y a mí misma me haces perder el juicio.
EDUARDO.
¿Prefieres perderme a mí?
DUQUESA.
Basta, Eduardo; salgamos de esta casa, donde en mal hora entraste por vez primera.
EDUARDO.
Pero dime: ¿no es Inés un ángel?
DUQUESA.
Ángel del cielo me pareció la pobre niña al llegar; ángel de dolor al dejarla.
EDUARDO.
¿No confiesan todos que don Lorenzo es un sabio, y no dices tú que es un santo?
DUQUESA.
Injusticia sería negarle clarísimo talento y honradez intachable.
EDUARDO.
¿Luego no está el mal en ellos?
DUQUESA.
No lo está.
EDUARDO.
Pues el escándalo, ¿no puede evitarse? (Acercándose a su madre, y en voz baja.) ¿Quién conoce esa desdichada historia, verdadera o falsa, que más falsa que verdadera me parece? Nosotros, y callaremos. Don Tomás, y es como de la familia. Esa infeliz mujer, y en breves horas un eterno silencio sellará sus labios. Don Lorenzo, al fin es padre, y hará por su hija lo que tú no quieres hacer por mí. ¡Oh madre mía! ¿A qué buscar la desesperación y la muerte cuando está la dicha en nuestras manos?
DUQUESA.
Pero ¿lo ves, desdichado? ¿Ves cómo el contacto del crimen pervierte los más nobles caracteres? ¿No conoces que me Propones una infamia, que me quieres hacer cómplice de una felonía? Dios mío, ¿qué han hecho de mi hijo, que tales cosas dice y tales ideas acaricia?
EDUARDO.
Pero ¿quién habla de infamias, ni quién propone felonías? ¿Es que don Lorenzo nos hace a todos perder la razón, o es que te deleita mi martirio?
DUQUESA.
Pero ¿no hablabas de evitar el escándalo con el silencio?
EDUARDO.
Sí.
DUQUESA.
¿Pues entonces...?
EDUARDO.
Escucha, madre, lo que yo dije o lo que quería decir. Si la historia de don Lorenzo es cierta, que lo dudo, se busca con sigilo y con cautela a los legítimos herederos de esa maldecida fortuna, y de ella se les hace donación en cualquier forma.
DUQUESA.
Pero ¿con qué pretexto?
EDUARDO.
Para pedir, no fuera fácil encontrarlo; para dar, no temas que nos falten, y todos han de parecer igualmente buenos al que reciba.
DUQUESA.
Pero Inés llevará un nombre que no le pertenece.
EDUARDO.
Llevará el mío, que vale por todos.
DUQUESA.
¡Ah, en eso tienes razón! Pero don Lorenzo...
EDUARDO.
Déjale en paz, que harto tiene que hacer con sus filosofías. Pensemos en nosotros, y piensa que todo, todo puede arreglarse, si tú consientes. Una palabra tuya da la vida a la pobre Inés; nueva vida me da, que con tu crueldad me arrancabas la que me diste con tu amor; devuelve la dicha a esta infeliz familia, y sin escándalo, ni ostentación, ni aparatoso alarde, pasan a sus legítimos dueños las usurpadas riquezas. ¿Dónde están aquí la infamia y la felonía?
DUQUESA.
Me fascinas, Eduardo; no sé qué decirte; pero una voz interior me advierte que esto no es lo justo ni lo recto; que la ficción nunca es preferible a la verdad; que en don Lorenzo, a pesar de sus delirios, triunfa el deber; que en ti, a pesar de tus argucias, la pasión triunfa.
EDUARDO.
Pero ¿por qué? Contéstame.
DUQUESA.
No sé discutir contigo, Eduardo.
EDUARDO.
Lo que no sabes es quererme.
DUQUESA.
¡Que no te quiero! ¡Cruel! ¡No lo crees tú al decirlo, pero el corazón se me oprime al escucharlo!
EDUARDO.
Pues cede.
DUQUESA.
¡Hijo mío, por Dios!
EDUARDO.
Vas a ceder, bien lo veo; tu frente está pálida; en tus ojos hay lágrimas; tiemblan tus labios. (Con voz cariñosa.) Es que ya se agitan para decirme que sí; ¿y por qué no? En lo que yo he pensado, ¿hay alguna cosa que no armonice por manera absoluta con ese ideal de perfección moral que tú y don Lorenzo acariciáis? ¿Hay en mi plan algo malo?
DUQUESA.
Sí, Eduardo.
EDUARDO.
¡Será tan poco! ¡Un átomo, una sombra, un escrúpulo! ¿Y no merezco yo la pena de un pecadillo venial? Busca en el pueblo a quien a veces tratas con harto desdén, y del que te separa como abismo profundo tu aristocrática educación; busca una madre y pregúntale si por la vida de su hijo no ahogaría en un grito de amor todos esos refinamientos de conciencia.
DUQUESA.
(Con apasionado arranque.) Es que lo que otra madre haga, soy yo capaz de hacerlo.
EDUARDO.
(Abrazándola.) ¡Gracias, gracias, madre mía!
DUQUESA.
Pero...
EDUARDO.
Lo has dicho, lo has dicho. (Sin dejarla hablar.) Y, además, tal vez nada de esto sea necesario. ¿Quién nos asegura que la historia de don Lorenzo es cierta? ¿Qué pruebas materiales hay? Ninguna, que sepamos. El dicho de una mujer que agoniza y delira. ¿Y esto basta?
DUQUESA.
No, en verdad.
EDUARDO.
Pues ni aun eso tenemos, porque todavía don Tomás no ha podido interrogar a Juana. ¿Sabemos si ella lo dijo, o si don Lorenzo lo soñó? ¡Ah, la cabeza de don Lorenzo no está segura!
DUQUESA.
No lo está, no.
EDUARDO.
¡Qué exaltación, qué extravío!
DUQUESA.
Yo pensé que se había vuelto loco.
EDUARDO.
Y lo estará. Estos sabios concluyen por locos todos ellos. El mismo don Tomás reconoce, la misma Ángela confiesa, que don Lorenzo no discurre como otros hombres.

ESCENA III

DICHOS y ÁNGELA, por la derecha.

ÁNGELA.
¡Por Dios, señora, no nos deje usted todavía! Inés quiere verla; la llama a usted, anegada en llanto; usted es su único consuelo.
DUQUESA.
¡Pobre niña!
ÁNGELA.
Dejó el lecho sin que pudiéramos evitarlo, porque su agitación nerviosa es tal, que infunde miedo, y quiso venir a buscar a usted, pero le faltaron las fuerzas. Vaya usted, por Dios, duquesa, a consolar a mi hija; a usted, que es madre cariñosa, otra madre muy desgraciada se lo ruega.
EDUARDO.
Y le vas a decir que todavía hay esperanza, que todo depende de don Lorenzo, ¿no es verdad?
ÁNGELA.
¡Cómo! ¿Será cierto? ¡Ah, señora! (Se acerca a la DUQUESA y le coge las manos con efusión.)
EDUARDO.
Sí, yo le explicaré a usted... (A ÁNGELA.) Conviene que hable usted al alma a su esposo.
DUQUESA.
Pero... (EDUARDO, sin atender a su madre, se separa a un lado con ÁNGELA, y los dos hablan en voz baja. Aparte.)¡Este Eduardo, este hijo mío, hace de mí cuanto quiere! ¿Qué le digo yo a la buena señora, si él asegura que yo estoy conforme?... ¡Ah, qué cabeza!... Y la niña es hermosa como un ángel, y simpática como ninguna. ¡Pobre Inés! Y don Lorenzo posee... o poseía, una fortuna regia... ¡Ah, grandezas y vanidades humanas!
ÁNGELA.
Comprendo... Comprendo. (A EDUARDO. Después se vuelve a la DUQUESA.) ¡Cómo le agradezco a usted tanta bondad! Lleve usted pronto la buena nueva a mi pobre Inés; yo, entre tanto, procuraré que Lorenzo consienta, y consentirá. Sí; es preciso. O no tiene corazón, o ha de consentir.
EDUARDO.
Vamos, madre.
DUQUESA.
(A parte.) ¡Cómo ha de ser!
EDUARDO.
¡Qué buena eres! (Salen por la derecha la DUQUESA y EDUARDO.)

ESCENA IV

ÁNGELA y DON LORENZO; este último, por la izquierda.

LORENZO.
Ahí mi madre que expira... Y allá aquel pedazo de mi alma... ¿Qué hacer, Dios mío? (Se dirige lentamente a la puerta de la derecha; pero en el momento de entrar, ÁNGELA le cierra el paso.)
ÁNGELA.
¿Adónde vas, Lorenzo?
LORENZO.
A ver a mi hija.
ÁNGELA.
Imposible... Ya volvió en sí, y tu presencia pudiera causarle mucho mal, tanto, por lo menos, como el que tus palabras le causaron.
LORENZO.
Es que yo quiero verla.
ÁNGELA.
Es que no debes verla; y ya que en ti el deber siempre impera, no por mi voluntad, que nada es ante la tuya, por tu propia y reflexiva voluntad (Con ironía.) respetarás el solitario llanto de la pobre Inés.
LORENZO.
Tienes razón. (Pausa. Vienen los dos al centro del escenario.) ¡Hija de mi alma! ¿Qué dice de mí?
ÁNGELA.
Nada.
LORENZO.
¿No me acusa?
ÁNGELA.
No sé lo que en el fondo de su alma murmurará el dolor.
LORENZO.
¡Ser yo su verdugo! ¡Yo destruir todas sus esperanzas! ¡Haber desgarrado yo su corazón!
ÁNGELA.
Conciencia perfecta tienes de tu obra, Lorenzo. Menos mal, si a la reparación te ayuda el remordimiento.
LORENZO.
¡Desdichado de mí!
ÁNGELA.
(Con ironía.) ¡Tú, desdichado! La desdichada es ella, no tú, que en la contemplación de tus perfecciones morales y altas virtudes encontrarás de seguro goces inefables y divinos consuelos.
LORENZO.
¡Qué mal me juzgas y qué mal me comprendes!
ÁNGELA.
(Con sarcasmo.) ¡Juzgarte mal, y admiro humildemente los frutos de tu santidad! ¡No comprenderte! En esto sí que dices bien; que seres superiores como tú no están al alcance de pobres inteligencias, como la mía.
LORENZO.
Tus palabras, Ángela, se me clavan como agudos puñales en el corazón.
ÁNGELA.
¿En el corazón? ¡Imposible!
LORENZO.
Pero ¿qué querías que hiciese? Habla, aconseja, resuelve, da luz a mi espíritu, que en tinieblas se agita.
ÁNGELA.
¿Qué querías que hicieses? Lo que ahora quiero. Que salves la vida de tu hija. Que no pongas más obstáculos a su boda. Que no irrites el orgullo de la duquesa con brutales e inútiles revelaciones. Que no hagas imposible con nuevo escándalo el remedio del daño que causaste.
LORENZO.
En puridad, tú quieres que calle.
ÁNGELA.
Sí, que calles.
LORENZO.
Pero eso sería infame.
ÁNGELA.
No lo sé; siento, no discuto.
LORENZO.
Es que todo mi ser se subleva ante esta idea, ¡Yo, cómplice, del más repugnante de los delitos, porque es el más cobarde! ¡Yo, gozando riquezas usurpadas y nombre postizos, y dichas que no son nuestras, porque Dios no quiso que lo fuesen, y pues El no lo quiso, no deben serlo! ¡Inés, y tú, y yo, y todos, encharcados en el fango! ¿Es esto lo que me aconsejas? (Exaltándose por grados.) Entonces, la virtud es una mentira; entonces, vosotras, los seres que yo más amé en el mundo, porque en vosotras veía algo divino, sois, miserables egoístas, repulsivas al sacrificio, presas de la codicia, juguetes de la pasión; entonces... ¡Sois tierra y no más que tierra! ¡Pues si sois tierra, deshaceos en polvo, y arrástrenos a todos el viento de la tempestad! (Con extrema violencia.)
ÁNGELA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
¡Seres sin conciencia y sin albedrío son átomos que hoy se juntan y que mañana se separan! ¡Allá va la materia, dejadla ir!
ÁNGELA.
¡Tú deliras, Lorenzo! ¡Yo no te comprendo! ¡Yo no sé lo que quieres!
LORENZO.
Respetar la justicia y la verdad.
ÁNGELA.
¿La verdad?
LORENZO.
Sí.
ÁNGELA.
¿Y la dirás en voz alta a todo el mundo?
LORENZO.
La diré.
ÁNGELA.
¿Y nos dejarás en la miseria?
LORENZO.
Ganaré vuestro sustento y el mío con mi trabajo.
ÁNGELA.
¿Ganar tú? ¡Vanidad de sabio! Pero sea. Oye. Lorenzo. Si esas riquezas no son tuyas, devuélvelas enhorabuena. (LORENZO da un grito de alegría y se acerca con los brazos abiertos a ÁNGELA.) Ni las privaciones me asustan, ni soy la mujer miserable y egoísta que tú pintabas ha poco.
LORENZO.
Ángela, mi buena Ángela, perdóname.
ÁNGELA.
¿Quieres mi perdón? ¿Quieres que siga bendiciendo, como siempre bendije, la hora en que fui tu esposa?
LORENZO.
Sí.
ÁNGELA.
Pues bien: cumple como hombre honrado; pero en silencio, con prudencia, sin ruido, sin ostentación, sin escándalo.
LORENZO.
¿Y para qué? Si no querrá la duquesa, ni aun de ese modo, que Eduardo sea el esposo de mi hija.
ÁNGELA.
Eduardo responde del consentimiento de su madre.
LORENZO.
No cederá.
ÁNGELA.
Cederá: es mujer; es madre. No todos alcanzan tu perfección.
LORENZO.
No lo creo.
ÁNGELA.
¿Es que no lo crees, o es que lo temes?
LORENZO.
Mas suponiendo que cediese, ¿cómo he de conservar un nombre que no es mío?
ÁNGELA.
¡Ah, miserables sutilezas a las que sacrificas la vida de Inés!
LORENZO.
Un nombre, Ángela, es en la vida social...
ÁNGELA.
Un nombre es un sonido, aire que se agita, algo que pasa; ¡vanidad humana! Y una hija es un ser que está hecho de nuestra propia carne y de la sangre de nuestras propias venas; un ser que al brotar de la nada recogimos en nuestro seno, y que al venir al mundo recibimos en nuestros brazos; que nos dio su primera sonrisa, y su primer beso, y su primer llanto; que vivió de nuestra vida, y fue a la par nuestro placer más puro y nuestro más agudo dolor; un ser a quien amamos más que a nosotros mismos, pero sin la levadura egoísta que afea todos nuestros demás amores; único amor divino que existe en la tierra, y que si el cielo es cielo, allá, tras lo azul, y en el mismo Dios, existirá también. Escoge ahora, ¡impío!, entre lo que tú llamas un nombre y lo que yo llamo una hija.
LORENZO.
Tus palabras me enloquecen, Ángela.
ÁNGELA.
Pues enloqueciste para tormento de Inés, ¿qué mucho que enloquezcas para su dicha?
LORENZO.
Ángela..., Ángela..., en parte..., sí..., tienes razón..., soy un pobre demente..., mis escrúpulos son quizá exagerados. ¡Mi hija, mi Inés, tan buena, tan hermosa! ¡Y moriría..., sí..., moriría!
ÁNGELA.
¡Al fin!... ¡Lorenzo, mi buen Lorenzo!
LORENZO.
Pero aguarda..., no..., mis ideas se confunden..., ¡un torbellino de fuego gira dentro de mi cráneo! Sin embargo, aun así comprendo que no basta renunciar a los bienes que poseo; es preciso que diga por qué renuncio a ellos.
ÁNGELA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
(Sin escucharla, como hablando consigo mismo.) De otro modo, devuelvo materialmente bienes también materiales, es verdad; pero sin reconocer el legítimo derecho de las personas a quienes he despojado; restituyo, pues, traidora y cobardemente, y a la sombra de otro derecho artificioso y vano, que para comodidad mía y beneficio de mi familia yo forjé con malas artes, lo que debo restituir en toda su integridad.
ÁNGELA.
¡Cuántas palabras altisonantes, Lorenzo!
LORENZO.
(Sin atenderla.) Al conservar un nombre que no es mío, soy un miserable ladrón; es preciso decirlo, por más que la palabra me queme los labios. Robo un nombre y un derecho; privo a mis víctimas de «sus más poderosos medios, de defensa contra la codicia que en cualquier tiempo pueda despertarse en mis sucesores, y doy quizá ocasión en lo futuro a nuevas iniquidades. ¿Lo ves?... ¿Lo ves, mujer ciega? Hay que decir la verdad, toda la verdad, en voz alta, suceda lo que quiera.
ÁNGELA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
Un juez, un tribunal, ¿me despojaría por su sentencia sólo de mis bienes, o de mis bienes y de mi nombre a la vez? De todo, de todo, ¿no es verdad? Pues lo que un juez hiciera debo hacerlo yo, juez de mí mismo, o soy un miserable. Ahí tienes, ahí tienes, desdichada, lo que me grita la conciencia. No, yo no quiero ser honrado a medias, porque todo aquello en que no sea enteramente honrado, seré infame por entero. ¡Ah!, estas cosas son muy claras; nada más claro que el deber.
ÁNGELA.
Pero entonces, siendo el hecho público, la duquesa no consentirá.
LORENZO.
No consentirá: ya te lo decía yo.
ÁNGELA.
¡Ah Lorenzo, Lorenzo; lo eres todo: filósofo, moralista, jurisconsulto y, por de contado, hombre de bien! ¡Todo todo..., miserable máquina de pensar, todo, menos padre!
LORENZO.
Quieres volverme loco, y has de conseguirlo.
ÁNGELA.
Ya no es posible.
LORENZO.
¿Lo estoy?
ÁNGELA.
Lo estás, y cuenta que no has llegado a lo más profundo del abismo. Óyeme, que yo también entiendo algo en esto de lógica: al fin, soy tu mujer. ¿Vas a decir la verdad, toda la verdad?
LORENZO.
Toda.
ÁNGELA.
¿A la justicia humana?
LORENZO.
A la justicia divina, inútil me parece, que ya en este momento nos está juzgando a los dos.
ÁNGELA.
Compréndeme, Lorenzo. Quiero decir si repetirás todo lo que nos contabas ha poco al juez, al escribano, ¡qué sé yo!, a los que han de recoger estos bienes que tú abandonas y han de entregarlos a sus dueños.
LORENZO.
Sí, a esos.
ÁNGELA.
¿Y referirás toda la historia?
LORENZO.
Preciso será.
ÁNGELA.
Pues atiende. Tendrás qué decir que esa mujer, tu nodriza Juana, es tu madre.
LORENZO.
De ese modo lavaré la mancha que sobre ella arrojó una sentencia inicua. Bastará esto sólo para que el silencio que me aconsejas fuera un crimen.
ÁNGELA.
Y esto solo basta para que sea un deber el silencio. ¿No ves, desdichado, que, si Juana es inocente del delito que se le imputó, es reo de un delito mayor? ¡Usurpación de estado civil se llama! Bien lo sabes. ¡Falsificar la familia, que es escarnecerla y destruirla; arrancar un inmenso caudal a sus legítimos dueños, que es algo más que recoger del suelo un medallón; cubrir un nacimiento ¡legítimo con un nombre honrado, que es envolver en manto de armiño la podredumbre del vicio! Si Juana es tu madre, todo esto ha hecho Juana, y en su maldad ha persistido durante cuarenta años.
LORENZO.
(Separándose de ÁNGELA y oprimiéndose la cabeza con las manos.) ¡Calla, calla, por Dios santo!
ÁNGELA.
Eso te pido yo: ¡calla!
LORENZO.
¡Es mi madre!
ÁNGELA.
¿Y qué importa? Quien, inmola a la hija inocente, ¿por qué ha de respetar a la madre culpable? ¿No son superiores las leyes divinas a las leyes humanas? ¿No es lo primero la justicia, el deber, la verdad? ¿No han de prevalecer los fueros del alma sobre las flaquezas de la carne?
LORENZO.
(Huyendo de ÁNGELA.) Tienes razón; pero aun teniéndola, deliras.
ÁNGELA.
¿Por qué? Mira que vas siendo tan vulgar y tan débil como esta pobre madre. ¿No exige el deber que dejes morir a tu hija? Pues muera. ¿No exige que tú mismo arrastres a Juana moribunda al calabozo? Pues allá con la anciana. Ya ves cómo yo tengo también mi lógica.
LORENZO.
¡Lógica del infierno!
ÁNGELA.
Y la tuya, ¿de qué sublime esfera descendió?
LORENZO.
(Huyendo de ÁNGELA.) Déjame..., déjame..., no puedo más. ¡Inés de mi alma! ¡Madre mía!... ¿Qué mal te hice, Ángela, para que así me atormentes? (Viene a caer, ya sin fuerzas, en el sitio inmediato a la mesa.) ¡Ah, mi cabeza, mi cabeza arde!
ÁNGELA.
(Con dulzura.) ¡Lorenzo!... ¡Lorenzo!...
LORENZO.
Sí, tienes razón..., sí; soy un pobre demente. ¡Qué sé yo lo que debo hacer! ¡Todo es sombra! ¿Qué es la verdad? ¿Qué es la mentira?
ÁNGELA.
(Aparte.) Fui muy cruel, pero salvé a mi hija: no hablará. (DON LORENZO está sentado, desplomado más bien en el sillón; tiene los brazos sobre la mesa, y en las manos oculta el rostro. ÁNGELA se acerca a él con cariño y le habla con dulzura.) ¡Lorenzo, perdóname!
LORENZO.
¡Vete, vete, por Dios!
ÁNGELA.
Quise mostrarte el abismo en que caías; quise salvar a Inés; quise salvarte a ti de tus propios furores.
LORENZO.
Sí, sí, Ángela, lo comprendo..., pero déjame.
ÁNGELA.
¿Me perdonas?
LORENZO.
Te perdono, y te amo. ¡Pobre Ángela, tú también padeces! ¡Pero deseo estar solo!
ÁNGELA.
Pues bien, me voy; pero no te aflijas; ya buscaremos camino de salvación. Diré a Inés que quieres verla. ¿No deseas estrecharla contra tu pecho?
LORENZO.
(Con tono sumiso.) Si ella quiere...
ÁNGELA.
Pues espérame aquí, vendré a llamarte, y allá, cerca de nuestra pobre niña, todos reunidos, animados del mismo deseo, aunando nuestras voluntades, tú has de ver cómo vencemos la fatalidad que nos abruma.
LORENZO.
La venceremos..., sí, la venceremos... (Repitiendo lo que oye, sin saber lo que dice.)
ÁNGELA.
Adiós..., y no me guardes rencor.
LORENZO.
¡Rencor! ¡A ti!
ÁNGELA.
¡Adiós!

ESCENA V

DON LORENZO, sentado a la mesa y con aire de profundo aburrimiento. La chimenea arde con luz rojiza; la habitación aparece envuelta en grandes sombras, que se condensan fantásticamente en los cortinajes.

Larga pausa.

LORENZO.
Y estoy solo. ¡Cuántas sombras por todas partes! ¡Qué poco brilla la luz! Mejor; crezcan las tinieblas: ¡a mí la oscuridad! En ella es donde se nos aparece más luminosa la conciencia. Quiero el bien, pero no sé dónde está; mi voluntad es fuerte, pero mi razón se ofusca. Tres nombres relampaguean ante mis ojos en la negra noche en que me agito. ¡Ángela, Juana, Inés! A mi calvario me lleva mi destino, y sin quejarme subo la cruz de mis dolores. Pero vosotras, pero tú, Inés mía, ¿por qué habéis de precederme, marcando con vuestras lágrimas el camino que han de ensangrentar mis plantas? Yo solo..., sea; pero vosotras, no. ¡Ah Dios mío, que la luz de mi conciencia se apaga, que mi voluntad desfallece, que la desesperación se apodera de mi espíritu! Yo anhelo el bien y en Ti lo busco. ¡Señor, ven a mí; ven, que yo te llamo! ¡Sombras que me rodeáis; espacio en que dolorido me revuelvo; tiempo que eres para mí eternidad de congojas; y tú, silencio augusto, que por algo compasivo me escuchas, llamad todos a vuestro Dios, que mi voz no le alcanza! ¡Decidle que no quiero que muera mi hija; que aparte de ella el cáliz de la amargura, y que todo lo agote entre mis labios! ¡A mí todo; a ella, no! ¡Es tan hermosa, es tan buena, es tan pura! ¡Ella, no! ¡Ella, no, Dios mío! (Deja caer la cabeza sobre la mesa y llora amargamente. Pausa.)

ESCENA VI

DON LORENZO y JUANA, que aparece en la puerta de la izquierda, y en ella se detiene.

LORENZO.
Jirones de sombra han pasado ante mis ojos. (Pausa.) ¿Será todo esto un sueño? No; Juana está ahí dentro, y la prueba..., la prueba... (Abre el pupitre y saca un pliego.) La prueba es ésta. No es un sueño, por desgracia. Es la realidad implacable y terrible. Cien veces la he leído y no me sacio de leerla. «Te he querido como hijo, aunque no lo has sido nuestro...» ¡Aunque no lo has sido nuestro!
JUANA.
(Aparte y observándole.) Está leyendo..., leyendo la carta de la que creyó madre suya. Su madre soy yo; nadie más que yo. (Avanza, aunque con trabajo, algunos pasos.) ¡Cuánta tristeza en su frente! ¿Hay lágrimas en sus ojos? ¿En sus ojos? No sé. Quizá estén en los míos, que le miran. En él o en mí están: yo veo lágrimas en alguna parte. (Da algunos pasos más.) ¿Llorar él? ¿Por qué? ¿Porque soy su madre? ¿Sentirá que yo sea su madre? Pero ¿qué le importa, si nadie más que él sabe mi secreto y yo voy a morir? Sí, a morir..., a morir muy pronto. La noche eterna y fría penetrando hasta lo más profundo de mi ser; algo muy negro está dentro de mí. (Da un paso más, vacila y se apoya en la mesa para no caer. DON LORENZO se vuelve hacia ella.)
LORENZO.
¡Juana!
JUANA.
¡Siempre ese nombre!
LORENZO.
¡Madre!
JUANA.
Te enoja que lo sea: bien lo conozco.
LORENZO.
¡Que tal pienses de mí!
JUANA.
Pues si enojo no son, será vergüenza tenerme por madre.
LORENZO.
¿Avergonzarme yo? Mañana sabrá todo el mundo que soy tu hijo.
JUANA.
(Con espanto.) ¡Mañana! ¿Qué intentas? ¡Tardo está ya mi oído, y, sin duda, no comprendí lo que dijiste!
LORENZO.
Dije mal. Mañana, no. Es preciso que antes salgas de España, y cuando estés en sitio seguro, porque a veces la justicia de los hombres es muy cruel, yo proclamaré la verdad en voz alta; yo me despojaré de un nombre que no es mío; yo devolveré riquezas usurpadas. Es cosa ya resuelta.
JUANA.
¡Jesús de mi vida!
LORENZO.
Y después, con Ángela y mi pobre niña, iré a buscarte.
JUANA.
¿Tú en la miseria, tú en la deshonra, tú sin más nombre que un nombre escarnecido y manchado? Pero ¿por qué? ¿Por qué? ¿Quién te obliga a ello? Habla, hijo mío, que me haces perder el juicio. ¿Quién?
LORENZO.
Mi conciencia, madre, y tu culpa.
JUANA.
Pero ¿piensas decir la verdad?
LORENZO.
¿Por qué me la dijiste a mí? (Con enojo.) Si yo nada hubiese sabido..., no tendría hoy que dar la muerte a mi hija.
JUANA.
¿Por qué? ¡Y me lo pregunta! ¿Y no lo comprende? ¡Ingrato! (Oculta el rostro entre las manos y llora amargamente.)
LORENZO.
¡Madre!
JUANA.
Porque iba a morir..., porque voy a morir y antes era preciso que supieses lo que por tu felicidad hizo esta pobre mujer. Además, quería que por una vez al menos me llamases madre. Por esto, nada más que por esto..., porque del corazón me subía a la garganta, y me ahogaba, algo que, al fin, no pude contener, y tuve que decirte: eres ¡mi hijo!
LORENZO.
Te comprendo, madre mía, y no te acuso.
JUANA.
Pero tú no piensas hacer lo que has dicho, ¿no es cierto? ¡Fuera una infamia para con tu familia, fuera una crueldad para con esta pobre anciana!
LORENZO.
Crueldad, sí; infamia, no; que con esta crueldad otras infamias barro.
JUANA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
¡Perdóname!
JUANA.
(Asombrada.) ¿Dices que yo cometí una infamia?
LORENZO.
Nada digo.
JUANA.
¡Pero fue por ti..., por ti..., por ti, hijo mío! (Con voz cada vez más ahogada. DON LORENZO permanece silencioso, sombrío y sin volverse hacia su madre.) ¡Fue por él, Dios mío, y así me paga! ¡Lorenzo!
LORENZO.
El mal no puede prevalecer: la obra de iniquidad se arruina bajo su propio peso: mi sacrificio lavará tu culpa.
JUANA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
(Acercándose a la luz, poniendo en su mano la carta y obligándola a leer.) ¿Qué dice ahí?
JUANA.
(Sentándose y leyendo con trabajo.) «Perdóname y que Dios te inspire.»
LORENZO.
Pues bien, madre, la perdoné, y he pedido inspiración al cielo: tus súplicas son inútiles.

ESCENA VII

DICHOS y ÁNGELA, por la derecha.

ÁNGELA.
(Denle la misma puerta de la derecha y sin penetrar en la habitación.) Lorenzo, Inés te llama.
LORENZO.
¡Ella!... ¡Mi hija!... Sí, voy... ¡Perdóname, madre mía, volveré muy pronto!
JUANA.
(Deteniéndole, y en voz baja.) Ya sé que me desprecias; ya sé que me odias...
LORENZO.
¡Madre!
JUANA.
(Incorporándose.) Pero no por mí; por ella, por esa niña...
LORENZO.
(Con desesperación.) ¡Ni aun por ella!
JUANA.
¡Ah! (Cae en el sillón y se cubre el rostro con las manos. Salen DON LORENZO y ÁNGELA.)

ESCENA VIII

JUANA queda con el papel en la mano.

JUANA.
¡Ni aun por ella! (Sollozando.) Sacrifícate, Juana, por tu hijo; renuncia a sus caricias: clávate las uñas en el pecho al verle besar a otra mujer y llamarla madre: bebe por dentro lágrimas de amargura y en recógelas en el corazón hasta que rebose o estalle; recibe en la frente marca infamante; consúmete de miseria y de dolor en una buhardilla veinte años, sin más dicha ni más consuelo que verle pasar a lo lejos en su coche. ¡Ay Dios mío, yo muero! (Pausa. Después, reanimándose un tanto.) Más..., más..., aún... Tú, pobre Juana, sufriendo todo lo que he dicho; y en cambio, hazle rico, sabio, ilustre, bueno, y... a la hora de la muerte preséntate a él sólo a pedirle un beso, sólo buscando que te diga: «¡Qué buena eres; cuánto me has querido!...» Y él no te dirá nada de eso: te mirará triste y severo..., te dirá que cometiste una infamia..., que es preciso que él borre tu culpa..., que tu obra es... obra de iniquidad... ¡Obra de iniquidad!... ¡Ah Lorenzo, hijo mío! ¿Por qué eres tan cruel? ¿Por qué arrojas con desprecio todo lo que a costa de mi felicidad te he dado?... ¡Mira que cuesta muchas lágrimas! (Cambiando de tono, levantándose con arranque de desesperación y viniendo a la derecha.) ¡Y mi sacrificio habrá sido inútil! ¡Y habré perdido yo mi dicha y le habré perdido a él! ¡Insensata, egoísta!. ¿Por qué le dije la verdad? (Pausa.) Pues no ha de ser; no ha de ser: la obra de iniquidad no amenaza ruina todavía, pobre visionario. ¡Yo lo negaré todo! (Con voz apagada.) Serás feliz y rico y poderoso a tu pesar. Él puso en mis manos la única prueba. (Tendiendo el brazo hacia la mesa en que está el papel.) Bueno, bueno; entre su madre y su hija van a salvarle: ¡extraña coincidencia! Ella, llamándole, le obliga a alejarse, y yo me quedo... ¡Ea!... Agotemos las fuerzas que me restan. Ahora, me acerco poco a poco, y entre las sombras... Así fue de oscura aquella noche en que mi ama vino a buscarme al lecho y murmuró en mi oído: «¿Quieres que tu hijo sea rico y feliz?» Y yo dudé..., y luego dije que sí... Y ahora... Y ahora digo que sí. (Llegándose a la mesa. Pausa.) ¿Vuelve Lorenzo? (Aplicando el oído.) Sí; me parece que vuelve... ¡Y me pedirá la carta como antes me la pidió!... Vamos..., al fuego... (Quiere andar, pero no puede.) ¡Oigo su voz..., me faltan las fuerzas..., no me da tiempo!... ¡Va a venir! No..., pues yo no se la doy... Es otra vez mi presa... ¡Ah!... Ya sé... Ya sé... Pondré dentro del sobre un papel en blanco para que al pronto nada note... (Ejecutando la operación que acaba de indicar.) ¡Obra de iniquidad la llama Lorenzo! ¡Pobre hijo mío, que a veces es inocente como un niño! Así..., así...; lo dejo donde estaba..., y éste, a las llamas. (Arroja el papel al fuego y se inclina para verlo arder.) ¡Llama es ya! Su resplandor ilumina el rostro de mi antigua señora. (Viendo un retrato que hay en la pared.) Mira, mira, ya es ceniza; y era la única prueba. ¿La única? No: otra queda, pues quedo yo, pero muy pronto seré ceniza también. (Pausa.) Ahora me voy a mi cuarto. (Dando unos pasos.) Dios mío, me faltan las fuerzas. (Haciendo un esfuerzo y

ESCENA IX

JUANA, DON LORENZO, INÉS, ÁNGELA y la DUQUESA. Los cuatro últimos, por la derecha. DON LORENZO entra como huyendo de su hija; ésta se detiene en la puerta. Viene vestida de blanco; detrás de ella, y medio ocultas por el cortinaje, ÁNGELA y la DUQUESA.

LORENZO.
(Viniendo al centro del escenario.) ¡No más! ¡No más! ¡Es la última prueba! La última, sí; pero ¡ay!, que mi voluntad vacila.
ÁNGELA.
(Aparte, a INÉS.) Síguele, no le dejes: cederá.
INÉS.
¿Por qué huyes de mí, padre mío? (Avanzando algunos pasos, muy pocos; detrás de ella, ÁNGELA y la DUQUESA. Es preciso dar a esta escena todo el carácter fantástico que en él tiene, para que el efecto corresponda a la idea del drama. DON LORENZO está en el centro del proscenio, manifestando con su actitud, en sus ademanes y en su entonación, que sostiene una última y desesperada lucha consigo mismo, INÉS, bella y poética, se aproxima lentamente a su padre; siempre la siguen ÁNGELA y la DUQUESA, vestidas de negro, inspirándole cuanto dice. JUANA agoniza. El despacho está envuelto en grandes sombras; el reflejo de la chimenea ilumina de lleno a INÉS.)
LORENZO.
¡Allí está la tentación! Pero ¡qué hermosa es! ¡Qué aureola de divina belleza la circunda! ¡Única luz entre tanta sombra!
ÁNGELA.
(Aparte, a su hija.) ¿Lo ves? Ya no acierta a resistir... Ruégale..., ruégale, Inés mía.
INÉS.
(Avanzando.) ¡Ven a mis brazos!
LORENZO.
(Retrocediendo. A parte.) ¡Ay de mí si los ciñe a mi cuello como dulcísimo dogal!
JUANA.
(Aparte, con voz apagada.) Un dogal al cuello... Tiene razón...
INÉS.
¡Por Dios santo, padre mío, por el amor que me tienes, por las lágrimas de estos ojos, que cuando yo era niña tanto querías y tanto besabas! (Llevándose las manos al rostro, retirándolas después, y dándoselas a besar a su padre.) ¡Mira, mira cómo se desprenden de mis párpados! Mis dedos las recogieron al caer; bésalas, y sentirás en tus labios su amargura.
LORENZO.
Sí; las besaré..., las besaré...; pero ¡ay, si una sola de las mías cayese en los tuyos!
JUANA.
(Aparte.) ¡Caer!... Han dicho caer... ¡Yo también caigo en abismo sin fondo! Pero antes..., antes... quiero abrazar a mi hijo.
INÉS.
¡Padre! (DON LORENZO retrocede. INÉS, ÁNGELA y la DUQUESA le siguen.)
ÁNGELA.
¡Lorenzo!
JUANA.
(Avanzando.) Han dicho Lorenzo. Allí..., allí... veo algo...
LORENZO.
No..., no... Digo mil veces que no... ¡Queréis envilecerme!
INÉS.
Y tú, padre mío, ¡quien lo creyera!, ¡quieres mi muerte! Y si no, ¿por qué te opones a este amor que es mi vida?
LORENZO.
Yo, Inés mía..., no... La duquesa..., la duquesa es.
ÁNGELA.
No es cierto. La duquesa cede.
LORENZO.
¡A precio de deshonra!
DUQUESA.
No es cierto, Inés; a trueque de silencio.
INÉS.
¿No estás oyendo, padre mío?
LORENZO.
(Separándose de ellas, rechazándolas y retrocediendo.) ¡Sólo oigo voces que me piden mi conciencia!... ¡Sólo veo sombras que entre las sombras me persiguen!... Fantasmas del espacio..., engendros de la tentación..., ¡dejadme!... ¡Dejadme, por Dios vivo; que si sois fuertes para atormentarme el corazón, sois débiles, muy débiles, para torcer mi voluntad!
JUANA.
(Llegando a él y abrazándole.) ¡Su voz!... ¡Lorenzo!... ¡Lorenzo!...
LORENZO.
(Abrazándola también.) ¡Madre!
INÉS.
(Amparándose en ÁNGELA.) ¿Qué voz es ésa? ¿Quién es esa mujer? ¿Qué sombra brotó de las tinieblas y ciñó a mi padre con sus brazos? ¡Tengo miedo!
LORENZO.
¡Juana!... ¡Madre mía!
INÉS.
¡Su madre! ¿Por qué la llama su madre?
LORENZO.
Porque es mi madre, y porque... he de decirlo.
JUANA.
¡Yo! ¡Su madre yo! ¡Jesús, qué idea! ¡Bien quisiera... serlo!
DUQUESA.
¿Oye usted..., oye usted lo que dice?
ÁNGELA.
¡Lo niega!
LORENZO.
(Con violencia.) ¡Lo eres!
JUANA.
(Con risa forzada.) ¡Ah..., pobre Lorenzo mío! (Al oído y abrazándole.) ¡Hijo de mi alma!
LORENZO.
¡Por la tuya, que repitas en voz alta lo que me dices al oído!
JUANA.
Yo... al oído... Pues ¿qué te dije? ¡Ser tu madre!... ¡Qué mayor dicha!
LORENZO.
(Con furor.) ¡Ah!... ¿Lo niegas?
ÁNGELA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
(Con creciente furor.) ¿Niegas que eres mi madre?
JUANA.
¿Y cómo no?
LORENZO.
(Con horrible desesperación.) ¡De mí renegaste al nacer yo, y vuelves a renegar a la hora de tu muerte!
JUANA.
(Abrazándose a él y formando los dos un grupo tan estrechamente unido, que es imposible en la oscuridad conocer si se abrazan ambos o si en su furor la estrecha DON LORENZO contra sí.) ¡Hijo de mis entrañas! (Con voz moribunda, al oído.)
LORENZO.
(Ya delirante.) ¡Eso..., eso!
JUANA.
¡Yo muero!
LORENZO.
¡No..., madre mía!
DUQUESA.
(Corriendo hacia la puerta de la derecha.) ¡Jesús mil veces! ¡Ese hombre va a matarla!... ¡Socorro!
ÁNGELA.
¡Eduardo!... ¡Tomás!...
LORENZO.
¡Madre!... ¡Madre!...
JUANA.
No... Dios mío... No... ¡Eso, no!

ESCENA X

DON LORENZO, INÉS, JUANA, ÁNGELA, la DUQUESA, DON TOMÁS y EDUARDO. Los dos últimos, por la derecha, con luces. Todos acuden y procuran separar a DON LORENZO de JUANA.

TOMÁS.
¡Vamos!... ¡Vamos!...
LORENZO.
¡Madre mía!... ¡Perdón!... ¡Perdón!... Si no quieres, no te llamaré madre... ¡Madre mía!
JUANA.
A... diós...
LORENZO.
¡Juana!. (JUANA, haciendo un esfuerzo horrible, se levanta como herida en el corazón por el nombre de Juana, y cae).
TOMÁS.
¡Muerta!
LORENZO.
¡No..., no es posible! (Abrazándose a su madre.) Para matarla la llamé ¡madre!..., y el último grito que oyó de mis labios... fue ¡Juana! ¡Ah Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué la castigas así, y por qué me abandonas?

TELÓN

Acto tercero
La misma decoración de los actos anteriores.

ESCENA I

DON TOMÁS; después, un CRIADO.

TOMÁS.
Todo en calma. Ni se oye el llanto de Inés, ni ruge la cólera de Lorenzo. Calma precursora de nueva tempestad. (Pausa.) Momentos hay en que dudo y vacilo. Él..., él..., mi buen amigo, mi pobre Lorenzo... Esta idea no me da punto de reposo. En fin, muy luego sabremos la verdad; entre tanto, valor, y cumplamos para con esa atribulada familia los deberes sagrados, que nadie con mejor deseo que yo ha de cumplir.
CRIADO.
Un caballero a quien acompañan dos... que..., vamos..., yo no sé si lo son..., aunque su traje... En fin, ese caballero me ha dado para usted esta tarjeta, y allá fuera esperan todos.
TOMÁS.
(Mirando la tarjeta.) ¡Ah! ¡El doctor Bermúdez! ¡Que pase, que pase!
CRIADO.
¿Y los otros dos?
TOMÁS.
Que esperen. (Sale el CRIADO.) A medida que se aproxima el momento, crece mi ansiedad y crecen mis dudas. ¡Pobre Angela! ¡Qué golpe! ¡Pobre Inés! ¡En qué estado de excitación nerviosa se halla la desdichada niña! ¡Qué lucidez en su mirada! ¡Qué claridad en sus juicios! ¡Nadie le explicó lo que ocurre... y yo creo que lo sabe todo; y adivina lo que no sabe, y sospecha lo que no adivina! No; esta situación no puede prolongarse más: afrontemos la realidad, por triste que sea.

ESCENA II

DON TOMÁS y el DOCTOR BERMÚDEZ; después, dos loqueros vestidos decentemente, pero dando a conocer en su fisonomía y en sus maneras que no son lo que aparentan.

TOMÁS.
(Saliendo al encuentro y dándole la mano.) ¡Doctor!
DOCTOR.
¡Don Tomás!
TOMÁS.
Puntual como de costumbre.
DOCTOR.
No, vengo con alguna anticipación..., para dejar convenientemente instalados a esos dos...
TOMÁS.
Sí, sí, comprendo.
DOCTOR.
Los he hecho venir de manera que don Lorenzo no sospeche, porque como sólo se trata de esas precauciones generales...
TOMÁS.
Ya, ya, muy bien. Es preciso caminar con prudencia. Rapto de furor, verdadero rapto de furor, como dije a usted sólo ha tenido uno; el de la otra noche. Pudiera ser que yo me equivocase.
DOCTOR.
Mucho lo celebraría..., y usted lo celebraría también.
TOMÁS.
¡Ay amigo mío, estoy que no sé lo que pasa! En fin, su ciencia de usted, su práctica, su profundísima penetración, han de sacarnos de dudas.
DOCTOR.
¡Usted me lisonjea! Estando usted...
TOMÁS.
No cuente usted conmigo, doctor; no estoy para nada: me declaro incompetente; se trata de mi mejor amigo, casi un hermano. Además, siempre me ha parecido... Usted conoce mi escuela: entre la razón y la locura no hay una línea divisoria.
DOCTOR.
Evidente, evidente; y todos los sabios tienen algo...
TOMÁS.
Cabal; la excitación del cerebro pasa de cierto límite y...
DOCTOR.
Justo. Veremos, veremos lo que puede hacerse por don Lorenzo. Conque esos dos chicos...
TOMÁS.
Fácil ha de ser inventar cualquier historia: serán los testigos..., o se le dirá que vienen con el escribano... Cualquier cosa. El pobre Lorenzo no está para fijarse en estos pormenores.
DOCTOR.
¿Y dónde esperan?
TOMÁS.
( Señalando la puerta de la izquierda.) Ahí dentro.
DOCTOR.
(Asomándose al fondo.) ¡Eh! ¡Braulio! (Entran los dos loqueros algo cortados y mostrando en sus ademanes toscos y torpes lo que son.)
TOMÁS.
Entren ustedes ahí, en ese gabinete; si son ustedes necesarios ya se les avisará, y entre tanto, quietos. (Los loqueros saludan y entran por la izquierda.) Desde que murió Juana no ha vuelto a entrar Lorenzo en esa habitación. (A BERMÚDEZ.) En cerrando la puerta... (La cierra.)
DOCTOR.
(Mirando al reloj.) Vuelvo enseguida; antes que llegue el escribano estoy aquí. Voy... muy cerca...
TOMÁS.
¿Una visita?
DOCTOR.
Sí, un caso muy bonito de locura. (ÁNGELA entra por el fondo y se detiene al ver a BERMÚDEZ). ¿Es?... (Aparte, a DON TOMÁS, indicándole con la mirada a ÁNGELA.)
TOMÁS.
Sí, la esposa. No hable usted con ella.
DOCTOR.
(Aparte, a DON TOMÁS.) Hasta luego. Señora... (Saludando. Sale por el foro.)

ESCENA III

ÁNGELA y DON TOMÁS. ÁNGELA sigue con la vista a BERMÚDEZ; después mira hacia el gabinete en que entraron los loqueros.

ÁNGELA.
¿Quién es ese que sale? ¿Quiénes son los hombres que vinieron con él?
TOMÁS.
Cálmese usted, Ángela. Todo se arreglará. Estas son precauciones, pero necesarias; porque, ¿quién sabe?, puede tener Lorenzo otro rapto de furor como anteanoche, y por ustedes, y por él mismo...
ÁNGELA.
No, Tomás; no diga usted eso.
TOMÁS.
¿No recuerda usted, Ángela, con qué frenesí estrechaba entre sus brazos el cuerpo moribundo de la pobre Juana? Ahora que nadie nos oye, y en confianza, yo creo que él... fue... la causa determinante...
ÁNGELA.
¡Tomás! ¡Tomás!
TOMÁS.
Por lo menos, apresuró su muerte. ¿Y no vio usted cómo en su delirio él mismo se acusaba? No nos forjemos ilusiones: fue un verdadero ataque de...
ÁNGELA.
(Llorando.) ¡Lorenzo! ¡Lorenzo mío!
TOMÁS.
Y la crisis puede volver, porque hoy...
ÁNGELA.
Sí, ya sé lo que se propone... ¡Ay Tomás, qué desgraciados somos! ¡Qué desgraciado es mi pobre Lorenzo!
TOMÁS.
¿Qué hace ahora?
ÁNGELA.
Está muy en calma: eseribe, pasea..., quiere estar con Inés y conmigo, como si la soledad le espantase. Hace poco me miró con tristeza, pero con cariño, me besó en la frente y me dijo: «¡Pobre Ángela!»
TOMÁS.
No contradecirle.
ÁNGELA.
No, señor; en todo le damos la razón.
TOMÁS.
¿Y sigue en sus trece?
ÁNGELA.
¡Ay, sí, señor! De cuando en cuando pregunta qué hora es: se impacienta porque el escribano no viene y murmura con voz sorda: «Mal que pese al mundo entero, he de cumplir mi obligación.»
TOMÁS.
¡Qué hombre! ¡Qué carácter!
ÁNGELA.
¡Tomás, por Dios santo, que no me engañe usted! ¿Usted cree que Lorenzo...? ¡No puedo, no puedo pronunciar esa horrible palabra!
TOMÁS.
Yo nada creo todavía. Veremos, Ángela; veremos, mi buena amiga. Precisamente para salir de una vez de esta insufrible ansiedad hice venir al doctor Bermúdez, un alienista de primer orden.
ÁNGELA.
¡Pero si es imposible!... ¡Si digo que es imposible!
TOMÁS.
Ojalá acierte usted, y no debemos perder la esperanza; pero ¿imposible?... ¡Ah, la razón humana es tan poca cosa!...
ÁNGELA.
(Con desesperación.) ¡Ay esposo de mi alma! No..., no quiero, ¡no ha de ser!
TOMÁS.
Vamos, Ángela, juicio, valor; por aquella pobre niña, por Inés al menos. ¡Y quién sabe todavía! Veremos qué explicaciones da Lorenzo, qué pruebas presenta.
ÁNGELA.
¡Qué pruebas ha de presentar el desdichado mío, si a la misma Juana, moribunda, le oí yo repetir: «No..., no..., no eres hijo mío»; mientras él, frenético, delirante, estrechándola en sus brazos, pugnando por arrancar de aquel cuerpo, ya casi muerto, una confesión imposible, la llamaba «¡madre!» con el grito estridente de la demencia. No me consuele usted: es inútil; yo sé que nuestra desventura es inevitable.
TOMÁS.
Harto lo temo.
ÁNGELA.
¿Y aquel modo de recibir a la duquesa? El, tan cortés siempre, siempre tan fino...
TOMÁS.
Tiene usted razón: aquel día lo comprendí yo todo; pero nadie se resigna cuando la fatalidad le hiere tan de repente.
ÁNGELA.
Y adorando, como adora, a su hija, ¿quién hace lo que él pretende hacer hoy?
TOMÁS.
Nadie, Ángela, nadie, no habiendo perdido el juicio.
ÁNGELA.
¿Y usted le ha dicho a Bermúdez...?
TOMÁS.
Todo, no; fuera peligroso; pero lo bastante para que nos dé su opinión.
ÁNGELA.
¿Y cuál es?
TOMÁS.
No he de ocultarle a usted...
ÁNGELA.
¡Inútil, Tomás, inútil!... ¡Si yo sé bien que no hay remedio!...
TOMÁS.
Con un buen régimen; separado de aquellas personas que, por lo mismo que son para él tan queridas, con su presencia han de irritar de continuo su exagerada sensibilidad...
ÁNGELA.
¡Tomás!
TOMÁS.
En un buen establecimiento de España o del extranjero...
ÁNGELA.
¿Qué..., qué..., qué quiere usted decir?... ¿Separarlo de nuestro lado?... ¡Llevárselo! ¡A él..., a él! ¡No, jamás; soy su esposa! ¡No lo consiento!
TOMÁS.
La presencia de Inés estimula su delirio.
ÁNGELA.
Y la ausencia de su hija será su muerte.
TOMÁS.
Ahogó entre sus brazos a aquella pobre mujer.
ÁNGELA.
No, Tomás, no; en eso no tiene usted razón: en los brazos de Lorenzo no corre peligro la pobre Inés. ¡Es su hija!
TOMÁS.
Y él pensaba que Juana era su madre.
ÁNGELA.
No ha de ser, Tomás, no ha de ser. ¿Por qué, en vez de atormentarme, no busca alivio para mis penas?
TOMÁS.
¡Ángela!
ÁNGELA.
Verdad es, mi buen amigo, que no es fácil hallar consuelo para mi dolor.
TOMÁS.
Los hay en todo dolor humano, por grande que sea.
ÁNGELA.
Menos en éste.
TOMÁS.
En éste más que en todos; y si no, discutamos a sangre fría.
ÁNGELA.
¿Y cómo, cuando la sangre nos abrasa las venas?
TOMÁS.
Oiga usted. Si lo que afirma Lorenzo fuese verdad; si presentara pruebas terminantes...
ÁNGELA.
Entonces, mi Lorenzo no habría perdido la razón; nosotros seríamos los ciegos y desatentados. ¡Oh, qué dicha!
TOMÁS.
No tanta, porque entonces les esperaba a ustedes la miseria, la deshonra, la muerte...
ÁNGELA.
¡Calle usted, Tomás!
TOMÁS.
La muerte, digo, además de la miseria, porque Inés moriría. En cambio, si la desgracia de Lorenzo es cierta...
ÁNGELA.
No siga usted..., no quiero pensar en tales cosas...
TOMÁS.
Pues piense usted en Inés, y con el pensamiento en ella, sepa usted, Ángela, que estas heridas son, triste es decirlo, pero fuerza es confesarlo, horribles, sí; mortales, no; que sólo es mortal para la juventud lo que destruye el porvenir, no lo que precipita en la nada lo pasado.
ÁNGELA.
¡Por Dios, Tomás!...
TOMÁS.
De la desgracia de Lorenzo depende la felicidad de Inés; no lo olvidemos.
ÁNGELA.
Cúmplase la voluntad de Dios; pero no despierte usted en mí ideas que antes me espantan que me consuelan.

ESCENA IV

DICHOS y DON LORENZO, por la derecha.

LORENZO.
(Aparte.) Pero ¿dónde dejé yo la llave? ¡Ah mi cabeza!... Y el escribano vendrá muy pronto..., y en aquel pupitre guardé la carta, bien me acuerdo; sí..., hace dos días..., cuando mi madre...
TOMÁS.
(Sin ver a DON LORENZO.) ¡Pobre Ángela! ¡Terrible es la prueba.
LORENZO.
(Con inquietud y buscando la llave del piípitre sobre la mesa.) ¿Cómo?... ¿Qué dicen? ¡La prueba, sí, de la prueba hablaban!
ÁNGELA.
Terrible es, muy terrible, caminar entre dos abismos... Lorenzo a un lado..., Inés a otro...; tiene usted razón.
LORENZO.
(Con enojo y en voz alta.) ¡La he perdido!
TOMÁS.
(Volviéndose aparte.). ¡Desdichado, pienso que sí!
ÁNGELA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
(Con mirada recelosa y como si no los hubiera visto antes.) ¡Ah! ¿Estabais?...
ÁNGELA.
(Con dulzura.) ¿Qué buscas?... Nosotros te ayudaremos.
LORENZO.
¿Vosotros?... No. ¿Para qué? Yo solo.
ÁNGELA.
¡Pero di al menos, qué has perdido!
LORENZO.
Todo; hasta el amor de los míos. ¡Mira si puedo perder más!
ÁNGELA.
No, Lorenzo; no lo creas.
LORENZO.
Al fin..., la llave... ¡Gracias al cielo! (Aparte, con desconfianza.) Y estaba puesta..., puesta... (Abre con ansiedad el pupitre y coge el pliego que dejó JUANA.) ¡Ah! ¡Aquí está!... ¡Se me ha quitado un peso de encima!... (Leyendo.) «Para Lorenzo.» Este es el pliego.
ÁNGELA.
(Acercándose.) ¿Encontraste lo que buscabas?
LORENZO.
Sí. (DON TOMÁS se acerca también.)
ÁNGELA.
¿Qué papel es ése? (DON LORENZO se preparaba a sacar el pliego de su sobre; pero al ver que ÁNGELA y DON TOMÁS se acercan, lo mete en el pupitre, echa la llave y se la guarda.)
LORENZO.
Uno muy importante. (Con cierta desconfianza y mirándolos con recelo.) ¿Para qué queréis saberlo?
ÁNGELA.
No te enfades, Lorenzo mío. Perdóname si he sido indiscreta.
LORENZO.
¡Perdonar yo! ¡Yo soy quien ha menester vuestro perdón! Por mí, por mi culpa, ¡vais a ser tan desgraciadas!
ÁNGELA.
No digas eso: no lo seremos nunca siendo tú dichoso.
LORENZO.
Y yo, ¿podré serlo, no siéndolo tú, no siéndolo mi Inés de mi vida?
ÁNGELA.
Lo será también.
LORENZO.
Imposible: porque ¿sabes tú cuál es mi pensamiento?
ÁNGELA.
Ya me lo explicaste. ¿No lo recuerdas?
LORENZO.
(A DON TOMÁS.) ¿Y tú?
TOMÁS.
También.
LORENZO.
¿Y lo aprobáis?
ÁNGELA.
(Con dulzura.) Bien hecho estará lo que tú hagas.
LORENZO.
(A DON TOMÁS.) Y tú, ¿qué dices?
TOMÁS.
Lo mismo.
LORENZO.
¡Lo mismo! (Pensativo.) ¡Qué conformidad! ¿Sabéis que hice llamar a un escribano?
ÁNGELA.
Lo sabemos.
LORENZO.
(Mirando a los dos.) Lo sabéis. ¿Y sabéis que he de hacer que levanten un acta notarial, y en toda forma, de mi declaración y de mi renuncia?
ÁNGELA.
Sí, Lorenzo mío.
LORENZO.
Para que luego el juez provea a lo que en derecho procede. ¿No es cierto?
TOMÁS.
Es natural.
LORENZO.
(A ÁNGELA.) Y tú, ¿qué dices?
ÁNGELA.
(Con voz llorosa.) Si estos bienes que hoy disfrutamos no te pertenecen..., bien haces.
TOMÁS.
Si el nombre que llevas no es tuyo, preciso será que a él renuncies.
ÁNGELA.
Y en todo caso tu voluntad es ley.
LORENZO.
Pero, ¡ley tiránica..., impía! ¿No es verdad?
ÁNGELA.
Ley que yo acato como la mejor.
LORENZO.
(Inquieto, nervioso, casi irritado.) ¿Y no resistes? ¿Y no lucháis?
TOMÁS.
Tu conducta es la de un hombre honrado... En rigor no podías hacer otra cosa.
LORENZO.
(Con violencia.) ¡Qué sumisión tan inverosímil! ¡Qué docilidad tan extraña! ¡Qué cambio tan repentino! ¡Me estáis mintiendo!... ¡Digo que me estáis mintiendo!
ÁNGELA.
¡Por Dios, Lorenzo!
TOMÁS.
(Aparte.) ¡Ah, no hay esperanza! La demencia invade como negra ola su cerebro.
LORENZO.
(Calmándose.) En fin, mejor es así. (Pausa. Con ternura y acercándose a ÁNGELA.) ¿Dónde está Inés,?
ÁNGELA.
¡Pobre hija mía!
LORENZO.
¿No la defiendes contra mí? Pues, sin embargo, ésa es tu obligación. (Con dulzura.)
ÁNGELA.
¡Ay Lorenzo! ¿Qué puede contra ti esta infeliz mujer? Tu voluntad se templa en la lucha y en la desgracia: la mía cede hasta besar el polvo.
LORENZO.
Tienes razón: es irresistible mi voluntad cuando el deber me inspira. (A DON TOMÁS.) ¿Y qué dices a todo esto?
TOMÁS.
Que así será.
LORENZO.
Así es. (Pausa.) ¡Pobre Ángela!... ¿Y sabes tú lo que vamos a hacer firmada que sea el acta y entregada la prueba?
TOMÁS.
¿Tienes una prueba?
LORENZO.
¿No lo sabías? (Aparte, con extrañeza.) Pues de ella hablaban cuando yo entré. (Alto.) Sí, la tengo; evidente, irrecusable, clara como la luz, aunque es negra como la noche y la traición.
ÁNGELA.
Cálmate, Lorenzo.
TOMÁS.
¿Y cuál es?
LORENZO.
Una carta de mi madre..., de aquella mujer que se llamaba madre mía.
ÁNGELA.
(Aparte.) ¡Dios mío! ¿Será verdad?
LORENZO.
Su firma, su letra... y está allí..., en mi poder.
TOMÁS.
(Aparte.) ¡Ah! Si así fuese...
LORENZO.
Pues bien: entregada la prueba, tú (A ÁNGELA.) y la pobre Inés y yo, saldremos al momento de esta casa..., de esta casa, que ya no será nuestra, y de la que hoy mismo la ley tomará posesión hasta que acudan los herederos de Avendaño. (Animándose gradualmente.) Y en tanto, nosotros, sin recursos, sin nombre, sosteniendo en nuestros brazos una hija moribunda, porque Inés morirá, tú me lo aseguras (A DON TOMÁS.), iremos solos, y desesperados... No, dije mal. Blasfemé. Iremos con la honra entera, con la conciencia tranquila, alta la frente y Dios con nosotros. ¿Qué me importa que todos me abandonen si El me acompaña?
ÁNGELA.
Tu voluntad es ley, Lorenzo... (Abrazándole.) Antes lo dijeron mis labios: ahora te lo dice mi corazón.
TOMÁS.
(Aparte.) Si la prueba existe..., este hombre es un santo. Pero ¡ay! que si no existe, mi pobre Lorenzo es un demente.
CRIADO.
(Anunciando.) La señora duquesa y el señorito Eduardo.
ÁNGELA.
Que pasen. (A DON TOMÁS.) ¿Usted los avisó?
TOMÁS.
(Aparte, a ÁNGELA.) Hablé con ellos anoche. La duquesa me prometió venir, y, ya lo ve usted, cumple su palabra.
LORENZO.
No he de verlos..., quiero estar solo... o con vosotros... no más. Adiós..., Ángela mía.
ÁNGELA.
Adiós, Lorenzo.
LORENZO.
(Mirando el reloj.) ¡Qué tardo marcha el tiempo! (Se dirige a la puerta de la derecha. DON TOMÁS le acompaña.) ¿Avisaste a los testigos? (Al llegar a la puerta.)
TOMÁS.
Dos esperan ya, y otro vendrá más tarde.
LORENZO.
¿Quiénes son?
TOMÁS.
No los conoces: son amigos míos.
LORENZO.
Y míos, ¿por qué no?
TOMÁS.
Pensé que los míos lo eran tuyos.
LORENZO.
(Le mira un momento.) Y lo son. (Aparte.) ¡Ah! ¡Esta conformidad! ¡Hubiera preferido... que me resistieran...,que luchasen!...

ESCENA V

ÁNGELA, la DUQUESA, EDUARDO y DON TOMÁS.

ÁNGELA.
Duquesa...
DUQUESA.
(Saludándola cariñosamente.) ¡Señora!
ÁNGELA.
¡Siempre tan buena con nosotras!
DUQUESA.
No podía negar a ustedes, en trance tan cruel, el consuelo de una amistad verdadera. Dios ha querido que por distintos modos la misma desgracia venga a herirnos. (Esta última frase, en voz baja señalando a EDUARDO.)
ÁNGELA.
Pero ¿cuál es el nombre de la desgracia que a mí me hiere? No lo sé.
EDUARDO.
Pues ha llegado el momento de averiguarlo: ¿se llama miseria y vergüenza y muerte de Inés, o se llama...?
ÁNGELA. DUQUESA.
¡Eduardo!
EDUARDO.
Perdóname, todos nos debemos hoy la verdad. Tú lo has dicho: «Transigiré con la desgracia de don Lorenzo por el amor que te tengo, por el amor que me tienes; nunca transigiré con su pública deshonra: nunca, ni aun a precio de tu vida.» De mi vida, madre, ¿no es esto?
DUQUESA.
(Con tono triste, pero enérgico.) Sí.
EDUARDO.
(Dirigiéndose a ÁNGELA.) Pues bien, señora: sepamos el nombre de la desgracia que a usted la hiere; ¿se llama deshonra, o se llama locura? Este es el problema, y es preciso resolverlo. Si don Lorenzo dice la verdad, si su juicio está firme, si presenta pruebas de lo que asegura, respetemos su cruel virtud. Pero si, como yo creo por mil indicios que casi constituyen evidencia, un velo eterno cubre su mente y para siempre apagóse la luz de su razón, entonces defienda usted, Ángela -es en usted obligación sagrada-, el nombre que lleva, su posición social, su fortuna, la misma honra de don Lorenzo, contra sus propios delirios, ¿y por qué no decirlo?, la felicidad y la vida de Inés. No deje usted tan altos intereses y tan caros objetos a merced de un demente.
DUQUESA.
¡Eduardo!
EDUARDO.
La palabra es dura, pero al fin había de pronunciarse. Sepamos de una vez si esta batalla de honras y vidas en que don Lorenzo nos ha empeñado es lo que parece o lo que temo; y en suma, si el heroico sacrificio del implacable sabio es locura o santidad.
DUQUESA.
Basta, Eduardo. (ÁNGELA se sienta en el sofá y llora amargamente. La DUQUESA se acerca a ella.)
TOMÁS.
(A EDUARDO.) La dicha de esta familia, como si fuera mi propia dicha, me interesa. Lo que usted propone está previsto, y la ley y la ciencia lo resolverán.
DUQUESA.
Que Dios les ilumine a ustedes. (A ÁNGELA.) Vamos, señora, valor, conformidad. ¿Dónde está Inés?
ÁNGELA.
¿Quiere usted verla?
DUQUESA.
Sí.
ÁNGELA.
Venga usted. (A DON TOMÁS.) Y usted también: quiero que la vea. Tres días hace que sólo la fiebre le da fuerzas... ¡Ah, mi hija..., mi hija se muere!
TOMÁS.
¡Pobre niña! (Salen ÁNGELA, la DUQUESA y DON TOMÁS.)

ESCENA VI

EDUARDO, solo.

EDUARDO.
¡Y dudan todavía! ¡Qué ceguedad! ¡Y no comprenden que el bueno de don Lorenzo, a fuerza de buscar, no la razón de las sinrazones, como el andante caballero, sino la razón de todas las razones que han inventado los sabios, concluyó por perder la única que a Dios le plugo darle, que fue la razón natural! ¡Oh, no ha de ser: no he de permitir yo que sacrifiquen la vida de Inés a las extravagancias de un pobre loco!

ESCENA VII

EDUARDO e INÉS, que sale agitada y como huyendo del gabinete de la izquierda, que fue donde entraron los loqueros.

INÉS.
¿Quiénes son esos hombres, quiénes son?
EDUARDO.
¡Inés de mi vida! ¡Qué pálida estás! ¡Qué círculo cárdeno orla tus divinos ojos! (Saliéndole al encuentro.)
INÉS.
Pero respóndeme: ¿quiénes son? ¿A quién esperan? ¡Que se vayan! (Acercándose con precaución a la puerta que quedó abierta y mirando; EDUARDO procura traerla al proscenio.) ¡Hay en ellos algo siniestro!... Mi padre..., ¿dónde está mi padre? Buscándole, entré en ese gabinete por el salón, y los he visto...,y no los quiero ver, y no puedo apartar de ellos los ojos.
EDUARDO.
Pero ¿qué tienes?... ¿Por qué no me miras? ¿Por qué huyes de mí? Inés, Inés, ¿te pesa nuestro amor?
INÉS.
(Volviendo al proscenio.) ¡Nuestro amor! ¡Tú sabes que es mi vida; pero, ¡ay Eduardo!, ¡a qué terrible prueba ha querido Dios someterlo! Tú no comprendes esto. ¡Dicha suprema es para mí tu amor, y la esperanza de tu amor aún mayor dicha! Mayor, mucho mayor: que en él está el presente, que en ella está todo el porvenir. Y, sin embargo, Eduardo mío, la esperanza es un crimen en tu pobre Inés; un crimen. ¿Se comprende crueldad semejante? Lo que a ningún ser humano se le niega, me niega a mí el Destino. Yo era ayer una niña: mi pensamiento flotaba risueño en un limbo blanco y transparente, como vaporosa neblina entre rayos de luna: hoy es plomo, según pesa; hoy es lava, según arde. ¡Si vieras qué cosas tan horribles me dice en el silencio de da noche! Y esos pensamientos no son míos: no es mi voluntad quien los forja: vienen yo no sé de dónde: yo los rechazo, pero ellos vuelven: y primero me acosan con quejidos que dicen: «¡Pobre padre tuyo!», y luego me hostigan con voces de tentación que murmuran: «Inés... Inés... ¿Quién sabe?..., aún puedes ser feliz: tu amor es aún posible: espera..., espera..., pobre niña.» ¿Comprendes tú nada más horrible -porque esto debe de ser el ángel malo- que oír dentro de una misma la voz de Satanás, de él, que nada espera, hablando de esperanzas?
EDUARDO.
Vuelve en ti, Inés mía.
INÉS.
(Acercándose a EDUARDO.) ¡Tengo remordimientos!
EDUARDO.
¿De qué?
INÉS.
Yo no sé: yo no he hecho nada malo. ¡Padre mío! ¡Pobre padre mío!
EDUARDO.
¡Ángel de mi vida!. ¡Inés de mi alma! Cálmate; cálmate, cálmate, yo te lo ruego.
INÉS.
Mira, Eduardo, quisiera morir.

ESCENA VIII

DON LORENZO, INÉS y EDUARDO. DON LORENZO entra por el fondo y se detiene al oír a INÉS.

LORENZO.
(Aparte.) ¡Morir ha dicho!
EDUARDO.
¿Tú morir? No, Inés, eso no; no digas eso.
INÉS.
¿Por qué? Si no muero de dolor; si llego a ser dichosa, he de morirme de remordimiento.
LORENZO.
(Aparte.) ¡De remordimiento! ¡Ella! ¡Si llega a ser dichosa! ¿Qué nueva fatalidad flota en el aire y está pesando sobre mi frente? ¡Remordimiento!... ¡Ya sorprendí al pasar otra palabra más! Cruzo salones y galerías, y voy de una a otra parte, espoleado sin cesar por insufrible angustia, y oigo frases que no comprendo, y fíjanse en mis ojos que dicen algo que no comprendo tampoco, y unos lloran, y otros sonríen, y nadie se me opone, y todos, o me huyen o me observan... (Alto.) ¿Qué es esto? ¿Qué es esto? (En voz alta.)
INÉS.
(Yendo a él y abrazándole.) ¡Padre mío!
LORENZO.
¡Inés! ¡Qué pálida estás! ¡Qué dolorosa contracción hay en tus labios! ¿Por qué finges sonrisas que han de terminar en sollozos?... ¡Qué hermosa es en su dolor! ¡Y todo es culpa mía!
INÉS.
No, padre.
LORENZO.
¡Qué cruel soy! ¡Ah!, tú lo piensas, aunque no lo dices.
EDUARDO.
Es un ángel Inés, y no caben pensamientos rebeldes en ella; pero ¿quién al verla sufrir no ha de pensarlo y no ha de decirlo?
LORENZO.
Nadie; tiene usted razón.
EDUARDO.
(Con energía.) Pues si yo la tengo, no la tiene usted.
LORENZO.
Yo la tengo también. ¡Hay algo más pálido que la pálida frente de la doncella enamorada: hay algo más triste que las tristes lágrimas de esos divinos ojos; hay algo más cruel que la sonrisa de esos labios, y algo más trágico que la muerte del ser querido!
EDUARDO.
(Con violencia o desdén.) ¿Y qué otras palideces, y qué otras lágrimas, y qué otras tragedias son ésas?
LORENZO.
¡Insensato! (Cogiéndole por un brazo.) ¡La palidez de la culpa, las lágrimas del remordimiento, la conciencia de la propia infamia.
EDUARDO.
¿Y es infamia y remordimiento y culpa hacer la felicidad de Inés?
LORENZO.
(Con desesperación.) ¡No debía serlo!... ¡Pero lo es! (Pausa.) ¡Y ése es mi tormento! ¡Y esa idea es la que ha de volverme loco!
INÉS.
¡No, padre mío; no digas eso! Sigue tu camino, sin pensar en mí. ¡Qué importa que yo viva o que yo muera!
LORENZO.
¡Inés!
INÉS.
Pero no vaciles..., y, sobre todo, que nadie te vea vacilar, que tu palabra sea clara y persuasiva como lo es ahora; que el enojo no te ciegue... Calma, calma, padre mío. ¡Por Dios te lo pido!
LORENZO.
¿Qué dices?... ¡No comprendo!...
INÉS.
¿Acaso sé yo lo que digo? Adiós... Adiós... No quiero afligirte.
EDUARDO.
(A DON LORENZO.) ¡Ay, si escuchara usted a su corazón; si hiciera usted callar a su pensamiento!
INÉS.
(A EDUARDO.) ¡Ven conmigo..., no le hostigues... o harás que te aborrezca!
LORENZO.
¡Pobre niña!... ¡También ella lucha, pero también ella vence! ¡Por algo es hija mía! (Con arranque de supremo orgullo. INÉS y EDUARDO se dirigen al fondo; al pasar por delante de la puerta del gabinete, ve INÉS a los loqueros y hace un movimiento de horror.)
INÉS.
¿Qué visión siniestra pasa ante mi vista? ¡Aquellos hombres.!... No, padre, no entres ahí.
EDUARDO.
¡Ven..., ven, Inés mía!
INÉS.
(A su padre.) No..., no... Yo te lo ruego.
LORENZO.
(Dirigiéndose a ella.) ¡Inés.!
INÉS.
¡Aquellos hombres! ¡Aquellos!... Mira. (Extendiendo el brazo hacia el gabinete. DON LORENZO se detiene y mira también; en este instante, los loqueros, al oír los gritos, asoman por entre los cortinajes la cabeza.)
EDUARDO.
(Llevándose a INÉS.) ¡Por fin!...

ESCENA IX

DON LORENZO, BRAULIO y BENITO. Breve pausa.

LORENZO.
¿Quiénes podrán ser? Pasen ustedes. (Los loqueros entran con cierta timidez; hablan con frases cortadas y secas.)
BRAULIO.
¡Don Tomás!
LORENZO.
(Aparte.) Ya comprendo.
BENITO.
Nos dijo que esperásemos ahí...
LORENZO.
Dispensen ustedes: yo no sabía...
BRAULIO.
No hay de qué.
LORENZO.
(Aparte.) Extraño aspecto, en verdad. (Alto.) Pero siéntense ustedes.
BENITO.
Gracias.
BRAULIO.
Estamos bien de cualquier modo.
LORENZO.
No puedo consentir...
BRAULIO.
Usted se empeña...
BENITO.
Si el señor lo manda, mejor se espera así. (Se sientan ambos en el sofá; DON LORENZO queda en pie.)
LORENZO.
(Aparte.) Algo siniestro se refleja en esas miradas, o es que la mía refleja los relámpagos que cruzan por mi espíritu. (Los observa de nuevo con atención. En voz alta.) Inés fue la que al pasar los vio a ustedes y la que me previno.
BRAULIO.
Sí, una señorita muy bella.
BENITO.
Pero muy triste.
BRAULIO.
Parecía una Dolorosa. (A cada contestación que dan los loqueros, que debe ser, como queda dicho, cortada y seca, guardan silencio, por decirlo así, repentino, permaneciendo rígidos e inmóviles y mirando hacia el frente con cierta vaguedad.)
LORENZO.
Se asustó al verlos a ustedes y vino huyendo; no lo extrañen; la pobre está muy enferma... y es casi una niña...
BRAULIO.
(Con cierta sonrisa vaga y como idiota.) Siempre nos sucede lo mismo en las casas.
LORENZO.
(Aparte, con extrañeza.) ¡En las casas!
BENITO.
(Fijando su vista casi por primera vez en DON LORENZO, y después volviendo a mirar al frente.) Será la hija de ese pobre señor, ¿eh?
LORENZO.
¿De quién?
BENITO.
(Sin mirarle.) Del que está... (Hace un movimiento, llevándose la mano a la frente, pero sin mirar a DON LORENZO. DON LORENZO hace a la vez otro movimiento de sorpresa que sólo el actor puede interpretar debidamente. Como ninguno de los loqueros lo mira, no pueden observarlo.)
LORENZO.
(Aparte.) ¡Ah! ¡No! ¡Qué idea! (En voz alta y dominándose.) Justo; Inés es la hija de... (Desde este momento, DON LORENZO los observa con creciente ansiedad.)
BENITO.
¡Qué hermosa es! Pero ¡qué triste está!
BRAULIO.
¡Ya! Motivos tiene para estar triste.
LORENZO.
¿Ustedes saben?
BRAULIO.
(Mirando otra vez a DON LORENZO y luego separando la vista.) Todo.
LORENZO.
¿Don Tomás les ha dicho?
BENITO.
¿A nosotros? No.
BRAULIO.
El habló con el doctor.
BENITO.
¿A nosotros?. ¿Con qué objeto? Nosotros, en cumpliendo con nuestra obligación...
LORENZO.
(Aparte.) Siento un sudor frío, como sudor de muerte, por todo mi cuerpo. Yo deliro... Nada de esto es verdad, (Repitiendo maquinalmente.) Con su obligación...
BRAULIO.
Nosotros, en estando a la mira por si se desmanda...
LORENZO.
Por si se desmanda... ¿Quién?
BRAULIO.
¡Él!
LORENZO.
(Retrocede unos pasos, mirándolos con terror; se pasa la mano por la frente como para desechar una idea; retrocede más, vacila y se apoya en la mesa. Después habla con voz opaca, muy baja y cortando las palabras.) ¿Conque ustedes lo saben todo?
BRAULIO.
Casi todo.
BENITO.
Como hace tanto que esperábamos, hemos oído las conversaciones de los criados.
LORENZO.
¿Y ellos?
BRAULIO.
De pe a pa. Parece que anteanoche tuvo don Lorenzo un ataque. Usted lo sabrá mejor que nosotros.
LORENZO.
(Con voz cada vez más apagada y más sombría.) Sí.
BENITO.
Dícese que ahogó a una pobre anciana. (DON LORENZO hace un movimiento de horror y de nuevo se cubre el rostro con las manos.)
BRAULIO.
¡Vaya con el hombre! ¡Bien empieza!... Y claro... Siempre sucede lo mismo... La familia...
LORENZO.
¡La familia! (Separando las manos, dando unos pasos como movido por una sacudida eléctrica, mirándolos con suprema ansiedad y hablando con voz sorda.)
BRAULIO.
¡Pues! La familia..., es natural... Como que dicen que quería regalar toda su fortuna. ¡Qué sé yo cuántos millones! ¡Diablo de loco! Nada; lo mejor es lo que han dispuesto: fuera, fuera. Nos lo llevamos y quedan las señoras tranquilas...
LORENZO.
¿A mí?... ¿Ellas? ¿Ángela?... ¿Inés?... ¡No! ¡No! ¡Imposible! (Retrocede de nuevo hacia la izquierda. Sólo el talento del actor puede interpretar estos gritos desgarradores.)
BRAULIO.
(Volviéndose hacia DON LORENZO. Aparte.) Pero ¿qué tiene este señor? (A BENITO.) Mira..., mira. (Ambos loqueros se incorporan un tanto y se inclinan hacia la izquierda, mirando con curiosidad a DON LORENZO; debe estudiarse con cuidado el grupo que forman dichos personajes.)
LORENZO.
¡Aire! ¡Luz! No... ¡Luz, no! ¡Tinieblas! ¡No quiero ver! ¡No quiero pensar! (Cae en el sillón y hunde la cabeza entre las manos.)
BENITO.
¡Toma! Si yo creo que es...
BRAULIO.
¡Buena la hicimos!
BENITO.
¡Quién pensara!
BRAULIO.
Volvámonos a nuestro escondite.
BENITO.
¡Y chitón! No digamos nada. (Se levantan, y con mucha precaución, y observando a DON LORENZO, sin cesar, se dirigen al gabinete.)
BRAULIO.
Claro. Ni una palabra. Nos mandaron que ahí, pues ahí. No debimos movernos.
BENITO.
Como se oían gritos y llantos... (Llegan a la puerta, se detienen y miran a DON LORENZO, que sigue en la misma actitud. Un CRIADO entra por el fondo, pasa rápidamente y sale por la derecha.) Déjale... Déjale... Mientras esté tranquilo... (Entran en el gabinete y cierran la puerta.)

ESCENA X

DON LORENZO y DON TOMÁS con el CRIADO, por la derecha.

LORENZO.
¡Dios mío! ¡Aparta el cáliz de mis labios!... ¡No puedo más, no puedo más!... ¡Si es que no puedo más! (Solloza con desesperación.) ¡Me hiciste creer en ellas! ¡Me hiciste amarlas!... ¡Y ellas, las traidoras!... ¡No!... ¡No! ¡Señor, me has dado la vida, quítamela pronto!... ¡Mira, Dios mío, que me asalta horrible tentación de arrancar con mis propias manos la podrida vestidura de mi carne! ¡Morir..., quiero morir!... ¿Lo ves?... ¡De rodillas te lo pido!»... ¡De rodillas!... ¡Sé bueno!... ¡Sé compasivo!... ¡La muerte!... ¡La muerte!... ¡La muerte a mí, pálida mensajera de tu amor! (Cae de rodillas junto al sillón, y, apoyándose en él, dobla la cabeza y oculta el rostro en las manos.)
TOMÁS.
(En voz baja, al CRIADO.) ¿Vienen ambos?
CRIADO.
(Lo mismo a DON TOMÁS.) Sí, señor; el escribano y el doctor Bermúdez. (DON TOMÁS y el CRIADO se detienen en el centro al reparar en DON LORENZO, que sigue de rodillas y sollozando.)
TOMÁS.
(Dando un paso hacia DON LORENZO. Luego se arrepiente y se dirige al fondo.) ¿Para qué? Terminemos pronto. (Salen DON TOMÁS y el CRIADO.)

ESCENA XI

DON LORENZO; después DON TOMÁS y el DOCTOR BERMÚDEZ.

LORENZO.
¡Ya estoy más tranquilo! ¡La herida es mortal! ¡La siento... aquí, en el corazón! ¡Gracias, Dios bueno! (DON TOMÁS y el DOCTOR entran por el fondo y se detienen observando a DON LORENZO.)
TOMÁS.
Mírelo usted allí..., junto al sillón.
DOCTOR.
¡Desgraciado!
LORENZO.
(Levantándose, y aparte.) ¡Ah, ser miserable! Todavía..., todavía... acariciando esperanzas imposibles... ¿Imposibles?... ¿Y si ellas creen de buena fe que yo...? ¡Ah, si me amasen, no lo creerían! (Con desesperación. Pausa.) Yo le oí a Inés, a la hija de mi alma..., decir: «¡Remordimientos!» ¿Por qué decía remordimientos? (Con agitación creciente y en alta voz.) ¡Todos... miserables!... Casi se alegrarían de que yo muriese... No..., no moriré hasta cumplir mi obligación de hombre honrado, hasta dar desenlace a mi locura.
TOMÁS.
(Poniéndole una mano en el hombro.) Lorenzo.
LORENZO.
(Volviéndose y, al reconocerle, retrocediendo con disgusto.) ¡Él!
TOMÁS.
Te presento al señor Bermúdez, uno de mis mejores amigos. (Pausa. DON LORENZO mira a los dos de un modo extraño.)
DOCTOR.
(A DON TOMÁS, en voz baja.) Vea usted cómo procura dominarse: él tiene conciencia vaga de su situación, no me queda duda.
LORENZO.
Uno de tus mejores amigos... Uno de tus mejores amigos...
DOCTOR.
(Aparte, a DON TOMÁS.) Se le escapa la idea y se afana por retenerla.
LORENZO.
(Con ironía.) Pues si es uno de tus mejores amigos, de su lealtad me responde la tuya.
DOCTOR.
(Aparte, a DON TOMÁS.) Al fin encontré la frase; pero vea usted qué entonación tan poco natural. (En voz alta.) Vengo a ser testigo, según me afirma don Tomás, de un nobilísimo rasgo.
LORENZO.
Y, además, de una indigna traición.
TOMÁS.
¡Lorenzo!...
DOCTOR.
(Aparte, a DON TOMÁS.) Déjele usted decir.
LORENZO.
Y de un ejemplar castigo.
DOCTOR.
(Aparte, a DON TOMÁS.) Muy grave, amigo don Tomás..., muy grave.
LORENZO.
(A DON TOMÁS.) Avisa a todos... A todos, propios y extraños. Que vengan aquí, y que esperen aquí mis órdenes mientras yo cumplo allá mi deber. ¿A qué aguardas?
DOCTOR.
(Aparte, a DON TOMÁS.) No hay que contradecirle; avise usted. (DON TOMÁS toca un timbre; aparece un CRIADO, a quien habla en voz baja, y el cual luego sale por la derecha.)
LORENZO.
Es la última prueba. Casi me inspiran lástima los traidores. ¡Ah!, la seguridad del triunfo me sostiene. Calma, corazón. Ya están... Ya están... ¡No quiero verlas!... ¡A mí, que tanto las amaba!... ¡No quiero..., y a ellas se tornan mis ojos..., y las buscan..., y las buscan!...

ESCENA XII

DICHOS, ÁNGELA, INÉS, la DUQUESA y EDUARDO, por la derecha.

LORENZO.
¡Inés! ¡No es posible!... ¡Ella! ¡No es posible!... ¡Hija mía! (Se precipita con los brazos abiertos hacia ella. INÉS corre a su encuentro.)
INÉS.
¡Padre! (Al ir a abrazarle, se interpone BERMÚDEZ, que los separa violentamente.)
DOCTOR.
¡Eh!... Vamos... Don Lorenzo, puede usted causar mucho daño a su hija.
LORENZO.
(Cogiéndole por un brazo y sacudiéndole con violencia.) ¡Miserable!... ¿Quién eres tú para separarme de ella?
TOMÁS.
¡Lorenzo!
EDUARDO.
¡Don Lorenzo!
ÁNGELA.
¡Dios mío! (Las mujeres se agrupan instintivamente: INÉS, en los brazos de su madre; la DUQUESA, junto a las dos; DON TOMÁS y EDUARDO acuden a librar a BERMÚDEZ de las manos de DON LORENZO.)
LORENZO.
(Dominándose, aparte.) ¡Ya!... Pensarán los imbéciles que es un nuevo acceso de locura. ¡De locura! ¡Ja, ja, ja! (Riendo con carcajada contenida. Todos lo observan.)
DOCTOR.
(Aparte, a DON TOMÁS.) Evidente.
ÁNGELA.
(Aparte.) ¡Ah, mi pobre Lorenzo!
INÉS.
¡Ah, padre mío!
LORENZO.
(Aparte.) Ya veréis como acaba mi locura. Antes de salir de esta casa, ¡con qué placer arrojaré a ese doctor! ¡Ánimo! La lucha me da fuerzas. Pues qué, ¿no hay más que declarar loco a un hombre porque cumple con su deber? ¡Ah!... No es posible. La Humanidad no es tan ciega o tan infame. Basta ya. Calma. Traición, empieza tú, y empieza tú, castigo. (En voz alta.) Ha llegado la hora de que cumpla un deber sagrado, aunque por todo extremo doloroso. Inútil es que ustedes presencien formalidades, que la ley exige, y que fueran harto molestas. El representante de la ley allí me espera, y yo, cumpliendo otra ley más alta, voy a despojarme de bienes que no son míos y de un nombre que, en conciencia, ni yo puedo llevar, ni puede llevar mi familia. Después vendré aquí, y con mi esposa, y con mi..., con mi hija; sin que nadie me lo pueda impedir, sin que podáis resistirme vosotras, saldré de esta casa, que fue para mí pasado de amor y felicidad; que es hoy presente de traición y de infamia. Señores (A DON TOMÁS y BERMÚDEZ.), ustedes me preceden; yo se lo ruego. (Entran todos lentamente en el gabinete de la izquierda. Al salir, dirige DON LORENZO una mirada a INÉS.)

ESCENA XIII

ÁNGELA, INÉS, la DUQUESA y EDUARDO. Las tres mujeres, en primer término. EDUARDO, escuchando a la puerta del gabinete.

INÉS.
¡Dios mío, sálvale!
ÁNGELA.
(Abrazando a su hija.) Sí, tienes razón. Pensemos sólo en él; pidamos sólo por él.
DUQUESA.
Deber sagrado es en ustedes anteponer a su dicha la de don Lorenzo; pero, en todo caso, obligación no menos sagrada es conformarse con una más alta voluntad que la nuestra. (Pausa.)
INÉS.
(A EDUARDO.) ¿Qué dice?... ¡Por Dios!... ¿Qué dice?
EDUARDO.
Está hablando; su frase es fría y severa; pero sin vacilaciones ni ambigüedades. (EDUARDO vuelve a la puerta.)
ÁNGELA.
¡Qué angustia, qué ansiedad! ¡La muerte es preferible a este suplicio!
INÉS.
¡Y qué importa lo que diga mi pobre padre, si de antemano está juzgado!
ÁNGELA.
No, hija mía; no digas eso.
INÉS.
Sí; lo digo porque yo lo siento, porque yo lo veo en los que ahora son sus jueces.
ÁNGELA.
Pero ¿qué ves?
INÉS.
En esa gente, la monomanía del oficio...
ÁNGELA.
¿Y en Tomás?
INÉS.
Sus opiniones científicas... Qué sé yo... Sus propias locuras...
ÁNGELA.
¿Pero en mí?
INÉS.
(Abrazándose a ella.) ¡El amor que me tienes!
ÁNGELA.
¡Calla, Inés, calla!
INÉS.
¡Todos contra mi padre! ¡Pobre padre mío!
DUQUESA.
Usted delira, Inés.
INÉS.
Sí, deliro; como usted y como todos nosotros, ¡menos él..., menos él!... ¡Me lo dice el corazón! Usted misma, señora, lo que desea es la felicidad de Eduardo; y Eduardo, mi amor; y su amor, yo; y mi padre, su virtud, su honradez, son obstáculos para todos nosotros, y en todos nosotros se agita algo oscuro que envuelve en sombras nuestras conciencias. ¡Padre mío! ¡Padre mío!
ÁNGELA.
¡Por Dios, Inés, qué ideas!
INÉS.
¿Qué dice?... ¿Qué dice?... ¡Oigo su voz!
EDUARDO.
(Acercándose.) Habla de una prueba terminante.
INÉS.
(A EDUARDO.) ¿Y ahora?
EDUARDO.
Le exigen la presentación de la prueba para que conste en el acta y para su entrega al juez.
ÁNGELA.
¿Y él?
EDUARDO.
El sonríe con risa de triunfo. Está pálido, muy pálido; pero sereno y digno. Aquí se acerca. (Viene EDUARDO al proscenio y dice, aparte.) Este hombre me da miedo.
INÉS.
(Aparte.) ¡Ojalá..., aunque muera mi amor!
ÁNGELA.
(A la DUQUESA) ¿Será verdad?
DUQUESA.
(A ÁNGELA.) ¿Será verdad?
EDUARDO.
(Aparte, viendo entrar a DON LORENZO.) ¡Ah! ¿Seré yo el insensato?

ESCENA XIV

ÁNGELA, INÉS, la DUQUESA, EDUARDO, DON LORENZO, el DOCTOR y DON TOMÁS. La situación de los personajes es la siguiente: Las tres mujeres, formando un grupo, estrechamente unidas, junto al sofá, en el cual se apoyan. EDUARDO, detrás del sofá, mirando a DON LORENZO con temor y como dominado por él. DON LORENZO, avanzando tranquilo y altivo hacia el centro del escenario. DON TOMÁS y BERMÚDEZ vienen detrás de él y se detienen a algunos pasos de la puerta.

LORENZO.
(Acercándose a la mesa y poniendo la mano, con aire de triunfo, sobre el pupitre.) Aquí está la prueba... Aquí está la verdad. (Pausa. Abre el pupitre y saca el sobre con el pliego en blanco. Después avanza hacia el proscenio. DON TOMÁS y BERMÚDEZ, por un lado; EDUARDO, por otro, se aproximan a él.) ¡Desdichados los que imaginaban sacrificarme a su interés o a su pasión! ¡Cuán amargo será el desengaño! ¡Cuál cruel será el castigo! ¡Ojalá pudiera mitigarlo mi perdón! (Profundamente conmovido.)
ÁNGELA.
(Acercándose.) ¡Lorenzo!
INÉS.
¡Padre!
LORENZO.
¡Esta es la prueba, Tomás; ésta es la prueba, Ángela; ésta es la prueba, hija mía! Oíd. (Pausa. DON LORENZO rompe el sobre. Todos se acercan a él y le rodean.) Esta es... ¿Qué es esto? (Separando el papel de sus ojos y pasando por ellos las manos.) ¿Qué sombras empañan mis ojos?... ¿Hay lágrimas en ellos y me impiden ver?... No... Antes lloré... Ahora no estoy llorando. (Vuelve a mirar el papel con horrible ansiedad, lo extiende, lo vuelve, busca por todas partes lo escrito.) Pero ¿dónde está lo que escribió aquella mujer?... Si yo lo he leído mil veces... Y ahora no puedo... (A DON TOMÁS, mostrándole el papel.) ¿Qué dice aquí?... Lee... Lee pronto... Pero ¿qué dice?
TOMÁS.
Nada, pobre Lorenzo.
LORENZO.
¡Nada!... (Mirando otra vez el papel.) ¡Me engañas! ¡Bermúdez, ése me engaña! ¡Es uno de los miserables que han urdido esa infame traición!... Lea usted... Lea usted...
DOCTOR.
Está en blanco el papel.
LORENZO.
¡No hay nada escrito! ¿Dice usted que no hay nada escrito? No es verdad... No... No es verdad. ¡Inés, hija mía, mi único amor, ven, salva a tu padre!... ¿Qué dice aquí?
INÉS.
¡Nada veo, padre mío!
LORENZO.
Nada... Tampoco ella... Pero esto, ¿no es una prueba?
TOMÁS.
Sí, desdichado amigo... Una prueba... y harto cruel.
LORENZO.
(Dándose una palmada en la frente.) Ah, lo comprendo. (Mirando a DON TOMÁS y a ÁNGELA.) ¡Antes hablaban de una prueba!... ¡Tú!... ¡Y tú!... (A ÁNGELA y DON TOMÁS.) ¡La quitaron de allí!... ¡Jesús! ¡Jesús! (Se aparta de ellos con horror; todos se separan de él, y de este modo queda en el centro, pero un poco aislado. El actor interpretará este momento como crea oportuno. Pausa.) ¡Sea! ¡Sea!... ¡Vencido!... ¡Miserablemente vencido!... ¡Cómo se gozan en su triunfo! ¡Con qué hipócrita dolor me contemplan! ¡Y fingen que lloran! ¡Todos lo fingen! (Pausa.) ¡Ay... mi corazón! ¡Ay... ilusiones de la vida!... ¡Ay... el amor!... ¡Ay... mi hija! ¡Mi hija!... ¡Fantasmas que giran y huyen..., huid para siempre!... ¡Y yo creía en todo! ¡Qué azul era el cielo! ¡Qué blanca la frente de Inés!... Y ahora, ¿en qué voy a creer? Ya lo veis: no lucho. Cedo; vuestra es la victoria. Aquellos hombres, ¿para qué han venido, si yo no resisto? Iré a donde queráis. ¡Adiós! (A DON TOMÁS, que se le acerca y le coge la mano.) ¡No me toques! ¡Cuando la piel humana me roza, me parece que sobre mi carne deslizan víboras.! Yo solo..., solo, subiré a mi calvario, con la cruz de mis dolores, sin infame Cirineo que me ayude. Adiós, amigo leal. (Siempre a DON TOMÁS.) Tú, que has salvado la fortuna de esta desconsolada familia de entre las manos de un loco. Adiós, Ángela..., mi tierna esposa... ¡Veinte años hace que te di, loco de amor, el primer beso! ¡Hoy, también loco, te envío el último! (Envía un beso con grito horrible de desesperación.)
ÁNGELA.
¡Lorenzo!
LORENZO.
¡Pero no te acerques, que pudiera ahogarte entre mis brazos! (ÁNGELA retrocede.) ¡Adiós, Inés, hija mía!... (Con voz llorosa.) Si puedes..., sé feliz... A ti nada te digo... No puedo hablarte con enojo. (Da algunos pasos y se detiene, falto de fuerzas; quieren acercarse a él, pero los rechaza.) Dejadme: no necesito a nadie. El sudor empapa mi frente, y la sed seca mis labios, y algo que quema mucho hincha mis párpados. (Deteniéndose.) Oye..., Inés... ¡Hija mía! Si aún me conservas algún amor; si, por ventura, sientes compasión hacia tu padre; si te pesa lo que entre todos habéis hecho..., ¡ven por última vez a mis brazos! ¡Que yo lleve a ese infierno de dolor que me aguarda una lágrima de tus ojos en mi frente y un beso de tus labios en mis labios!
INÉS.
¡Padre! (Quieren sujetarla; pero se desprende de todos y corre hacia DON LORENZO, que se precipita hacia ella y la oprime frenético contra su pecho.)
LORENZO.
¡Hija! (Todos se precipitan hacia ellos, pero sin pretender separarlos todavía.)
INÉS.
¡No..., que no te lleven! ¡Yo te amo!... ¡Todos mienten, menos tú!
LORENZO.
¿Tú no quieres que me lleven aquellos hombres?
INÉS.
¡No..., no!... ¡Defiéndete!... ¡Defiéndeme a mí!...
LORENZO.
(Quiere huir con ella, oprimiéndola contra su pecho.) ¡Sí!... ¡Yo te defenderé!... ¡Que te arranquen de mis brazos!
ÁNGELA.
¡Mi hija!... ¡Mi hija!... ¡Socorro! (EDUARDO, DON TOMÁS y BERMÚDEZ pugnan por separar al padre de la hija.)
LORENZO.
¡No la soltaré!... ¡Eternamente contra mi pecho!
INÉS.
¡Sí, sí, padre mío! ¡Defiéndeme!
DOCTOR.
Es preciso.
EDUARDO.
¡Don Lorenzo!
TOMÁS.
¡Lorenzo!
DUQUESA.
¡Dios mío! ¡Va a matarla como mató a Juana!
ÁNGELA.
¡Inés! (Todos estos gritos, casi simultáneos; la lucha, rápida; los LOQUEROS salen. Por último, los hombres sujetan a DON LORENZO, y las dos mujeres contienen a INÉS, arrancando de este modo, a viva fuerza, a la hija de los brazos de su padre.)
EDUARDO.
¡Al fin!
LORENZO.
No he podido más, hija..., no he podido más... Aquí, sobre mi rostro, siento tus lágrimas y tus besos... Ella me amaba..., era inocente... ¡Dios mío, ya lo veo, Tú aceptaste mi martirio en aquella noche de lucha y de tentación a cambio de su dicha! ¡No me arrepiento! ¡Hazla dichosa..., muy dichosa!..., y para mí..., ¡para mí sólo su cáliz de amargura!
INÉS.
¡Adiós! ¡Yo iré a salvarte!
LORENZO.
¿Qué podrás tú..., hija mía..., si Dios no me salva? (Queda cerca del gabinete, entre los LOQUEROS, EDUARDO, DON TOMÁS y BERMÚDEZ, que le sujetan. INÉS, contenida por las mujeres y en primer término, tendiendo hacia él los brazos. Telón.)

FIN DE «O LOCURA O SANTIDAD»

Хосе Эчегарай. Безумие или святость. José Echegaray. O locura o santidad
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