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SILVIO.-Y, sobre todo, que hable; que hable, al menos una vez en su vida.
GABINO.-Pues me parece que nos hemos contagiado y que estamos hablando como él, a pistoletazos: ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
SILVIO.-Ya está aquí.
BLAS.-(Entra con mucha calma y fumando en pipa.) Señores…
DAMIÁN.-(Dándole la mano.) Don Blas…
SILVIO.-(Lo mismo.) Señor mío…
GABINO.-(Lo mismo.) Mi buen amigo…
BLAS.-Felices.
SILVIO.-Ya le habrán dicho que deseábamos celebrar con usted una conferencia muy larga, muy grave, muy decisiva.
DAMIÁN.-Eso es: larga, grave y decisiva.
GABINO.-Uno mi voz a la de mis ilustres amigos.
BLAS.-¿Muy larga?
SILVIO.-Así lo espero y aun lo temo.
BLAS.-Pues sentémonos.
SILVIO.-Hay que tomar la de muy lejos, ¿no les parece a ustedes? Don Marcelo fué siempre decidido protector de la literatura… y…
DAMIÁN.-Y de la ciencia.
GABINO.-Y del arte.
BLAS.-Y de las niñas bonitas.
SILVIO.-Digo que don Marcelo nos distinguió siempre con su amistad, con su simpatía, con su valiosa protección, y tuvo, por último, la feliz idea… ¿Me atreveré a llamarla feliz?
BLAS.-Atrévase, usted.
SILVIO.-Pues tuvo la feliz idea de confiarnos la educación literariocientificoartística de su encantadora pupila y prometida, la preciosa, la encantadora, la divina… y la diabólica Paquita, un año hace o poco más…
BLAS.-Catorce meses.
SILVIO.-Catorce meses hace que desempeñamos esta misión delicada con toda la lealtad, con todo el celo, con toda la exactitud, con todo el tacto…
BLAS.-Sí; con todo.
SILVIO.-Con todos los medios que nos sugiere nuestra experiencia. Y los resultados prácticos, pregunto yo con honrada franqueza, ¿han correspondido a nuestros esfuerzos, a nuestro celo, a nuestra actividad, a…?
BLAS.-Sí; a todo lo de antes.
SILVIO.-Mis compañeros dirán su opinión; por mi parte, con dolor profundo, afirmo que niego. Es decir, digo que no.
DAMIÁN.-Pues yo declaro en redondo que no.
GABINO.-Pues yo uno mi voz a la de mis queridos amigos.
BLAS.-Bueno; pues no.
SILVIO.-¿Y consiste acaso tan deplorable resultado en falta de aptitud de nuestra simpática Paquita? ¡Ah! Eso también lo niego con negación rotunda. Su imaginación, es vivísima; su talento, lúcido; su penetración, grande. Pero en la parte que pudiéramos llamar técnica, todo lo confunde, todo lo baraja, no sabe nada de nada.
DAMIÁN.-Talento natural, pero ignorancia suprema.
GABINO.-Voz divina, oído finísimo…; pero rompe las teclas del piano.
SILVIO.-No quiere aprender.
DAMIÁN.-No quiere estudiar.
GABINO.-(Acosando todos a Don Blas.) No quiere hacer nada esa criatura.
SILVIO.-¡Qué lecciones!
DAMIÁN.-¡Qué lucha!… ¡Ayer me rompió una máquina eléctrica!
GABINO.-¡Qué desentono!… Anteayer me dió un capirotazo en la nariz…. de broma, ¿eh?, pero me hizo daño.
SILVIO.-Senos escapa y se va a corretear con esos dos salvajes: con Juan y con Lorenza.
BLAS.-¡Guapa chica!
SILVIO.-¿Quién?
BLAS.-Lorenza.
SILVIO.-(Cruzándose de brazos.) Pues así estamos.
BLAS.-¿Y qué?
SILVIO.-Que nuestra situación es grave; nuestra posición, falsa; nuestra responsabilidad, inmensa. Volverá don Marcelo dentro de cuatro o cinco meses.
BLAS.-Antes.
SILVIO.-¡Antes! Ya lo oyen ustedes.
DAMIÁN.-Y quedaremos deshonrados a los ojos de nuestro ilustre amigo y protector.
GABINO.-¡Esto es para trinar! ¿No le parece a usted, don Blas?
BLAS.-Sí, señor; trine usted.
SILVIO.-Porque dirá don Marcelo «¿Qué habéis hecho de Paquita? ¿Qué habéis hecho de ella, pedagogos ineptos? Ignorante la dejé; ignorante la encuentro.».
BLAS.-¿Y qué remedio?
SILVIO.-A usted, acudimos como a la persona de más respetó de la casa.
BLAS.-Y yo, ¿qué hago?
DAMIÁN.-Llamar a Paquita, reñirle y obligarle a que, al me nos, aproveche estos cuatro o cinco meses últimos.
BLAS.-¡Meses! ¡Ya! ¡Ya!
GABINO.-¡Usted cree…!
BLAS.-Que el mejor día le tenemos aquí.
SILVIO.-No será el mejor: será el más funesto.
DAMIÁN.-Pero ¿cuándo?
BLAS.-No sé.
SILVIO.-Es decir, ¿que puede venir de pronto? ¿Puede venir este mes? ¿Puede venir esta semana?
BLAS.-Puede venir hoy mismo.
DAMIÁN.-Pero ¿es seguro?
BLAS.-Seguro, no.
SILVIO.-Avisará al menos.
BLAS.-Quince minutos antes de llegar. Desde el pueblo.
SILVIO.-¿Y qué hacemos?
DAMIÁN.-Tarde mucho o tarde poco, aprovechar el tiempo. Usted llama a Paquita.
BLAS.-¿Yo?
SILVIO.-¿Pues quién?
BLAS.-La llamaré.
DAMIÁN.-Usted la reprende.
BLAS.-La reprenderé.
GABINO.-Usted se muestra severo.
BLAS.-Me mostraré.
SILVIO.-Pero ahora mismo.
BLAS.-¿Ahora?
SILVIO.-Hay que ganar tiempo.
BLAS.-¿No sería mejor mañana?
DAMIÁN.-No, señor.
BLAS.-Pues que venga.
SILVIO.-Aquí viene la institutriz. Haga usted, don Blas, que comparezca ante nosotros Paquita.
BLAS.-Pues que comparezca.

Escena II
Don Blas, Don Silvio, Don Damián, Don Gabino y Doña Gertrudis.
GERTRUDIS.-(Muy alarmada.) ¿Han visto ustedes a Paquita?
SILVIO.-No la he visto en toda la mañana. Faltó a mi lección.
DAMIÁN.-Y a la mía.
GABINO.-Hace cuatro días que no da lección conmigo.
GERTRUDIS.-Pero ¿dónde está esa criatura? Señor don Blas, esto no puede continuar así. Yo no puedo con Paquita. Es muy buena, lo confieso. Muy simpática. La quiero mucho. Tiene disposiciones felicísimas; eso sí. ¡Cómo habla el francés! ¡Qué pronunciación para todos los idiomas! ¡Pero es una paloma torcaz! Don Blas, yo declino en usted todas mis responsabilidades.
DAMIÁN.-Y yo las mías.
SILVIO.-Y las mías yo.
GABINO.-Yo uno mis responsabilidades a las de mis dignos compañeros.
BLAS.-Y yo, ¿en quién las declino?
SILVIO.-A usted le pertenecen por entero.
BLAS.-¡Ah: en su abuela!
GERTRUDIS.-¡Ay don Blas, si esto es irresistible!
DAMIÁN.-¡Intolerable!
SILVIO.-Pero ¿dónde está Paquita?
GERTRUDIS.-Don Blas, hay que buscarla.
BLAS.-Que la busquen.
GERTRUDIS.-Pero ¿adónde a ido? ¡A mí me va a dar algo!
SILVIO.-Resuelva usted, don Blas.
BLAS.-¡Don Silvio!
SILVIO.-¡Qué!
BLAS.-¡Ordene usted!
SILVIO.-Qué?
BLAS.-Que me la traigan.
SILVIO.-¡Al diablo el imbécil!
Escena III
Don Blas, Don Silvio, Don Damián, Don Gabino, Doña Gertrudis y Maruja.
GERTRUDIS.-Aquí viene doña María… Quizá ella podrá darnos alguna noticia de esa Paquita de mis pecados.
MARUJA.-¿Han visto ustedes a mi nieta? ¿Ha vuelto?
GERTRUDIS.-Pero ¿adónde ha ido?
MARUJA.-No sé; y ya estoy alarmada.
SILVIO.-Lo estamos todos, señora. Hasta don Blas.
BLAS.-¿Yo? ¡Ah…, sí…, también!
GABINO.-(A Maruja.) Usted, ¿qué sabe?
MARUJA.-Yo…, nada. Me acosté temprano, porque no estaba buena. Me levanté temprano, porque estaba mejor. Fui a su cuarto y había volado el pájaro.
SILVIO.-Pero,¿adónde ha ido? Si don Marcelo llegase de pronto, como dice este señor que puede llegar, y nos preguntase por su Paquita, ¿qué le decíamos? ¿Qué le decía usted, don Blas?
BLAS.-¿Yo? Nada.
SILVIO.-¡Pero, hombre!
BLAS.-¡Si no sé nada!
DAMIÁN.-Hay que preguntar.
GABINO.-Hay que inquirir.
GERTRUDIS.-Hay que mandar gente al bosque.
MARUJA.-¡Mi pobre Pacorra! ¿Le habrá sucedido algo? Aunque yo creo que no, porque de éstas ha hecho muchas. Y además, me dijo el jardinero que muy tempranito, al rayar el día, la vió con Juan y con Lorenza ir así como hacia el picacho del Gaitán.
SILVIO.-¡Acabara usted, señora! Se fué de expedición con esos dos brutos a ver salir el sol desde arriba.
GERTRUDIS.-Eso será. Pero ya tenía tiempo para estar de vuelta. Supongan ustedes que le sucede algo. ¿Y entonces?
MARUJA.-¡Sucederle…, no le sucede nada!
SILVIO.-Y cuando don Marcelo vuelva y sepa estas cosas irregulares…, me atreveré a llamarlas irregulares…, ¿qué dirá? ¿Qué se le ocurrirá? ¿Qué cara pondrá?
MARUJA.-¡Es verdad! ¡Ríñanla ustedes mucho! ¡Se acabaron las explicaciones!
SILVIO.-(A Don Blas.) De todas maneras, usted se encarga de poner orden.
BLAS.-Me encargo.
GERTRUDIS.-¡A ver, a ver! ¿No es aquélla?
MARUJA.-¡A ver! ¡No veo!
SILVIO.-Sí; es ella.
GERTRUDIS.-¡Gracias a Dios!… ¡Ay Dios mío, tenía un susto!… ¡Pobrecilla!
MARUJA.-Ahora ya la veo… ¡Qué mona viene!
DAMIÁN.-Esas zalamerías, esos mimos, pierden a Paquita. Mire usted, doña María, retírese usted, porque delante de usted no hay modo de reñirla.
MARUJA.-Bueno, bueno; como ustedes dispongan. Pero no la riñan mucho; ella no la hace a mal hacer. Es su costumbre: ya ven ustedes.
DAMIÁN.-Y usted, doña Gertrudis, márchese con doña María, porque usted también es blanda de corazón.
GERTRUDIS.-Es que Paquita es monísima… y yo…. si no fuera por mi responsabilidad… ¡Ah, es que conmigo ha adelantado mucho! De mí no la diga usted nada, don Blas.
BLAS.-Ni palabra

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