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algo. Vaya, pues empiece.
MARCELO.-La no es muy larga: cuatro palabras. Me encontré sin padres y sin parientes a los diez años; y además era pobre. Sólo me quedaba un tío, que se había ido a California. Un marino, vecino nuestro, me recogió y me llevó al mar con él. «Yo comercio con los Estados Unidos, me dijo; alguna vez encontraremos allá a tu tío.» Y al mar. El hombre era negrero, y cinco años, desde los diez a los quince, en el barco negrero estuve.
PAQUITA.-¡Qué bonito!… ¡Un barco negrero! Eso debe ser…. debe ser…. así… ¿Cómo es?
MARUJA.-Es una cosa muy mala.
PAQUITA.-¡Sí!
MARCELO.-Muy mala. Servían esos barcos para el comercio de esclavos. Se compraban o se cazaban negros en Africa y luego se vendían. Nosotros los vendíamos en los Estados Unidos. ¿Comprendes?
PAQUITA.-(Cogiéndole las manos.) Sí, señor. Y usted… ha sido eso… ¡Ay, qué pena! ¡Pero ya no lo es!
MARCELO.-No, hija. Yo era muy niño: me llevaban, ¡yo qué sabía! Se cae donde se cae.
PAQUITA.-Es verdad: usted en el negrero y Canelo en el remanso de la presa.
MARCELO.-Y él no tuvo la culpa de caer.
PAQUITA.-Es verdad: ni usted tampoco. ¿Es verdad, abuela, que no tuvo la culpa?
MARUJA.-¡Qué había de tener! ¡Por Dios, si es un bendito!
MARCELO.-Pues al vender un cargamento de esclavos una vez, me encontré con mi tío. Era uno de los compradores. Y mi capitán hizo entrega solemne de mi persona.
PAQUITA.-¿A su tío de usted?
MARCELO.-Sí.
PAQUITA.-¿Y su tío de usted compraba esclavos?
MARCELO.-Tenía ingenios, plantaciones…
PAQUITA.-¡Ay don Marcelo, y qué triste ha sido su vida de usted! ¡Primero con el que vendía y luego con el que compraba! ¡Vamos, abuela, que con esa vida haber salido tan bueno! ¡Se cayó el pobre Canelo en el remanso y salió de barro y porquería que no se podía coger: y usted se cae en el barco negrero, y se cae usted en la plantación, y sale usted tan limpio y tan honradote, y tan decente, y tan compasivo! ¡Vamos, que es usted…, me dan ganas de llorar pensando lo que es usted! ¡Ay abuelita, qué bueno, qué bueno, pero qué bueno! (Se abraza a MARUJA y lloriquea.)
MARCELO.-(A Don Blas.) ¡Es un ángel!
BLAS.-(A Don Marcelo.) Vestido de lugareña.
MARCELO.-¡Es una sensitiva!
BLAS.-Metida en un cardo.
MARCELO.-Será mi esposa: mi legítima esposa: me querrá mucho… ¡y me moriré por ella!
BLAS.-Lo creo.
PAQUITA.-¿Y cómo acaba la ?
MARCELO.-Mi tío, aunque te parezca mentira, era un buen hombre, me quería con delirio; me educó a lo gran señor, y como él era inmensamente rico…. minas, plantaciones, miles de esclavos…, no hubo nada imposible para mí. Crecí, gocé…; se me había acorchado la piel en el barco negrero; se me estragó la conciencia con los placeres; se me embraveció la voluntad con la falta de freno. Llegué a ser egoísta, brutal, pervertido.
PAQUITA.-¡Ave María Purísima! ¡Ay abuela!…
MARCELO.-Te digo todo esto, porque hoy debo decirte la verdad entera; es preciso que me conozcas; yo no engaño a nadie y menos a ti. Luego tú decides.
PAQUITA.-¡Que yo decida, señor!… ¿Tú sabes lo que quiere decir?
MARUJA.-No lo sé, Pacorra; no lo sé.
MARCELO.-Déjame acabar. Yo en el fondo no era malo. A veces sentía aquí dentro… así como un pinchazo. Todavía lo siento algunas veces.
PAQUITA.-¿Un pinchazo? Pues oiga: una cataplasma de malvas, bien cargadita de manteca y con unas gotas del aceite de la lámpara que alumbra a la Virgen y no hay postema que resista.
BLAS.-(A parte.) ¡En estado primitivo!
MARCELO.-No me comprendiste; quería decir que, a veces, me atormentaba el remordimiento.
PAQUITA.-Ya… Pues para eso no sirve la cataplasma; pero puede usted consultar con el señor cura.
MARCELO.-Con él consultaremos los dos.
PAQUITA.-¡Yo también!… ¡Abuela!…
MARCELO.-Un día, por una cosa al parecer insignificante, estalló la gran crisis de mi vida, ¡la gran crisis!
PAQUITA.-¿La qué?… ¿La gran qué?… ¿Cómo es eso?
MARCELO.-La crisis. Es decir, que de golpe se me despertó la conciencia. ¿No has despertado tú nunca de golpe?
PAQUITA.-(Dando una palmada.) ¡Sí, señor!, una vez que me caí de la cama.
MARCELO.-Pues eso: yo me caí también, ¡de golpe!
PAQUITA.-¿Y cómo fué? ¿Soñó usted con el negrero?
MARCELO.-Algo de eso hubo. Estaba yo en el jardín de nuestro palacio…. de nuestro palacio puedo decir…. tirando al blanco: un blanco muy difícil: en el filo de un machete había que partir una bala. Tiré…, tiré…. tiré… tres veces y nada. ¡Estaba furioso, humillado! Apunté largo rato, fijé el pulso, la voluntad me petrificó el cuerpo; contuve la respiración; estiré los nervios. ¡Ah! ¡Ahora estaba seguro!… Y en el momento de disparar, un negrito de cuatro años, que jugaba a mi alrededor, mientras embobada me seguía con la vista su madre, vino, a caer entre mis piernas, me desvió el tiro y marré una vez más. No pude contenerme; le di un puntillazo, rodó, pegó con la cabeza en una piedra y sangre roja inundó su cara negra y su ensortijado pelambre.
PAQUITA.-¡Ay señor, y qué malo era usted!
MARUJA.-¡Chiquilla!
MARCELO.-Tiene razón. La madre se arrojó sobre mí como una tigre y clavó sus diez uñas en mi cara, pegando la suya brutal a la mía ensangrentada, y hundiendo los rayos de sus ojos en mi alma, mientras sus zarpas se hundían en mi piel.
PAQUITA.-¡Hizo bien!… ¡Digo…, usted pensará que hizo bien… porque como ahora es usted tan bueno!…
MARCELO.-Hizo bien y me salvó.
PAQUITA.-¿Castigó usted a la pobre mujer?
MARCELO.-No; me dejé arañar.
PAQUITA.-Así se hace.
BLAS.-(Aparte.) Ya lo educa.
MARCELO.-Me fuí a mi cuarto; en él me encerré y en ocho días no pude salir. ¿Adónde iba yo con aquella cara? Y durante esos ocho días vi constantemente pegado a mi rostro el hocico prolongado de la negra. Era horrible, pero era madre, y su cara de mona se me metió en el corazón convertida en cara de ángel.
PAQUITA.-¡Ajajá!
MARCELO.-Desde entonces me fuí transformando poco a poco, y el negrero y el libertino… al fin se sintió hombre. Cuando murió mi tío, dejándome heredero de su inmensa fortuna, di libertad a todos mis esclavos y a la negra de los arañazos la hice rica. Desde entonces jamás atropellé al débil; contuve mis ímpetus, con trabajo, pero los contuve, y seguí en línea recta y en línea recta voy.
PAQUITA.-(Con alegría.) ¡Vamos!
BLAS.-Y yo, ¿puedo marcharme en línea recta?
MARCELO.-Haz lo que quieras.
BLAS.-Lo digo porque me aburro.
MARCELO.-Pues vete.
BLAS.-(Aparte, a Don Marcelo.) ¿Es ahora la declaración?
MARCELO.-Sí.
BLAS.-Adiós.
MARCELO.-¿Me dejas?
BLAS.-En familia.
MARCELO.-¿Volverás?
BLAS.-Luego.
MARCELO.-Pues a pasear.
BLAS.-A eso voy. (Sale lentamente por el fondo y fumando.)

Escena V
Don Marcelo, Paquita y Maruja.
MARCELO.-Y ahora, vamos a lo importante.
MARUJA.-¡Ay señor! ¿Ocurre algo?
MARCELO.-Y muy grave.
PAQUITA.-¡Ay Dios mío! ¿Le pasa a usted algo malo?
MARCELO.-Yo creo que no.
PAQUITA.-Entonces, deje lo demás. (Pausa. Don Marcelo mira tiernamente a Paquita, se acerca y le coge una mano.)
MARCELO.-Paquita, ¡te quiero mucho!
PAQUITA.-¡Torna, ya se conoce! ¡Pues lo que hace con nosotras! ¡Si nos tiene, vamos como si fuéramos dos señoras! ¿Y qué hacemos nosotras, abuela? ¡Pues no hacemos nada!
MARUJA.-Hija, yo le cuido la ropa blanca.
PAQUITA.-Pero yo no le cuido nada. ¡Es una vergüenza! ¿Quiere usted que le cuide algo?
MARCELO.-A eso vamos.
PAQUITA.-Pues vamos.
MARCELO.-Acércate, mírame bien, más fija. Dame las dos manos. Así; no dejes de mirarme. (Paquita le obedece y abre mucho los ojos, entre asombrada y risueña. Maruja los contempla, abriendo la boca.)
PAQUITA.-¿Vamos a bailar? ¡Parece que vamos a bailar! Vaya, vaya; pues todavía está usted para echar una danza.
MARCELO.-Paquita, ¿quieres casarte conmigo?
PAQUITA.-(Separándose.) ¡Virgen Santísima!
MARUJA.-(Santiguándose.) ¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!
PAQUITA.-¿Pero es broma?
MARCELO.-¡Es tan verdad como el Dios que está en los cielos!
PAQUITA.-¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡ay! ¿Oye usted, abuela?
MARUJA.-¿Pero te lo crees tú, tonta? ¡Para ti está! ¡Es juego!…
PAQUITA.-(Seria.) Juró por el de arriba, abuela.
MARCELO.-¿Tú me quieres?
PAQUITA.-¡Ya lo creo! Pues si con lo que ha hecho por nosotras no le quisiera con toda mi alma, dígale a usted que era yo más mala…, más mala…, más mala que usted cuando andaba en el negrero y por los plantíos.
MARUJA.-Que no le quisiera a usted y ya vería lo que era su abuela; que dientes no tendrá, pero todavía tiene uñas como la negraza de los arañazos.
MARCELO.-Entonces, cosa hecha. ¿Quieres ser mi mujer? Dilo

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