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co vellón.
SILVIO.-No dice lo de blanco, pero adelante: no está mal que un vellón sea blanco.
PAQUITA.-«Sic vos non vobis, mellificatis, apes». Así vosotras, y no para vosotras, labráis la miel, ¡oh abejas! «Sic vos non vobis, fertis aratra, boyes». Así vosotros, y no para vosotros, mansos bueyes, arrastráis el arado por el campo.
SILVIO.-Bueno, bueno; libre, pero está bien. (A Don Marcelo.) ¿Qué tal?
MARCELO.-(Sombrío.) ¿Y a qué viene enseñar esas tonterías a Paquita?
SILVIO.-¡Don Marcelo!
DAMIÁN.-(A Don Gabino.) Tiene razón.
MARCELO.-¡Latinajos que aprende de memoria y que no entiende!
PAQUITA.-(Picada.) ¡Sí lo entiendo!
MARCELO.-¡Qué has de entender!
PAQUITA.-Pues sí, señor. Yo lo explicaré.
MARCELO.-¡Qué has de explicar tú!
PAQUITA.-¡Vaya que sí! Es lo mismo que si le dijeran a usted: «Tú has hecho de este palacio un nido para tu Paquita, tú has echado sobre el cuerpo de la rústica galas y ricos trajes…, vamos, como el vellón aquel; tú fabricas para la pobre muchacha toda la miel de tu cariño; tú trabajas en la labor de la vida para regalarla comodidades y placeres…. y viene otro señor con las manos lavadas y te la quita, y tú te quedas como el ave, como la ovejuela, como la abeja y como el buey de Virgilio». ¿No es esto? Dígalo usted.
MARCELO.-(Dando un puñetazo y saltando de la mesa.) ¡Esto es intolerable! ¿A qué viene enseñar a Paquita esos desatinos?
PAQUITA.-¡Ay Dios mío, abuela, doña Gertrudis!
GERTRUDIS.-¿Lo ves, hija?
MARUJA.-Se enfadó por lo del buey.
SILVIO.-Pero don Marcelo…
DAMIÁN.-Don Marcelo, ¡por Dios!…
GABINO.-Considere usted…
MARCELO.-¡Basta! Acabaron ciencias, artes, retórica y buena educación. Ya está bastante afinada Paquita; demasiado. Ahora, a embrutecerla otro poco. Profundamente agradecido a su celo; ustedes se quedan aquí hasta que yo vuelva; cuestión de un par de meses. ¡Pero nada de lecciones!
PAQUITA.-¡Qué gusto!
SILVIO.-Pero en dos meses más…
MARCELO.-En dos meses más esa criatura encantadora sería un definitivo mamarracho. (Cogiendo a Paquita por la mano.) ¡No más lecciones! Vuelve al seno de la Naturaleza, embrutécete, embastécete, bestialízate. Por maestros, el bosque, el monte, el sol, el viento; lo más salvaje, lo más rústico. Mira, por maestros, esos dos… (Señalando a Juan y Lorenza.), que dicen que son los más estúpidos de la comarca.
PAQUITA.-Sí, señor; yo le obedeceré en todo.
MARCELO.-¡Adiós, Paquita! ¡Te quiero como siempre; eres buena como, siempre; hermosa, más que nunca! Pero hasta que no te eduquen esos…, irresistible. Adiós. (A Don Blas.) Señores, quedan ustedes en su casa, y perdonen el mal humor. (Se inclina con cortedad.) ¡ Pedro, el coche y a escape! ¡Adiós, señores! ¡Adiós Paquita! ¡Adiós, Pacorra! ¡En marcha! ¡El diablo cargue conmigo y con estos imbéciles (Sale por el foro.).

Escena XIV
Dichos, menos Don Marcelo.
JUAN.-¡Ahora yo mando!
MARUJA.-¡Pero Paquita!
PAQUITA.-Don Marcelo lo ha dispuesto, y hasta que vuelva…
JUAN.-¡Hasta que él vuelva, tú comnigo! Y antes que vuelva, ya iremos al picacho, y estando arriba… ¡Pacorra…, Pacorra!… ¡Qué fácil es que rodemos al fondo!… ¿Te acuerdas? Aún quedaba otra rosa que coger.
Telón
Acto tercero
La misma decoración del acto anterior.

Escena primera.
Don Silvio y Don Gabino; después Don Damián, en traje de camino.
GABINO.-Lucidos nos vamos.
SILVIO.-Pero con dignidad.
DAMIÁN.-(Entrando.) ¿No despertó don Marcelo todavía?
SILVIO.-Todavía no. Y estamos esperando a que despierte para despedirnos.
DAMIÁN.-A eso precisamente vengo. ¿Llegó tarde don Marcelo?
SILVIO.-Muy tarde y sin avisar a nadie. Todos dormían ya. Según me dijo doña Gertrudis, viene muy sombrío. Y sin ver a Paquita, y sin permitir que la despertasen, se encerró en su cuarto.
DAMIÁN.-¿Y continúa durmiendo?
GABINO.-Así parece.
DAMIÁN.-¿Quién le recibió?
SILVIO.-Ya lo he dicho: doña Gertrudis.
DAMIÁN.-¿Y Paquita?
GABINO.-No se enteró. Dormía, por lo visto, con sueño profundísimo.
DAMIÁN.-¡Ya lo creo! ¡Tal ejercicio hace! Todo el día por esos valles y por esos montes con «su ilustre preceptor».
SILVIO.-El insigne Juan.
DAMIÁN.-¡Ya, ya! ¡Conque de paseo Paquita y Juanito! Yo no he vuelto por aquí desde que me destituyó solemnemente don Marcelo.
SILVIO.-Ni yo.
GABINO.-¡Oh! Ni yo tampoco.
SILVIO.-Pero nos mandó don Marcelo de palabra, y por después, que esperásemos…, y esperé.
DAMIÁN.-Era un acto de cortesía.
SILVIO.-(Con misterio.) Pero yo sé todo lo que pasa por doña Gertrudis… (Riendo.), que, entre paréntesis, se ha dedicado a la educación de doña María.
DAMIÁN.-(Con curiosidad.) ¿Y qué pasa?
GABINO.-(Lo mismo.) ¿Qué pasa?
SILVIO.-(Con malicia.) Nada; lo que les he referido: Paquita y Juanito…, de paseo.
DAMIÁN.-¿Solos el nuevo profesor y la preciosa educanda?
SILVIO.-No; los acompaña Lorenza, la hermana de Juan, ¡una chica muy guapa!
DAMIÁN.-¡Ya…, ya lo reparé hace algunos meses!… ¡Muy guapa!
SILVIO.-Y don Blas, saliendo de su apatía, los acompaña también. Dice que necesita velar por la prometida de su amigo.
DAMIÁN.-¿Y los cuatro…?
GABINO.-¿Los cuatro…?
SILVIO.-Por esos andurriales.
DAMIÁN.-(Con sigilo.) ¿Saben ustedes lo que yo creo? Que don Marcelo es… ¡un pobre hombre!
GABINO.-¡Pobre, y cuenta los millones por centenares!
DAMIÁN.-Pues con todos esos millones… es un pobre hombre. Al diablo se le ocurre encomendar a Juan la educación de Paquita.
SILVIO.-Aquello fué una genialidad, un arranque de mal humor, una «boutade»; aquello no fué serio; ya lo comprenden ustedes.
GABINO.-Fué un modo de despedirnos.
DAMIÁN.-Tal vez. Pero en serio debimos tomarlo nosotros, siquiera por delicadeza.
SILVIO.-Claro está.
GABINO.-Y muy en serio lo tomó el bestia de Juan.
SILVIO.-No es bestia: es un tunante muy largo.
DAMIÁN.-¡Qué ha de ser bestia! El director, míster Collins, que le ha tomado bajo su protección, dice que ese herrero será algo, será mucho. Por herreros empezaron algunos grandes hombres.
SILVIO.-¡Y con qué humildad acató ella las órdenes de don Marcelo!
DAMIÁN.-(Con intención.) Me parece que más se aplicará a las lecciones de Juan que a las nuestras.
SILVIO.-Y más obediente será.
GABINO.-Es de temer…, digo, es de creer.
DAMIÁN.-Ya se lo insinuaba yo a don Marcelo al contestar a su .
SILVIO.-¡Hombre, qué coincidencia! Yo también se lo insinuaba». «Nosotros sembramos, Juan recoge: sic vos non vobis».Así se lo decía.
GABINO.-¡Ya, ya!… ¡Casualidad es! Porque algo le insinuaba yo también.
SILVIO.-(Riendo.) ¡Resulta, señores, que todos se lo hemos insinuado!
DAMIÁN.-¡Ya verán ustedes como no se da por entendido!

Escena II
Don Damián, Don Gabino, Don Silvio y Doña Gertrudis.
GERTRUDIS.-¡Felices días!
SILVIO.-(Saludándose todos.) ¡Muy felices!
DAMIÁN.-¿Despertó don Marcelo?
GERTRUDIS.-No lo sé. Me he asomado dos o tres veces a su cuarto; pero todo está muy oscuro.
SILVIO.-Muy oscuro, créame usted.
GERTRUDIS.-Pues no me atreví a entrar. Si continúa durmiendo o si despertó y medita en la oscuridad, no lo sé.
GABINO.-Y Paquita, ¿despertó?
GERTRUDIS.-¡Ya lo creo! Como que tenían preparada una expedición a la sierra, y vinieron a buscarla Juan, Lorenza y don Blas.
SILVIO.-¿Y allá se fué con los otros «a ver salir el sol» mientras don Marcelo medita en la oscuridad?
GERTRUDIS.-¡Ay señores!… ¡Eso, no!… ¡Válgame, Dios! Paquita es aturdida, amiga de divertirse, holgazana…. pero no hace esas cosas. En cuanto supo que había vuelto don Marcelo, les despachó a todos con muy malos modos…. sobre todo a Juan. Pero como Juan tiene ese geniazo, se empeñó en llevársela…. y ella, ¡ya, ya!, ¡le dijo cosas!… El otro se marchó con la cabeza baja y mordiéndose los puños.
DAMIÁN.-¿Qué les parece a ustedes?
SILVIO.-¡Ya, ya!
GERTRUDIS.-¡Oh! Tres o cuatro veces le he escrito a don Marcelo que la compañía de Juan no es «conveniente» para Paquita. Y también se lo he dicho a doña María; pero doña María es una bendita del Señor.
DAMIÁN.-Y ahora, ¿qué hace Paquita?
GERTRUDIS.-En la sala que precede al cuarto de don Marcelo está sentadita y esperando que don Marcelo despierte. De cuando en cuando se acerca de puntillas, abre la puerta un poco, lo ve todo oscuro y vuelve a sentarse.
GABINO.-¿Y habrá demostrado mucha alegría por la vuelta de su futuro esposo?
GERTRUDIS.-No sé, porque quien le dió la noticia fué su abuela. Pero ahora más bien parece triste. Tendrá miedo que le riña don Marcelo.

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