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Хорхе Хуан и Антонио де Ульоа. Секретные сведения об Америке. Jorge Juan y Antonio de Ulloa. NOTICIAS SECRETAS DE AMERICA


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38. Cada particular se estima tanto con lo que goza que se considera como un pequeño soberano en sus mismas , siendo dueño absoluto de ellas, y casi sin otra sujeción que la de su arbitrio. En las ciudades, en las villas o en los asientos donde hacen su residencia continua, son oráculos de la demás gente, y toda la autoridad que tienen los corregidores no es más que la que quieren darles los vecinos más condecorados, a cuya imitación lo ejecutan los de menos distinción; por esto, si el corregidor se lleva bien con ellos, tiene lugar de un vecino, honrado como otro cualquiera, pero si se contrapuntea en jurisdicciones, o si quiere ostentar superioridad por el empleo, no es nada, porque armados contra él, dejando de haber quien le obedezca, queda extinguido su empleo, y si pasa adelante con sus intentos, es bastante para que lo trastornen.

39. Hay unas poblaciones en donde esta voluntariedad se halla más en su punto, de tal modo que suelen pasar a efectos las amenazas, y si la conducta del que gobierna no es la más prudente y sagaz, tendría poca seguridad en su vida. Nunca o rara vez llega a suceder este caso, porque como los corregidores se hacen el ánimo de atender a sus utilidades propias, dejan el gobierno o la mayor parte de él en los alcaldes, y con este arbitrio se eximen de los asuntos que pudieran redundar en [su] pesar. Pero como algunos casos sean tales que no permitan disimulo, es en éstos donde más descubiertamente se conoce el despotismo de aquellas gentes, para cuya inteligencia nos parece que convendrá citar algún suceso de los muchos que pasaron en aquellas provincias ínterin que estuvimos en ellas.

40. En una de las poblaciones de aquellos reinos, que no siendo de las más numerosas no es tampoco de las menores, tuvieron contrapunteo un caballero criollo y otro europeo, del cual resultó salir desafiados con padrinos, públicamente. El uno de los dos partidos quedó tan mal que, sin acabar de reñir la pendencia, volvió la espalda al contrario y huyó, después de herido, por no rendirle las armas; este hecho se hizo tan público que, deseando vengarse el que quedó mal puesto en la pendencia, y no teniendo valor para intentarla segunda vez, tomó el medio más inicuo de prevenirse de armas de fuego y buscar a los contrarios cuando estuviesen menos prevenidos. Ya entonces habían crecido los partidos y, abanderizados los chapetones o europeos de la una parte, y los criollos de la otra, era grande el escándalo y las provocaciones. Ultimamente vino a parar el negocio en que, acechándose unos a otros, anduvieron a trabucazos varias noches dentro de la plaza de la misma población, y a hora tal que no eran otras que las primeras sombras las que hacían oscuridad.

41. El corregidor, aunque estaba allí, no había querido pasar a hacer diligencia ninguna para contenerlos, porque no habiendo bastado las que interpuso de la amistad, no se consideraba con fuerzas para hacer otra cosa. Habiendo, pues, llegado el eco de este alboroto a la ciudad capital de la provincia, se le mandó que prendiese a los culpados para castigarlos, mas luego que éstos lo supieron, se dispusieron en sus casas con la tropa de mestizos, criados y dependientes que tenían, y con las armas de fuego que pudieron, para resistirle caso que intentase poner por obra lo que la Audiencia le mandaba. Estimulado él con el orden de aquel tribunal, por una parte, y temeroso, por otra, de las fuezas con que se hallaban los delincuentes, se valió de un arbitrio que le suministró la prudencia, para quedar bien con todos sin peligro propio; tal fue el de enviarles un recado cortés, pidiéndoles licencia para ir a visitar sus casas, bajo de la seguridad de que no llegaría al paraje donde ellos se retirasen. Viendo éstos que no peligraban con la tal visita y que de hacerla las resultaba beneficio, vinieron en consentir que pasase, y se retiraron a una pieza que, cerrada, les sirvió de fortaleza. Llegó el corregidor con su escribano, alguacil mayor, ministros y otras gentes, a la casa, dando con el aparato muestras de que iban en realidad a hacer la prisión; registráronla sin llegar a la pieza donde estaban [los acusados] (lo cual era tan sabido del escribano y demás ministros, como del corregidor), y no habiéndolos encontrado en las que visitaron, se concluyó la diligencia y se dio satisfacción a la Audiencia con un testimonio de ella; con esto salieron todos de su reclusión, y empezaron a aparecer en público como si estuviesen ya purgados del delito; en la Audiencia no se ignoró todo el hecho, pero considerado no serle posible al corregidor hacer otra demostración más formal, se disimuló todo. Cosa de seis meses después que sucediese esto, llegamos nosotros a aquella población, y habiéndonos obsequiado unos y otros, merecimos de su atención que, por nuestro medio, se reconciliasen y volviesen a correr bien, con lo cual se desvaneció el escándalo de aquella división.

42. Lo mismo sucede en aquellas partes cuando se despachan jueces por los oficiales reales para que pongan cobro a las cantidades que los particulares deben a la Real Hacienda, porque regularmente, aunque los corregidores y justicias los admiten y les dan toda facultad para uso de sus comisiones, los individuos particulares de la ciudad, villa o asiento contra quienes va el juez, lo rechazan, y no peligran en la resistencia. Los ejemplares de esto se están palpando a cada paso, con que pagan a la Real Hacienda los deudores cuando voluntariamente quieren, y no hay apremio que les pueda obligar a los que no lo hacen así; esto se debe entender a excepción de los corregidores, con los cuales sucede muy diferentemente.

43. Entre las muchas y grandes poblaciones que contiene el Perú, hay unas en donde se mayor esta libre voluntariedad, pero, con más o menos desahogo, no hay ninguna en donde falte. En prueba de ello referiremos lo que, a nuestra vista, pasó en Lima, donde parece que la presencia del virrey y el temor de estar allí las fuerzas del reino, debería contener algún tanto a sus habitadores. Con el motivo de la guerra contra Inglaterra y las prevenciones que se dieron precaviendo el reparo necesario a los insultos que esta nación podía hacer en aquellos reinos, determinó el virrey, siguiendo el dictamen de un “acuerdo” hecho a este fin, hacer una derrama entre el comercio y vecindario de Lima para recoger de pronto la suma que se necesitaba; y siendo empréstito, y no donativo, se asignó el derecho de un nuevo impuesto sobre todos los géneros y frutos que entrasen en Lima, para su paga; porque el fin fue [el] de sufragar a los gastos de la guerra, y como el impuesto no podía suministrar de pronto las sumas que urgían, fue preciso tomarlas adelantadas de los particulares, para satisfacerlas después. Los comerciantes no tuvieron modo con que excusarse a su entero, porque si lo hubieran intentado lo padecerían con la retención de los efectos que entrasen e su cuenta, y por esto convinieron en hacer prontamente la entrega de la parte que les cupo; pero los demás vecinos de la ciudad lo resistieron tanto que no fue dable, ni el virrey tuvo poder para obligarlos a que pagasen lo que se les había repartido, lo cual le dio motivo a poner presos, en sus casas, a algunos, destinando soldados que los guardasen, a quienes asignó crecidos salarios a costa de los mismos sujetos. Pero esta providencia no bastó, porque ni pagaron a los soldados, ni se consiguió que hiciesen el entero, y al cabo de algunos días fue forzoso hacer que se retirasen las guardias, dejándolos libres al ver que no se lograba el intento, y que era exasperar los ánimos y darles ocasión a que formasen algún alboroto si se pasase adelante con las diligencias.

44. Casi lo mismo sucedió con la cobranza del donativo que Su Majestad pidió para la fábrica del palacio que se está actualmente haciendo [en Madrid]. Los que lo pagaron rigurosamente fueron los indios, porque se les aumentaron los tributos de aquel año en la cantidad que correspondía; los mestizos lo pagaron, si no todos, la mayor parte; los españoles o gente blanca de poca distinción unos sí y otros no, y los de más lustre, unos lo pagaron enteramente, otros lo que quisieron y no lo que se les tenía asignado, y hubo muchos que no quisieron pagar nada, por más instancias que les hicieron los corregidores y tribunales. Con que propiamente se reduce aquello a que la justicia no tiene más lugar que el que le quieren dar los moradores de aquellos países.

45. Al respecto que hay ciudades y poblaciones donde la justicia tiene menos poder que en otras, las hay también donde los genios de sus habitadores son más inquietos, altivos y ruidosos. En éstas no es menester mucho asunto para que se alboroten, y formando especie de motín o motín verdadero, atropellan los fueros de la justicia, lo que da no poco cuidado a los corregidores y otros jueces, porque trasciende la falta de respeto aun hasta los oidores, cuando no siendo bastante la autoridad de los primeros para contener los desórdenes, los despachan las Audiencias a entender en algunas causas. Sobre lo cual pudiéramos citar algunos casos sucedidos en nuestro tiempo, que omitimos por no dilatar más esta sesión.

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