3. En todo el Perú es una enfermedad general que padecen aquellas ciudades y poblaciones la de estas dos parcialidades, si bien se advierte entre ellas alguna pequeña diferencia, por ser en unas mucho mayor el escándalo que en otras. [No] se libertan de padecer este achaque las primeras cabezas de los pueblos, las dignidades más respetables, ni las religiones más cultas, políticas y sabias; las poblaciones son el teatro público de los dos partidos opuestos; los senados [o cabildos] en donde desfoga su ponzoña la más irreconciliable enemistad, las comunidades donde continuamente se ven inflamaos los ánimos con la violenta llama del odio; las casas particulares, donde la ocasión del parentesco llega a hacer enlace de europeos y criollos, no son menos depósitos de ira y de contrariedad. De modo que, bien considerado, esto deja de ser purgatorio de los ánimos y pasa a ser infierno de sus individuos, apartando de ellos enteramente la tranquilidad y teniéndolos en un continuo desasosiego con la batalla que suscitan las varias especies de discordia que sirven de alimento al fuego del aborrecimiento.
4. Las ciudades y poblaciones donde sobresalen más los escándalos de estas parcialidades son las de la serranía, lo cual, sin duda, nace del menor comercio de forasteros que hay en ellas. Porque en las ciudades de valles, donde es éste mayor y continuo, aunque en lo interior no dejen de padecer los habitadores de ellas alguna displicencia unos con otros, no lo hacen tan pública como en aquéllas, donde no se puede divertir, con otros asuntos, el de la parcialidad.
5. Estas contrariedades, tan comunes allí y tan acérrimas que desde los principios que uno llega a aquellas partes las conoce, y a poco tiempo pasa a ser comprendido en ellas, precisamente han de haber tenido algún principio que les sirviese de causa, y deben alimentarse ínterin que no cesa aquél. Así debemos explicarlo en el discurso de esta sesión, porque sin aclararlo, jamás se podría hacer un legítimo concepto de ello, ni aplicar el remedio a mal que tanto lo necesita.
6. Aunque las parcialidades de europeos y criollos pueden reconocer por principios varias causas, parece que las esenciales deben ser dos, que son: la demasiada vanidad, presunción y soberanía que reina en los criollos, y el mísero y desdichado estado en que llegan regularmente los europeos. Cuando pasan de España a aquellas partes, éstos mejoran de fortuna con la ayuda de otros parientes o amigos, y a expensas de su trabajo y aplicación, con lo cual, dentro de pocos años están en aptitud de recibir por mujer a la más elevada en calidad de toda la ciudad; pero como no se borra de la memoria el infeliz estado en que le conocieron, a la primera ocasión de algún disgusto entre él y los parientes, sacan al público todas las faltas, sin la más leve reflexión, y quedan enardecidos los ánimos para siempre. Los demás europeos se inclinan al partido del europeo ofendido, los criollos al de los que también se tienen por tales, y con esto es bastante para renovar en la memoria aquellas simientes que se sembraron en los ánimos desde muy antiguo.
7. Es de suponer que la vanidad de los criollos, y su presunción en punto de calidad, se encumbra a tanto que cabilan continuamente en la disposición y orden de sus genealogías, de modo que no tengan que envidiar en nobleza y antigüedad a la de las primeras casas de España. Y como están embelesados de continuo en este punto, se hace asunto de la primera conversación con los forasteros recién llegados, para instruirlos en la nobleza de la casa de cada uno; pero bien especulizada, sin pasión, a cortos pasos que se den, se encuentran tales tropiezos, que es rara la familia donde falte mezcla de sangre y otros obstáculos no menores. Lo más célebre de este caso viene a ser que ellos mismos se hacen pregoneros de sus faltas recíprocamente, porque sin necesidad de indagar nada, al paso que cada uno procura dar a entender y hacer informe de su prosapia pintando la esclarecida nobleza de su familia, para distinguirla de las demás que hay en la misma ciudad y que no se equivoque con aquéllas, saca a luz todas las flaquezas de las otras, y borrones o tachas que oscurecen su pureza, de modo que todo sale a luz. Repitiéndose esto, del mismo modo, por todas las otras [familias] contra aquéllas, en breve tiempo es sabidor cualquiera de todo el estado de aquellas familias, aun cuando menos lo pretende indagar. Y como los mismos europeos que toman por mujeres a aquellas señoras de la primera jerarquía, no ignoran las intercadencias que padecen sus familias, tienen despique, cuando se les sonroja por los propios parientes con su anterior pobreza y estado de infelicidad, de darles en rostro con los defectos de la ponderada calidad que tanto blasonan. Y esto suministra bastante materia entre unos y otros para que nunca se pueda hacer olvidadizo el sentimiento de los vituperios que recibe del contrario partido.
8. Esta misma vanidad de los criollos, que con particularidad se nota en las ciudades de la sierra por tener menos ocasión de tratar con gentes forasteras extra de aquellas que se establecen en cada población, los aparta del trabajo y de ocuparse del comercio, único ejercicio que hay en las Indias capaz de mantener los caudales sin descrecimiento, y los introduce en los vicios que son connaturales a una vida licenciosa y floja. Por esta carrera dan fin en poco tiempo de lo mucho que sus padres les dejan, perdiendo los caudales y menoscabando las fincas, y los europeos, valiéndose de tan buena proporción como lo es la del descuido de los criollos, la aprovechan y hacen caudal, porque dedicándose al comercio consiguen en poco tiempo ponerse en un buen pie, y acreditados y fuera de la primera miseria en que llegaron son solicitados para los primeros casamientos, porque las criollas, reconociendo el desastre de los de su misma patria, hacen más estimación de aquéllos y los prefieren para casarse.
9. Esta mayor aceptación que merecen, por la causa dicha, los europeos a las criollas; el ser dueños de los caudales más floridos, como que su aplicación y economía las abre medios para adquirirlos y conservarlos, y el tener a su favor la confianza y estimación de los gobernadores y ministros, porque [por] sus acciones y conducta se hacen acreedores a ello, no son pequeños motivos para incitar la envidia de los criollos. Y así se lastiman éstos de que los europeos van descalzos a sus tierras y, después que consiguen en ella más fortuna que las que sus padres y países les dieron, se hacen dueños absolutos de ellas. Todo se verifica así porque, después que se casan, entran a ser regidores, e inmediatamente obtienen los empleos de alcaldes ordinarios, de modo que, en el discurso de diez u once años, se halla gobernando una ciudad de aquéllas, y hecho señor de los aplausos y de las primeras estimaciones un hombre que antes pregonaba por las calles, con un atadillo, las menudas mercancías y bujerías que otro le dio fiadas para que empezase a trabajar. Pero la culpa de esto está en los mismos criollos, porque si se dedicasen al comercio grueso cuando poseen caudales para ello, no los menoscabaran, como sucede, en tiempo tan corto como el que gasta el europeo en criar el suyo; si se separaran de los vicios y mantuvieran sus mujeres propias con honra y estimación, no darían lugar a que las de su país mismo les manifestaran tanto despego y aborrecimiento, y si vivieran arreglados a unas costumbres y modales buenos, siempre tendrían a su favor el aplauso y estimación que se arrastran a sí los forasteros. Pero como nada de esto se acomoda a sus genios, queda siempre la raíz de la envidia para introducir tales sentimientos en sus ánimos inconsiderablemente, sin reflexionar que son ellos mismos los que dan a los europeos toda la estimación, autoridad y convenencias que disfrutan.
10. Desde que los hijos de los europeos nacen y tienen las luces, aunque endebles, de la razón, o desde que la racionalidad empieza a correr los velos de la inocencia, tiene principio en ellos la oposición a los europeos. Porque, como desde la tierna edad empiezan a imprimirse en sus entendimientos los malos conceptos de sus padres que oyen a sus parientes y que les enseñan, con abominable ejemplo, los que debieran hacer en ellos una buena educación, conciben odio contra los mismos que los engendraron y, crecido en ellos el aborrecimiento a los europeos, no necesitan de otro motivo que el de esta preocupación para que, cuando descollan en edad, sean acérrimos a los europeos, y lo den a entender desde la primera ocasión en que pueden manifestarlo, sin reparo ni miramiento, tal vez, de que sea contra sus mismos padres. Así no es extraño el oírles repetir a algunos que si pudieran sacarse de las venas la sangre de españoles que tienen por sus padres, lo harían porque no estuviese mezclada con la que adquirieron de las madres. ¡Necia y más que necia proposición, pues si fuera dable que sacaran toda la sangre de españoles, no correría por sus venas otra más que la de negros o indios!
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