32. Algunos corregimientos hay donde se les reparten frutos, y éstos son aquellos que están a la mano para este tráfico; los que les dan son botijas de vino, aguardiente, aceitunas y aceite, que por lo regular de ninguno gastan. Y así, cuando reciben una botija de aguardiente, que se la cargan por 70 u 80 pesos, buscan entre los mestizos o pulperos quien se la compre; y se tienen por dichosos si hallan quien les dé de 10 a 12 pesos por ella. Lo mismo ejecutan con todo lo demás, cuando la desesperación y el enfado se modera en su sentimiento, y no les da motivo a que lo arrojen y hagan pedazos.
33. Esta inconsiderada conducta que usan los corregidores con los indios fue el principio que tuvo la sublevación de los chumchos, que últimamente negaron la obediencia y, ocupando los sitios circunvecinos a Tarma y Jauja, por la parte del Oriente en las montañas de los Andes, declararon la guerra contra los españoles desde mediados del año de 42, cuya rebelión no se ha podido apaciguar hasta el presente. Y éstas son parte de las tiranías que aquel caudillo [Juan Santos] les decía intentaba reformar sacándolos del gobierno de los españoles; éste era también el motivo de temerse que la provincia de Tarma siguiese toda ella el partido del rebelde, huyendo del peso de la tiranía, que cada vez parece que se les aumentaba más. Y [en] efecto, muchas familias de indios desampararon sus pueblos y se retiraron a las tierras donde se mantenían los chumchos con el partido que habían principiado tan favorablemente para ellos.
34. Otro caso sucedió en aquellas provincias muy semejante al anterior, y, aunque por distinto término, comprueba lo poco que se atiende a sus querellas y lo mucho que los tiranizan. Fue éste que, en una provincia donde por ser los indios sus habitadores modernamente reducidos al vasallaje de España, esto es, no de las primeras conquistas, se conservaban sin repartimiento, y como sus naturales viesen lo que pasaba con las otras en donde ya estaba establecido, no lo habían querido admitir, repugnándolo cuando los corregidores lo intentaban. Entró por último a gobernarlos uno más resuelto, o más atrevido porque a la cuenta militaban con él otras circunstancias que no habían concurrido en sus antecesores, y haciendo unión con él el cura (a quien le estaba bien el convenir con el corregidor), determinó introducir el repartimiento, mas, conociendo que los indios lo habían de resistir, dispuso el caso de modo que le saliera como él deseaba. Para esto se dedicó a obsequiar a los españoles que transitaban por su jurisdicción, y habiendo hecho detener en su misma casa a aquellos que necesitaba para el hecho con el pretexto de que le dilatasen el gusto de su compañía, convocó a los caciques y principales de los pueblos para que todos concurriesen en un día señalado a su casa, a fin de determinar el mejor medio de que los indios pagasen los tributos con más comodidad, dando a entender en ello el fingido celo de quererlos aliviar en cuanto pudiese. Los caciques, que no se recelaban de nada, acudieron el día citado a aquel pueblo principal, y ya entonces tenía el corregidor prevenidos a los españoles, sus huéspedes, porque les había dado a entender que aquellos indios eran tan altivos e indómitos que, además de habérsele querido sublevar en varias ocasiones, tenían dispuesta una general conjuración para darle muerte a él, a los curas y a todos los demás españoles que encontrasen, por lo cual esperaba que le favoreciesen para prenderlos, y les aseguró que en ello harían un gran servicio al rey. Apoyada esta idea [en] la influencia del cura, se persuadieron los españoles a que el hecho era cierto, y se ofrecieron a darle auxilio con sus personas y armas.
35. Llegado el día de la citación, hizo el corregidor que se ocultasen los españoles en las piezas más retiradas de su casa y los previno que a una seña saliesen y se echasen sobre los indios para prenderlos. Acudieron los caciques, alcaldes mayores, gobernadores y otros principales de todos aquellos pueblos, con grande obediencia y puntualidad, al llamamiento de su corregidor, en cuya casa iban entrando, a proporción que llegaban. Y cuando los vio juntos a todos, haciendo como que era tiempo de empezar a tratar sobre el asunto para que eran convocados, avisó con la seña a los españoles, y entre éstos, sus criados, él y algunos mestizos de aquel pueblo principal, los prendió a todos, sin encontrar resistencia en ninguno, porque quedaron sorprendidos con el repentino y no esperado accidente. Cargólos bien de prisiones, y, formándoles causa de inquietos y que, siendo los principales de los pueblos, alborotaban a los indios y los tenían persuadidos a que se sublevasen y negasen la obediencia y religión, los remitió a Lima con la causa. Examinóse el delito en la Audiencia y, aunque se sabía extrajudicialmente que todo lo que constaba de la causa era falso, pudo más el favor que la justicia, y fueron condenados los caciques y demás que habían ido presos con ellos, a servir en las canteras del rey de la isla de San Lorenzo, en el puerto del Callao, y otros en Valdivia. Con la prisión de todos los principales de los pueblos que pertenecían a aquel corregimiento tan sin culpa, quedaron atemorizados los indios y llenos de horror, y el corregidor lleno de autoridad para hacer de ellos lo que se le antojase; con esto hizo repartimiento y no halló repugnancia, que era todo su fin.
36. Este caso fue en Lima tan público que no había hombre razonable que no estuviese excandecido de él, y aunque bastaba la publicidad del hecho y la opinión de los imparciales para deberle dar entero crédito, no nos hubiéramos atrevido a exponerlo si uno de los muchos sujetos que conocimos en aquel reino, francés de nación, hombre sincero y de verdad, que se halló en la función dando auxilio al corregidor, no nos lo hubiera referido en la forma que queda dicho, cuya relación convino toda con la que oímos a aquellos infelices caciques en El Callao cuando, con el motivo de estar empleados en las obras de aquella plaza y armada, estaban ellos haciendo el servicio de forzados.
37. Este francés que con el motivo de estar empleado en el comercio, había hecho varios viajes por allí y conocía muy bien al corregidor, no ignoraba su fingido pretexto para prender a los indios y que todo ello era maldad execrable. Pero (como él mismo decía) necesitando complacerle, por no indisponerse con él y que, con este motivo, le hiciese algunas vejaciones cuando se le ofreciese volver a transitar por allí, se vio precisado a concurrir en ello; y del mismo modo lo hicieron todos los demás españoles, aunque ninguno ignoraba que cuanto el corregidor suponía era falsedad, y que todo su fin se reducía a apartar de allí los indios principales para que los demás no hiciesen resistencia a la nueva imposición, como los mismos mestizos y otros del pueblo se lo tenían advertido.
38. Luego que el corregidor logró hacer repartimiento, destinó una parte de indios a que trabajasen en las minas de criaderos de oro, que las hay en aquella provincia, a fin de que le pagasen el importe de lo repartido en este metal; estos criaderos no se trabajaban antes porque, hallándose en despoblados incultos y retirados de los lugares, y con otras incomodidades del temperamento y suelo, el uno muy frío y el otro húmedo e infructífero, no lo permitía [su situación], mayormente siendo muy poco el oro que se sacaba a expensas de un gran trabajo. A otros indios tenía empleados en que le proveyesen de ganado vacuno y carneros para el abasto de una ciudad inmediata, donde hizo obligación, y para cumplirla quitaba el ganado a los indios por un vil precio, y con él la oportunidad de que lo llevasen de su cuenta a vender a aquella ciudad, o que, sin apartarse de sus casas, lo vendiesen a los compradores de ella, que lo iban a buscar pagándo-les los precios regulares de su valor. Por este tenor, los empezó a poner en tanto estrecho, que los redujo al más infeliz estado.
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