27. Se hace el repartimiento de mulas tan rigurosamente que es menester estar dejados de la mano de Dios para cometer tantas iniquidades, y para que esto se convenza más seguramente, citaremos un ejemplar de los que se experimentan a cada paso, por haber sido testigos de él. El año de 1742, pasando segunda vez a Lima llamados de aquel virrey, llegamos a una población en donde el día antes se había concluido el repartimiento, y de éste le habían cabido al dueño de la casa en donde nos hospedamos cuatro mulas. No había querido recibirlas él, ni a fuerza de las amenazas, ni de las instancias que el corregidor le hizo, porque las vio tan endebles que temía se le muriesen sin servir; y así, reconviniendo al corregidor no en lo levantado del precio, que era 44 pesos cada una, sino en la mala disposición de ellas, le dijo que le diese mulas buenas y no repugnaría en tomarlas, pero que aquéllas se estaban muriendo, y lo que le daba en ellas era únicamente el pellejo. Con esto se volvió a su casa, creyendo que le mejorarían el repartimiento, pero quedó muy engañado en ello porque aquella misma noche se las amarró a la puerta un alguacil, diciéndole desde afuera que allí le quedaban las mulas de orden del corregidor; él no hizo la diligencia de salir a recogerlas, porque tenía ya cerrada su puerta y, a la mañana siguiente, cuando lo fue a hacer, halló la una muerta, y no obstante esto, quedó con el cargo de pagarla, lo mismo que las que no lo estaban. Esto sucede muy de continuo, provenido de que, siendo animales nuevos, los sacan del paraje donde se crían y, en la distancia de 100 o más leguas que caminan, pasan por varios temples a que no están acostumbradas, y mudan igualmente de pasto, [así que] enferman y mueren muchas y para que esta pérdida no recaiga sobre los corregidores, hacen el repartimiento luego que llegan a su jurisdicción, sin diferirlo, y precisan a que cada uno cargue con la suerte que le cabe. Si ésta fuera compra voluntaria de los indios, o, a lo menos, que ellos se contentaran de lo que se les asigna, no habría qué reparar, pero que se les haya de dar lo que no les ha de servir, ni es de su aprobación, y se les haga pagar con tanta demasía, parece que es lo sumo adonde puede extenderse el rigor.
28. Dejando ya el repartimiento de mulas, pasaremos al de géneros y frutos, que no dará menos motivo de confusión que el que habrá causado el antecedente. Ya tenemos dicho que se les dan los géneros a los indios por unos precios tan exorbitantes que casi no tienen comparación en el exceso, y esto podrá comprobarse con lo que se ejecutó en una provincia poco distante de Lima, el año de 1743. Su corregidor llevó a ella, entre otros géneros, paños de Quito, que vareados en Lima, y siendo de la mejor calidad, valen de 28 a 30 reales la vara, pero los ordinarios, que son los que se llevan para los repartimientos, es raro que lleguen a 24 reales, porque en partida es su regular precio de 18 a 20 reales. Este corregidor los condujo 40 leguas, o poco más, distante de Lima y, con la demora de los dos años o dos y medio que tienen estas pagas, se los cargó a los indios a unos precios tan exorbitantes que, a no haber sido tan público el hecho, se debería dudar de él, pues pasan de los linderos de la crueldad los que le señaló. A este respecto hizo todo su repartimiento, y le salió de tal suerte que, no habiendo montado todo el principal sesenta mil pesos, tomando mulas y géneros sumamente sobrecargados, pasaba de 300.000 los que le correspondía sacar después de cumplidos los términos de la paga.
29. Los indios de este corregimiento, viéndose tiranizados con crueldad tan grande que sobrepujaba tanto a la que estaban acostumbrados a sufrir en los repartimientos de los corregidores antecesores a éste, ocurrieron a la justicia del virrey, llevándole las muestras de lo repartido y los precios. Una de las ocasiones que lo repitieron nos hallábamos presentes ínterin que dieron su queja; el virrey les oyó y mando que se viese este negocio en la Audiencia, pero de ello resultó que se mandase prender a los indios y fueron castigados por revoltosos. El caso fue que, luego que el corregidor supo haberse ausentado de la jurisdicción, no dudando que irían a quejarse de él, les formó causa de que eran revoltosos y que, temerosos del castigo, se habían ausentado. Esta información la remitió a la Audiencia, e interesando en su negocio los amigos que tenía en aquella ciudad, consiguió quedase enteramente destruida la queja de los indios y que se diese crédito a lo que alegaba contra ellos, para que no tan solamente no se les hiciese la justicia que pedían sino que, siendo castigados, no osasen otros repetir queja, con el mismo motivo, en adelante.
30. No está reducida toda la tiranía de los repartimientos a la exorbitancia de los precios, sino que se extiende también a las especies que les reparten, las cuales, por la mayor parte, son géneros de ningún servicio o utilidad para los indios. En España se suele hablar de esto teniéndolo más por exageración que por realidad, y no se dice lo que verdaderamente pasa, porque las noticias llegan ya disminuidas, y el temor de que se tengan por inverosímiles las apoca, ciñéndolas a la generalidad. Pero para que se convenza que es más lo que hacen allá los corregidores que lo que acá se dice, será conveniente traer a la consideración lo que dejamos advertido tocante al modo de proveerse los corregidores de las mercaderías que necesitan para su repartimiento, y se verá que un corregidor que llega al almacén de un mercader, a quien no conoce más que desde el poco tiempo que medió después de su llegada a Lima, ni éste a él, si no es por corregidor de tal o cual provincia que va a sacar fiado, porque entonces no tiene caudal para otra cosa, es preciso que reciba todo lo que éste le da, el cual no escrupuliza en darle los mayores drogones que tiene su almacén, y tal vez por sólo salir de éstos se arriesga a hacer la confian-za; pero aun supuesto que el comerciante quiera darle los géneros como si se los pagara de pronto, con todo eso es preciso que reciba surtimiento de todo lo que hay en el almacén, porque de otra suerte no le tiene allí utilidad al comerciante, y está ya puesto en estilo [hacer esto] en compras de porciones considerables. Esto asentado, y que el corregidor ha de llevar de todo lo que hay en un almacén, [conduce a que éste haya] de repartir precisamente [toda la mercadería], porque no es natural [que] quiera quedarse con lo que es inútil a los indios.
31. [Pero] ¿de qué podrá servirle a uno de éstos (a quien es menester considerar como el hombre más rústico, mísero y desdichado de España, que labora la tierra atenido al jornal que le da el amo, o sirviendo en aquellos ejercicios más humildes y bajos), media vara, tres cuartas o una de terciopelo, que se le pone a razón de 40 pesos o más? ¿En qué aprovechará otro tanto de persiana o de tafetán? ¿En qué un par de medias de seda, cuando diera gracias a Dios poderlas usar de lana, muy bastas y ordinarias? ¿Para qué necesitará este indio espejos si en todas sus rústicas habitaciones no se encuentra más que miseria, ni se ve otra cosa que humo? ¿Para qué querrá candados si, aun cuando él y toda su familia se ausenta por algún tiempo, con dejar medio entornada una puerta de cañas o de cuero tiene bastante para que todo quede seguro, porque no deja en ella cosa que guardar, ni sus alhajas corren peligro en ninguna parte que estén? Pero aun esto puede ser pasadero si se compara con lo que es más digno de celebrar: que les incluyan navajas de afeitar a una gente que no cría barba ni vello en todo el cuerpo, ni se corta el pelo jamás. Verdaderamente parece que es burlarse de ellos, pero ¿qué diremos de que les hagan tomar plumas y papel blanco, cuando la mayor parte de ellos no entiende el castellano y en su lengua natural no conocían el arte de escribir?, ¿que les repartan barajas, no conociendo sus figuras, ni siendo nación inclinada a este vicio?; igual a esto es darles cajetas para tabaco, no habiendo ejemplar de que ninguno lo tome entre ellos. Dejamos aparte los peines, sortijas, botones, libros, comedias, encajes, cintas y todo lo demás, que es para ellos tan inútil como lo antecedente, por no cansar con su relación, y bastará decir que lo único que les es de servicio se reduce al “tucuyo” o lienzo de algodón que se fabrica en Quito, paño o pañete de la tierra, bayeta y sombreros del país. Con que todo lo restante de tejidos, mercerías y libros o, en sustancia, todo lo que es mercadería de Europa, no les sirve de nada y les hacen pagar por ello con exorbitancia.
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