2. Las plazas de armas por donde hicimos tránsito para pasar al Perú, en las costas del mar del Norte, fueron Cartagena y Portobelo, y la fortaleza de Chagres, que defiende la entrada del río del mismo nombre. Todas tres, aunque en lo material de las fortificaciones eran fuertes, en lo esencial no tenían aquellas formalidades que son correspondientes a las obras de fortificación para hacer una vigorosa resistencia, y aunque se experimentó lo contrario en las de Cartagena [en 1741], cuando los ingleses le pusieron el sitio, de donde los rechazó, con tanto honor que llenó de gloria las armas de España, una defensa tan esforzada como la que [se] hizo, ya se sabe que para ello concurrieron los poderosos socorros de estar en aquel puerto la escuadra que comandaba el teniente general don Blas de Lezo, cuyas tripulaciones y municiones se emplearon contra el enemigo desde el primer ataque al castillo de San Luis de Bocachica, y, retirándose a la plaza cuando el extremo obligó a ello, no cesaron hasta que, desesperanzados, los enemigos la dejaron libre. A más de este [socorro] tuvo también el de la tropa que se envió de España determinadamente para guarnecerla, y últimamente el de los dos jefes tan experimentados como don Sebastián de Eslava [virrey del Nuevo Reino de Granada] y don Blas de Lezo, todo lo cual le faltaba cuando estuvimos allí [de julio a noviembre de 1735], y aún le faltaba también la mayor parte de la guarnición que le correspondía por dotación.
3. La guarnición de Cartagena debía ser entonces de diez compañías de tropa reglada, de a 77 hombres cada una, incluso los oficiales, que componen 770 hombres. Esta era la [tropa] que le correspondía por dotación para guarnecer la plaza y las tres fortalezas principales exteriores, y aunque este número no es suficiente para que pudiera resistir a los insultos de enemigos en tiempo de guerra, juntas a éstas las compañías de milicias que compone el vecindario, [se] podía formar un cuerpo suficiente para hacer una defensa regular. En esta inteligencia estaría sin duda el ministerio de España, y con Justa razón confiado en el número de aquella tropa que en los pagamentos parecía completa, pero en la realidad le faltaba mucho para estarlo, pues era tan corto el número de soldados que había, que la mayor parte de las garitas estaban desamparadas, y los cortos puestos donde había centinelas no eran guardados con aquella formalidad y cuidado que corresponde, porque manteniéndose en ellos de plantón un mismo soldado por espacio de dos meses, y aun tres, sin ser dudado en todo este tiempo, la garita le servía de habitación para dormir, y todo el resto del día se estaba en la ciudad sin volver a ella si la casualidad no le llevaba por allí. Estos centinelas solían mudarse al cabo de un largo tiempo como el que queda dicho, pasando de aquel puesto a otro, donde sucedía lo mismo, y de ello se podrá inferir qué número de gente sería el de toda aquella guarnición, pues no sólo no había el necesario para mudar las guardias (aunque se hacía la ceremonia) y las centinelas a las horas regulares, pero ni aun para cubrir todos los lugares del recinto que ocupan las fortificaciones.
4. Lo mismo que sucedía en la plaza pasaba en las fortalezas exteriores, y, en unas y en otras, aun aquéllos tan poco soldados eran tales por su avanzada edad e intercedencias, que sólo haciendo el servicio de un modo tan descansado podían sobrellevarlo. Los únicos parajes donde había alguna formalidad era en las puertas, cuyas guardias se componían del oficial a quien pertenecía, un sargento o un cabo, y uno o dos soldados. En esto consistía entonces toda la [formalidad] del servicio que se hacía en aquella plaza, y éstas eran las fuerzas militares que tenía, cuya cortedad es en parte originada de los nuevos y más elevados pensamientos que conciben los españoles cuando van a las Indias, de que ha nacido que no tenga subsistencia la tropa que se envía de España, porque haciendo cada uno de los soldados idea de mayor fortuna, desertan los más, y pasando a lo interior del país, o introduciéndose al Perú, dejan el ejercicio de las armas y se dedican al comercio. Este desorden es tan difícil de evitar cuanto es más extendida y dilatada toda aquella América, que les sirve de asilo para no poder ser encontrados aunque se hicieran muy vivas diligencias en su seguimiento. La poca subsistencia que tiene la tropa que va de España, y la dificultad de completar el número con gente del país, que además de no tener disciplina y no ser propia para ella, no es la más reducible a la vida militar, parece que puede ser bastante disculpa para que fuese tan corto el número que había; pero ¿cuál será la que podría darse capaz de salvar el cargo de que, aun no llegando toda la guarnición a la quinta parte de la que debía haber por dotación, se pasasen las revistas por completas? De lo cual no sólo fuimos instruidos en aquella ciudad por algunos sargentos que nos aseguraron que aunque sus compañías pasaban por completas en las revistas, distaban tanto de estarlo que, entre oficiales y soldados, apenas llegaban a 15 hombres, y algunas tenían menos, sino que también lo reconocimos en algunas de las mismas certificaciones de las revistas que se envían a la Caja Real de Quito como descargo del situado que se remite de ella anualmente, en las cuales van siempre completas las compañías.
5. A1 respecto de lo que sucedía con la tropa era todo lo demás perteneciente a plaza, porque la mayor parte de la artillería estaba mal montada; en esto, empero, había remedado alguna cosa el gobernador, haciendo afustes para alguna parte, aunque corta, porque parece que no tuvo fondos entonces con que extenderse a más.
6. La plaza de Portobelo estaba en peor estado que la de Cartagena, porque al descuido y demasiada confianza de los gobernadores se agregaba la mala disposición del terreno y la contrariedad del temperamento. De lo primero nacía que las fortificaciones de aquel puerto no pudiesen ser regulares, porque empezando la planta de cada fortaleza desde aquel plano contiguo a la playa, se iban encumbrando después por las faldas de los cerros que les hacían espaldas, de suerte que la mayor parte de sus obras quedaban descubiertas, y con sólo batir éstas era suficiente para destruir la fortaleza y menoscabar la guarnición con las propias ruinas. De la contrariedad que se experimenta en aquel temperamento resulta que, siendo sumamente húmedo y cálido, no pueden tener subsistencia los afustes de la artillería, porque se pudren las maderas con facilidad y se abren con la fuerza de los soles; pero esto no obstante, si no acompañara a todo el descuido de los que mandan, no es tan pronta la corrupción de las maderas que dejen de permanecer cuatro o seis años capaces de servir, teniendo la precaución de darles alquitrán siempre que lo necesiten, porque es forzoso advertir que, al paso que el temperamento es tan húmedo y corruptivo, las maderas son también de más resistencia y solidez, como se experimenta con las caobas y cedros, que son los más comunes, y lo mismo con las de otras especies que son propias para el mismo fin. Lo que sucede es que al cabo de mucho tiempo, cuando ya están envejecidas las cureñas, ocurren a Panamá para que de allí se dé providencia a que se hagan, y cuando la han conseguido se contentan con fabricar un corto número, que es lo suficiente para que conste que se ha distribuido lo librado en el fin a que se destinó, y queda la mayor parte en el mismo estado que tenían antes que la Real Hacienda hubiera hecho el desembolso.
7. La guarnición de estas fortalezas, que eran tres (estando la ciudad abierta y sólo defendida de ellas), constaba de 150 hombres, con corta diferencia, los cuales se destacan de Panamá, la mayor parte de ellos de las milicias que tiene aquella ciudad, y se componen de mulatos y tercerones, a quienes se les socorre con el prest regular siempre que son empleados en destacamentos. Pero sucedía que, a poco tiempo de entrar en Portobelo, enfermaban, y se imposibilitaban totalmente para hacer ningún servicio, y aun los que estaban buenos no lo parecían en el semblante, y en la debilidad que demuestran exteriormente. En parte puede nacer esto de que, mudándose cada mes, nunca llega el caso de que se connaturalicen con el temperamento, como sucede con la gente que reside allí de continuo, la cual no enferma después de estar acostumbrada al temple, y se mantiene sana en él; pero esto no puede llegar a verificarse con la tropa, respecto a no haber gente patricia de que poder levantar y mantener la dotación de la plaza, porque en tiempo muerto no hacen residencia en Portobelo más que aquellas familias que están obligadas a ello por la precisión de sus empleos, excusándose el hacerla las que son de distinción; a proporción se experimenta entre las de las castas, pues luego que salen de negros, ascendiendo a contarse entre los blancos, dejan aquel país y se retiran a Panamá o a otra población de las de aquellas provincias.
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