33. A cada una de estas armerías sería conveniente destinarle dos o tres baleros con moldes, para que se fundiesen de todos tamaños las [balas] que fuesen necesarias, y una porción de piedras [de chispa] propias para cada especie de armas, porque allá no las hay, y suele haber ocasiones en que la piedra para una escopeta de caza vale cuatro reales de aquellas moneda; a este precio, y después a dos, vendieron los criados de los franceses que fueron en nuestra compañía porciones que llevaban para el uso de sus armas y diversión de la caza; en Lima las vimos valer a real y medio, y a dos, moneda de aquel país. Con que, por tanta estimación como allí tienen, y lo muy raras que son, se debería observar con ellas el mismo régimen que con las armas, cuidando de que no las abstrajesen y pusiesen en su lugar otras piedras inútiles, y de que no las partiesen para hacer dos de una, como tal vez podría suceder. Pero observándose todo con la precisión y puntualidad que llevamos manifestada, estamos persuadidos a que nunca descahecerían las armerías, y que siempre estarían aquellos reinos en buen estado para defenderse.
34. En esta providencia se ofrece el reparo de que, habiendo armas en aquellas ciudades y puertos, será de temer en ellos que con cualquiera motivo de inquietud en sus vecindarios, podrán éstos apoderarse de ellas y sublevarse. Pero a esto se satisface con que, si dependiese únicamente de las armas tales resoluciones, no dejarían de experimentarse en el Perú, aun no habiéndolas de fuego, mediante que no hay país en ninguna parte del mundo donde la gente haga más uso de las armas que en aquéllos, porque no se verá hombre que deje de llevar siempre consigo un puñal, o a quien le falta espada larga, que son las bastantes para poner en práctica una depravada resolución cuando, pervertido, el ánimo quiere romper los vínculos de la obediencia. Estas armas, que por sí son provocativas y no tienen al presente otras superiores que las contengan, no han llegado a inducir los genios de aquellas gentes a sublevarse, con que parece no hay razón que persuada a que sucederá cuando se provean de otras aquellas ciudades, mayormente debiendo ser los jueces y los leales más dueños de las armerías que los inquietos y desobedientes, y si éstos llegasen a querer apoderarse de ellas, no hemos de suponer a los otros tan faltos de resolución que dejen de precaverse con tiempo para sujetarlos cuando los antecedentes den motivos de sospecha.
35. Si este reparo fuera de consideración, no se podrán tener armerías en ningunas ciudades ni puertos, porque en todos militan las mismas circunstancias cuando no son plazas de armas. Es así que no se hace obstáculo para que las haya aún en las de reinos donde los genios de sus habitantes son más belicosos, inquietos y altivos que los de aquellas gentes, con que no debe ser de consecuencia para aquellos países, además de que, aun cuando este riesgo fuese cierto (lo que no sucede) se debería reflexionar cuál de los dos convendría precaver: si el de los enemigos, por dejarlos indefensos, que es evidente, o el de las inquietudes de los propios vasallos, que es remoto y tan poco regular como que no ha llegado el caso de que se experimente. Parece en toda razón que no cabe duda en la decisión, y que sería contra todo lo natural el exponer los reinos al peligro de que sean conquistados o destruidos por los enemigos, con el fin de evitar toda ocasión de que los propios [vasallos] se alboroten, lo cual, aunque efectivamente sucediese, podría remediarse siempre, ya volviendo ellos mismos a dar la obediencia, o ya sujetándolos con la gente que se podría evitar de otra provincia, de otra ciudad o de otro pueblo. Pero lo más concluyente de este asunto, y que se debe advertir, es que, aunque en los primeros años después que se conquistaron aquellos reinos, y aún en estos últimos, ha habido alborotos e inquietudes, nunca han pasado de particulares querellas, pretendiendo tomar venganza cada uno del partido contrario, pero sin pensar en faltar a la obediencia del príncipe, ni en usurparle la sumisión que es correspondiente a su soberanía.
36. Las armas no son directamente el origen de los disturbios, ni contribuyen, guardadas con economía y buen uso, a la desobediencia, porque aquéllos proceden de la inclinación de los hombres, y un país en donde con generalidad se carece de ellas, no está menos expuesto que otro, en donde las hay, a padecer inquietudes, porque las fuerzas naturales de sus gentes son siempre excesivas a fuerzas semejantes en los que deben sujetarlos, como también [a] las fuerzas acrecentadas por la invención de los hombres. Entre súbditos y superiores, son siempre superiores las de aquéllos que las de éstos, de modo que si se priva de armas a unos reinos, como el Perú, por el temor de que se subleven, debería privárseles [también] de aquellas fuerzas que les proveyó [la] naturaleza, o que ya tienen por la industria, porque tanto harán con éstas cuando falten otras superiores que los contengan, como con aquéllas. Y así, por ninguna parte que bien se reflexione sobre este particular, se hallará razón para dejar indefenso un reino a los insultos de los enemigos extraños, por precaver el riesgo, que no hay motivo de temer, en los patricios [y demás] vasallos, los que nunca han dado más pruebas que las de una firme lealtad, que es lo que hasta aquí se ha experimentado en aquellas gentes, bien que esto sea provenido de la mucha libertad y poca sujeción a pensiones con que viven.
SESION TERCERA
Del ilícito comercio que se hace en todos los reinos de Cartagena, Tierra firme y el Perú,
tanto con géneros de Europa como con los de la China en el Perú. El modo de ejecutarlo,
y vías por donde se introducen, con las causales de que no se pueda conseguir su extinción y,
juntamente, del fraude y extravío que padecen los Derechos Reales en el comercio lícito
1. Para tratar del comercio ilícito en las Indias, de cuyo mal no hay puerto, ciudad o población que no adolezca, con sólo la diferencia de ser en unos más cuantiosos que en otros, habremos de dar principio por Cartagena, como que es el primer puerto que se nos ofrece para este asunto, y donde parece que conjurada la malicia contra la legalidad, convierte en fraude aun aquellas mismas providencias y recursos que lo debían destruir y aniquilar, pues las que con tan premeditado acierto se han imaginado para desarraigar de las costas todos los motivos del ilícito trato, son las que ya en los tiempos presentes sirven de solapa para que se frecuenten aquellas prohibidas vías con mayor desahogo y seguridad.
2. Acordóse con bastante madurez, después de reflexionado el medio con que estorbar el cuantioso comercio [ilícito] que las provincias de arriba hacían en Cartagena, para cortar el motivo o pretexto que les daba ocasión a ello, que luego que llegasen a Cartagena las armadas de galeones, empezasen a vender libremente, y que pudiesen bajar a hacer sus compras los comerciantes de las tres provincias Santa Fe, Popayán y Quito , a fin de que se abasteciesen de los géneros que necesitaban para su consumo; porque se consideraba que esto era lo único que podía contener el desorden de ir a emplear en la costa, eximiéndolos de que hubiesen de bajar unidos con el comercio del Perú a hacer sus empleos en la feria de Portobelo, como estaba dispuesto antes, por considerarse serles extravío, mediante estar estas provincias tan apartadas de la derrota que lleva la armada del mar del Sur que, para unirse con ella necesitaban hacer mucho tránsito por tierra con sus caudales y con las mercancías, [tránsito] en que, además de los crecidos gastos que se les ocasionaban, los exponían a los evidentes e inevitables riesgos de los ríos y laderas. Estos inconvenientes hacían impracticable esta vía, y no usando de ella los comerciantes, quedaban aquellas provincias reducidas a los rezagos de galeones que volvían a Cartagena por no haber tenido despacho en Portobelo; [quedaban] precisados los comerciantes a emplear en ellos, que, siendo desechos del otro comercio, se deja entender sería lo peor, y [quedaban] atenidos asimismo a la cantidad, que tal vez no era suficiente para compensar todos los caudales que habían bajado de las tres provincias. De lo cual resultaba que aquellos que no tenían cabimiento para emplear en los rezagos, bien fuese por no alcanzar las mercaderías o por no encontrarlas a su satisfacción, pasaban a la costa con sus caudales, y allí empleaban [en mercancías ilícitas] para no volverse con ellos a sus países después de unos costos tan crecidos como los que se dejan considerar en tránsitos de 600 leguas, más o menos, parte por tierra y parte por el río Grande de la Magdalena, que hay para llegar a Cartagena, según del paraje de donde venían.
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