57. Para la guarnición de los dos fuertes que entonces tenía Guayaquil se habían llamado todas las milicias, que componían varias compañías de caballería e infantería, a las cuales se les daba entonces prest como a tropa reglada, pero sin este motivo no tienen alguno. El número de las compañías que se juntaron entonces fueron ocho: tres de caballería, otras tres de infantería, una de indios flecheros, y otra de forasteros; esta última no tiene número fijo, porque pertenecen a ella todos los que, en tales ocasiones, se hallan en la ciudad. Y aunque no compusiesen más de 400 hombres entre todas (que excedían), era número bastante para defenderla una vez bien dispuestas las providencias, de suerte que no les quedase a los enemigos más entrada que la del río, y que estuviesen prontas las galeras a oponérseles, sin ser necesario que se alargasen mucho de la ciudad. Pero fuera de esta gente, recibió Guayaquil otras compañías que se enviaron de toda la provincia de Quito, aunque llegaron tan tarde que, si Anson se hubiera dirigido allí, no le hubiera servido de nada este socorro y como las invasiones no esperan una demora tan larga cual se necesita para ocurrir a Quito, que se levante allí la gente, que forme compañías, y que baje a Guayaquil, es preciso que las fuerzas de aquella ciudad se regulen por las que puede juntar entre su vecindario y el que habita en los lugares inmediatos de su Jurisdicción, que son los que legítimamente están en postura de acudir en tiempo a defenderla.
58. Ni los fuertes, ni las galeras que pueden defender a Guayaquil en tiempo de guerra, necesitan de gran número de gente en el de paz, pues con sólo aquella muy precisa para que cuide de tener cerrado el fuerte y de guardar lo que hubiese en él, es bastante, y las galeras, con la precaución de vararlas y tenerlas hechas ramadas que las defiendan del sol y aguaceros, no necesitan de más. Y como desde que cualquiera embarcación de enemigos entra por la isla de La Puná, hasta que su gente pueda llegar a Guayaquil, ha de pasar medio día natural, aun haciendo la mayor diligencia que es posible, y en Guayaquil se tiene la noticia por medio de un tiro que se dispara en La Puná, y otros dos que corresponden en distintos parajes de la distancia que media, llega la de cualquier acontecimiento dentro del breve tiempo que el sonido gasta en correr de un lugar a otro, y siendo allí, en Guayaquil, donde está lo más fuerte de la maestranza de todas aquellas mares, en muy corto tiempo tienen [aprestadas] las galeras y puestas en el agua, de suerte que antes que los enemigos puedan haber entrado [dentro del río alguna distancia considerable] están prontas a emplearse contra ellos.
59. Es el puerto de Guayaquil de suma importancia en aquellas mares, porque además de ser la llave de los comercios de las provincias de Quito con todas las demás del Perú y costas de Nueva España, y forzoso paso para su comunicación, es asimismo el más bello astillero que reconocen aquellos mares, tanto por la abundancia de las maderas cuanto por su sobresaliente calidad y comodidad de hacer las fábricas, siendo también el único donde se pueden construir navíos grandes para guerra o para comercio, como también el más propio para carenar, cuyas circunstancias no las gozan otros puertos de astillero que hay en las costas de Chile, o en las de los reinos de Nueva España. Por lo cual es siempre de temer la desgracia de que se apodere de Guayaquil alguna de las potencias extranjeras que tanta solicitud han puesto en formar colonia en aquel mar, pues con sólo este puerto tenía bastante para ser dueña de todo el comercio del mar del Sur, y al paso que ella estaría en aptitud de mantener los navíos que hubiese menester, nos privaría de ello a los españoles, por ser los dueños de las maderas y arboladuras, que es lo principal de la construcción, y con la abundancia de algodón que aquel país produce, tendrían lonas y no les faltaría nada para completar sus intentos, de cuyos principios serían bien malas las consecuencias que se originarían.
60. A1 mismo respecto que el puerto de Guayaquil, se hace digno de atención el de Atacames, que está en la desembocadura del río de las Esmeraldas. Pero en éste, que hasta el presente ha estado casi abandonado, milita otra circunstancia, porque no es Esmeraldas, ni Atacames, los que por sí se hagan acreedores al mayor cuidado de la defensa, sino por la facilidad que hay de introducirse hasta Quito, subiendo primero el río de Esmeraldas y concluyendo el tránsito corto de las últimas jornadas por el nuevo camino que se ha abierto, destinado a facilitar el comercio entre las provincias de Quito y reino de Tierra Firme, el cual es tan corto que consiste en 18 leguas marítimas, que son las que hay en esta forma: desde Silanche, que es el desembarcadero del río, hasta Niguas, cinco; de Niguas por el Tambillo, Gualea y Nenegal a Nono, ocho, y de Nono a Quito, otras cinco; y todas se pueden andar, por ser los caminos malos, en cuatro días. El río de las Esmeraldas tiene, desde su desembarcadero al mar hasta Silanche, 25 de las mismas leguas, y todas ellas son navegables en embarcaciones menores, como lanchas y botes, y a la desembocadura de este río, cosa de tres leguas al Sudoeste, está el puerto de Atacames, que es muy seguro. Con que, qué duda hay, a vista de los ejemplares tantas veces experimentados con Panamá y puertos del mar del Sur, que si llega a proporcionárseles ocasión a los piratas, [no] dejen de emprender sus acostumbrados arrojos contra Quito, siéndoles no más ardua la empresa que la que hizo [Enrique] Morgan el año de 1670 contra Panamá, y menos difícil que la de otros que le siguieron después e hicieron el tránsito del istmo de Panamá por el Darién para pasar al mar del Sur, unos en el año de 1672 con Juan o Jen Ran, y otros hasta el número de 150 hombres comandados de Bartolomé Sharp, en el de 1680, que juntos no fueron cortas las hostilidades que practicaron en todas aquellas costas. A vista de estos ejemplares, no parece conforme a buena política vivir con tanta confianza que se dejen abandonados unos parajes tan importantes como aquellos, mayormente cuando lo están de modo que no tienen los enemigos que vencer otra dificultad de fortalezas, ni guarniciones, más que la del camino, para el cual tienen a la vista un incitativo tan poderoso en las crecidas riquezas que encierra una ciudad como la de Quito, que al paso que son incomparablemente mayores que las que tenía Panamá cuando padeció con Morgan, no hay en ella los obstáculos, que se ofrecían en aquélla, de ser preciso vencer dos fortalezas antes de conseguir el intento.
61. Parece que se hace extraño el que habiendo entrado a la mar del Sur tantos piratas, y siendo tan fácil como se propone el internar a Quito por aquella vía [del camino de Esmeraldas], y esta ciudad tan digno objeto de su codicia, no haya habido hasta el presente, entre todos ellos, quien intentase el viaje. Pero esto es provenido de que, en el tiempo que los piratas frecuentaron aquellos mares, estaba cerrado el camino que sale de Esmeraldas a Quito, y no era conocido aún de los mismos del país. Pero ahora que no sólo lo es para aquellos naturales, [sino] también para los extranjeros, que lo tienen reconocido muy prolijamente y aun sacado planos de él, que saben la total falta de defensa en que están todas las poblaciones de la sierra y la abundancia de bastimentos que hay en ellas, es de temer que no olviden tales noticias, y que, aprovechándose de ellas, ejecuten lo que nunca han proyectado por falta de luces.
62. El camino desde Quito a Esmeraldas se proyectó y abrió con el celoso fin de facilitar el comercio entre Quito y Panamá, de lo cual una y otra provincia reciben frandes beneficios. La primera dando salida a los muchos rutos que produce su territorio, y la segunda siendo abastecida de ellos con abundancia y más conveniencia que los que logra, y se remiten, de Lima y Trujillo; y además de esto, puede contribuirle repetidos y prontos socorros de víveres, gente, pólvora y otras cosas, la provincia de Quito a Panamá, en caso de verse invadida esta plaza, lo que no es fácil consiga faltando el comercio entre las dos por esta vía, porque o bien ha de ocurrir a Lima, cuya resulta es tan dilatada como queda ya vista, o a Guayaquil, de donde además de ser casi triplicado el tiempo que se necesita para el viaje, no se le puede socorrer con nada, porque sus frutos son de distinta calidad que los de Quito, su gente la necesita para sí, y carece de todo lo demás. Con que se concluye de todo que, siendo conveniente el que haya inmediata vía de Quito a Panamá, tanto para que con el comercio florezca más aquélla y sean partícipes en ésta de lo que allí produce la tierra lozanamente, como para que ésta pueda ser socorrida en caso necesario, se hace indispensable que estén guardados la entrada del río y el puerto de Atacames, con cuya reparo ni Quito peligrará, ni estarán expuestos los almacenes y embarcaciones, que por precisión ha de haber o en el mismo puerto o en la entrada del río, lo cual se puede conseguir sin hacer muchos costos a la Real Hacienda y, si el comercio es grande, sin ocasionarle ningunos, del modo siguiente:
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