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Х. Роберто Паэс. Испанские колониальные хронисты: часть вторая. J. Roberto Páez. Cronistas coloniales - Segunda parte


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Viendo el capitán Orellana el buen tratamiento que se le hacía, acordó de hacer allí el bergantín, y quiso Dios que se halló en la compañía un entallador, que aunque no era su oficio, fue de mucho provecho. Cortada, y aparejada la madera, con mucho trabajo, que pasaron estos hombres con mucha alegría, en treinta y cinco días le echaron al agua, calafateado con algodón, -393- y breado con pez, que dieron los indios. En este tiempo llegaron al capitán cuatro indios, de muy grandes cuerpos, enjoyados, y vestidos, con los cabellos hasta la cinta, y con gran humildad, poniendo mucha comida delante del capitán, dijeron que un gran señor los enviaba a saber quien eran aquellos extranjeros, y ¿Adónde iban? dioles el capitán de los rescates que llevaba, que estimaron en mucho, y los habló en la forma que hacía hablado a los demás, y con esto se fueron, y en este lugar se pasó toda la Cuaresma, y con dos religiosos que iban en aquella compañía, se confesaron todos los cristianos, y los predicaban, y animaban a padecer con ánimo constante aquellos trabajos, hasta ver el fin de ellos. Acabado el nuevo bergantín y reparado el barco, que fue de nueve goas, bastante para navegar por la mar, salieron a veinte y cuatro de abril de este asiento de Aparia, y caminaron ochenta leguas sin hallar indios de guerra, y luego dieron en despoblados, y el río iba de monte a monte, no hallando adonde dormir, ni pescar, y caminando, con sustentarse de hierbas; algún maíz tostado, a seis de mayo llegaron a un asiento alto que parecía hacer sido poblado, y allí pararon a pescar, y sucedió, que el entallador, que tan provechoso fue para la fábrica del bergantín, tiró con su ballesta a una iguana, que estaba en un árbol junto al río, y saltó la nuez de la caja, y cayó en el río, y un soldado, llamado Contreras, echó un anzuelo en una vara, y sacó un pescado de cinco palmos, y como era tan grande, y el anzuelo pequeño, fue menester sacarle con la mano, y abierto se halló en el buche la nuez de la ballesta. A doce de mayo llegaron a las provincias de Machiparo que son de mucha gente, y confinan con otro señor, llamado Aomagua, un día por la mañana descubrieron muchas canoas con indios de guerra, armados de altos paveses de conchas de lagartos, y cueros de manatí, y danta, tocando atambores, y dando grita, amenazando, que habían de comer a los cristianos, los cuales juntando sus navíos, se pusieron a punto, para lo que pudiese suceder, aunque aconteció una gran desgracia, que fue hallar húmeda la pólvora; por lo cual no pudieron servir los arcabuces. -394- Los indios acercados desembrazaban sus arcos, y las ballestas los hacía algún daño, y con todo eso como les iba llegando gente de socorro, hacían gallardos acometimientos, y de esta manera fueron río abajo peleando hasta un lugar, en cuyas barrancas estaba mucha gente, a pesar de la cual y de las canoas, saltó en tierra la mitad de los castellanos, y llevaron los indios hasta el pueblo, que pareciendo grande, y la gente mucha, volvió el alférez a dar cuenta al capitán, que defendía los navíos, que aun los indios de las canoas los acometían.
Sabido que en el pueblo había mucha cantidad de comida, mandó el capitán a un soldado, llamado Cristóbal de Segovia, que con doce compañeros la fuese a tomar, y cargando de ella, acudieron sobre él más de dos mil indios; pero acometiolos con sus compañeros con tanto ímpetu, que los hizo retirar, y cobró su comida, y con dos compañeros heridos se iban con ella; pero revolviendo los indios, porque por momentos acudían muchos de las poblaciones, apretaron a los castellanos, e hirieron a otros cuatro, y queriéndose retirar adonde los navíos estaban, Cristóbal de Segovia dijo, que no pensasen aquello porque no convenía dejar a los indios con victoria, ni ponerse en tanto peligro con la retirada, y haciéndolos valerosa resistencia, en fin se retiraron salvos. Entretanto por dos partes otro gran número de indios había ido a dar en los bergantines, a cuya al arma salieron a ellos, y llevándolos de retirada, vieron el aprieto en que se hallaba Cristóbal de Segovia; y habiendo peleado más de dos horas, quiso Nuestro Señor ayudar a los castellanos, habiendo hecho cosas maravillosas algunos, de quien no se esperaba mucho, que fueron Cristóbal de Aguilar, Blas Medina, y Pedro de Ampudia. Retirados los indios, se mandó curar a los heridos, que eran diez y ocho, y no tenían otra cura, sino ensalmo, y todos sanaron, salvo el Ampudia, natural de ciudad Rodrigo, que murió de las heridas en ocho días; y en esta refriega se echó de ver, cuanto vale el ejemplo del capitán, porque Orellana, no por gobernar dejó de pelear, como -395- cualquiera soldado, aliende de que su buena disposición, y talle, su edad floreciente, la promptitud en ordenar, y proveer, daban grande ánimo a los soldados. Y pareciendo al capitán que no convine estar peleando con los indios, ni aquello servía de nada; acordó de seguir su viaje, y embarcada buena parte de comida, y desamarrados los navíos, cargaron más de diez mil indios, los de tierra (como no podían ofender) daban mucha grita, y por el río con muchas canoas, haciendo grandes acometidas, con mucho atrevimiento, y de esta manera siguieron, toda la noche hasta el amanecer, que se vieron entre muchas poblaciones, por lo cual (cansados de la mala noche) los castellanos determinaran de irse a comer a una isla despoblada, en la cual tampoco pudieron reposar, por la multitud de indios, que saltaban en tierra. Y por esto acordó el capitán de alargarse, aunque siempre le seguían ciento y treinta canoas en que habría ocho mil indios, en, las cuales andaban cuatro o cinco hechiceros, todos encalados, echando ceniza de las bocas, y agua con hisopos, y con el estruendo de sus atambores, cornetas, bocinas, y grita, era cosa temerosa ver lo que pasaba, y sino hubiera arcabuces, y ballestas, fuera imposible salvarse, porque llegando los indios muy determinados de barloar con los navíos, yendo delante su general, un arcabucero llamado Cales, le apuntó, y dio en los pechos, y viéndole muerto, acudieron a él todos, con que los navíos tuvieron lugar de salir a lo ancho del río, y con todo eso le siguieron, sin dejarlos descansar dos días y dos noches, y de esta manera salieron de las poblaciones de aquel gran señor, llamado Machiparo. Habiéndose quedado las canoas, llegaron a un pueblo, en cuya resistencia estaban algunos indios; y pareciéndole al capitán que convenía reposar cuatro días de los trabajos pasados, mandó zabordar los navíos, y disparando los arcabuces, y ballestas, los indios dieron lugar, y salió en tierra, y ganó el pueblo.

-396-
Capítulo IV
Que el capitán Orellana prosigue el descubrimiento del río, que también llaman de su nombre.

En el referido pueblo se detuvieron tres días comiendo a discreción, y porque pareció, que de él salían muchos caminos reales, el capitán no se quiso detener mas, y desde Aparia (según la cuenta que llevaban) hasta este pueblo, habían andado trescientas y cuarenta leguas, las doscientas de despoblado, y habiendo embarcado mucho bizcocho, que los indios tenían de maíz, y de yuca, y muchas frutas, salieron de este lugar el domingo después del Ascensión, y a dos leguas de camino hallaron que entraba en el río otro más poderoso, y que en su entrada tenía tres islas, por lo cual le llamaron el río de la Trinidad, y había muchas poblaciones, y la tierra parecía muy buena, y fructífera, y todavía salían a ellos tantas canoas, que los hacían navegar por medio del río. Otro día descubrieron un lugar pequeño de muy linda vista, y aunque lo defendieron se entró, y en él se halló mucha vitualla, y una casa de placer, con muy buena loza de tinajas, cántaros, y otras vasijas vidriadas, y esmaltadas de todas colores muy vivas, con muy buenos dibujos, y pinturas, y allí dijeron los indios que todo aquello había la tierra adentro, con mucho oro, y plata, y hallaron dos ídolos tejidos de palma, por extraña manera, de estatura de gigante, con ruedas en los molledos de los brazos, y, pantorrillas, a manera de arandelas; también hallaron en este pueblo oro y plata, y como su intención, no era sino el descubrimiento, y salvar las vidas, no trataron de otra cosa. Salían de este lugar dos caminos reales, y el capitán anduvo como media legua por ellos, y hallando, que se ensanchaban más, volvió, y mandó que la gente se embarcase, y continuase su camino, porque en tierra tan poblada no -397- convenía estar de noche; y habiendo caminado más de cien leguas por esta tierra tan habitada, siempre por medio del río, por apartarse de los indios, llegaron a la de otro señor, llamado Paguana, adonde los indios eran domésticos, y daban de lo que tenían, y había ovejas de las del Perú; la tierra era abundante, y con muy buenas Frutas.

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